Nota: transcripción de un subtítulo automático de YouTube, sin bosquejo escrito conocido en el vault. Archivo original sin título — el título (“El Rey vence en su muerte”) no es una inferencia: el propio predicador lo anuncia explícitamente antes de empezar. Predicó Enrique (no Quique) — plena pandemia de COVID-19, servicio transmitido en línea; se recortó toda la parte previa a la prédica (llamado a la adoración con el Salmo 33, alabanza cantada, oración pastoral, avisos sobre podcast/reunión de oración/ofrenda/restricciones sanitarias, y la oración de otro pastor presentando a Enrique) y todo lo posterior a la oración final de Enrique (canto de cierre, despedida, aplausos/música). Se conservó la oración de cierre del propio Enrique como parte del sermón, según el criterio ya usado en el resto del proyecto.
Introducción
Seguimos con nuestra serie en el libro de Marcos. El evangelio tiene tres grandes divisiones: en los capítulos 1-8 se plantea la pregunta “¿quién es Jesús?”; en los capítulos 8-10, “¿qué tipo de Mesías es?”; y desde el capítulo 10 en adelante se empieza a ver cómo la victoria de este Rey llega por medio de Su muerte. Ya se había visto que Jesús fue arrestado, enjuiciado injustamente y despreciado.
Ilustración: la búsqueda humana de poder
Como seres humanos, siempre buscamos algo que nos dé poder o nos haga sentir superiores a los demás — de niños con los superhéroes, de adultos con el dinero, el cuerpo, los estudios, el estatus político, o incluso (entre cristianos) con “tener más unción” o presumir teología y autores leídos. Pero la vida —y en particular esta pandemia— nos recuerda nuestra fragilidad: el dinero, el conocimiento y los títulos nunca son suficientes, y a veces hasta esclavizan a quien los busca.
Idea clave
Frente a esos seres pequeños queriendo sentirse poderosos, contrasta radicalmente la cruz: el Dios creador del universo, Rey y Señor de todo, se hizo hombre para morir en humillación.
El título de este mensaje es “El Rey vence en su muerte”, sobre tres puntos: la profunda humillación del Rey, Su paradójica victoria, y Su solitaria sepultura.
I. La profunda humillación del Rey (vv. 21-32)
Marcos 15:21-27
21 Y obligaron a uno que pasaba, que venía del campo, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara la cruz de Jesús. 22 Le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido significa “El lugar de la Calavera”. 23 Trataron de darle vino mezclado con mirra, pero Él no lo tomó. 24 Cuando le crucificaron, se repartieron Sus vestidos, echando suertes sobre ellos para decidir lo que cada uno tomaría. 25 Era la hora tercera cuando le crucificaron. 26 Y la inscripción de la acusación contra Él decía: “EL REY DE LOS JUDÍOS”. 27 Crucificaron con Él a dos ladrones, uno a Su derecha y otro a Su izquierda.
Después de haber sido azotado con un instrumento diseñado para desgarrar la piel, Jesús estaba tan débil que no pudo cargar el travesaño de la cruz (entre 50 y 80 kg) — por eso obligan a Simón de Cirene a llevarlo. El Gólgota estaba en un lugar estratégico, visible para la mayor cantidad de gente posible: parte de la tortura era también psicológica. Los soldados le ofrecen vino con mirra —un narcótico que usaban para prolongar la agonía y poder burlarse más tiempo, no por compasión— pero Jesús se niega a beberlo: Él había decidido beber la copa que el Padre le entregaba. Ser despojado de la ropa era, para la mentalidad judía, algo peor que la muerte misma —una humillación pública deliberada.
"El que sometía a los demonios"
La pregunta que debía surgir entre quienes veían a Jesús desnudo, débil, incapaz de cargar un pedazo de madera, era: ¿este es el que sometía a los demonios con Su palabra? Parece un debilucho.
Marcos 15:29-32
Los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: “¡Baja tú, que destruías el templo y en tres días lo reedificabas! ¡Sálvate a ti mismo, desciende de la cruz!” De igual manera también los principales sacerdotes, junto con los escribas, burlándose de Él, entre ellos decían: “A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse. ¡Que el Cristo, el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos!” También los que estaban crucificados con Él le insultaban.
Se burlan de Él tres grupos: los transeúntes, los líderes religiosos, y hasta los dos ladrones crucificados con Él. Todos, sin excepción, se burlan. Le piden una prueba de poder: bájate, sálvate, demuéstranos. Pero lo irónico es que si Él se hubiera salvado a sí mismo, no habría podido salvar a Su pueblo de algo mucho más terrible que las enfermedades o la muerte. Lo que Cristo hizo no fue mostrar poder en ese momento — fue entregarse en obediencia humilde por un amor absoluto.
Marcos 10:45
Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos.
Marcos 14:24, 36
Esta es Mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos… Abba, Padre, todas las cosas son posibles para Ti; aparta de Mí esta copa; pero no lo que Yo quiero, sino lo que Tú quieras.
II. La paradójica victoria (vv. 33-39)
Idea clave
Paradójico, porque la victoria del Rey no es Su fuerza ni un ejército — la victoria del Rey es Su muerte.
Marcos 15:33-37
Cuando llegó la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y a la hora novena Jesús exclamó a gran voz: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?”, que traducido significa: “Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has abandonado?” Al oírlo, algunos de los que estaban allí decían: “Mira, llama a Elías.” Y alguien corrió y empapó una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: “Dejen, veamos si viene Elías a bajarlo.” Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Durante tres horas hubo tinieblas — en el Antiguo Testamento la oscuridad representa luto y también juicio: el cielo mismo de luto por la muerte del Hijo de Dios, y juicio sobre la nación que lo rechazó. Jesús cita el Salmo 22. En ese momento no solo cargaba la cruz, los clavos, la deshidratación y el desvelo, sino todo el peso de la ira de Dios contra el pecado.
2 Corintios 5:21
Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.
Cita
“El contenido del grito que Jesús profiere desde la cruz, expresando que ha sido abandonado por Dios, da a Sus seguidores la seguridad de que la peor desolación imaginable, el peor aislamiento cósmico, puede soportarse de forma fiel.”
Ninguna soledad —ni el aislamiento de una cuarentena— se compara con el abandono que el Hijo de Dios sufrió de parte de Su Padre.
Marcos 15:38-39
Y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Y cuando el centurión, que estaba frente a Él, vio la manera en que expiró, dijo: “¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!”
El velo, bordado con hilo de oro, representaba toda una era en la que la presencia de Dios estaba velada, accesible solo para una persona, una vez al año. Al rasgarse en el momento en que Jesús expira, se abre un camino nuevo.
Hebreos 10:19-20
Puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, Su carne.
Jesús citaba el Salmo 22, que anticipa siglos antes (“todos los términos de la tierra se acordarán y volverán al Señor… porque del Señor es el reino y el gobierno de las naciones”). El primer cumplimiento de esa promesa, sorprendentemente, viene de un centurión romano pagano —un hombre acostumbrado a la fuerza y a humillar a otros para tener su lugar—, que reconoce en Jesús al Hijo de Dios, título que los romanos reservaban para el César. Sus valores cambiaron radicalmente: dejó de valorar la fuerza y empezó a valorar la humildad y la obediencia absoluta de Cristo.
Idea clave
El Rey venció muriendo en abandono total para salvar a aquellos que le siguen — y el primero en reconocerlo fue un pagano.
III. Su solitaria sepultura (vv. 40-47)
Marcos 15:40-41
Había también unas mujeres mirando de lejos, entre las que estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, las cuales, cuando Jesús estaba en Galilea, le seguían y le servían; y había muchas otras que habían subido con Él a Jerusalén.
Los discípulos estaban todos dispersos, ninguno cerca — ni siquiera se atrevieron a pedir el cuerpo. Solo unas mujeres, mirando de lejos, con temor.
Marcos 15:42-47 (resumen del texto leído)
Al atardecer del viernes, José de Arimatea, miembro prominente del Concilio que también esperaba el reino de Dios, se armó de valor y le pidió a Pilato el cuerpo de Jesús. Pilato, sorprendido de que ya hubiera muerto, lo confirmó con el mismo centurión que había reconocido a Jesús como Hijo de Dios. José compró un lienzo, bajó el cuerpo, lo envolvió y lo puso en un sepulcro excavado en roca, e hizo rodar una piedra a la entrada. María Magdalena y María la madre de José miraban dónde lo ponían.
Un aliado inesperado —miembro del mismo Concilio que condenó a Jesús— es quien pide el cuerpo. El Rey fue sepultado en soledad, en una tumba hecha para gente rica.
Cierre: un Rey que llama a seguirlo hasta la cruz
Este Rey no enseñó a Sus seguidores a bajar de la cruz — les enseñó a tomar la suya. Usó Su poder para salvar a Su pueblo, pero lo salvó para que también pudiéramos seguirlo, incluso hasta la muerte. La humillación del Rey recuerda que Él soportó la tortura y la muerte en obediencia al Padre para redimir a Su pueblo — a quienes creen en Él y le siguen.
Idea clave
El intercambio de valores que muestra la cruz debe cambiar la manera en que vemos la realidad: ya no se trata de buscar ser poderosos, sino de humillarnos para servir a los demás.
En medio de la pandemia, la pregunta que revela el corazón no es “¿qué tanto me preocupa contagiarme?” ni “¿qué tanto me preocupa la crisis económica que viene?” — sino: ¿mostramos a Cristo? El llamado es a soportar el aislamiento con gozo (porque Él ya soportó el verdadero abandono), compartir ese gozo con quienes están cerca, y buscar oportunidades de servir — una llamada telefónica, una palabra de esperanza — porque el Rey murió en humillación para que Su pueblo permanezca fiel aun ante la muerte, la crisis y la pandemia.
2 Corintios 5:14-15 (paráfrasis leída)
El amor de Cristo nos constriñe, pues si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.
Oración de cierre (Enrique): “Señor, te doy gracias porque Tú nos diste a Tu Hijo para morir en nuestro lugar. Él soportó la cruz, soportó el peso del pecado, para darnos atención y vida, y ahora nos llamas a vivir para Él, a seguirlo, amarlo y atesorarlo — a no poner nuestra vida y nuestra visión solo en las cosas pasajeras, sino a cambiar los valores y vivir una vida de servicio, ahora durante la pandemia y después durante el tiempo de crisis y recesión económica. Queremos vivir para Tu gloria hoy y cada día, pero necesitamos de Ti y de Tu Santo Espíritu. Gracias porque nos has prometido que, por esa muerte y por ese sacrificio, jamás nos soltarás y jamás nos abandonarás. Te lo pedimos en el nombre de Jesús.”