Introducción

Ilustración: Esquites, hamburguesas, y “todo lo que me gusta es inmoral, ilegal o engorda”

Ayer estuvimos vendiendo esquites y chilatoles —la receta del esquite, entre detalles de mi esposa, de mi madre y de mi hermano—, y la verdad es que saben bien ricos. ¿Por qué? Por la grasa, por los carbohidratos del maíz. Ayer también estuvimos platicando de una imagen: un caldo de esquite con tuétano, con mucha grasa, servido dentro de una maruchan, con doritos alrededor, queso amarillo para nachos, mayonesa y queso Randonc. Si alguien come uno de esos, tiene 1500 calorías, sin hablar de las harinas ultraprocesadas y las grasas saturadas. Pero cuando veo ese plato, se me olvidan las calorías.

También he hablado por aquí de hamburguesas: hay una que vende una cadena en Inglaterra, con dos porciones grandes de carne, dos de queso, y dos tortas glaseadas —una arriba y una abajo, sin pan—. Esa hamburguesa tiene 2000 calorías, lo que una mujer promedio debería consumir en todo un día. Y podría seguir con fotos de chilaquiles, garnachas, empanadas fritas en manteca. Ayer, en la sobremesa, alguien mencionó una canción de Roberto Carlos, y la busqué en la noche: en una de sus líneas dice “será que todo lo que me gusta es inmoral, ilegal o engorda”. Muchas veces las cosas a las que estamos inclinados de manera natural generan placer en el momento, pero son inmorales, ilegales, o engordan. Hay algo que funciona mal dentro de nosotros.

Date una vuelta un viernes o sábado en la noche: los lugares más llenos no son las reuniones de oración, son las cantinas o los antros. Nosotros, como seres humanos, estamos inclinados de manera natural a lo malo, a aquello que nos destruye.

La confesión de fe sobre el pecado

El día de hoy vamos a hablar acerca de una doctrina sumamente importante: la terrible realidad del pecado. Vamos a ver dos puntos: primero entender un poco la doctrina del pecado, y luego el pecado “en 4k” —o mejor, en 8k, porque estamos interactuando con él todos los días—. Esto está tomado textualmente de la Confesión de Fe de las Iglesias Gracia Soberana:

De la corrupción heredada propia de la humanidad surgen todos los pecados que cometemos. Todas las personas son ahora por naturaleza enemigos de Dios, viviendo bajo el poder de Satanás, sujetos a la maldición de la ley, y merecedores de castigo eterno. Además, la naturaleza del hombre en su totalidad ha sido corrompida por la caída, y ninguna parte del hombre está libre de la contaminación del pecado. Aunque las personas caídas permanecen siendo portadores de la imagen de Dios y manifiestan las virtudes de la gracia común, son incapaces de agradar a Dios, de merecer su favor, o de librarse a sí mismos de su esclavitud al pecado. Sus corazones están endurecidos, su entendimiento está en tinieblas, sus consciencias están corrompidas, su percepción espiritual está cegada, y sus obras son malas. Por lo tanto, todas las personas están muertas en pecado y sin esperanza fuera de la salvación que hay en Cristo Jesús. La maldición de la caída corrompió no sólo a la humanidad sino a todo el orden creado, sometiendo al mundo a vanidad, deterioro y muerte. Tanto la creación maldita como la maldad moral producen calamidad, sufrimiento, hostilidad, e injusticia en el mundo. El gemir del orden creado nos recuerda de nuestra condición caída y nos lleva a anhelar la redención de todas las cosas bajo Cristo. Confesión de Fe de las Iglesias Gracia Soberana

Es un resumen espantoso, terrible. Es tremendo ver las desgracias que ocurren en este mundo, el daño que podemos hacernos unos a otros, las calamidades —inundaciones, terremotos, guerras—; todo tiene su origen o en la maldición de la creación como consecuencia del pecado, o en el pecado que está adentro de nosotros. Quizá lo más duro de ser pastor no es predicar, sino caminar con personas cuyo corazón el pecado ha endurecido, cuando les dices “arrepiéntete” y el pecado ya las ha cegado y dominado. Y lo más tremendo es que ese pecado sigue operando dentro de nosotros mismos.

Presentación del sermón

El pecado es un acto de rebelión contra Dios, intentando tomar Su lugar en mi vida y en el mundo. Pecado es una palabra que está cayendo en obsolescencia —hasta hay iglesias que están dejando de hablar de él—. Vamos a empezar hablando de la naturaleza del pecado.

I. Entendiendo la doctrina del pecado

A. La naturaleza del pecado

1 La serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios les ha dicho: “No comerán de ningún árbol del huerto”?». 2 La mujer respondió a la serpiente: «Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; 3 pero del fruto del árbol que está en medio del huerto, Dios ha dicho: “No comerán de él, ni lo tocarán, para que no mueran”». 4 Y la serpiente dijo a la mujer: «Ciertamente no morirán. 5 Pues Dios sabe que el día que de él coman, se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios, conociendo el bien y el mal». 6 Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió. También dio a su marido que estaba con ella, y él comió.

Lo primero que quiero que veas es que el pecado inicia con una duda o una distorsión del carácter de Dios o de Su Palabra. Lo que hace la serpiente es cuestionarle a Eva, insinuándole que Dios es “mala onda” con ella — y Eva empieza a dudar del carácter de Dios. Al mismo tiempo, si lees con cuidado, notarás que lo que Eva repite no es exactamente lo que Dios había dicho: también distorsiona Su Palabra. Cuando no entendemos bien el carácter de Dios —de toda gracia, misericordioso, que ama, que perdona, pero también justo, que se aíra contra el pecado— eso nos genera dudas contra Él.

En el versículo 5, la raíz de todo esto queda expuesta: lo que está en el fondo del pecado es un egoísmo idolátrico. “Ustedes serán como Dios” — no tienes que obedecerlo, no tienes que someterte a Él. A nadie le gusta someterse a una autoridad superior; eso es lo que genera conflicto en nuestro hogar, con nuestros hijos, en el trabajo. Eso es lo que la serpiente le plantea a Eva: ¿puedes ser tu propio Dios? Y eso está en el corazón de todo pecado — una rebeldía contra Dios y un egoísmo idolátrico.

En el versículo 6 vemos algo más: el pecado produce un gran deseo, un deseo no saludable — como el que algunos sentimos al ver la imagen de esa hamburguesa. Esa es la naturaleza del pecado: un acto de rebelión contra Dios donde intento tomar Su lugar en mi vida y en el mundo. Es el conflicto en nuestros hogares y en nuestra sociedad: quiero gobernarme a mí mismo, no rendirle cuentas a nadie — ni a mis padres, ni a mi esposa, ni a mi jefe, ni al pastor, ni a Dios. Eso es el pecado: querer ser Dios, tomar Su lugar en mi vida y en el mundo, y querer que los demás se sometan a mí y se haga mi voluntad.

B. La extensión del pecado

Yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre.

Hay una discusión que le encanta a los teólogos: ¿el hombre es pecador porque peca, o peca porque es pecador? Si dijéramos que el hombre es pecador porque peca, significaría que no eres pecador hasta el momento en que pecas. Pero lo que leemos aquí es lo contrario: desde que éramos un embrión ya éramos pecadores, es parte de nuestra naturaleza heredada de nuestros padres.

Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron.

El pecado es una herencia que venimos arrastrando desde antes de tener memoria — esa envidia, esa ira, esos deseos pecaminosos que ya traíamos desde el kínder o el preescolar, nadie nos los enseñó. ¿Quién le enseña a un niño a morder o a arañar? Es algo que ya traemos, porque lo heredamos. El pecado no es lo que hacemos, es lo que somos.

El Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal.

No solo todos somos pecadores; todo lo que hacemos, todo lo que deseamos, está contaminado por el pecado.

¿Puede el etíope mudar su piel, o el leopardo sus manchas? Así ustedes, ¿podrán hacer el bien estando acostumbrados a hacer el mal?

Así como un leopardo no puede dejar sus manchas, nosotros no podemos, por nuestra cuenta, dejar de pecar. Piensa en tus conflictos con tu esposa o tus hijos: ¿cuánto ha sido por tu pecado, y cuánto por el de ellos? Aunque toda la culpa fuera del otro —cosa que casi nunca es cierta— la otra persona, por sí sola, no va a poder dejar de pecar. Puede prometerte “ya no lo voy a volver a hacer”, y aun así no podrá, porque los seres humanos, solos, no podemos dejar de pecar.

Idea clave

No tenemos poder alguno para manejar, controlar, minimizar o escapar de nuestro pecado, porque no es solamente lo que hacemos a veces, sino lo que somos.

Un hombre por naturaleza no puede dejar de pecar; aunque no hubiera diablo que lo tentara, ni malos ejemplos que imitar; sin embargo, hay tal principio innato en él que no puede evitar pecar. Thomas Watson

Las consecuencias del pecado

El pecado te ciega.

¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo?

Puedo ver con toda claridad los defectos de mi esposa, del hermano, del vecino — pero mis propios pecados, normalmente los defiendo: “me malinterpretaste”, “no es cierto”, “me estás difamando”. No podemos ver nuestro propio pecado.

El pecado te degrada. El ejemplo más gráfico son las adicciones: cuando una persona es consumida por ellas, si no pone un alto, va a terminar perdiendo su dignidad — conozco personas que han terminado tiradas, mendigando, robando. Pero todo pecado te degrada, aunque sea de forma menos visible.

Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes; porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza.

Aquí quiero darte mi opinión personal, que creo que está basada en la Escritura pero en la que me puedo equivocar: pienso que el movimiento LGBT es insostenible. Creo que va a pasar una de dos cosas — o esto colapsa y Cristo viene por Su iglesia, o la humanidad se dará cuenta de que es algo sin sentido y va a cambiar. Sé que puedo herir sensibilidades y hasta meterme en problemas por decir esto, pero cuando dejamos que el pecado nos domine, nos quita la dignidad.

El pecado te quita la paz. Todo este movimiento busca que las personas encuentren paz y plenitud, pero la paz y la plenitud no se encuentran ahí — igual que alguien empieza a tomar para olvidar sus problemas, y lo único que genera son más problemas; o mentimos para evitar problemas, y generamos más.

Pero los impíos son como el mar agitado, que no puede estar quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. 21 «No hay paz», dice mi Dios, «para los impíos».

El pecado trae muerte eterna, no solo física.

9 ¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se dejen engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, 10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.

Hemos visto que el pecado es un acto de rebeldía contra Dios donde quiero ser mi propio Dios, que corrompe todo lo que soy, me quita la dignidad y me lleva a la muerte. Ahora quiero hablar de algo más práctico.

II. El pecado en 4K (o en 8K)

Imagínate el matrimonio, la crianza, tu propia vida sin pecado. ¿Cómo sería vivir donde no hay corrupción, donde no te rompen el vidrio del carro para robarte una mochila?

a. La esclavitud del pecado

Jesús les respondió: «En verdad les digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado»

El Grupo Barna —algo así como el INEGI, pero cristiano— hace encuestas dentro de las iglesias en Estados Unidos: el 70% de las personas que se reúnen regularmente en una iglesia confiesan haber visto pornografía en el último mes, tanto hombres como mujeres; dos terceras partes de los pastores confiesan una dependencia o ver constantemente sitios pornográficos. El mundo y el diablo nos han engañado, ofreciéndonos el pecado como si nos diera algo bueno. No hay mejor manera de ilustrarlo que con una adicción: te produce placer, pero te esclaviza. Y no es el único pecado que esclaviza — todos lo hacen. ¿Cuántas veces has prometido “ya no me voy a enojar”, “ya no le voy a gritar a mis hijos”, y lo has vuelto a hacer?

Aplicacion

  • ¿En qué área se te dificulta decir “no”?
  • ¿En qué área hay deseos que están un poco fuera de control?
  • ¿En qué área subestimas el poder que ejerce el pecado sobre ti?
  • ¿Tienes una vida secreta y comportamientos y hábitos ocultos que niegas a ti mismo y a los demás?
  • ¿Necesitas correr a tu Salvador para recibir Su gracia y ser libre? Él es poderoso y está dispuesto, y no te desechará.

Muchas veces el pecado nos lleva a fantasear “¿cómo sería mi vida sin fulano?” — y si hay algo que puede revelarnos esto es en qué usas tu celular: las cosas que buscas, que ves, que deseas comprar sin poder pagarlas, las fotos que ves en redes sociales.

Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres.

Si tú luchas con el enojo, deja de decir “es culpa de él que me hace enojar” y di: “soy esclavo de la ira”. Si luchas con la lujuria: “la lujuria me tiene esclavizado”. Pero hay esperanza: quienes estamos en Jesús hemos sido libertados de la esclavitud al pecado. Imagínate un barco cuyo capitán es un déspota que maltrata a toda la tripulación — hasta que llega otro capitán y lo derrota, aunque el viejo capitán, ya sin autoridad, se queda a bordo hasta el próximo puerto. Si sigue dándote órdenes, ya no le tienes que obedecer, porque ya fue destronado. Así funciona el pecado en nosotros: sigue ahí, sigue mandando mensajes, pero ya no tiene autoridad — a eso los teólogos le llaman pecado remanente.

O imagínate que cortas relaciones con un jefe abusivo, consigues mejor trabajo, y al día siguiente te presentas con él a seguir trabajando gratis, “solo por el gusto de ayudarlo”. Eso es lo que hacemos cuando seguimos sometiéndonos al pecado del que Cristo ya nos libertó.

b. La ceguera del pecado

Tengan cuidado, hermanos, no sea que en alguno de ustedes haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo.

Así empieza el alejamiento de Dios en un creyente: primero un corazón malo, que empieza a tolerar cosas —“no tiene nada de malo una mentirita blanca”, “no tiene nada de malo echar un taco de ojo”—. Luego produce incredulidad: dejas de creer en el Dios que te ama. Y después, el apartarse del Dios vivo. Y lo peor es que puede haber cristianos que vienen a la iglesia, cantan, sirven, ofrendan, evangelizan, enseñan, con el corazón ya apartado de Dios, y si les preguntas te dicen “todo bien, tuve un tiempo de oración glorioso”.

Más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?

Somos ciegos a nuestro propio pecado. Cuando otro pecador, tan pecador como tú, te señala algo que tú no habías visto, queremos que la persona que nos exhorta sea perfecta — pero eso no es posible, porque todos somos pecadores.

Antes, exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: «Hoy»; no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado.

Si yo veo algo en un hermano, no me voy a esperar a ser perfecto para decírselo — vamos a exhortarnos los unos a los otros, todos lo necesitamos.

Idea clave

Tu mayor problema es el pecado remanente con su poder para engañar.

Examíname, Señor, y pruébame. Llega a la raíz de esta enfermedad que se extiende sobre mi alma y cúrame. Muéstrame mi pecado, Señor, para que pueda ver su horror. Muéstrame a Jesús de tal manera que pueda mirarlo y llorar, que pueda mirarlo y amarlo. Que pueda despertar de este letargo en el que me estoy hundiendo, y que Cristo me dé una vida espiritual más abundante que antes. Solo estoy vivo en Él; permíteme recuperar el terreno que he perdido, ¡y luego ganar aún más! Envía tu Espíritu sobre mí para morar en un templo consagrado para ti, y que Él guíe mi adoración, santa y agradable. Philip Doddridge

c. La batalla del pecado

Pues sabemos que la creación entera gime y sufre hasta ahora dolores de parto.

Vivir en este mundo es una batalla — no controlamos la inflación, la violencia, la enfermedad, ni el pecado de otros, pero eso es consecuencia de vivir en un mundo maldito por el pecado, no del tuyo. No lo puedes evitar; va a haber maldad y dolor, pero por encima de ello hay un Dios que tiene el control.

¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de las pasiones que combaten en sus miembros?

El pecado también nos pone en guerra unos contra otros — piensa cómo veías a tu esposa cuando la conociste, solo amor e ilusiones, y qué pasó cinco o diez años después. Y hay una batalla interna:

Porque lo que hago, no lo entiendo. Porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago.

Deberíamos estar batallando siempre contra el pecado, porque el pecado remanente siempre va a buscar la manera de salir y de engañarnos.

III. La solución al pecado

¿Qué tengo que hacer para que mi esposa cambie, para que mis hijos cambien? ¿Gritarles más fuerte? ¿Amenazarlos? ¿Sabes cuál es la respuesta? Nada. Tú solo puedes cambiarte a ti mismo.

6 Tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría. 7 Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. 8 Hazme oír gozo y alegría, haz que se regocijen los huesos que has quebrantado. 9 Esconde Tu rostro de mis pecados, y borra todas mis iniquidades. 10 Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.

Lo que necesitas no son hábitos ni rutinas nuevas — necesitas que venga Cristo y renueve tu corazón, primero por la conversión, el nuevo nacimiento, pero ese mismo poder lo necesitamos todos los días. La raíz del pecado, recuerda, es un egoísmo idólatra: eso es lo que me hace discutir con mi esposa, con mis hijos, con mi jefe.

14 Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que Uno murió por todos, y por consiguiente, todos murieron. 15 Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos.

Cuando Cristo viene a nuestro corazón, nos dice: ya no vas a vivir para ti, ya no vas a ser tu propio Dios. De eso se trata la vida cristiana, de someternos a Su reinado, no una sola vez, sino todos los días.

Para ser libre del pecado necesito...

Que Cristo me rescate, que Su Espíritu me transforme.

Aplicacion

  • No puedes arreglar el pecado de otros — si quieres que alguien deje de mentir, de ser lujurioso, enojón o manipulador, lo único que puedes hacer es orar por esa persona y exponerla a Cristo; nada más puede cambiar un corazón.
  • Cambia cómo manejas tu propio pecado: la próxima vez que alguien te señale un pecado, muérdete la lengua y dale las gracias en vez de defenderte. Pregúntale al Señor si es cierto, aunque la persona pueda estar exagerando.
  • Huye de la tentación, como José huyó de la mujer de Potifar — hay momentos en que no se trata de “demostrar qué tan bien le sirvo al Señor” quedándote, sino de huir.
  • Deléitate en el perdón del Señor, porque eso es más glorioso.

Conclusión

Cierra tus ojos un momento. Vamos a pedirle al equipo de alabanza que nos sirva para terminar con un canto mientras oramos.