Introducción

La primera persona que necesita que le hable soy yo, Señor. Quebrántame para que sea tu Palabra la que pueda dar fruto en tu pueblo, Señor, que tú has determinado. Así que nos ponemos en tus manos y te alabamos, mi Rey, en el nombre de Jesús.

Anuncio: la confesión de fe y el catecismo de Gracia Soberana

Ya llevamos varias semanas hablando de doctrina bíblica — esta es la séptima semana — y hemos hablado de la doctrina de la Escritura, de la doctrina de Dios, de la doctrina del pecado. Mi objetivo esta mañana es ampliar un poco lo que vimos la semana pasada. Antes de arrancar, un anuncio: Gracia Soberana, nuestra familia de iglesias, tiene una confesión de fe — un resumen de las enseñanzas bíblicas. Cuando hablo de esto siempre cuento esta historia: cuando la Reforma empezó, uno de los países donde fue más fuerte, hace más de 500 años, fue Francia. A los cristianos protestantes ahí les decían “hugonotes”, y los perseguían de una manera terrible —hubo una noche en que mataron a miles de cristianos—. Se hacían toda clase de acusaciones falsas contra ellos: que en sus reuniones nocturnas sacrificaban y se comían a un bebé, que tenían desenfreno sexual, que escupían a la Virgen y blasfemaban de Cristo. Un hombre llamado Juan Calvino escribió un libro, Institución de la religión cristiana, y se lo dedicó al rey de Francia, diciéndole en la dedicatoria algo así como: “se dice mucho de nosotros, pero la mayoría es falso; aquí le presento lo que nosotros creemos”. Eso es una confesión de fe: un resumen, escrito en párrafos no muy extensos, de lo que enseña la Biblia.

Nosotros también tenemos la nuestra por allá atrás, y en internet. Y hace un par de meses se acaba de sacar, en inglés, el catecismo de Gracia Soberana, basado en esa confesión de fe — lo acabo de terminar de traducir, de manera informal y no autorizada. Un catecismo es un método de enseñanza por preguntas y respuestas que ya usaban los griegos —no tiene nada que ver con ser católico—; por ejemplo: “¿qué es el pecado?”, y trae una respuesta cortita, lo suficientemente sencilla como para usarla incluso con tus niños.

Presentación del sermón

Hoy vamos a hablar acerca de tres realidades del pecado, y una verdad que nos hace libres.

I. Todos somos pecadores

Vamos a repetirlo todos juntos, como niños de primaria: todos somos pecadores.

por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios.

En la historia de la humanidad solo hubo un caso de un ser humano que nunca pecó: Cristo. Todos los demás somos pecadores, y por tanto no alcanzamos — la Reina Valera dice “están destituidos de la gloria de Dios”. Para llegar al cielo, Dios tiene solo un requisito: no debes pecar nunca. Es como esos juegos mecánicos de feria que tienen un medidor: “si estás más chiquito que esto, no te puedes subir”. Dios tiene Su propia medida, y nadie la alcanza — quedamos descalificados, destituidos. Pero aquellos que hemos creído en Cristo, Él nos ha dado Su justicia: nos considera, siendo pecadores, justos, y a Cristo, siendo justo, le imputa el castigo que nosotros debíamos pagar.

Definición

El pecado es rebelión contra el Dios que nos creó, fallando al conformarnos a Su estándar de justicia en lo que somos y en lo que hacemos. Catecismo de Gracia Soberana

Es un acto de rebeldía contra Dios; en los grupos en casa alguien lo dijo así: es desobediencia contra la Palabra de Dios. No guardar los mandamientos de Dios es pecado — deshonrar a tu padre y a tu madre, por ejemplo, ¿quién los obedeció siempre, perfecta y absolutamente, sin nunca ignorarlos? Nadie. Por eso no alcanzamos: porque nos rebelamos contra Dios.

Otra manera de verlo: el pecado distorsiona las cosas buenas que Dios nos ha dado. Dios creó los alimentos, y son buenos — el problema es cuando decimos “no me gusta cómo Dios lo hizo, lo voy a hacer como a mí me gusta”. Te cuento algo que es pecado mío: mi esposa cocina delicioso todos los días, y a veces, cuando llego a la casa, le digo “a este puré le faltó mantequilla”, o “a esta carne le faltó pimienta”. Ella me lo ha pedido que ya no lo haga, y aun así a veces lo sigo haciendo. Cuando alguien te hace eso, ¿cómo te sientes? Mal. Eso es el pecado: decirle a Dios “eso que hiciste, no me gusta, lo voy a hacer como yo quiero”. Lo mismo con la sexualidad: Dios la creó para disfrutarse dentro del matrimonio santo entre un hombre y una mujer, y el mundo ha sacado tantas variedades que, en el fondo, lo único que le dicen a Dios es: “lo que tú creaste no nos sirve, vamos a hacer lo que nosotros queremos”.

Cuando alguien viene a Jesús, Él perdona nuestros pecados y cancela el acta legal que había en nuestra contra, como dice Colosenses. Pero el pecado sigue operando en nosotros. Pablo nos enseña que no importa quién seas: todos somos pecadores. A veces los que venimos a la iglesia miramos a quienes no vienen como si fueran los pecadores, y quienes no vienen a veces te dicen, un poco extrañados, “¿y esto que vas a la iglesia?” — como si ya no fueras pecador. Pero cuando alguien va al hospital, ¿por qué va? Porque está enfermo. Nosotros venimos a buscar al Señor no porque seamos santos, sino porque somos pecadores y lo necesitamos.

Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas.

No importa si eres religioso o no, si vas a una iglesia o no, si naciste en cuna cristiana o no — todos somos pecadores.

9 ¿Entonces qué? ¿Somos nosotros mejores que ellos? ¡De ninguna manera! Porque ya hemos denunciado que tanto judíos como griegos están todos bajo pecado. 10 Como está escrito: «No hay justo, ni aun uno;

Implicaciones

Si todos son pecadores, significa que yo soy pecador.

No ocultes quien eres. Yo ya sé que soy pecador; lo entiendo teóricamente. Pero cuando alguien viene y me señala un pecado, saco uñas y dientes y garras y orgullo — “¿pecador yo? Mírate tú primero”. Imagínate que como pastor visito una familia, y la esposa empieza a acusar a su esposo, saca su listita; y yo le digo “hermano, eso es pecado” — ¿qué le va a decir después a su esposa? “¿Por qué me exhibiste?“. A veces alguien tiene problemas y le proponen buscar consejo, y piensa: “¿qué van a decir de mí, que el sacrosanto hermano necesita consejería?” Pero lo único que van a saber de ti es lo que ya sabemos: que eres un pecador y que eres débil y que no puedes solo. El problema es que no nos gusta demostrar eso — queremos dar la apariencia de que sí podemos, de que mi matrimonio es perfecto.

Proverbios 28:13

El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y los abandona alcanzará misericordia.

Si tú estás en un problema, no finjas que todo está bien: reconoce que eres pecador y pide ayuda. No para que alguien te “absuelva” —solo Cristo perdona el pecado— sino porque confesarlo con otro te ayuda. ¿Por qué es tan difícil reconocer que fallamos, incluso cuando es evidente para todos, como cuando alguien trae el cierre del pantalón abierto y nadie le avisa? Necesito que me digas en qué áreas percibes que estoy fallando — puede que te equivoques, o no, pero necesito la humildad de escucharlo, preguntarle primero al Señor y después a quien más me conoce. Y sabes por qué no reconocemos nuestro pecado: porque nuestra identidad, nuestro sentido de valor, está en nuestras obras, en que los demás nos vean como un buen papá, un buen esposo, un buen cristiano. Pero lo que me debe dar identidad no es que soy bueno en algo — es que soy malo en todo, pero Cristo me ama y nunca me va a dejar de amar.

No culpes a otros.

Mira más profundo. Hace más de veinte años, cuando yo era estudiante, uno de mis maestros tenía una hija llamada Christa Sofía, una niña llena de energía que siempre andaba corriendo por los jardines del seminario. Se quejaba de que le dolía la pierna, y le decíamos “es que estás creciendo”. Resultó que tenía un osteosarcoma en el fémur, descubierto muy tarde porque el médico solo le recetó un antiinflamatorio sin hacer un diagnóstico profundo. Gracias a Dios ella sobrevivió, contra todo pronóstico, aunque en silla de ruedas —hoy compite en carreras de atletismo adaptado, y hace unos tres años se graduó de la universidad—. Cuando vas al doctor quieres que te revise bien, aunque el diagnóstico sea feo — pero no hacemos lo mismo con nuestro corazón. Nos conformamos con decir “voy a dejar de enojarme”, “ya no voy a mentir”, sin preguntarnos por qué mentimos, por qué nos enojamos. El problema no es lo que hacemos, es lo que somos. Es más fácil decir “me enojé, me hiciste enojar” que decir “soy un asesino de corazón” —porque Cristo enseñó que el que se enoja contra su hermano es culpable de homicidio— y necesito el perdón de Dios.

No te confíes.

Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga.

Imagínate a alguien que Dios rescató del alcoholismo, proponiéndole al pastor: “¿qué tal si para evangelizar mejor a los alcohólicos nos ponemos a evangelizar dentro de las cantinas?” — muy creativo, pero si tú luchaste con eso, mejor búscale por otro lado, porque te vas a exponer. Si luchaste con la pornografía, procura no quedarte solo con pantallas. Si luchas con el enojo, sal quince minutos antes de tu casa. Necesitas conocer tus debilidades y hacer lo que te corresponde para minimizar la tentación.

Si todos son pecadores, significa que las personas también me van a fallar y a lastimar.

Cuando alguien te lastima con un comentario, ¿debería extrañarte? Lo que debería extrañarme es cuando eso no ocurre — somos pecadores. Que eso me duela tanto me dice que mi identidad no está arraigada en Cristo, sino en lo que las otras personas piensan de mí. ¿Bíblicamente cuál es “mi lugar”? El infierno — lo que Cristo ganó para mí es algo que no merezco. También vas a tener hijos o familiares que te avergüencen: cuando mi hija saca nueves y dieces, “se llama el papá”; cuando me llaman de la escuela por mala conducta, “salió la mamá”. Pero yo no me debo sentir avergonzado si mi hija es pecadora —¿te imaginas la presión que tendría si yo esperara que nunca pecara?—. También te van a traicionar personas en las que confías.

Porque aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, el Señor me recogerá.

Y va a haber líderes que fallen. A los pastores nos gusta decir “pon tus ojos en Jesús”, y es cierto, pero no debe usarse como pretexto para pecar — la responsabilidad de cada pastor es esforzarse al máximo, pero aun mi máximo no alcanza. Somos pecadores, y debemos entender que vamos a fallar.

II. El pecado lo afecta todo

Imagínate que soy taquero, voy al baño, no me lavo las manos, y preparo tu taco de suadero así. ¿Seguirías comiendo conmigo si supieras eso? El pecado contamina; todo lo que toca lo corrompe, y por eso Dios lo aborrece.

Pues sabemos que la creación entera gime y sufre hasta ahora dolores de parto.

Todo el universo está corrompido, maldito por causa del pecado. Vives en un mundo quebrantado: van a ocurrir cosas injustas — te pueden despedir siendo un excelente trabajador, va a haber desastres naturales, van a morir nuestros seres queridos, a veces de manera inesperada. Debemos prepararnos para el sufrimiento; no hay de otra mientras estemos en este mundo. Necesitamos crecer en nuestra comprensión de la soberanía de Dios, y preparar a los nuestros — hacer preguntas difíciles con tu esposa: “¿qué vamos a hacer si me pasa algo?” — no por invocar la desgracia, sino porque vivimos en un mundo donde ocurren cosas inesperadas, y si ocurren es porque Dios así lo permite. Hay cosas prácticas que sí puedes hacer para anticiparte —cuidar tu salud, ahorrar, un seguro de vida—, aunque haya cosas que nunca vas a poder evitar.

Y por último, no debemos dejar de anhelar la libertad — la que viene cuando Cristo vuelva. A mí me encanta correr en la montaña; cuando veo esas montañas y esas nubes, y recuerdo que Dios va a renovarlo todo, no me cabe en la mente cómo podría ser más glorioso de lo que ya es. Pero eso solo va a ocurrir cuando Cristo vuelva, y mientras tanto, como leímos en Apocalipsis, el Espíritu y la novia dicen: ven. Tenemos que decirle al Señor “ven”, y hablar de Él a otros.

III. Dios aborrece el pecado

El pecado siempre tiene consecuencias — no hay manera de pecar sin que las haya.

No se dejen engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará.

Todo lo que hacemos, y todo lo que dejamos de hacer, tiene consecuencias, aunque no nos descubran de inmediato. Cuando conocí a Mari, ella me pidió que nunca le dijera “ahí te ves” —una frase muy cotidiana, pero que a ella le disgusta— y de vez en cuando, sobre todo cuando estoy molesto, se me sale, a veces hasta con mala leche. Si Dios aborrece el pecado —si sé lo que a Él le da náuseas— y digo que lo amo, ¿qué debería hacer? Es como si mi esposa me dijera “por favor, nunca me hagas huevos tibios”, y yo se los hiciera todos los días. Dios ya nos dijo lo que le desagrada; si decimos que lo amamos, debemos apartarnos de eso — porque, al fin y al cabo, el pecado nos aleja de Dios.

Esas son las tres realidades del pecado: todos somos pecadores, el pecado lo afecta todo, y Dios aborrece el pecado.

IV. Cristo libera del castigo del pecado y del poder del pecado

¿Cuál es la verdad que nos hace libres?

21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí. 22 Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, 23 pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. 24 ¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?

Imagínate que Pablo hubiera venido a Gracia Soberana, escuchado un sermón sobre el enojo, y dijera “ahora sí ya entendí que no debo ser enojón” —dicen que Pablo era muy enojón, por cierto—. Lo que nos dice aquí es: ya me di cuenta de que no tengo que pecar, ya no quiero hacerlo, pero hay algo en mí que me empuja a hacerlo de todos modos. Y el día que digo “hoy sí no me voy a enojar” es el día que peor me va.

Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que yo mismo, por un lado, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por el otro, con la carne, a la ley del pecado.

Es un contraste increíble: Pablo acaba de decir “soy un miserable” y de inmediato alaba a Dios.

1 Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. 2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte.

Imagínate: soy cristiano, vine a la iglesia, canté, pero antes de salir me peleo con mi esposa, la ofendo, salgo, me atropella un carro, y muero ahí mismo, habiendo pecado sin confesarlo todavía. Si yo fuera católico, diría que voy al purgatorio a pagar por eso. Pero lo que dice la Escritura es que si estás en Cristo, no hay condenación — Cristo ya pagó por todos los pecados, pasados, presentes y futuros. Y los que están en Cristo no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu: hay algo nuevo dentro de nosotros, el Espíritu Santo, que nos da el poder para vencer el pecado que decíamos que no podíamos vencer — no porque tú seas muy “chingón”, sino porque el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de los muertos vive en ti.

Conclusión

Todos somos pecadores. El pecado lo afecta todo. Dios aborrece el pecado. Pero Cristo nos ha librado no solo del castigo del pecado, también de su poder. El pecado que está en nosotros es como una serpiente a la que Cristo le quitó el veneno: todavía te puede morder, todavía te puede lastimar, pero ya no te puede matar — y si dependes del Señor y te aferras a Su fuerza, esa serpiente va a ir cediendo, y la vas a vencer.

Cierra tus ojos. Quiero pedirte que reflexiones en tu propio pecado — hoy fui muy genérico, y quiero que reconozcas cuál es el pecado con el que estás luchando: quizás el orgullo, quizás el enojo, la avaricia, la lujuria. Reconócelo, no delante de nosotros, sino delante de Dios, de Cristo y del Espíritu. Te aseguro que si te aferras a Cristo y dependes del Espíritu, vas a experimentar victoria sobre el pecado — pero tienes que confesarlo delante de Dios, llamar a las cosas como son: el problema no es que sea un enojón, el problema no es lo que hago, el problema es lo que soy. Digámosle a Dios: Señor, líbrame de mí mismo.

Vamos ahora. Señor, te damos gracias porque podemos ver en tu Palabra…