Introducción
Testimonio: David Brainerd
David Brainerd
David Brainerd nació en 1718 en Nueva Inglaterra. Cuando tenía 9 años murió su padre; cuatro años después, su madre. Quedó en el abandono, al cuidado de familiares. A los 20 años ingresó a lo que hoy es la Universidad de Yale para prepararse a predicar el evangelio, pero solo estuvo unos meses: se enfermó de tuberculosis, entonces incurable y altamente contagiosa. Aun así se fue a predicar entre tribus indígenas de Estados Unidos, soportando inviernos crudos con su cuerpo cada vez más débil. En 1747 se refugió en casa de su amigo y casi suegro, el pastor Jonathan Edwards, y murió a los 29 años.
Cita del diario de Brainerd
“Aquí estoy, envíame; envíame a los confines de la tierra; envíame a lo áspero, al salvaje perdido del desierto; envíame de todo lo que se llama consuelo en la tierra; envíame hasta la muerte misma, si es para tu servicio, y para promover tu reino.”
Frente a esto cabe preguntarse: ¿qué tipo de persona le pide a Dios que lo mande a la muerte? ¿Qué sostuvo a hombres como Brainerd para enfrentar la duda, el desconsuelo, la soledad, la muerte misma?
Contexto: un funeral reciente en la iglesia
El día anterior se había compartido en un funeral. Una hermana de la iglesia, identificada solo como Mimi, había llegado a conocer a Cristo de manera real tras un accidente en la autopista en el que su esposo Beto oraba por ella. Al recibir un diagnóstico de cáncer, ella lo enfrentó con una fe que sorprendió: sabía lo que venía, pero su fe estaba puesta en Jesús. En sus últimas conversaciones decía: “ya me voy.” Este contexto motivó el cambio de tema del sermón ese domingo (los cantos ya estaban preparados en base a otro pasaje, pero el mensaje se cambió).
La pregunta central: ¿cómo pueden los creyentes enfrentar la realidad del dolor y la angustia? El pasaje elegido es el Salmo 22, que —como dijo Juan Calvino— es “una anatomía de las partes del alma” (referido en el audio como “una radiografía del alma”). El pasaje se predicó en tres partes: vv. 1-18 (el salmista se siente abandonado por Dios), vv. 19-21 (una oración desesperada) y vv. 22-31 (algo cambia radicalmente en el tono del salmo).
I. Abandonado por Dios (vv. 1-18)
A. Convicción de abandono (vv. 1-5)
1 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor? 2 Dios mío, de día clamo y no respondes; Y de noche, pero no hay para mí reposo.
El título del salmo lo atribuye a David, quien vivió alrededor del año 1000 a.C. Fue un hombre de fe —“conforme al corazón de Dios”— pero también un terrible pecador: perseguido por Saúl en su juventud, y luego protagonista de adulterio, homicidio, violación y fratricidio dentro de su propia familia, además de un golpe de estado de uno de sus hijos en su contra. No se sabe en qué momento exacto escribió este salmo, pero por su contenido parece ser el peor momento de su vida.
David no se pregunta si Dios lo ha abandonado — está convencido de que lo ha hecho. Clama de día y de noche sin respuesta; la angustia es tan profunda que no puede dormir, días y semanas seguidas. Su relación con Dios se siente fría, como un amigo que dejó de hablarle de repente.
B. Tensión entre la teología y la experiencia (vv. 3-5)
3 Sin embargo, Tú eres santo, Que habitas entre las alabanzas de Israel. 4 En Ti confiaron nuestros padres; Confiaron, y Tú los libraste. 5 A Ti clamaron, y fueron librados; En Ti confiaron, y no fueron decepcionados.
Hay una tensión notable: David reconoce que Dios es santo, todopoderoso, y recuerda que en el pasado libró a su pueblo — el agua de la roca, el maná, la expulsión de los enemigos. Pero surge la pregunta implícita: “ellos te clamaron y fueron librados… yo clamo y no hay respuesta.” Conocer la Biblia y la buena teología no siempre trae consuelo: hay momentos donde lo que se cree y lo que se vive parecen desconectados, y las promesas de Dios en vez de producir fe producen frustración.
Idea clave
David sabe que Dios es santo y fiel; sabe que ese Dios libra a su pueblo — lo sabe perfectamente, pero solo en la teoría, no en su experiencia presente.
C. Despreciado por el pueblo (vv. 6-11)
6 Pero yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. 7 Todos los que me ven, de mí se burlan; Hacen muecas con los labios, menean la cabeza, diciendo: 8 Que se encomiende al Señor; que Él lo libre; Que Él lo rescate, puesto que en Él se deleita.
David se siente como un gusano — como las larvas que aparecen en carne podrida, algo que se desecha. No solo Dios parece ausente: la gente lo trata como si no valiera nada, se burla de su confianza en el Señor.
9 Porque Tú me sacaste del seno materno; Me hiciste confiar estando a los pechos de mi madre. 10 A Ti fui entregado desde mi nacimiento; Desde el vientre de mi madre Tú eres mi Dios. 11 No estés lejos de mí, porque la angustia está cerca, Pues no hay nadie que ayude.
David recuerda que Dios lo cuidó desde el vientre — y la pregunta implícita es “¿por qué ahora no?” El v. 11 marca la primera vez en el salmo que David le pide algo directamente a Dios. Quejarse no está mal en sí mismo cuando se hace en el lugar correcto — con Dios mismo, no solo con otras personas — como lo hacen muchos salmos. Lo importante es no quedarse solo en la queja: inmediatamente después David clama, venciendo el orgullo, porque ya no tiene a dónde ir.
D. Rodeado de enemigos (vv. 12-18)
12 Muchos toros me han rodeado; Toros fuertes de Basán me han cercado. 13 Ávidos abren su boca contra mí, Como un león que despedaza y ruge.
Mientras David ora —posiblemente de rodillas— es rodeado por enemigos fuertes y feroces, comparados con toros de Basán (símbolo de fuerza bruta) y leones.
14 Soy derramado como agua, Y todos mis huesos están descoyuntados; Mi corazón es como cera; Se derrite en medio de mis entrañas. 15 Como un tiesto se ha secado mi vigor, Y la lengua se me pega al paladar; Me has puesto en el polvo de la muerte.
16 Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malhechores; Me horadaron las manos y los pies. 17 Puedo contar todos mis huesos; Ellos me miran, me observan. 18 Se reparten entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echan suertes.
Los enemigos, ahora comparados con perros carroñeros, lo rodean, lo dan por muerto y se reparten hasta su ropa. David queda completamente derrotado — sin fuerzas, sin dignidad, esperando solo la muerte.
Idea clave
Hasta este punto: el dolor de David era real, con manifestaciones físicas; estaba convencido de que Dios lo había abandonado; su conocimiento teológico no le consolaba sino que le frustraba; la gente cercana se burlaba de él; y enemigos poderosos lo daban por muerto. No sabemos exactamente qué vivía David, pero muchos pueden reconocer algo similar: sentirse abandonados, despreciados, atacados por todos lados — y aun quienes no han vivido algo tan extremo conocen la angustia en algún grado.
II. Una oración desesperada (vv. 19-21)
19 Pero Tú, oh Señor, no estés lejos; Fuerza mía, apresúrate a socorrerme. 20 Libra mi alma de la espada, Mi única vida de las garras del perro. 21 Sálvame de la boca del león Y de los cuernos de los búfalos; respóndeme.
Al borde de la muerte, dado por muerto por sus enemigos, David levanta de nuevo su voz a Dios, pidiendo con urgencia que lo salve. El v. 21 termina con un salmista moribundo suplicando una respuesta. Hasta aquí, el salmo describe una agonía cruda y sin alivio.
Entre el v. 21 y el v. 22 ocurre un cambio radical de tono — pareciera que empieza otro salmo. La pregunta que guía el resto del mensaje es: ¿qué produjo ese cambio, de la angustia más profunda a la alabanza? La respuesta no está en el salmo mismo, sino en Cristo.
El clamor en boca de Cristo
Después Jesús les dijo: «Esto es lo que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre Mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos».
Todos los salmos hablan de Jesús — y este, tan claro en sus referencias a Cristo, es citado explícitamente en la cruz:
Y alrededor de la hora novena, Jesús exclamó a gran voz, diciendo: «Elí, Elí, ¿lema sabactani?». Esto es: «Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has abandonado?».
Los sufrimientos de David anticipaban los de Cristo mil años después — con una diferencia: David solo sentía que Dios lo había abandonado, mientras que Cristo fue realmente abandonado por el Padre al cargar el pecado en la cruz. Fue despreciado, burlado, rodeado de enemigos:
«En Dios confía; que lo libre ahora si Él lo quiere; porque ha dicho: “Yo soy el Hijo de Dios”».
Le horadaron las manos y los pies; dijo “tengo sed” con la lengua pegada al paladar; lo despojaron de sus vestiduras y murió desnudo. Dios inspiró a David para escribir, mil años antes, un salmo que terminaría en labios del Cristo crucificado.
Y adelantándose un poco, cayó sobre Su rostro, orando y diciendo: «Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras».
Jesús no temía a los líderes religiosos, ni a los clavos ni a los azotes — temía la ira de Dios cayendo sobre Él.
Cristo, en los días de Su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, fue oído a causa de Su temor reverente. Aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció; y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen.
La respuesta del Padre en Getsemaní fue “no”: no había otro camino para redimir a los pecadores más que la cruz. David fue salvado de la muerte; Cristo enfrentó la muerte para salvar a su pueblo. David era culpable de sus propias decisiones; Cristo, inocente hasta el final.
La sombra del camión
Historia contada en el libro de Tim Keller Caminando con Dios a través del dolor y el sufrimiento (referida en el audio como “enfrentando el dolor y el sufrimiento”): un pastor conducía de regreso del funeral de su esposa, con su pequeña hija en el asiento trasero. En un semáforo, un camión grande se detuvo a su lado y proyectó su sombra sobre el auto. El pastor le preguntó a su hija: “¿qué preferirías, que te atropelle un camión o su sombra?” Ella respondió: “la sombra — no puede hacernos daño.” El padre le explicó: si el camión no te golpea, solo su sombra, vas a estar bien. Lo que pasó sobre su madre fue solo la sombra de la muerte — ella está viva, más viva que nosotros — porque hace dos mil años el verdadero camión de la muerte golpeó a Jesús. Por eso, para quienes creen, lo único que puede venir sobre ellos es la sombra de la muerte, que no es más que la entrada a la gloria.
Por causa de la muerte de Cristo, cualquier dolor que los creyentes enfrenten será, como dice Pablo, breve y momentáneo. Esta certeza sostuvo a Pablo tras ser apedreado, náufrago y encarcelado; sostuvo a los cristianos arrojados a las fieras en el Imperio Romano; y sostiene hoy a quienes soportan prisión o muerte por causa de Cristo.
III. Un grito de alabanza (vv. 22-31)
A. Alabanza en boca de Cristo (vv. 22-25)
22 Hablaré de Tu nombre a mis hermanos; En medio de la congregación te alabaré.
Este versículo aparece citado en boca de Cristo en Hebreos 2:12 — ya no moribundo ni en la tumba, sino de pie ante una gran multitud alabando a Dios, porque resucitó. David fue librado de la muerte; Cristo la enfrentó y la venció, siendo “el primogénito de entre los muertos” (Colosenses).
23 Los que temen al Señor, alábenlo; Descendencia toda de Jacob, glorifíquenlo, Témanlo, descendencia toda de Israel. 24 Porque Él no ha despreciado ni aborrecido la aflicción del angustiado, Ni le ha escondido Su rostro; Sino que cuando clamó al Señor, lo escuchó.
No importa cuál sea la aflicción, ni si Dios parece ausente, ni si las personas cercanas han dado la espalda: para quienes han puesto su fe en Jesús, todo enemigo ya fue derrotado en la cruz y en la resurrección.
…dando gracias al Padre que nos ha capacitado para compartir la herencia de los santos en la Luz.
B. En Cristo se cumple la promesa (vv. 26-31)
26 Los pobres comerán y se saciarán; Los que buscan al Señor, lo alabarán. ¡Viva para siempre el corazón de ustedes! 27 Todos los términos de la tierra se acordarán y se volverán al Señor, Y todas las familias de las naciones adorarán delante de Ti. 28 Porque del Señor es el reino, Y Él gobierna las naciones.
Estos versículos recuerdan la promesa que Dios le hizo a Abraham y luego a David: que por su descendencia serían benditas todas las familias de la tierra. Esa promesa no se cumplió plenamente en la vida de David ni de su hijo Salomón — Judá terminó en cautiverio e Israel como nación nunca volvió a ser lo que fue. Se cumple en Cristo, cuya muerte y resurrección abrieron la puerta para que gente de todo el mundo, incluidos los oyentes de este sermón dos mil años después y del otro lado del mundo, sean herederos de la misma promesa.
Idea clave
Podemos gozarnos en el sufrimiento porque en Su resurrección Cristo venció y ha compartido Su victoria y Su bendición con todos los que se acercan a Él.
Conclusión
Tres movimientos del mensaje: primero, el clamor de la angustia no es finalmente el de David ni el nuestro, sino el de Cristo en la cruz, quien padeció el dolor, la angustia, el abandono y la muerte para que su pueblo jamás sea derrotado. Segundo, la oración desesperada de los vv. 19-21 también se entiende como la oración de Cristo en Getsemaní. Tercero, el grito de alabanza pertenece a Jesús, quien tras vencer a la muerte convoca a personas de toda nación, época y condición social a alabar a Dios.
Idea clave
Podemos enfrentar el dolor, la angustia, el abandono y la muerte con confianza, porque Cristo venció en la cruz, resucitó con poder y ha compartido su victoria con nosotros.
Aplicación
Para quienes están sufriendo: que las lágrimas no hagan perder de vista la verdad — aunque no se sienta la presencia de Dios, Él no ha abandonado a los suyos, no puede negarse a sí mismo. Predicarse el evangelio a uno mismo: “Cristo padeció en la cruz para librarme; en su resurrección ganó la victoria y la compartió conmigo.” Clamar, porque Dios prometió escuchar a sus hijos. Atreverse a alabar a Dios en medio del dolor, sin quedarse centrado únicamente en el sufrimiento. Recordar que ya se fue librado del dolor más profundo, el juicio eterno — y que, para quien está en Cristo, incluso el dolor viene envuelto en bendición.
Para quienes no están sufriendo en este momento: llenarse de Cristo antes de que llegue la prueba, con la misma intencionalidad con la que se toman vitaminas antes de enfermarse, no después.
Para quienes acompañan a otros en su dolor: acercarse en vez de mantener distancia, reflejar la esperanza que hay en Jesús, sin minimizar el dolor pero sin perder de vista la victoria — y esto se aplicó de forma concreta ese domingo, invitando a la congregación a acompañar a la familia de Beto y Mimi.
Para quienes aún no han creído: el dolor presente, sin Cristo, es solo un anticipo del juicio eterno. La invitación es a reconocerse pecador, reconocer la necesidad de un Salvador, y venir a Él, quien se ofreció a sí mismo para salvar.
La grabación termina de forma abrupta a mitad de la oración de cierre (“Cierra tus ojos y vamos ahora, Señor…”), sin que se haya conservado el resto.