Introducción

Rey, quiero rogarte la dirección y la guía de tu Espíritu Santo. Todos nosotros somos hombres débiles, faltos de ti en nuestra vida, y tú nos has dejado tu Palabra y tu Espíritu Santo para transformarnos. Hoy queremos ponernos en las manos de tu Espíritu para que a mí, en mi debilidad, y a mis hermanos, tu Palabra brille en nuestra mente y corazón, para producir arrepentimiento y fe, para tu gloria, en el nombre de Jesús te lo ruego.

En los noventa salió una película de Jim Carrey llamada Mentiroso, mentiroso: un abogado muy mentiroso cuyo hijo, en su cumpleaños, pide un deseo —que su papá no pueda mentir por veinticuatro horas—, y el deseo se cumple. Su vida entera se desmorona. ¿Y si Dios hiciera eso contigo, que no pudieras mentir durante veinticuatro horas? Si cada vez que tuvieras que justificarte, en vez de mentir o minimizar, dijeras simplemente la verdad, ¿qué pasaría en tu vida?

Hoy vamos a ver Levítico 27, el último capítulo del libro, donde Dios regula las promesas que Su pueblo hace. Dios sabe de antemano cómo somos: impulsivos, inconstantes, olvidadizos, y en este pasaje vamos a ver que también provee Su gracia cuando fallamos.

Si has estado en esta serie, este es nuestro último sermón, veintitrés sermones. Levítico es un libro que hemos aprendido a ver no solo como un libro de la ley, sino como un libro donde la gracia de Dios se muestra de manera real y evidente. Empezamos esta serie recordando cómo termina Éxodo:

35 Moisés no podía entrar en la tienda de reunión porque la nube estaba sobre ella y la gloria del Señor llenaba el tabernáculo.

Así empieza Levítico: la presencia de Dios en el tabernáculo, y Moisés, el líder que Dios había usado para liberar al pueblo, sin poder entrar. Si Moisés no podía entrar a la presencia de Dios, ¿qué esperanza había para un israelita común? La situación parecía imposible, porque Dios había dicho que iba a habitar en medio de Su pueblo, y algo tenía que suceder, o no habría esperanza. Ahí aparece la gracia de Levítico —en hebreo, Vayikrá, «y llamó»—: a lo largo del libro, Dios llama a Su pueblo a acercarse, confiando en los sacrificios que Él mismo proveyó; a confiar en los sacerdotes, hombres imperfectos capacitados por Dios como mediadores; y a vivir de una manera diferente, reflejando Su santidad. Si algún día te preguntan de qué trata Levítico, ojalá puedas decir: de cómo Dios provee medios para que pecadores, idólatras y traidores sean perdonados y puedan vivir en Su presencia.

La semana pasada, en Levítico 26, vimos el clímax: bendiciones para la obediencia, maldiciones para la desobediencia. Las bendiciones eran prosperidad, paz, descendencia y, sobre todo, la presencia de Dios. Ellos habían sido esclavos, reducidos a propiedad sin derechos, y Dios los sacó de ahí a Su presencia, donde hay plenitud de gozo.

12 ¿Qué daré al Señor por todos Sus beneficios para conmigo?

Esa es la pregunta detrás de Levítico 27: Dios me ha bendecido tanto, ¿cómo respondo yo? Y lo que una persona hacía en el Antiguo Testamento era un voto voluntario —una promesa que alguien le hacía a Dios como respuesta a Sus bendiciones, no para obtener algo, sino porque ya se lo había dado—. Esto es revolucionario en Levítico: del capítulo 1 al 26 casi todo son mandatos, «harás, no harás», pero el capítulo 27 regula algo opcional. Un voto, cuando se hace correctamente, no es un intento de pagarle a Dios —es imposible pagarle—, es como cuando un niño le hace un dibujo a su papá: no tiene valor económico, pero el padre lo atesora porque expresa amor.

El problema es que nosotros, como el pueblo de Israel, somos rompedores de promesas profesionales: a nuestros hijos, a nuestro cónyuge, en el trabajo, y lo más grave, a Dios mismo. El problema no es solo que rompemos promesas, es que a veces prometemos algo que de antemano ya sabemos que no vamos a poder cumplir. Este sermón tiene cinco puntos.

I. Promesas absurdas

Levítico 27:2 (NTV)

Da las siguientes instrucciones al pueblo de Israel: si uno de ustedes hace un voto especial para dedicar a alguien al Señor…

La NBLA dice «un voto difícil de cumplir». Imagínate esto: un matrimonio con problemas, y la solución es «ya te dediqué al Señor, te vas a ir a vivir al tabernáculo». ¿Qué significaba dedicar una persona al Señor? Podía significar tres cosas: sacrificio humano —que Dios prohibía de antemano, aunque los pueblos vecinos lo practicaban—, servir en el tabernáculo —como le pasó a Samuel, cuando su madre hizo un voto y, al destetarlo, lo llevó a vivir ahí—, o ser sirviente de un levita. El jefe de familia podía decidirlo por otra persona: la esposa, el hijo difícil, la suegra. Pero ¿y si Dios nunca pidió eso? ¿Qué hace Dios si le traen a alguien que Él nunca pidió: lo recibe, generando un problema, o lo rechaza, comunicando que se le puede prometer algo y no cumplirlo sin consecuencias?

3 Si tu valuación es de varón de veinte hasta sesenta años, entonces tu valuación será de cincuenta siclos (570 gramos) de plata, según el siclo del santuario…

Un siclo era lo que ganaba una persona en una semana de trabajo. Dios da una solución genial: si prometiste que alguien más serviría al Señor, Él no lo recibe así, pero para cumplir tu promesa tienes que pagar un precio equivalente a la capacidad productiva de esa persona —según una tabla que va del bebé al anciano—. Dios toma en serio las promesas, pero también da una solución que no destruye a la familia. Solemos hacer estas promesas en momentos de alegría o de angustia —como Ana, que prometió dedicar a su hijo si Dios le concedía uno, y Dios tuvo gracia y recibió su voto—, o en casos trágicos como Jefté (Jueces 11), que prometió sacrificar lo primero que saliera de su casa si ganaba la guerra, y fue su hija quien salió: un voto insensato que Dios nunca pidió.

8 Pero si es más pobre que tu valuación, entonces será llevado delante del sacerdote, y este lo valuará; según los recursos del que hizo el voto, el sacerdote lo valuará.

Si le prometiste algo a Dios, tienes que cumplirlo, según lo que puedas. Hacemos promesas con facilidad, pero las cumplimos con dificultad.

II. Promesas imprudentes

9 «Si es un animal de los que se pueden presentar como ofrenda al Señor, cualquiera de los tales que uno dé al Señor, será sagrado. 10 No lo reemplazará ni lo cambiará, el bueno por el malo, o el malo por el bueno; pero si cambia un animal por otro animal, entonces ambos, el animal y su sustituto serán sagrados.

Imagínate a un israelita emocionado, prometiendo su mejor cordero, y cuando va por él piensa: está bien gordito, mejor le llevo al Señor ese otro más flaquito. Dios no se lo había pedido, él lo prometió voluntariamente, y si intenta cambiarlo, pierde los dos animales.

11 Si es algún animal inmundo, de la clase que no se puede presentar como ofrenda al Señor, entonces traerá el animal delante del sacerdote. 12 El sacerdote lo valuará como bueno o como malo; como tú, el sacerdote, lo valúes, así será. 13 Pero si alguna vez él lo quiere redimir, él añadirá la quinta parte a tu valuación.

Un burro, un camello, un caballo: animales valiosos pero no sacrificables, que Dios nunca pidió. Aun así, Dios ve la sinceridad del corazón y lo recibe —se vendía, y el dinero se usaba para comprar animales que sí podían sacrificarse—. Pero si después la persona se arrepiente y quiere su burrito de vuelta, tiene que pagar la valuación más una quinta parte: esta ley te hace pensarlo dos veces antes de prometerle algo al Señor.

¿Por qué alguien haría una promesa voluntaria y luego cambiaría de opinión? En primer lugar, porque somos inconstantes.

Santiago 1:8

El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.

A lo mejor tienes el deseo genuino de honrar a Dios, pero basaste tu promesa en una emoción y no en una convicción, y eso no es devoción, es emoción. En segundo lugar, somos insensatos.

28 «Porque, ¿quién de ustedes, deseando edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo, para ver si tiene lo suficiente para terminarla? 29 No sea que cuando haya echado los cimientos y no pueda terminar, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él, 30 diciendo: “Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar”.

El israelita prometía sin sacar cuentas: ¿y si ese cordero era lo que su familia necesitaba para comer? Y, por último, porque nuestro corazón es engañoso.

9 «Más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio; ¿Quién lo comprenderá?

El que prometía la oveja gorda y luego llevaba la flaca, ¿buscaba la gloria de Dios o la suya propia? Muchas veces, incluso en nuestras «obras buenas», hay un motivo egoísta que busca que otros digan «qué humilde, qué generoso». Por eso necesitamos desesperadamente la gracia de Dios, no solo para perdonar nuestras promesas rotas, sino para transformar nuestros corazones engañosos.

III. Promesas irregulares

Levítico 27:14-15

14 Si un hombre consagra su casa como cosa sagrada al Señor, el sacerdote la valuará como buena o como mala; como el sacerdote la valúe, así será. 15 Pero si el que la consagra quiere redimir su casa, entonces añadirá a tu valuación la quinta parte del valor de ella, y será suya.

Lo mismo: alguien da su casa, y luego se arrepiente.

Levítico 27:16-21

16 Si alguno consagra al Señor parte del campo de su propiedad, entonces tu valuación será en proporción a la semilla que se necesite para él; un homer de semilla de cebada se valuará en cincuenta siclos de plata. 17 Si consagra su campo desde el año de jubileo, conforme a tu valuación quedará. 18 Pero si consagra su campo después del jubileo, entonces el sacerdote le calculará el precio en proporción a los años que quedan hasta el año de jubileo, y será rebajado de tu valuación. 19 Y si el que consagra el campo desea redimirlo, entonces añadirá la quinta parte del precio de tu valuación, y le quedará. 20 Sin embargo, si no redime el campo, sino que lo ha vendido a otro hombre, ya no podrá redimirlo. 21 Cuando el campo quede libre en el jubileo, será cosa sagrada al Señor, como campo dedicado; será para el sacerdote como propiedad suya.

El precio de un terreno no dependía del tamaño, sino de su fertilidad. Y hay un factor importante: el año del jubileo, cuando la tierra volvía a su dueño original. Pero somos especialistas en hacer trampa. Imagínate que le vendo un terreno a un hermano, y antes de que se cumplan los cincuenta años y tenga que devolvérmelo, le digo: «ya lo dediqué al Señor, qué lástima, ya no podemos hacer nada». O un terreno en disputa entre hermanos por una herencia, y alguien lo «dedica» para no repartirlo. Es parecido a lo que denuncia Jesús:

11 Pero ustedes dicen: «Si un hombre dice al padre o a la madre: “Cualquier cosa mía con que pudieras beneficiarte es corbán (es decir, ofrenda a Dios)”», 12 ya no le dejan hacer nada en favor de su padre o de su madre; 13 invalidando así la palabra de Dios por la tradición de ustedes, la cual han transmitido, y hacen muchas cosas semejantes a estas».

Somos capaces de sacar provecho incluso de la manera en que le prometemos cosas a Dios, olvidando que Él es dueño de todo.

IV. Promesas irreversibles

28 «Sin embargo, cualquier cosa dedicada que alguien separe para el Señor de lo que posee, sea hombre o animal, o campos de su propiedad, no se venderá ni redimirá. Toda cosa dedicada es santísima al Señor. 29 Ninguna persona que haya sido dedicada como anatema será redimida; ciertamente se le dará muerte.

Aquí no se habla de sacrificio, sino de cosas malditas —como todo lo que se sacó de Jericó (Josué), que Dios había declarado anatema, sin uso propio posible—; o de criminales bajo sentencia, dedicados para el Señor, sin posibilidad de redención. Hay promesas que no se pueden revocar.

V. Promesas no negociables

Levítico 27:30-33

30 «Así pues, todo el diezmo de la tierra, de la semilla de la tierra o del fruto del árbol, es del Señor; es cosa consagrada al Señor. 31 Y si un hombre quiere redimir parte de su diezmo, le añadirá la quinta parte. 32 Todo diezmo del ganado o del rebaño, o sea, de todo lo que pasa debajo del cayado, la décima cabeza será cosa consagrada al Señor. 33 No debe considerar si es bueno o malo, tampoco lo cambiará; si lo cambia, tanto el animal como su sustituto serán sagrados. No podrán ser redimidos».

Este punto es diferente: todo lo anterior era voluntario, pero el diezmo no. En el antiguo Israel, la décima parte de toda la producción ya era del Señor de antemano. La tentación era, antes de cosechar, ya haber decidido cuál parte sería «del Señor», y luego, al ver que salían espigas grandes y bonitas justo en esa porción, cambiarlas. Con los animales, se contaban uno a uno bajo el cayado del pastor, y el décimo, fuera gordo o flaco, era del Señor, sin poder cambiarlo. Hay cosas que ya son de Dios antes de que decidamos dárselas: el diezmo en el antiguo Israel no era generosidad, ya era Suyo.

Conclusión

Hacemos promesas con facilidad, las cumplimos con dificultad, y entonces buscamos escapar, intentamos sacar provecho, olvidando que todo es de Dios.

Piensa en las promesas absurdas: tu hijo está enfermo en el hospital y le dices al Señor «si lo salvas, lo dedicaré a tu servicio»; el niño se salva, ¿y ahora qué haces, lo mandas de misionero? Dios no te pidió eso. O las promesas imprudentes: prometes el 50% de las ganancias de un negocio si Dios te da un cliente, lo consigues, y cuando llega el momento piensas: mejor le doy menos. Queremos cambiar la oveja gorda por la flaca. O las promesas irregulares: pides dinero prestado que no sabes si vas a poder pagar, y de eso das a Dios —no puedes darle a Dios lo que le debes a otro—; o quieres donar una casa que está en disputa entre hermanos, que no es solo tuya; o le robas tiempo a tu patrón para «cosas espirituales» en tu horario de trabajo, cuando ese tiempo no es tuyo.

No necesitamos prometerle algo difícil a Dios para que nos acepte. Desde Levítico 27, Dios ya sabía que ibas a fallar, y por eso proveyó este sistema de redención. Pero todo esto es solo la sombra de Cristo, que cumplió perfectamente Su compromiso.

10 Pero quiso el Señor quebrantarlo, sometiéndolo a padecimiento…

El designio de Dios desde la eternidad fue ofrecer a Su Hijo como alguien dedicado para Él. En Getsemaní, Cristo preguntó al Padre si había otra manera, y la respuesta fue: esto es irrevocable. Cristo fue dedicado, y fue la promesa que sí se cumplió, para que traidores, mentirosos, inconstantes y quebradores de promesas como tú y como yo pudiéramos ser aceptados. Él pagó el precio de nuestra redención, un precio que jamás podríamos pagar, para que ahora respondamos en amor y gratitud.

32 El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?

Y sobre el diezmo, que siempre incomoda: Jesús no lo abolió, en Mateo 23 dijo que debían hacer esto sin descuidar aquello. Pero el fondo del asunto no es el diezmo:

1 Corintios 6:19 (RV60)

¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?

No es si vas a dar el 10%, es entender que todo lo que somos y tenemos le pertenece a Dios —no solo porque nos creó, sino porque nos compró con Su sangre, porque se hizo maldición por nosotros—. Eso es lo que nos motiva a ofrendar, no que Dios nos vaya a bendecir más. Como los macedonios:

2 Corintios 8:3-5

3 que según sus posibilidades, y aun más allá de sus posibilidades, dieron de su propia voluntad, 4 suplicándonos con muchos ruegos el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos, 5 y esto no como lo habíamos esperado, sino que primeramente se dieron a sí mismos al Señor y luego a nosotros por la voluntad de Dios.

Dios no espera un porcentaje ni una cantidad de ti, espera que te entregues por completo a Él, entendiendo que todo es Suyo. Yo no veo el diezmo como que yo le doy el 10% a Dios; es que Dios me da el 90%.

El evangelio en Levítico 27

Cristo cumplió por nosotros cada promesa que jamás podríamos cumplir, y pagó el precio de redención que nunca podríamos pagar, para que ahora respondamos en amor y gratitud.

Aplicaciones

Sé cuidadoso cuando le prometes algo a Dios: mejor no prometer que prometer y no cumplir; Dios no te está pidiendo nada, Él ya te aceptó, ya te amó, ya te dio todo. Pero cuando te metes al juego y le prometes, Él se toma las cosas en serio.

Dios conoce tu fragilidad, sabe que vas a fallar, y aun así te ama. Pero no podemos abusar de Su gracia, porque eso significaría que no hay amor real. La redención es posible, pero es cara: no fue con esfuerzo humano, sino con la sangre de Cristo.

Reconoce que todo lo que tienes es de Dios, porque Él te creó y porque te compró. Donde nosotros prometimos y fallamos, Cristo prometió y cumplió; donde nosotros no pudimos pagar, Cristo pagó completamente, para que ahora ya no vivamos bajo la condenación de promesas rotas, sino bajo la gracia recibida, creyendo que todo lo que somos y tenemos es de Él, por Él, para Él.

Cierra tus ojos. Señor, nos cuesta tanto trabajo aceptar esta verdad, que todo es tuyo. Lo decimos con facilidad, pero es muy difícil de creer en la práctica. Tú nos has enseñado en el libro de Levítico que provees un camino para que los pecadores se acerquen a ti; sabes de antemano que vamos a fallar, y aun así, en tu paciencia, nos toleras. Ahora que sabemos que no nos rescataste con sangre de animales, sino con la sangre preciosa de Jesús, ayúdanos a vivir bajo ese entendimiento, a creer que hemos sido comprados a un precio altísimo, a ser conscientes de que todo es tuyo. Líbranos de hacer promesas insensatas, vanas o tramposas, y ayúdanos a creer que todo lo que somos y tenemos te pertenece. En el nombre de Jesús. Amén.