Introducción

Señor, nos ponemos en tus manos y queremos rogar tu dirección para este hombre débil que tiene la responsabilidad de compartir tu Palabra. Mis palabras son débiles, no tienen ningún poder, pero tu Palabra es viva. Te ruego que uses mi debilidad para hacer tu obra, Señor — haz ese milagro de usar a un pecador para que tu Espíritu obre en tu pueblo. Te lo ruego, Dios, en el nombre de Jesucristo.

El síndrome del fariseo

Tengo más de 30 años de contacto con la iglesia. Mi conversión genuina fue en la adolescencia, y muy pronto empecé a ser decepcionado por hermanos que buscaban hacerlo mejor, pero seguían siendo pecadores — llegué a acumular resentimiento contra algunos, y cuando pasaban a servir o a orar, mi corazón hervía por dentro: “¿quién se cree éste para orar, con todo lo que me ha hecho?” Lo más terrible es que, años después, el Señor me permitió llegar a ser pastor — y descubrir que yo también soy tan indigno, que cometo los mismos errores que antes señalaba en otros.

En Levítico hemos visto que nadie tiene méritos propios para servir al Señor, y eso nos puede llevar a dos errores: señalar a los demás, o señalarnos a nosotros mismos como indignos. Hoy vamos a ver que solo un sacrificio perfecto capacita a los pecadores para vivir y servir ante el Dios Santo. Antes de que Aarón pudiera ejercer su ministerio, después de ser lavado y vestido, tuvo que haber tres sacrificios: uno de perdón, uno de entrega total (el holocausto), y uno de consagración.

I. Un sacrificio de perdón

14 Entonces trajo el novillo de la ofrenda por el pecado, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del novillo de la ofrenda por el pecado. 15 Después Moisés lo degolló y tomó la sangre y con su dedo puso parte de ella en los cuernos del altar por todos los lados, y purificó el altar. Luego derramó el resto de la sangre al pie del altar y lo consagró, para hacer expiación por él. 16 Tomó también toda la grasa que había en las entrañas y el lóbulo del hígado, y los dos riñones con su grasa, y Moisés los quemó sobre el altar. 17 Pero el novillo, con su piel, su carne y su estiércol, lo quemó en el fuego fuera del campamento, tal como el Señor había mandado a Moisés.

Aunque Aarón ya había sido lavado, era necesario un sacrificio antes de presentarse ante Dios — un novillo perfecto, de un año, sin defecto. Aarón y sus hijos ponen las manos sobre él, reconociendo: “somos pecadores”.

Cuando alguien se familiariza con lo santo, puede desarrollar el “síndrome del fariseo” — sentirse menos pecador que otros: “gracias, Señor, porque no soy como fulano que ni viene a las reuniones”, “porque no soy como perengano que lucha con adicciones”. Solemos juzgar más duro los pecados más visibles —el que bebe— que los que pasamos por alto en nosotros mismos —el chisme, la mentira— aunque tienen el mismo peso delante de Dios.

Catecismo de Heidelberg, pregunta 2: ¿Cuántas cosas necesitas saber para que, gozando de este consuelo, puedas vivir y morir felizmente? Primera, cuán grandes son mis pecados y mi miseria. Segunda, cómo puedo ser librado de todos mis pecados y de mi miseria. Tercera, cómo debo expresar mi gratitud a Dios por tal liberación.

La sangre y el perdón

Aarón ya había sido lavado — ¿por qué necesitaba, además, un sacrificio? Porque el perdón implica pagar una deuda. Si alguien me presta dinero y luego decido perdonarle esa deuda, esa decisión de perdonar tiene un costo para mí.

pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás».

Porque la paga del pecado es muerte,

Ellos, aunque conocen el decreto de Dios que los que practican tales cosas son dignos de muerte

Idea clave

La consecuencia ineludible del pecado es muerte.

Aarón había pecado; alguien debía morir. Dios provee un sustituto valioso, perfecto, inocente.

Y según la ley, casi todo ha de ser purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón.

La grasa se quemaba para Dios; el resto —piel, estiércol— se quemaba fuera del campamento, como la basura no se guarda en la sala de la casa.

11 Porque los cuerpos de aquellos animales, cuya sangre es llevada al santuario por el sumo sacerdote como ofrenda por el pecado, son quemados fuera del campamento. 12 Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante Su propia sangre, padeció fuera de la puerta. 13 Así pues, salgamos a Su encuentro fuera del campamento, llevando Su oprobio.

Seis principios

1. El perdón de los pecados no es algo barato. Si tus hijos desperdician algo que a ti te costó mucho esfuerzo conseguir, te duele o te enoja — a Dios el perdón le costó la sangre de Su Hijo. Piensa en una Coca-Cola helada en un día caluroso: se ve deliciosa, pero tiene doce cucharadas de azúcar, ácido fosfórico que desmineraliza tus huesos, caramelo IV potencialmente cancerígeno — así es el pecado: apetecible a la carne, pero una bomba de tiempo. ¿Cómo seguir viendo el pecado como algo ligero, si el precio para perdonarlo fue la sangre de Jesús?

2. Nadie sirve a Dios porque sea suficiente, sino por Su gracia. Buscamos afirmación constantemente —hasta en los “likes” de redes sociales—, y podemos usar hasta el ministerio para sentirnos bien con nosotros mismos. Pero ningún esfuerzo nuestro es jamás suficiente para un Dios perfecto. Cuando mis hijas eran pequeñas me regalaban dibujos que ni se entendían, y yo los atesoraba — no porque fueran buenos, sino porque los hizo mi hija con amor. Dios recibe nuestro servicio no porque lo hagamos excelente, sino porque nos ha amado y perdonado.

De ahí se desprende: reconocernos como pecadores; aceptar la corrección con humildad, en vez de responder “¿y a ti qué te importa?”; valorar a otros en vez de competir con ellos; ser pacientes con el pecado ajeno; y vivir en constante dependencia de Dios.

II. Un sacrificio de entrega total

Levítico 8:18-21

18 Entonces presentó el carnero del holocausto, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero. 19 Y Moisés lo degolló y roció la sangre sobre el altar, por todos los lados. 20 Cuando había cortado el carnero en pedazos, Moisés quemó la cabeza, los pedazos y el sebo. 21 Después de lavar las entrañas y las patas con agua, Moisés quemó todo el carnero sobre el altar. Fue holocausto de aroma agradable; fue ofrenda encendida para el Señor, tal como el Señor había ordenado a Moisés.

“Holocausto” viene de la misma raíz que “holístico” — completo. Se entregaba todo, sin reservar nada; no era para perdón, sino para adoración, entrega total.

Idea clave

La gracia que perdona es también una gracia que llama a que nos entreguemos totalmente.

Nadie puede adorar o servir a Dios sin entrega total. Así como el amor conyugal no se comparte, Dios tampoco acepta una religión de “hobby dominical” — dos horas los domingos, y ya.

19 ¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que ustedes no se pertenecen a sí mismos? 20 Porque han sido comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo y en su espíritu, los cuales son de Dios.

¿Cuánto pagó Cristo por mí? Todo. ¿Cuántos pecados perdonó? Todos. Esa misma entrega total nos demanda a nosotros: no hay áreas reservadas —ni “navegación privada”, ni aplicaciones ocultas—; nuestra adoración es más que la música congregacional del domingo, es toda nuestra vida cotidiana; nuestras prioridades deben alinearse con las Suyas; y esa entrega es diaria, no un evento único.

III. Un sacrificio de consagración

Levítico 8:22-29

22 Luego presentó el segundo carnero, el carnero de la consagración, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero. 23 Moisés lo degolló y tomó de la sangre y la puso en el lóbulo de la oreja derecha de Aarón, en el pulgar de su mano derecha y en el pulgar de su pie derecho. 24 Hizo también que se acercaran los hijos de Aarón… 27 Entonces lo puso todo en las manos de Aarón y en las manos de sus hijos, y lo presentó como una ofrenda mecida delante del Señor.

La sangre en la oreja, la mano y el pie: los oídos, con los que escuchamos —chismes, pornografía, o la voz de Dios—; las manos, con las que trabajamos; los pies, que dirigen nuestro camino. Todo el sacerdote —su escucha, su trabajo, su camino— pertenecía ahora al Señor.

Idea clave

Visualmente, esto representa una entrega total: oído, obra y camino.

Luego se ponía toda la grasa, la cola, el hígado, los panes, en las manos de Aarón. ¿Qué tenía Aarón para ofrecerle a Dios? Nada. ¿Qué tenemos nosotros que Dios necesite? Nada. Ninguno de los que servimos en esta iglesia lo hacemos con la excelencia que Dios merecería — yo nunca me siento listo para predicar. Pero Dios, sabiendo que Aarón no tenía nada, le pone él mismo el sacrificio en las manos.

Todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas.

Idea clave

Aunque no poseemos nada para adorar o servir a Dios, Él llena y capacita a quienes se rinden completamente a Él.

IV. Comunión

Levítico 8:30-35

30 Moisés tomó del aceite de la unción y de la sangre que estaba sobre el altar, y roció a Aarón y sus vestiduras, y a sus hijos y las vestiduras de sus hijos… 31 Entonces Moisés dijo a Aarón y a sus hijos: «Cuezan la carne a la entrada de la tienda de reunión, y cómanla allí junto con el pan… 33 Y no saldrán de la entrada de la tienda de reunión por siete días, hasta que termine el tiempo de su consagración… 35 …y guardarán la ordenanza del Señor para que no mueran, porque así se me ha ordenado».

Dios no solo quería que Aarón se nutriera con esa carne — quería pasar tiempo con él, tener comunión, como una sobremesa familiar. Los siete días —número de plenitud— representaban que, de ahí en adelante, toda su vida estaría consagrada.

Idea clave

Todo el que ha sido consagrado por Dios, permanecerá consagrado por toda su vida.

Y Aarón y sus hijos hicieron todas las cosas que el Señor había ordenado por medio de Moisés.

Conclusión

Hemos visto: que el perdón de los pecados no es barato; que nadie sirve a Dios porque sea suficiente, sino por gracia; que nadie puede adorar sin entrega total; que aunque no poseemos nada, Dios llena y capacita a quien se rinde a Él; y que todo consagrado por Dios permanece consagrado toda su vida. Estos principios se aplican a nosotros, sacerdotes del Nuevo Pacto: adoramos no solo el domingo, sino con toda la vida; nunca olvidamos que somos pecadores; servimos confiados no en nuestra capacidad, sino en Su gracia.

Porque lo que hago, no lo entiendo. Porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago.

Conexión con el evangelio

Solo un sacrificio perfecto capacita a los pecadores para vivir y servir ante el Dios Santo.

Porque por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados.

La perfección no es la nuestra, es la de Cristo — y cuando Dios nos ve, por medio de Cristo, nos ve perfectos.

Idea clave

Todo lo que somos y hacemos para Dios, es provisto por Dios.

¿Quién de nosotros ama a su esposa como Cristo a la iglesia, hasta la muerte? Nadie. Pero si todo lo que somos y hacemos para Dios nos lo provee Él mismo, entonces ya nos ha dado lo necesario para amar, para sujetarnos, para perdonar —aunque sea difícil, aunque las heridas sean profundas. No hay mayor testimonio del poder del evangelio que un pecador acercándose humildemente a otro para decir “perdóname”.

Si alguna vez te has sentido insuficiente para servir a la iglesia, te felicito — el día que te sientas suficiente, es cuando debes preocuparte. Lo que necesitas es recibir por fe lo que Cristo ya ganó, y creer que Él provee lo que necesitas para vivir y servirle.

Antes de orar: ¿con qué pecado estás luchando? ¿Cuál es el pecado que está sembrando muerte en tu vida, tu matrimonio, tu iglesia, tu trabajo? Cristo ya murió para darte lo que necesitas para vencerlo…