Introducción

En los años noventa hubo un escándalo en Inglaterra: Barings, el banco comercial más antiguo de Inglaterra, con más de 200 años de operaciones, fue obligado a cesar operaciones en 1995. El responsable directo fue un empleado, un broker llamado Nick Leeson, que cometió un error en una inversión que le costó veinte mil libras esterlinas —para un banco de ese tamaño, no era un problema tan grande, esos errores ocurrían de manera cotidiana—. Lo que debió hacer era ir con su supervisor y decir «cometí un error», pero en lugar de eso abrió de manera oculta una cuenta donde escondió esa pérdida. Y empezó ese efecto de bola de nieve: un error tras otro, ocultándolos, acumulándolos, a lo largo de varios años, hasta que, sin ninguna autorización, hizo movimientos que generaron al banco una deuda de miles de millones de libras —superior a todo el capital del banco—. Cuando el asunto se descubrió, era demasiado tarde. Un banco de más de doscientos años de historia fracasó por una persona que, a lo largo de los años, fue ocultando sus errores.

Muchas veces nosotros podemos vivir así: tomando decisiones cotidianas, no cosas tan grandes ni significativas, pero que vamos acumulando, y que afectan nuestra relación con nuestra familia, con nuestro trabajo, y, lo que es más grave, con Dios. Podemos pasar años sin que esas cosas nos afecten, haciendo malabarismos para que no nos descubran, pero tarde que temprano, a menos que Dios intervenga soberanamente, va a ocurrir el desastre.

Hace quince días estuvimos en Levítico 23, que nos habla de las fiestas: siete celebraciones que el pueblo de Israel vivía una vez al año. Levítico 24 nos va a abordar el tema de lo cotidiano, lo que el pueblo hacía todos los días. Solemos poner atención a lo grande y significativo —limpiamos mejor la casa cuando va a llegar un familiar, cenamos distinto en Navidad—, pero descuidamos lo cotidiano. Y es justo en lo cotidiano donde construimos las bases para avanzar y crecer, o donde dejamos que germinen las semillas que van a arruinar toda nuestra vida.

El título de este sermón es Viviendo cada día a la luz de Su rostro, y lo vamos a ver en cuatro secciones. ¿Tus actitudes, decisiones y hábitos cotidianos contribuyen a acercarte a los propósitos de Dios para tu vida, o te alejan de Él? ¿Cuántas horas vienes a la iglesia a la semana —dos, el domingo de once a una—, y cuántas horas pasas en Netflix, en redes sociales, exponiéndote a la gracia de Dios y a Su Palabra, contra cuánto tiempo te expones a un sistema que va en contra del Señor?

I. Encendiendo la luz cada día

1 Entonces el Señor le dijo a Moisés: 2 «Manda a los israelitas que te traigan aceite puro de olivas machacadas para el alumbrado, para hacer arder la lámpara continuamente. 3 Fuera del velo del testimonio, en la tienda de reunión, Aarón las dispondrá para que ardan desde el anochecer hasta la mañana delante del Señor continuamente; será estatuto perpetuo para todas sus generaciones. 4 Mantendrá las lámparas en orden en el candelabro de oro puro, continuamente delante del Señor.

Este libro fue revelado cuando Israel estaba en el desierto: los judíos salieron de Egipto, atravesaron el mar, llegaron al Sinaí, y la presencia de Dios descendió con tal poder que el pueblo tembló de miedo y dijo que no quería acercarse. Entonces Dios les ordenó construir el tabernáculo, con tres compartimentos: el atrio, donde estaban las mesas de los sacrificios; el lugar santo; y, detrás de un velo, el lugar santísimo, donde estaba físicamente la presencia de Dios.

El versículo 2 habla de «la lámpara» como si todo el mundo supiera de cuál se trata. Esa lámpara se describe en Éxodo:

31 Entonces harás un candelabro de oro puro. El candelabro, su base y su caña han de hacerse labrados a martillo. Sus copas, sus cálices y sus flores serán de una pieza con él.

Un candelabro de seis brazos, decorado con flores de almendro.

39 El candelabro, con todos estos utensilios, será hecho de 34 kilos de oro puro.

No era de fundición, era macizo, labrado a martillo. Estaba en el lugar santo —la antesala de la presencia de Dios—, junto con la mesa de los panes y un pequeño altar de incienso. Los únicos que podían entrar ahí eran los sacerdotes: un israelita de a pie nunca conoció cómo era el interior del lugar donde Dios habitaba.

Pero el versículo 2 dice que había una palabra que se repite muchas veces en este pasaje: continuamente. Aunque el pueblo no podía entrar al lugar santo, sí estaba invitado a participar de la adoración, trayendo el aceite. Cada noche se necesitaban entre tres y cinco litros de aceite de oliva —el techo del tabernáculo, hecho de pieles y lino, dejaba pasar tenues rendijas de luz durante el día, pero al atardecer solo la lámpara iluminaba el interior—. Y ese aceite era el que ellos mismos cultivaban con el sudor de su frente: lo que plantaste, lo que prensaste con tus propias manos, lo llevabas para que estuviera en la presencia de Dios.

Dios no necesitaba esa luz —Él es el creador de la luz—; la lámpara encendida funcionaba como un recordatorio de que vivimos en un mundo de tinieblas, rodeados —como el pueblo en el desierto, rodeado de animales salvajes— de peligro. Mantener el candelabro encendido simbolizaba que solo la presencia de Dios es capaz de disipar esas tinieblas, y al participar, el pueblo contribuía para que la luz de Dios resplandeciera. No porque Dios los necesitara —si hubiera querido una fuente de luz más poderosa que el sol, la habría tenido—, sino porque los quería invitar a colaborar con Él para iluminar las tinieblas.

En este nuevo pacto ya no tenemos candelabros que iluminar, ni se nos pide traer aceite cada día. Pero aunque Dios tampoco nos necesita, también nos invita a contribuir con Él para iluminar las tinieblas. Él mismo dijo: ustedes son la luz del mundo.

15 para que sean irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual ustedes resplandecen como luminares en el mundo,

Ya no traemos lámparas ni aceite; el Señor quiere que sean nuestras propias vidas las que brillen en esta nueva era. Cuando vivimos de acuerdo con los valores del evangelio, brillamos; cuando guardamos nuestra vida sexual en pureza e integridad, brillamos; cuando vivimos con una actitud que refleja el gozo y la gratitud del Señor, brillamos. ¿Qué cosas cotidianas tendrías tú que hacer para que la luz del Señor brille en tu vida? Tendríamos que orar cada día, y tomar intencionalmente acciones concretas.

II. Sustentados por el pan de Su presencia

5 Tomarás flor de harina y con ella cocerás doce tortas; en cada torta habrá dos décimas de efa. 6 Las colocarás en dos hileras, seis en cada hilera, sobre la mesa de oro puro delante del Señor. 7 Y en cada hilera pondrás incienso puro, para que sea porción memorial del pan, una ofrenda encendida para el Señor. 8 Cada día de reposo, continuamente, se pondrá en orden delante del Señor. Es un pacto eterno para los israelitas. 9 Y será para Aarón y para sus hijos, y lo comerán en un lugar santo; porque lo tendrá como cosa muy sagrada de las ofrendas encendidas para el Señor, por derecho perpetuo».

Cada efa pesaba alrededor de veintidós kilos, así que cada torta, dos décimas de efa, pesaba más de cuatro kilos: no eran pancitos, eran panzotes. Doce panes, casi cincuenta kilos de pan, casi lo de un bulto de cemento, colocados en dos hileras de seis, apiladas como hotcakes, sobre la mesa de oro frente al candelabro, con incienso delante. Al final de cada semana, el sacerdote entraba con pan nuevo, se llevaba el viejo, y los sacerdotes se lo comían.

El tamaño de los panes es significativo: cada uno de los doce representaba una tribu de Israel, y no era un pancito, era abundancia —cuando Dios provee, no da poquito, da en abundancia—. El texto dice que era «porción memorial», un recordatorio. Al fin y al cabo, ese pan representaba a las personas: así como el pan estaba delante de Dios, todos ustedes están viviendo delante de mí, en mi presencia. Es como si Dios hubiera puesto cámaras: los estoy viendo todo el tiempo, ustedes están en mi presencia.

Y lo más significativo es que los sacerdotes se comían el pan en la presencia de Dios —los mejores momentos de la vida se pasan alrededor de una mesa—; era intimidad, comunión. Pero el texto dice que era «cosa muy sagrada»: si estás en comunión con Dios, pero Dios no es igual que tú —Él es santo—, y si quieres estar en Su presencia, tú tienes que ser santo. Estos panes, llamados panes de la presencia, le recordaban a Israel que vivían delante del rostro de Dios, que Dios los saciaba, pero que debían vivir de una manera digna para Él.

Todo está delante de Dios: tu hogar, tu trabajo, lo que ves en redes sociales, las conversaciones que borras, lo que navegas en modo incógnito.

13 No hay cosa creada oculta a Su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta.

El Señor nos llama a vivir cada día en intimidad con Él, satisfaciendo nuestros corazones en Su presencia y viviendo en santidad.

III. Honrando Su nombre en cada circunstancia

Mientras Moisés recibía estas instrucciones, ocurrió algo en el pueblo.

10 El hijo de una mujer israelita, cuyo padre era egipcio, salió entre los israelitas; y el hijo de la israelita y un hombre de Israel lucharon en el campamento. 11 Y el hijo de la israelita blasfemó el Nombre, y maldijo. Entonces lo llevaron a Moisés. (El nombre de su madre era Selomit, hija de Dibri, de la tribu de Dan). 12 Lo pusieron en la cárcel, hasta que se les aclarara la palabra del Señor. 13 Entonces el Señor le dijo a Moisés: 14 «Saca fuera del campamento al que maldijo, y que todos los que lo oyeron pongan las manos sobre su cabeza, y que toda la congregación lo apedree. 15 Hablarás a los israelitas y les dirás: “Si alguien maldice a su Dios, llevará su pecado.

Un mestizo y un israelita puro estaban peleando; el mestizo blasfemó el nombre de Dios; lo metieron a la cárcel mientras preguntaban al Señor qué hacer, y la sentencia de Dios fue la muerte. Esto nos puede parecer severo, pero blasfemar significa hablar intencionalmente en contra de la gloria de Dios. Este hombre había visto la gloria de Dios —la muerte de los primogénitos egipcios, el mar abierto, la presencia de Dios en el Sinaí y en el tabernáculo, la muerte de Nadab y Abiú por no seguir los protocolos—; sabía quién era Dios, pero en un arranque de furia perdió el control y prorrumpió contra Él. El problema no es solo la ofensa, es contra quién se dice: si ofender a tu jefe o a una autoridad ya trae consecuencias graves, cuánto más una ofensa intencional contra Dios. Nunca, bajo ninguna circunstancia, podían olvidar la santidad del nombre de Dios; el pueblo debía darle el honor que merecía en cualquier circunstancia, no solo cuando estaba tranquilo. Dios advierte a Su pueblo que Su nombre debe ser honrado en todo momento y bajo cualquier circunstancia.

IV. Honrando a tu prójimo

En la última sección, el Señor pone legislaciones sobre qué hacer cuando alguien hiere o mata a otro: es lo que se conoce como la ley del talión.

Aunque Mahatma Gandhi dijo que «ojo por ojo, el mundo quedará ciego», lo que está poniendo aquí el Señor es un respeto por la vida humana.

Dios enseña a Su pueblo a honrar a su prójimo protegiendo su vida y su dignidad, porque cada persona lleva la imagen de Dios.

Conclusión

Lo que vimos en los versículos del 1 al 4 es que el Señor invitaba a Su pueblo a contribuir con Él para que Su luz resplandeciera en el mundo, y el Señor nos sigue invitando a lo mismo. En los versos del 5 al 9, los panes de la presencia le recordaban a Israel que vivían delante de Dios, que Él podía saciarlos y que eran llamados a vivir en santidad; para nosotros eso significa vivir cada día en intimidad con Él, satisfacer en Él nuestros corazones y vivir para Su gloria. En los versos del 10 al 15, Dios advierte a Su pueblo que Su nombre debe ser honrado en todo momento y bajo cualquier circunstancia, con nuestras palabras y con nuestra vida. Y del 15 al 22, Dios enseña a Su pueblo a honrar a su prójimo protegiendo la vida y la dignidad de cada persona.

¿Nuestras vidas reflejan la luz del Señor? Creo que sí, pero también creo que nos falta muchísimo: preferimos la comodidad, toleramos el pecado, ocultamos a Cristo en nuestras acciones. Dios nos ofrece saciarnos con Su presencia, pero buscamos llenar nuestro corazón en otras mesas —trabajo, placer, comodidad, aprobación de otros—, como dice Jeremías, saciándonos en cisternas rotas. Sabemos que Su nombre debe ser honrado siempre, y sin embargo nuestras palabras y reacciones revelan ira, ligereza, contradicción, porque a nuestro corazón le gusta más desahogarse que honrarlo. Fracasamos una y otra vez.

Pero Israel nunca pudo mantener la lámpara encendida, y nosotros tampoco —Cristo es la luz del mundo, y Su luz nunca se apaga—. Israel debía ser saciado en la mesa del tabernáculo y nunca lo logró, pero Cristo es el pan de vida, que se entregó a sí mismo para saciarnos de verdad. Israel debía honrar el nombre de Dios en toda circunstancia y nunca fue capaz; solo Cristo, cuando fue a la cruz, en las ofensas, en la humillación, no abrió su boca. Donde nosotros fallamos cada día en vivir a la luz de Su rostro, Cristo lo cumplió perfectamente; murió para justificarnos de esas faltas y resucitó para hacernos participar de Su luz, de Su mesa, de Su nombre y de Su amor.

Conexión con el evangelio

Cristo es la luz que no se apaga, el pan que sacia, el que honró perfectamente al Padre y el hombre que amó a su prójimo hasta la cruz, para salvar a pecadores que fallamos cada día.

Aplicaciones

¿Tienes hábitos que te alejan de Dios? Muchos de ellos funcionan porque parecen saciar por un momento el corazón, pero vas a reflejar aquello de lo que te estás llenando. Escudriña tu día: ¿qué haces al despertar, revisas tu teléfono o clamas al Señor? ¿Qué haces cuando hay un problema con tu pareja, gritas y maldices o clamas a Dios? Cuando el estrés te sobrepasa, ¿a dónde corres, a los brazos de Cristo o a un consuelo momentáneo? Cuando hay ataques o burlas, ¿respondes con sarcasmo o buscas refugio en la comida, las compras, el trabajo? Si te sacia el placer, la comodidad o el poder, cuando te los quiten van a salir uñas y dientes. Arrepiéntete de esos hábitos y toma decisiones concretas —muchas veces decimos «así soy», pero un creyente que entiende quién es su Señor no puede decir eso: el Señor nos llamó, nos compró, y nos está transformando.

No basta con dejar malos hábitos; hay que construir hábitos de gracia. En vez de vivir el devocional como una costumbre o una batalla, ven a Cristo como quien viene a la mesa del Padre, que te está disponiendo una mesa de oro puro con lo que necesitas para ser saciado. Y, finalmente, necesitamos apropiarnos de Cristo: si estás aquí porque alguien te invitó, reconoce tu incapacidad de cambiarte y salvarte a ti mismo, y confía en Cristo como el único que te puede salvar y transformar; y si eres creyente, deja de vivir como si todo dependiera de tus fuerzas. Solo un corazón saciado por la presencia de Cristo va a reflejar Su luz en su hogar y en toda la sociedad. Saciémonos de Su gracia.

Vamos a orar. Señor, sácianos de tu misericordia, de tu brazo. Hacemos tantas cosas todos los días que nos alejan de ti: redes, pecados, secretos, pensamientos que hemos consentido. Ayúdanos a saciarnos de Cristo, que Él sea para nosotros la perla de gran precio, aquel por quien vale la pena perderlo todo. Ayúdanos a destruir esos hábitos de barro y a caminar cada día hacia ti, para tu gloria. En el nombre de Jesús. Amén.