Introducción
Señor, me pongo en tu mano y te ruego por tu guía y tu dirección para este hombre débil, para que tu Palabra pueda dar fruto en la vida de tu pueblo. Señor, solo tú puedes obrar de esa manera, así que me pongo en tus manos confesándome un pecador necesitado de tu gracia, en el nombre de Jesús. Amén.
Hace aproximadamente cinco años, muchos de ustedes todavía no eran parte de esta iglesia. Hace cinco años, en septiembre, estábamos haciendo reuniones afuera. Era la época en que acababa de empezar a levantarse la cuarentena por el COVID-19. Fueron casi 8 millones de casos confirmados en México y casi 400 mil muertes solamente en México; a nivel global, millones de muertos. Los primeros meses fueron difíciles en muchísimo sentido: para muchos fue económico, porque dependían de sus negocios, de las escuelas, de las ventas, de las rentas; para otros fue familiar, porque si no hay dinero y estás encerrado, los problemas empiezan a surgir. Algunas personas perdieron familiares amados durante esos meses.
Pero conforme el tiempo fue pasando y empezamos a salir, y a hacer reuniones también como iglesia, nos empezaron a imponer normas: la sana distancia, el cubrebocas. En la iglesia hacíamos dos cultos y teníamos las filas bien separadas unas de otras. En la entrada teníamos un tapete —ese tapete, por cierto, sobrevivió desde la pandemia— donde te ponías los pies para sanitizarlos, y hasta llegamos a rociar y a echar el clásico gel en la mano. El filtro sanitario estaba ahí donde estaba Iván y Luis. A mucha gente no le gustaba: había quienes, con tal de no pasar el filtro, se iban por otro lado o entraban por los salones. Normalmente todas las normas son difíciles, aunque sabes que son por tu bien.
Lo que vivimos durante la pandemia puede semejarse, de una manera muy chiquita, con lo que vivió el pueblo de Israel en el desierto. El día de hoy vamos a ver cuatro capítulos, Levítico 12, 13, 14 y 15 —no los vamos a leer todos, porque nos tomaría media hora leerlos completos—, pero lo que Dios establece en estos capítulos es precisamente un protocolo, así como había un protocolo durante la pandemia, para que el pueblo de Israel pudiera relacionarse unos con otros, porque ellos tenían delante de sí la misma presencia de Dios. Imagínate despertar y salir de tu tienda de campaña y, en vez de ver el volcán o las montañas, ver una inmensa columna de fuego o de nube delante de ti. Era algo impresionante, pero también terrorífico —recuerda lo que le pasó a Nadab y Abiú, que se acercaron de manera indigna delante de Dios—. Vivir delante de Dios era algo glorioso y, al mismo tiempo, algo que producía temor. Por eso el Señor va a establecer en estos capítulos normas para que el pueblo que vivía en el desierto las siguiera, porque ellos estaban viviendo delante de Dios.
Por eso este sermón lo he titulado Toda la vida ante la presencia de Dios, y eso es precisamente lo que significa Coram Deo —delante de la presencia de Dios—: la idea es que el pueblo de Dios vive toda su vida delante de Dios. Es como el reality show Big Brother, donde toda su vida, todo lo que hacían, estaba siendo filmado por las cámaras: en el pueblo de Israel, toda su vida corría delante de la presencia de Dios. Y para nosotros también.
Pureza e impureza ritual
Antes de empezar a analizar el pasaje hay un par de conceptos que tenemos que entender, porque en esta sección hay muchos malos entendidos. Según la mentalidad de Levítico, las cosas se clasifican en dos: hay cosas santas y hay cosas no santas, es decir, comunes o normales. Lo santo puede referirse a Dios y a todo lo que está dedicado para servirle —personas, lugares o cosas—. Había personas santas, como el sumo sacerdote; cosas santas, como el altar o los instrumentos para los sacrificios —no podías, por ejemplo, tomar un cuchillo de los sacerdotes para tus propios usos, porque esos cuchillos estaban dedicados exclusivamente al Señor—; y lugares santos, como el tabernáculo, donde residía la presencia del Señor. Algo santo jamás podía usarse para algo común, y si algo santo se contaminaba, debía ser destruido; no había alternativa.
El problema es que lo santo no se mezcla con lo común, porque lo común está manchado por el pecado —ojo, no estoy diciendo pecaminoso, aquí no estamos hablando de pecado, sino de cosas comunes—. No podías agarrar una silla de tu casa y meterla al tabernáculo, no porque la silla fuera pecadora, sino porque el tabernáculo era santo y tu silla no. Una de las cosas que hicieron Nadab y Abiú fue tomar sus propios incensarios, algo normal, y meterlo al tabernáculo; por eso hubo consecuencias.
En Israel, el estado normal de las personas era estar limpias, porque estaban en contacto con Dios, ofreciendo sacrificios, participando de la adoración. Pero también había cosas impuras, y esto es quizás lo más difícil de entender: lo impuro no era necesariamente algo pecaminoso. El Dios de la Biblia es un Dios de vida, donde todo lo que Él hace es vivo, vibrante y glorioso; pero cuando el pecado se introdujo, se introdujo la muerte. Todo lo que tenía alguna relación con la muerte era, en la mentalidad del Levítico, impuro. No hay nada más cercano a la muerte que un cadáver, y si tocabas un cadáver —algo inevitable si fallecía un familiar— entrabas en contacto con la muerte, y eso no era pecaminoso, era inevitable. La sangre derramada fuera del tabernáculo era sinónimo de muerte, y los desechos y fluidos corporales, ya fueran producidos por enfermedad o por el funcionamiento natural del cuerpo, también.
Cuando una persona limpia tocaba algo impuro, se contaminaba —eso no sigue vigente hoy, era del periodo del Antiguo Testamento—. Y también había contagio de santidad: si algo santo, como el altar o cierta carne, tocaba a una persona, esa persona se volvía santa y no podía salir del tabernáculo por un tiempo; por eso los sacerdotes se quedaban siete días encerrados. Pero lo más normal es que si alguien tocaba algo impuro, quedaba en estado de impureza. No era malo estar impuro, era normal —había fluidos corporales que son parte de nuestra naturaleza—. Lo malo era presentarte a adorar a Dios en ese estado. Te lo ilustro así: ¿es malo estar sudado y sucio porque trabajaste o hiciste ejercicio? No, incluso es digno de admiración. ¿Pero irías así a conocer a tu suegra, o a una cena con tu jefe? No es que sea malo; simplemente está fuera de lugar. Lo que Dios quería con todo este montón de reglas es que el pueblo de Israel entendiera que Él estaba viviendo en medio de ellos, y que su presencia santa tenía que afectar y modelar toda su vida.
31 Así ustedes mantendrán a los israelitas separados de sus impurezas, para que no mueran en sus impurezas por haber contaminado Mi tabernáculo que está entre ellos.
Si estabas en un estado impuro no te pasaba nada, pero no podías acercarte a Dios en ese estado; tenías que limpiarte. Y eso Dios ya lo había provisto: proveyó un medio, los sacerdotes y los sacrificios, para que las personas contaminadas fueran purificadas, y esto hacía que el pueblo estuviera consciente de la santidad de Dios.
10 para que hagan distinción entre lo santo y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio, 11 y para que enseñen a los israelitas todos los estatutos que el Señor les ha dicho por medio de Moisés.
Idea Clave
La impureza no era pecado, pero no te permitía acercarte a Dios ni te dejaba tener comunión con los demás. Dios había provisto un medio de purificación.
I. Sexualidad, procreación y santidad cotidiana
El parto
Vamos a ver primero cómo la pureza se vivía en la sexualidad y la procreación.
2 Di a los israelitas: “Cuando una mujer dé a luz y tenga varón, quedará impura por siete días; como en los días de su menstruación, será impura.
Dar a luz es un milagro, algo glorioso —una vez que la mujer tiene al bebé en sus brazos, se le olvida cualquier dolor—, pero en aquel entonces era un momento sumamente peligroso: el índice de mortalidad materna durante el parto era diez veces más alto que en nuestros días, y el índice de mortalidad infantil era treinta veces más alto —la mitad de los bebés no llegaba a cumplir un año—. Sin anestesia, sin bisturís, sin higiene, era muy normal que una mujer muriera al dar a luz, o que muriera desangrada. Por eso, cuando una mujer daba a luz, quedaba impura: había estado en contacto con la sangre, había estado bien cerquita de la muerte, y eso significaba que no podía entrar al tabernáculo ni acercarse a Dios para adorar.
4 Y ella permanecerá en la sangre de su purificación por treinta y tres días; no tocará ninguna cosa consagrada ni entrará al santuario hasta que los días de su purificación sean cumplidos.
La idea era que la mujer, debido al derramamiento de sangre, quedaba contaminada y pasaba un periodo, primero de siete días y luego de treinta y tres, haciendo un total de cuarenta —de ahí viene la palabra cuarentena— donde debía permanecer aislada. Muchas de estas reglas no son reglas de exclusión, sino de protección: en una sociedad machista como la del antiguo Israel —Dios no lo es, lo aclaro, pero el antiguo Israel sí—, la mujer que acababa de dar a luz no tenía que levantarse a servir a los demás; era un periodo donde ella permanecía aislada junto con su bebé y quienes le ayudaban. Cuando nacía una niña, el periodo de purificación se duplicaba; no sabemos exactamente por qué, pero no lo veo como un castigo, sino como una protección adicional para la mujer.
6 Cuando se cumplan los días de su purificación por un hijo o por una hija, traerá al sacerdote, a la entrada de la tienda de reunión, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como ofrenda por el pecado.
Si la mujer no tenía presupuesto, podía llevar dos pichones o dos tórtolas. Este pasaje nos enseña que desde que nacemos estamos en contacto con la muerte: cuando Dios nos concede la bendición de un bebé, no sabemos qué va a estudiar, con quién se va a casar, si va a buscar a Dios o no, pero hay algo indudable, que ese bebé, tarde o temprano, va a morir. Hebreos dice que está establecido que los hombres mueran una sola vez; nuestra realidad humana es una realidad de muerte, y ninguno de nosotros sabe cómo, cuándo ni dónde va a morir. Este rito de purificación recordaba precisamente eso: desde que nacemos, estamos expuestos a la muerte, porque nuestra realidad está permeada por el pecado.
Sexualidad y flujo corporal
2 Díganles a los israelitas: “Cuando algún hombre tenga flujo de su cuerpo, su flujo será inmundo.
Este pasaje se refiere primero a un flujo no natural, producto de alguna enfermedad —como la gonorrea—; el hombre era portador de una enfermedad y quedaba inmundo. Y todo lo que él tocaba quedaba inmundo también: si te sentabas en su cama, esa cama quedaba impura; si te sentabas en la silla donde él se había sentado, tú también quedabas impuro.
4 Toda cama sobre la cual se acueste la persona con flujo será inmunda, y todo sobre lo que se siente será inmundo.
El propósito de Dios era prevenir el contagio: ese hombre debía permanecer aislado, no podía participar en la adoración ni acercarse ni siquiera a su propia familia, hasta que el flujo se quitara. Este estado de inmundicia protegía tanto a la persona misma como a los demás de un posible contagio. Lo mismo sucedía con el flujo de la mujer: durante la menstruación quedaba inmunda mientras durara su periodo, y al terminar se bañaba y permanecía inmunda hasta la tarde; pero si era una enfermedad, permanecía inmunda mientras durara la enfermedad, y una vez sanada tenía que presentar un sacrificio.
14 Entonces al octavo día tomará para sí dos tórtolas o dos pichones, y vendrá delante del Señor a la entrada de la tienda de reunión y los dará al sacerdote; 15 y el sacerdote los ofrecerá, uno como ofrenda por el pecado y el otro como holocausto. Así el sacerdote hará expiación por él delante del Señor a causa de su flujo.
Eran dos ofrendas: una ofrenda por el pecado, donde pedía perdón al Señor por si había pecado, y un holocausto, con el que se entregaba por completo a Dios. Imagínate a ese hombre, enfermo quizás por su propio pecado, sin tratamientos como los de hoy, permaneciendo aislado semanas, meses o años, hasta que Dios le concedía un milagro de sanidad; entonces se presentaba en el tabernáculo, primero pidiendo perdón, y después entregándose por completo. Toda nuestra vida está delante de Dios —incluso el tener hijos es algo que ocurre delante de Dios—: no creo que sea pecado que una pareja use algún método anticonceptivo legítimo, pero incluso esa decisión está delante de Dios; la pregunta que debemos hacernos no es cuántos hijos queremos, sino: “Señor, mi sexualidad es tuya; si me dejas tener hijos, gloria a ti, y si no me dejas, Señor, gloria a ti también.”
18 Si un hombre se acuesta con una mujer y hay emisión de semen, ambos se bañarán en agua y quedarán inmundos hasta el atardecer.
No es que las relaciones sexuales sean malas —Dios diseñó el sexo y lo bendijo, y le dijo a Adán y a Eva: multiplíquense—; cuando el sexo se practica dentro del matrimonio es algo sagrado. Pero lo que el Señor quiere decirnos es que incluso nuestra sexualidad no es para nosotros, es para Él. No hay nada donde seamos más egoístas que en el sexo —de ahí la infidelidad, la insatisfacción, y por eso la pornografía es tan exitosa: te ofrece un estímulo para que tú disfrutes, sin necesidad de nadie más—. Pero la idea bíblica del sexo es una metáfora del evangelio: uno entregándose incondicionalmente a otro, y viceversa. Ni siquiera nuestro cuerpo es para nosotros; es para la gloria de Dios. Dios creó el orgasmo, no para que tú lo disfrutes, sino para Su gloria —incluso eso es para la gloria de Dios—.
[!énfasis] La sexualidad y la procreación son parte natural de la vida, pero el pueblo de Dios debe ejercerla con una conciencia de la santidad de Dios.
II. La lepra y la restauración del leproso
2 Cuando alguien tenga en la piel de su cuerpo hinchazón, o erupción, o mancha blanca lustrosa, y se convierta en infección de lepra en la piel de su cuerpo, será traído al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los sacerdotes.
Levítico 13 y 14 hablan de cómo tratar una enfermedad terrible: la lepra. En realidad englobaba diversas enfermedades, desde infecciones de hongo hasta la lepra propiamente dicha, que hoy sabemos que es producida por una bacteria que literalmente empieza a comer la piel; la piel se necrosaba, se pudría mientras la persona estaba viva, el olor era nauseabundo y era altamente contagiosa. Hoy la lepra tiene tratamiento con antibióticos, pero en un mundo sin ellos era literalmente una sentencia de muerte.
3 El sacerdote mirará la infección en la piel del cuerpo; y si el pelo en la infección se ha vuelto blanco, y la infección parece más profunda que la piel de su cuerpo, es una infección de lepra; cuando el sacerdote lo haya examinado, lo declarará inmundo.
4 Pero si la mancha lustrosa es blanca en la piel de su cuerpo, y no parece ser más profunda que la piel, y el pelo en ella no se ha vuelto blanco, entonces el sacerdote aislará por siete días al que tiene la infección.
Si tras el examen no cumplía las características de lepra, no se le declaraba limpio de inmediato: se le aislaba siete días, se le volvía a revisar, y si había duda se le mandaba otros siete —esto se podía repetir hasta cuatro veces—. La idea espiritual detrás de esto es que un Dios santo requiere pureza completa: todo el que se acerca a Dios debía estar completamente puro, incluso físicamente, y el impuro no cumplía los requisitos para acercarse a Él. Sé que esto puede sonar chocante si has crecido en la época de la gracia, pero el problema del impuro era exactamente ese: no cumplía los requisitos. Y a nosotros nos debería impactar, porque alguien más cumplió esos requisitos por nosotros: yo no los cumplo, jamás los cumpliría, pero Cristo los cumplió, y hace disponible esa perfección como un regalo para todo aquel que cree. Si tú y yo viviéramos en el antiguo Israel, con nuestro estilo de vida, pasaríamos la mayor parte del tiempo inmundos.
La demanda de pureza era tal que si aparecía una mancha en la ropa, tenía que ser tratada y revisada, y en algunos casos la ropa tenía que ser quemada —y la ropa de aquel entonces no era barata, se heredaba de padres a hijos—. La demanda era pureza total: todo nuestro ser, incluyendo nuestro cuerpo, nuestra salud, nuestra casa, incluso nuestra ropa, debe vivir pensando en que estamos delante de la presencia de Dios; incluso a la hora de vestirnos deberíamos pensar en eso, no en vernos bien, sino en la gloria de Dios. Y cuando se infectaba una casa, el sacerdote entraba a revisar cada rincón —nuestras casas, sin que me refiera al orden, deben estar limpias también, porque Dios ve cada rincón de nuestro hogar—.
45 En cuanto al leproso que tenga la infección, sus vestidos estarán rasgados, el cabello de su cabeza estará descubierto, se cubrirá el bozo y gritará: “¡Inmundo, inmundo!“. 46 Permanecerá inmundo todos los días que tenga la infección; es inmundo. Vivirá solo; su morada estará fuera del campamento.
Era como si hoy te dijeran que tienes cáncer o sida: una enfermedad incurable. Los vestidos rasgados señalaban luto, y el cabello descubierto era vergonzoso en esa cultura. Cuando alguien estaba en este estado, no podía adorar a Dios ni acercarse a nadie —la inmundicia te aislaba de la adoración y del compañerismo con los demás—.
1 Miren cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en armonía.
Durante la pandemia ya queríamos reunirnos y no se podía, y extrañábamos la iglesia; imagínate a un inmundo, excluido del pueblo de Dios y de su familia de manera indefinida, hasta que Dios hiciera un milagro para sanarlo. Como ya vimos, el israelita debía mantenerse separado de las inmundicias y no entrar al tabernáculo. La gracia es que el Señor provee una manera de purificarse: en el caso de la enfermedad, la única manera era un milagro; en el caso de los fluidos corporales había un ritual que debía cumplirse.
Cuando ocurría el milagro de sanidad, el leproso no podía entrar al campamento; mandaba llamar al sacerdote, que salía a revisarlo, y si en efecto la lepra se había ido, se hacía un sacrificio: se agarraban dos pajaritos, un cordón, un pedazo de madera; un pajarito se mataba y se metía en agua junto con su sangre, y con el cordón y la madera se rociaba la sangre sobre el que había sido sanado. Él se bañaba y podía entrar al campamento, pero todavía no podía entrar a su propia casa: se quedaba sentado afuera por siete días, un periodo de meditación y oración, pero también para ver si la lepra volvía a brotar. Después de esos siete días, el sacerdote lo volvía a revisar, y si no tenía ninguna mancha, se bañaba de nuevo, se afeitaba totalmente —incluyendo cejas y pestañas— y se ofrecía un sacrificio: una ofrenda por la culpa, una unción con aceite, una ofrenda por el pecado, un holocausto y una ofrenda de cereal.
20 Y el sacerdote ofrecerá sobre el altar el holocausto y la ofrenda de cereal. Así hará expiación el sacerdote por él, y quedará limpio.
La impureza podía contaminar, y el israelita, cada vez que veía una rata muerta, tenía la conciencia de que estaba delante de un Dios santo, y que toda su vida estaba siendo vivida delante de Él. Ellos no podían tocar cosas inmundas, porque la inmundicia se transmitía. Pero cuando Cristo llegó, Él cambió las reglas.
III. Cristo, el que toca al impuro y lo hace limpio
Marcos 1:40-42
40 Un leproso vino rogando a Jesús, y arrodillándose, le dijo: «Si quieres, puedes limpiarme». 41 Movido a compasión, Jesús extendió la mano, lo tocó y le dijo: «Quiero; sé limpio». 42 Al instante la lepra lo dejó y quedó limpio.
Imagínate a ese leproso, quizás llevaba años lejos de su familia, excluido para siempre, sin esperanza de sanidad. ¿Qué clase de hombre estaba dispuesto a tocar a alguien con esa enfermedad tan terrible? Cuando Jesús lo toca, de manera simbólica está recibiendo su inmundicia, pero al mismo tiempo la santidad de Cristo le es transferida al enfermo. Donde estaba Jesús, la impureza se desvanecía, porque Él mismo la cargaba, y por eso fue a la cruz.
Nosotros no éramos inmundos; éramos peor.
Efesios 2:12
12 Recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.
Y sin embargo, ¿sabes qué hizo Cristo por nosotros?
Gálatas 3:13
13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros.
Todos nosotros somos, como dice un pasaje de Isaías, como el inmundo; y el Señor hizo que nuestra maldad cayera sobre Él, dándonos a cambio Su pureza, y eso lo logró muriendo en la cruz por nosotros. Si los sacrificios de animales limpiaban ritualmente, Cristo limpia el interior y todo el ser.
13 Porque si la sangre de los machos cabríos, y de los toros, y las cenizas de la novilla rociadas sobre los que se han contaminado, santifican para la purificación de la carne, 14 cuánto más la sangre de Cristo, quien por el Espíritu eterno Él mismo se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo.
Conclusión
Dios lo que quiere es que toda la vida de su pueblo la viva delante de Él: todo, tu sexualidad, la procreación, tu ropa, tu hogar, tu salud, todo corre delante de Dios. Nosotros, en esta nueva época, somos llamados a vivir para Dios en toda nuestra vida. Pedro dice: sean santos, en toda vuestra manera de vivir. Tu sexualidad la vives para la gloria de Dios o para tu placer; el modelo de Dios es claro: el sexo es sagrado dentro del matrimonio, fuera de eso se llama fornicación. Incluso lo que comes, en qué piensas: ¿en tu placer o en la gloria de Dios? Incluso nuestra ropa: cuando te estás vistiendo, ¿en qué piensas, en verte bien o en darle gloria a Dios?
La sangre de Cristo purifica nuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo. Cristo nos purificó de la inmundicia para que toda nuestra vida sea de adoración y servicio a Él y a otros. El objetivo de la vida no es disfrutarla por disfrutarla, no es vivir la vida loca; es que cada día lo vivamos para la gloria de Dios. Pablo dice: no importa si comes o si bebes, hazlo todo para la gloria de Dios. Y cuando vivimos toda nuestra vida para la gloria de Dios, entonces realmente empezamos a disfrutarla, porque es la única manera de disfrutar la vida. Recuerda esto: si Cristo te purificó de tu inmundicia, es para que toda tu vida sea de adoración y de servicio. Amén.
Señor, gracias por tu Palabra, gracias por recordarnos que toda nuestra vida está corriendo delante de ti. Ayúdanos a comprender que si Cristo nos redimió no fue para que vivamos para nuestro placer, sino para que vivamos para tu gloria. Ayúdanos, en el nombre de Jesucristo. Amén.