Introducción
En el siglo XIX y principios del XX hubo una crisis tremenda en la agricultura mundial: debido a la revolución industrial, la población mundial se disparó, pero la agricultura no se modernizó, y los suelos empezaban a rendir cada vez menos. Se llegó a la conclusión de que iba a haber una crisis inminente, los suelos no iban a poder producir suficiente alimento —algo parecido a lo que hoy es el calentamiento global—. Lo que salvó a la humanidad de ese colapso fue que, por la gracia común de Dios, un científico alemán, Fritz Haber, descubrió cómo obtener nitrógeno del aire para producir fertilizante sintético. Hoy nuestros ecosistemas están otra vez al borde de un colapso: más de un millón de especies en peligro de extinción, tres cuartas partes de la superficie del planeta alteradas por el ser humano, 66% de los océanos con daños graves; lo que la humanidad consume hoy equivale a lo que producirían dos planetas Tierra.
Hoy vamos a hablar de un tema agrario, pero vamos a ver que nuestras vidas, nuestras relaciones y nuestra economía se agotan cuando ignoramos los límites que el Señor puso. La solución no es exprimir más a la tierra ni a las personas, sino volver a lo que el Señor decretó en Su Palabra.
Levítico 25 nos va a hablar del año del jubileo. El título de este sermón es Jubileo y reposo, y lo vamos a ver en tres puntos: primero, que Dios es dueño de todo; segundo, que el Señor nos llama a dejar de producir para aprender a confiar; y tercero, que somos siervos del mismo Señor. El Señor es dueño de todo, y Su pueblo debe demostrar esa verdad en su fe, en sus acciones y en sus relaciones. Es una verdad que hemos escuchado y hasta cantado muchas veces, pero es muy difícil de vivir.
I. Dios es dueño de todo
2 «Habla a los israelitas, y diles: “Cuando entren a la tierra que Yo les daré,
Israel estaba en el desierto, en ese periodo intermedio: Dios ya los había sacado de Egipto, y les había prometido una tierra —recibirían casas que no construyeron, campos que no sembraron—. Desde el principio el Señor recuerda que Él es el dueño de todo. En el desierto era evidente: no tenían manera de cultivar, dependían totalmente de la provisión del Señor —el agua que el Señor abría providencialmente, el maná que caía del cielo cada día—.
Para los israelitas era difícil creer esto, y para nosotros también. Dios es dueño de nuestras vidas, de nuestras posesiones, de nuestro tiempo, de nuestra energía, de nuestro cuerpo.
1 Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y los que en él habitan.
A Dios le pertenece todo, absolutamente todo lo que existe. Podemos pensar que tenemos lo que tenemos debido a nuestro esfuerzo —y es cierto que la Escritura nos manda a trabajar—, pero todo lo que eres y todo lo que tienes procede de la provisión soberana de Dios. Si tienes un negocio o un empleo, no dudo que te haya costado esfuerzo, pero lo tienes porque Dios puso los medios. Si estás aquí respirando, no estás respirando tu propio aire, es el aire que Dios provee, y tus propios pulmones fueron creados por Él.
2 «Habla a los israelitas, y diles: “Cuando entren a la tierra que Yo les daré, la tierra guardará reposo para el Señor. 3 Seis años sembrarás la tierra, seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos, 4 pero el séptimo año la tierra tendrá completo descanso, un reposo para el Señor; no sembrarás tu campo ni podarás tu viña. 5 Lo que nazca espontáneamente después de tu cosecha no lo segarás, y no recogerás las uvas de los sarmientos de tu viñedo; la tierra tendrá un año de reposo. 6 Y el fruto del reposo de la tierra les servirá de alimento: a ti, a tus siervos, a tus siervas, a tu jornalero y al extranjero, a los que residen contigo. 7 También a tu ganado y a los animales que están en tu tierra, todas sus cosechas les servirán de alimento.
Ponte en el lugar de una sociedad que dependía totalmente de la agricultura. Cuando yo era joven visité misiones en el área rural de Oaxaca: hubo un año que no llovió, y en una sociedad agrícola, si un año no hay producción, es el caos —hubo familias que por temporadas largas solo comían tortillas y chiles—. Y aquí Dios les ordena que la tierra descanse un año de cada seis: ni siquiera podían cosechar lo que brotara solo, tenían que dejarlo y vivir de lo que tuvieran guardado en el granero.
¿Por qué lo hace el Señor? Podríamos pensar en razones prácticas —el descanso de la tierra tiene beneficios agronómicos reales—, pero creo que lo que Él quería lograr en Su pueblo era mucho más profundo. Nosotros, como seres humanos, tendemos a querer explotar las cosas al máximo: nuestro trabajo, un buffet, hasta nuestro propio cuerpo, durmiendo menos, sin comer, para producir más; hacemos lo mismo con nuestras relaciones. Esta orden estaba desafiando a Israel a preguntarse en qué confiaban: en una sociedad agrícola, mientras más te esfuerzas, más produces —esa es la ley normal—, pero aquí la pregunta del Señor es: ¿confías en tus fuerzas, o en las mías?
Cuando estuve en Oaxaca, la iglesia oró para que Dios mandara lluvias, y llovió —apenas unas brisitas, pero suficiente para que el maíz produjera— justo sobre la franja donde estaban las parcelas de la mayoría de las familias creyentes, mientras el resto del pueblo no vio ni una gota. El Señor muchas veces nos demuestra que no depende de nuestro esfuerzo.
5 Así dice el Señor: «Maldito el hombre que en el hombre confía, y hace de la carne su fortaleza, y del Señor se aparta su corazón.
No está hablando de confiar en otra persona, sino del hombre que confía en sí mismo, que piensa que con él basta para resolver sus problemas —como el hombre rico de la parábola cuyos campos produjeron tanto que no sabía dónde guardarlo, y a quien Dios llamó necio esa misma noche—. Nuestros corazones idólatras buscan seguridad en lo que hacemos o tenemos, en nuestros ahorros, en nuestro plan de pensiones, en lugar de descansar confiando en la provisión soberana de Dios. Claro que el Señor nos llama a esforzarnos y a ser diligentes en nuestro trabajo, pero nuestra confianza no debe descansar en lo que producimos, sino en la provisión soberana de Dios: cuando Él quiere proveerle a alguien, provee, y cuando no, da solo lo necesario, y eso no debe ser pretexto para no esforzarnos, sino motivo para confiar cuando, dando lo máximo, el Señor da la cuenta a gotas.
II. Dejar de producir para aprender a confiar
8 «Contarás también siete semanas de años para ti, siete veces siete años, para que tengas el tiempo de siete semanas de años, es decir, cuarenta y nueve años. 9 Entonces tocarás fuertemente el cuerno de carnero el décimo día del séptimo mes; en el día de la expiación ustedes tocarán el cuerno por toda la tierra.
Esta celebración especial se daba cada cuarenta y nueve años, y es muy importante que se celebrara en el día de la expiación —el día en que se proclamaba el perdón de los pecados del pueblo—. Lo que Dios manda a continuación es cómo debe responder alguien que ha sido perdonado: lo que tú recibiste, dalo. No hay registros de que Israel haya celebrado jamás un año de jubileo.
10 Así consagrarán el quincuagésimo año y proclamarán libertad en la tierra para todos sus habitantes. Será de jubileo para ustedes, y cada uno de ustedes volverá a su posesión, y cada uno de ustedes volverá a su familia. 11 Tendrán el quincuagésimo año como año de jubileo: no sembrarán, ni segarán lo que nazca espontáneamente, ni vendimiarán sus viñas que estén sin podar. 12 Porque es jubileo, les será santo. De lo que produzca el campo, comerán.
«Consagrarán» significa que ese año se dedicaba por completo al Señor. Y proclamar libertad significa varias cosas: cualquier deuda se perdonaba, la tierra —que en la práctica se rentaba, nunca se vendía de forma permanente— volvía a sus dueños originales, y los esclavos eran liberados. Además, la tierra reposaba dos años seguidos, el 49 y el 50: si creer un año de descanso ya era difícil, dos años era tremendo.
Dudamos porque muchos de nuestros problemas son resultado de malas decisiones, y lo sabemos —eso genera una carga real—. Pero el Señor, aunque nosotros somos infieles, permanece fiel. No promete pagar nuestras deudas de forma mágica, pero sí promete que nos va a sostener fielmente hasta el final.
21 Yo entonces les enviaré Mi bendición en el sexto año, de modo que producirá fruto para tres años. 22 Cuando estén sembrando en el octavo año, todavía podrán comer cosas añejas de la cosecha, comiendo de lo añejo hasta el noveno año cuando venga la cosecha.
Les iba a alcanzar con lo que Dios les diera, aunque tuvieran que comer trigo añejo en vez de fresco. Tenían que confiar en Su provisión.
23 «Además, la tierra no se venderá en forma permanente, pues la tierra es Mía; porque ustedes son solo extranjeros y peregrinos para conmigo.
Esa casa que con tanto sacrificio pagaste, ese coche que tanto te costó: vas a estar aquí un ratito, y luego ya no vas a estar. Somos peregrinos. El pueblo que pertenece a Dios debe proclamar con su vida que Dios es el dueño de todo, y creer que Él es el proveedor fiel: reconocer que nada es mío —ni mi casa, ni mi trabajo, ni siquiera mis talentos y habilidades—, y a partir de ahí ser llamados a perdonar deudas y a compartir con el necesitado. Nuestro problema es que nos aferramos a las cosas, al salario, a las propiedades, incluso hacemos del trabajo nuestra identidad, porque creemos ser dueños de todo antes de reconocer que Dios es el dueño.
III. Siervos del mismo Señor
35 «En caso de que un hermano tuyo empobrezca y sus medios para contigo decaigan, tú lo sustentarás como a un extranjero o peregrino, para que viva contigo. 36 No tomes interés y usura de él, pero teme a tu Dios, para que tu hermano viva contigo. 37 No le darás tu dinero a interés, ni tus víveres con ganancia. 38 Yo soy el Señor su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto para darles la tierra de Canaán y para ser su Dios.
Iba a haber personas que, ya sea por mala decisión o por la soberanía de Dios, caían en pobreza —quizás un incendio les quitó todo, o tomaron malas decisiones—: esa es la realidad de vivir en este mundo caído. Dios ordena no hacerse de la vista gorda, no solo decir «voy a orar por ti, que Dios te bendiga», sino sostenerlo.
55 Pues los israelitas son Mis siervos; siervos Míos son, a quienes saqué de la tierra de Egipto. Yo soy el Señor su Dios.
Si eres parte del pueblo, eres siervo de Dios, y todo lo que tienes te lo dio Él; y si a otro siervo suyo le ha ido mal, ambos son siervos del mismo Señor. Nuestra tendencia natural es ver a los demás como herramientas por medio de las cuales obtenemos algo —económicamente, para satisfacción física, para nuestra carrera, incluso a nuestros propios hijos como fuente de estatus—. Solemos ver a los otros como medios para obtener ganancias, olvidando que ambos le pertenecemos al mismo Señor.
Conclusión
El Señor es dueño de todo, y si somos Su pueblo, debemos demostrar esa verdad con nuestra fe, con nuestros actos y en la manera en que nos relacionamos con otros. Y lo más sorprendente es que el dueño de todo, el creador de todo, en vez de destruir el universo con una palabra, se encarnó y murió en la cruz.
Filipenses 2:10-11
10 para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, 11 y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Juan 13:13-17
13 Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. 14 Pues si Yo, el Señor y el Maestro, les lavé los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. 15 Porque les he dado ejemplo, para que como Yo les he hecho, también ustedes lo hagan. 16 En verdad les digo, que un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió. 17 Si saben esto, serán felices si lo practican.
Conexión con el evangelio
El dueño de todo se humilló para rescatarnos, y nos ha dado un nuevo corazón para que lo imitemos: ahora podemos ser generosos como Él es, amar como Él ama, y vivir confiando en Su provisión.
Aplicaciones
Podríamos sacar de este pasaje una lección puramente agrícola —aprender a descansar en el Señor—, pero creo que haríamos mejor si evaluamos nuestra propia vida: ¿hay áreas donde no dejo que Él sea el Señor, y quiero ser yo? Puede ser tu trabajo, tu cuerpo —al que a lo mejor estás explotando para producir—, tu estatus, tu reputación, o tus posesiones. Si te aferras a algo así, tarde o temprano te va a ocurrir lo mismo que a los campos sobreexplotados: vas a colapsar. Ni siquiera podemos aferrarnos a nuestros hijos o a nuestro cónyuge. Todo es de Dios: tu cartera también, tu energía, tu tiempo, tu amor.
Debemos arrepentirnos y decirle a Dios: perdóname porque me he enseñoreado de lo que es tu propiedad. Empieza tus días diciendo: «Señor, me rindo a ti, porque reconozco que todo lo que soy y todo lo que tengo es tuyo». Lo hacemos porque Él primero se entregó por nosotros. Pregúntale al Señor de qué te estás enseñoreando —a veces la señal está en tu trabajo, en tus redes sociales, o hasta en lo que tus propios hijos dirían que más valoras—, y toma decisiones activas para entregárselo.
Esta fiesta del jubileo nos recuerda que no somos dueños de nada, que Dios es dueño de todo, que no vivimos de nuestro esfuerzo sino de la fidelidad de Dios, y que nuestra verdadera libertad se encuentra cuando voluntariamente nos sometemos al señorío y a la soberanía de nuestro Dios, con fe y con gratitud.
Vamos a orar. Señor, tú nos llamas a confiar: a confiar que tú eres dueño de todo, que tú eres el proveedor, que tú estás sobrando. Tú sabes que nuestros corazones son duros, pero tu Palabra puede quebrantar cualquier corazón endurecido. Tú sabes cuáles son las cosas de las que nos hemos enseñoreado, y las que se han enseñoreado de nosotros —los ídolos de nuestro corazón—. Tú sabes que hay familias lidiando con deudas insoportables, algunas de antes de conocerte: sostén su fe, ayúdales a confiar en que tú les vas a sostener. Ayúdanos a creer, y a vivir de tal manera que podamos demostrarlo, porque Cristo primero se entregó por nosotros. En el nombre de Jesucristo. Amén.