Introducción
Señor, como un hombre débil me presento ante ti. Solo tu Espíritu puede traer esto al corazón; ninguna de mis palabras tiene poder, así que te ruego que use tu Espíritu. Amén.
Mi querido hermano, creo que todos fuimos testigos, al menos por redes, de un accidente terrible esta semana. Septiembre siempre nos recuerda lo pequeños que somos —hemos visto sismos, y ahora este accidente de esta magnitud— y lo que nos recuerda es: no eres nada, en un instante. Cualquiera de nosotros puede estar en medio de una situación terrible; vivimos rodeados de vehículos, de enfermedades silenciosas que no hemos detectado. Somos tan pequeños, no somos más que polvo. Te pido que oremos por las víctimas y sus familiares.
En el libro de Levítico, en el capítulo 16, había una evidencia muchísimo más grande de lo pequeño que es el ser humano delante de Dios. El pueblo de Israel tenía delante de sí una evidencia de la inmensa grandeza de Dios, de su santidad, fuerza y gloria. El día de hoy vamos a explorar Levítico 16. Lo que queremos ver no es solo cuán pequeños somos, ni solo cuán grande es Dios, sino cuán grande es Su gracia, que a seres tan pequeños como nosotros nos permite acceder a Su presencia.
Levítico tiene una estructura preciosa: siete partes, partido exactamente por la mitad, como un espejo, donde la segunda mitad es un reflejo de la primera. Ya vimos las primeras tres partes; hoy vamos a ver la parte central y medular, y a partir de ahora vamos a ir más rápido, porque vamos a ver cosas muy similares de una sección de Levítico a otra.
Esta predicación la he titulado simplemente El día de la expiación, y vamos a ver el primer punto: una solemne advertencia.
I. Una solemne advertencia
1 El Señor habló a Moisés después de la muerte de los hijos de Aarón, cuando se acercaron a la presencia del Señor y murieron. 2 El Señor le dijo a Moisés: «Dile a tu hermano Aarón que no entre en cualquier tiempo en el lugar santo detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, no sea que muera; porque Yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio.
Esto lo vimos hace algunas semanas: en Levítico 10 se nos relató un evento trágico. Levítico empieza con un problema —los israelitas eran pecadores, tercos, infamadores— y Dios no puede vivir con pecadores; el libro empieza después de que el pueblo construye el tabernáculo y Dios desciende a él, pero el pueblo no podía entrar a su presencia. Por eso vimos primero los sacrificios, luego la fiesta, luego el sacerdocio —y vimos que los sacerdotes eran tan pecadores como cualquiera—: en Levítico 10, dos hijos de Aarón, Nadab y Abiú, quisieron adorar al Señor a su manera, tomaron sus incensarios, intentaron entrar en el lugar santísimo, y salió fuego y los consumió. Es por eso que ahora, en Levítico 16:1, se nos dice que el Señor habló a Moisés después de la muerte de los hijos de Aarón. Es muy probable que los capítulos del 11 al 15 fueran como un compendio, un manual de instrucciones, y que el relato continúe aquí.
Imagínate el estado emocional de Aarón como padre, y ahora imagínate que te dijeran: vas a entrar en el lugar santísimo. Mira lo que Dios le dice a Moisés: que Aarón no entre en cualquier tiempo en el lugar santo, detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, no sea que muera. El velo era una cortina de lino fino torcido, la frontera más importante de todo el mundo, porque separaba el lugar donde Dios habitaba físicamente del resto de la creación. En el lugar santo había solamente tres cosas: la mesa de los panes, el candelabro y el altar del incienso, que estaba exactamente detrás de esa cortina; detrás de ella estaba el lugar santísimo, donde estaba el arca del pacto, y su tapa, conocida como el propiciatorio, con dos querubines.
Lo que le está diciendo el Señor es que nadie puede acceder a la presencia de Dios a menos que Dios lo invite. Y esto es importante: «porque Yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio» —la presencia manifiesta de Dios, lo que algunos llaman la Shekinah, era algo real e incomprensible para el ser humano—. La Biblia dice que en la presencia de Dios hay plenitud de gozo, delicias a Su diestra para siempre; es un lugar precioso, delicioso, glorioso. Y sin embargo aquí Dios dice: no puedes entrar, y la advertencia es la muerte. Eso parece una contradicción, pero Dios nunca ha necesitado de nadie —siempre ha estado el Padre, el Hijo y el Espíritu, pleno y feliz—; nos creó para que compartiéramos y disfrutáramos de Su presencia, pero el pecado es un intruso, y Dios y el pecado no pueden estar juntos. El problema de Aarón no era que la presencia de Dios fuera mala —es buena—; el problema de Aarón era que él era malo, había maldad en él, y no podía acceder a la presencia de Dios.
Idea Clave
Nadie puede acceder a la presencia de Dios a menos que Dios lo llame.
II. Una gracia inmensa
La preparación
3 Aarón podrá entrar en el lugar santo con esto: con un novillo para ofrenda por el pecado y un carnero para holocausto.
Lo primero que Aarón necesitaba era traer ofrendas por él mismo: un novillo y un carnero.
4 Se vestirá con la túnica sagrada de lino, y los calzoncillos de lino estarán sobre su cuerpo, y se ceñirá con el cinturón de lino y se cubrirá con la tiara de lino (estas son vestiduras sagradas). Lavará, pues, su cuerpo con agua y se vestirá con ellas.
Aquí es donde empiezan los detalles: Aarón tenía una vestidura normal de sacerdote común y una vestidura de sumo sacerdote, con todo el pectoral. Este día se vestía normalito, como un sacerdote común —lo primero que Aarón estaba diciendo es: yo no soy especial para nada—. Y se lavaba todo su cuerpo con agua: en aquel entonces el agua era un bien preciado, así que este no era un lavamiento higiénico, era un lavamiento simbólico. Lo que Aarón estaba publicando es: estoy sucio y necesito limpiarme.
5 Aarón tomará de la congregación de los israelitas dos machos cabríos para ofrenda por el pecado y un carnero para holocausto.
Así que teníamos cinco animalitos que ese día iban a ser sacrificados.
La presentación
6 Entonces Aarón ofrecerá el novillo como ofrenda por el pecado, que es por sí mismo, para hacer expiación por sí mismo y por su casa. 7 Y tomará los dos machos cabríos y los presentará delante del Señor a la entrada de la tienda de reunión.
Antes de acercarse a la presencia de Dios, Aarón tenía que ofrecer un sacrificio por sus propios pecados. Todos somos pecadores, y tendemos a idealizar a las personas; pero Aarón era un pecador —él fue quien hizo el becerro de oro para que el pueblo lo adorara—; era cobarde, chismoso, mentiroso e idólatra. Él necesitaba ser perdonado; no estaba en esa posición porque fuera especial, sino porque era indigno y había recibido la gracia y el perdón de Dios.
Imagínate a Aarón con esos cinco animalitos, ese día el tabernáculo estaba solo —no había nadie más—; el pueblo, alrededor, en un silencio abrumador.
8 Aarón echará suertes sobre los dos machos cabríos, una suerte por el Señor, y otra suerte para el macho cabrío expiatorio. 9 Luego Aarón ofrecerá el macho cabrío sobre el cual haya caído la suerte para el Señor, haciéndolo ofrenda por el pecado. 10 Pero el macho cabrío sobre el cual cayó la suerte para el macho cabrío expiatorio, será presentado vivo delante del Señor para hacer expiación sobre él, para enviarlo al desierto como macho cabrío expiatorio.
Esos animalitos tenían que ser perfectos, sin defecto. No sabemos exactamente cómo se echaban las suertes —algunos comentaristas dicen que con piedras, otros que con algo parecido a dados—. Si tienes Reina Valera, dice «por Azazel», una palabra hebrea difícil de traducir, con varios significados posibles: el macho cabrío que se va —de ahí la expresión en inglés scapegoat, chivo expiatorio— o, como lo traduce la NBLA, el que es para la expiación. La idea es que una de esas cabras iba a ser sacrificada, y la otra la iban a soltar y llevar al desierto.
El sacrificio
11 Entonces Aarón ofrecerá el novillo de la ofrenda por el pecado, que es por sí mismo, y hará expiación por sí mismo y por su casa, y degollará el novillo de la ofrenda por el pecado hecha por sí mismo.
El altar era una construcción de dos metros por dos, con escaleritas para subir, y adentro había fuego que nunca podía apagarse. Imagínate a Aarón solo, degollando el novillo, la sangre brotando, probablemente terminando bañado en sangre, cargando la grasa y llevándola al altar. Este animalito estaba ocupando su lugar por su pecado.
12 Y tomará un incensario lleno de brasas de fuego de sobre el altar que está delante del Señor, y dos puñados de incienso aromático molido, y lo llevará detrás del velo.
Cuando Aarón entraba en el lugar santo, estaba el candelabro, la mesa con los panes, y al fondo el altar del incienso. Bañado en sudor, en sangre, en grasa, tomaba un incensario lleno de brasas y, con la otra mano, dos puñados de incienso.
13 Pondrá el incienso sobre el fuego delante del Señor, para que la nube del incienso cubra el propiciatorio que está sobre el arca del testimonio, no sea que Aarón muera.
En el instante en que Aarón traspasaba la cortina, echaba el incienso sobre las brasas y se levantaba la nube. El arca era un cofre de madera cubierto de oro; adentro había tres cosas: las tablas de la ley, el maná y la vara de Aarón —por eso se le llamaba el arca del testimonio—. Daba testimonio de la ley que Israel nunca pudo cumplir, del maná que despreciaron, de la rebeldía en el desierto. El humo era para que Aarón no viera directamente la Shekinah, la presencia física de Dios, y muriera.
14 Tomará además de la sangre del novillo y la rociará con su dedo en el lado oriental del propiciatorio; también delante del propiciatorio rociará de la sangre siete veces con su dedo.
El arca daba testimonio del fracaso de Israel, de que no eran dignos de estar en la presencia de Dios —Aarón, el principal de los pecadores, el primero en romper la ley—. ¿Y cómo podía un pecador estar en la presencia de Dios? Por la sangre de un inocente. Todo esto era para el perdón de los pecados de Aarón; nadie podía entrar en la presencia de Dios a menos que fuera invitado, y antes de servir como mediador, Aarón necesitaba él mismo ser purificado.
15 Después degollará el macho cabrío de la ofrenda por el pecado que es por el pueblo, y llevará su sangre detrás del velo y hará con ella como hizo con la sangre del novillo, y la rociará sobre el propiciatorio y delante del propiciatorio. 16 Hará, pues, expiación por el lugar santo a causa de las impurezas de los israelitas y a causa de sus transgresiones, por todos sus pecados; así hará también con la tienda de reunión que permanece con ellos en medio de sus impurezas. 17 Cuando Aarón entre a hacer expiación en el lugar santo, nadie estará en la tienda de reunión hasta que él salga, para que haga expiación por sí mismo, por su casa y por toda la asamblea de Israel.
Aquí es la primera vez que aparece la palabra expiación: significa cubrir. Es como barrer la basura debajo del sillón, o meter la ropa desordenada en un cuarto antes de que llegue visita: queda presentable provisionalmente, mientras esperas que se pueda limpiar correctamente. Eso es lo que Aarón estaba haciendo, y esto ya nos apunta a un sacrificio mejor: esto era temporal. Incluso el tabernáculo estaba contaminado por el pecado del pueblo. Un lugar no es santo por las paredes; se hace santo cuando el pueblo de Dios está reunido ahí.
El macho cabrío y la conclusión
21 Después Aarón pondrá ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío y confesará sobre él todas las iniquidades de los israelitas y todas sus transgresiones, todos sus pecados, y poniéndolos sobre la cabeza del macho cabrío, lo enviará al desierto por medio de un hombre preparado para esto. 22 El macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a una tierra solitaria; y el hombre soltará el macho cabrío en el desierto.
Aarón ponía las manos sobre el macho cabrío y confesaba —evidentemente no los pecados de cada persona en particular, sino los pecados comunitarios: rebeldía, divisiones—. Después el animal era llevado al desierto para que nunca regresara —quien lo llevaba era un hombre experto, porque en el desierto, solo y sin experiencia, uno está muerto en poco tiempo—. La idea era: todos mis pecados se fueron para siempre.
23 Entonces Aarón entrará en la tienda de reunión y se quitará las vestiduras de lino que se había puesto al entrar en el lugar santo, y las dejará allí. 24 Lavará su cuerpo con agua en un lugar sagrado, se pondrá sus vestidos, y saldrá y ofrecerá su holocausto y el holocausto del pueblo, y hará expiación por sí mismo y por el pueblo.
El holocausto significaba: Señor, nos rendimos por completo a ti. Después se quemaba el resto de los sacrificios, y el hombre que soltó el macho cabrío lavaba sus ropas y su cuerpo antes de entrar al campamento. La presencia de Dios era un lugar prohibido, y de los miles de israelitas que había, solamente podía entrar un representante del pueblo, y únicamente mediante sangre.
Un estatuto perpetuo
29 Y esto será para ustedes un estatuto perpetuo: en el mes séptimo, a los diez días del mes, humillarán sus almas y no harán obra alguna, ni el nativo ni el extranjero que reside entre ustedes. 30 Porque en este día se hará expiación por ustedes para que sean limpios; serán limpios de todos sus pecados delante del Señor.
Imagina que yo te ofendo, y vengo contigo y digo apenas «ah, sí, perdóname»: ¿cómo tomarías eso? Probablemente como otra ofensa. Mientras Aarón ofrecía los sacrificios, el pueblo tenía que humillarse delante de Dios; el pueblo ayunaba, se lamentaba, porque ese día se cubría el pecado del pueblo. Tal como el Señor lo ordenó a Moisés, así lo hizo.
Hemos visto solo dos cosas, aunque han sido largas: nadie podía entrar a la presencia de Dios salvo por invitación, y solo podía entrar un representante del pueblo, bajo sacrificio. El plan de Dios es que Su pueblo viva en Su presencia, que la Shekinah, la presencia manifiesta de Dios, sea parte de nuestra vida.
III. Un sacrificio mejor
Todo el libro de Hebreos está basado en que el día de la expiación no era más que una sombra de lo que Cristo habría de hacer: el día de la expiación era el día en que los pecados eran cubiertos, pero Cristo no solo los cubrió, los perdonó.
11 Pero cuando Cristo apareció como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de un mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho con manos, es decir, no de esta creación, 12 entró al Lugar Santísimo una vez para siempre, no por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino por medio de Su propia sangre, obteniendo redención eterna. 13 Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la novilla, rociadas sobre los que se han contaminado, santifican para la purificación de la carne, 14 ¿cuánto más la sangre de Cristo, quien por el Espíritu eterno Él mismo se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo? 15 Por eso Cristo es el mediador de un nuevo pacto, a fin de que habiendo tenido lugar una muerte para la redención de las transgresiones que se cometieron bajo el primer pacto, los que han sido llamados reciban la promesa de la herencia eterna.
El sacrificio de Cristo es mucho mejor: Él murió una sola vez y para siempre, como un sacrificio perfecto, para que los que han sido llamados reciban la promesa.
19 Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, 20 por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, Su carne, 21 y puesto que tenemos un gran Sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia y nuestro cuerpo lavado con agua pura. 23 Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquel que prometió.
Si esto lo escuchara un judío, sería sumamente ofensivo: nadie entra a la presencia de Dios con confianza; quienes entran, entran con temor, temiendo por su vida ante la santidad de Dios. Aarón entraba con temor. Pero si tú has creído en Cristo para salvación, si Él ha perdonado tus pecados, tienes confianza para entrar al lugar santísimo. Recuerda que cuando Cristo estaba en la cruz, el velo se rasgó de arriba abajo —la frontera entre la presencia de Dios y el resto del mundo cayó—, para que todos los que creen puedan acceder a la presencia de Dios, donde hay plenitud de gozo, el deleite más glorioso.
Delante de Dios no tienes que fingir: Él te conoce. Podemos acercarnos por la sangre de Jesús con un corazón sincero, purificado de mala conciencia. Dios dice: mi Padre y yo haremos morada en ti; el Padre y el Hijo, en toda su gloria, viviendo en nosotros.
Cuando hay limitación, cuando toda la carne te está llamando a rendirte al pecado, mantente firme, porque el que te prometió el acceso a Su presencia es fiel. Cualquier pecado que te ofrezca lo que te ofrezca —pecado sexual, alguna sustancia, el gozo de controlar, de gritar y humillar a otros— no te puede dar de manera real y permanente lo que Dios sí puede darte. La pornografía, la infidelidad, el adulterio, la fornicación, la lujuria, dan un placer momentáneo, una descarga de dopamina en el cerebro, igual que una droga; pero ese bienestar es pasajero. Si tú estás luchando con cualquier pecado, mantén firme la profesión de tu esperanza, porque Él ya te prometió que puedes acceder a Su presencia; nos prometió el cielo, pero también nos prometió que Su cielo viene a nosotros.
Hermano, te quiero pedir que tomes un tiempo y cierres tus ojos…