Introducción

¿Cómo le hacían las personas que manejaban antes de que hubiera GPS? Preguntabas, confiabas en las señales, y había ocasiones —una encrucijada, dos o tres salidas— en que tenías que decidir en el momento qué camino tomar, y equivocarte te costaba horas de distancia o casetas extra. Todos enfrentamos decisiones así en la vida: ¿tomo este atajo deshonesto en el negocio, o me mantengo en integridad? ¿Sigo mis impulsos con esa persona que no es mi esposa, o sigo la voz del Espíritu? ¿Confío en la provisión de Dios, o empiezo a endeudarme sin medida?

Hoy vamos a estudiar Levítico 26, un pasaje complejo y serio. En este capítulo Dios pone delante de Su pueblo dos opciones, dos caminos: uno lleva a la bendición y la comunión con Él, el otro a la perdición. Con Dios no hay zonas grises. Y aunque este texto fue escrito hace más de tres mil años, la pregunta sigue siendo tan importante para nosotros como lo fue para Israel: ¿qué camino vas a tomar? ¿A quién vas a confiarle tu vida?

Este sermón se titula Dos caminos, un salvador, y lo veremos en tres puntos.

I. Un llamado radical

1 «Ustedes no se harán ídolos, ni se levantarán imagen tallada ni pilares sagrados, ni pondrán en su tierra piedra grabada para inclinarse ante ella; porque Yo soy el Señor su Dios. 2 Guardarán Mis días de reposo, y tendrán en reverencia Mi santuario. Yo soy el Señor.

Hay una frase que se repite dos veces en estos versículos: «Yo soy el Señor». Esa declaración aparece más de treinta veces en Levítico, y es la base del pacto que Dios había hecho con Israel. «Yo soy» es como Dios se reveló: significa que Él es el único que existe por sí mismo, que no necesita nada de nadie. «El Señor» es Su nombre sagrado, que habla de Su eternidad, poder y gloria. Y «su Dios» pone al pueblo en su lugar: es un recordatorio de que Dios es Dios, y nosotros no. Esa fue la oferta de la serpiente a Eva:

5 Pues Dios sabe que el día que de él coman, se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios, conociendo el bien y el mal».

Solo Dios tiene el derecho de gobernar y regir como Él quiere.

1 No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Tu nombre da gloria, por Tu misericordia, por Tu fidelidad.

Muchas veces, en nuestro corazón idólatra, quisiéramos decirle a Dios lo contrario: no a tu nombre, sino al mío. Esta frase, «Yo soy el Señor tu Dios», es el sello del pacto: Israel sí tenía una relación con Dios, pero no una relación de iguales. Dios no es tu compadre.

Basado en esa verdad viene la instrucción: no se harán ídolos. Un ídolo es una imagen elaborada con el objetivo de adorarla —como el becerro de oro de Éxodo 32—; Dios no tiene nada contra las obras de arte, el problema es que fue diseñada para rendirle adoración a un objeto. El pueblo buscaba un dios manejable, uno al que pudieras adorar como tú quisieras, en lugar del Dios vivo que ha expresado Su voluntad de manera clara. Los ídolos no son más que eso: un dios diseñado al antojo del adorador, a quien puedes manipular para que haga tu voluntad.

Somos increíblemente astutos: podíamos decir «esto no es un ídolo, es solo una imagen», o «solo un palo», o «solo una piedra en el jardín».

Juan Calvino dice que el corazón humano es una perpetua fábrica de ídolos. No hacen falta piedras para erigir un ídolo, basta el corazón; podemos estar de pie, sin movernos, y estar postrados ante aquello que suplanta al Señor.

Martín Lutero dijo que un «dios» con d minúscula es el término al que acudimos para obtener un bien, aquello en lo que nos refugiamos cuando tenemos una necesidad.

¿A dónde te refugias cuando hay una necesidad? Cuando tienes un día lleno de estrés, ¿clamas al Señor para que haga real Su presencia, o das rienda suelta a tu enojo? Cuando estás abrumado por los cobros que se acumulan, ¿clamas al que puede proveerte, o agarras las pantallas para desahogarte?

Paul Tripp dice que aquello que controla mi corazón, controlará mi vida.

Cuando el placer dirige tu vida, no te importa exponer a tu familia a la destrucción por unos minutos de disfrute. Cuando el dinero domina tu corazón, sacrificas tu salud, el tiempo con tus hijos, tu integridad, con tal de tener un poco más. Los ídolos siempre exigen más de lo que prometen, y nunca sacian: siempre vamos a querer una posesión más, el siguiente placer, la siguiente dosis.

Lo único que puede llenar el corazón humano es la presencia de Dios, y para Israel esa presencia no era algo abstracto: Dios habitaba físicamente en el tabernáculo, con una columna de nube de día y de fuego de noche.

2 Guardarán Mis días de reposo, y tendrán en reverencia Mi santuario. Yo soy el Señor.

Desde el principio Dios quiso habitar con Su pueblo: lo más bonito del Edén no eran las frutas ni los árboles, era la presencia de Dios. El pecado puso una brecha entre Dios y el hombre, y todo lo que hemos visto en Levítico —sacrificios, sacerdotes, leyes de pureza, fiestas— existía para decirle al pueblo: ustedes están limpios, su pecado ha sido perdonado, son dignos de vivir cerca de Dios. El día de reposo no les alcanzaba para deleitarse en Su presencia, y por eso Dios les dio también, cada siete años, un año entero para gozar de ella. El día de reposo y el santuario eran señales de la presencia de Dios en medio de Su pueblo.

Aquí ya vemos los dos caminos: puedes confiar en tus propios ídolos, o ser saciado por la presencia de Dios. El pueblo de Dios debía rechazar la idolatría de su corazón y responder en obediencia y adoración ante la presencia gloriosa del único Dios verdadero. Pero el Señor no deja esa pregunta en el aire: despliega dos caminos con destinos radicalmente opuestos.

II. Dos caminos opuestos

13 Yo soy el Señor su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto para que no fueran esclavos de ellos; rompí las varas de su yugo y los hice andar erguidos.

Dios va a pedir obediencia a Su pueblo, pero no es una obediencia caprichosa: es la respuesta en amor ante lo que Dios hizo por Israel. Ellos eran esclavos, totalmente oprimidos, y Dios los sacó demostrando Su poder. La obediencia es un acto de confianza: como el niño que confía en su papá y por eso obedece cuando le dice que no coma algo, sabiendo que se lo dice por su bien, así el Señor no llama a obedecer por imposición, sino por amor.

3 Si andan en Mis estatutos y guardan Mis mandamientos para ponerlos por obra,

«Andar» es más que un ritual externo, es un estilo de vida. No debe ser una obediencia mecánica o legalista, como si pudiéramos hacer un cambalache con Dios; la obediencia brota de la relación. Imagínate que le pido a mi hija que me prepare un café: si va temblando, con miedo de que le grite, y me lo trae perfecto pero aterrada, ningún padre saludable se sentiría satisfecho con eso. Si simplemente me ignora, eso es desobediencia pura. Pero si va cantando, con gozo, y me lo trae diciendo «aquí está, espero que te guste», esa es la obediencia motivada por amor, no por terror, que brota de la relación y no de un intercambio comercial. Así es como el Señor quiere que Su pueblo le obedezca.

4 Yo les daré lluvias en su tiempo, de manera que la tierra dará sus productos, y los árboles del campo darán su fruto…

Dios les promete abundancia material: ustedes hagan lo que les corresponde, Yo haré lo que me corresponde. Pero la prosperidad no tiene sentido si estás en guerra.

Levítico 26:6

6 Daré también paz en la tierra, para que duerman sin que nadie los atemorice.

No solo comida, sino paz, tranquilidad —lo que hoy el mundo busca desesperadamente en psicólogos, terapeutas y antidepresivos, Dios lo promete gratuitamente a Su pueblo—.

9 Me volveré hacia ustedes y los haré fecundos y los multiplicaré y confirmaré Mi pacto con ustedes.

Es la confirmación del pacto hecho con Abraham. Pero todo esto —prosperidad, paz, descendencia— es apenas la cereza del pastel:

11 Además, haré Mi morada en medio de ustedes, y Mi alma no los aborrecerá. 12 Andaré entre ustedes y seré su Dios, y ustedes serán Mi pueblo.

Vamos a construir, Dios y ustedes, un nuevo Edén: Yo voy a vivir entre ustedes. Donde Dios está, ahí es el cielo. Todas las demás bendiciones apuntan a esta: la presencia de Dios entre nosotros.

Pero hay un «si» enorme en el versículo 3, y el Señor no deja sin responder la pregunta de qué pasa si el pueblo no anda en Sus mandamientos. Lo que sigue no es una simple lista de castigos, es una espiral descendente en cinco oleadas: Dios envía disciplina, el propósito es que el pueblo se arrepienta, y si endurecen el corazón, la disciplina se intensifica. En vez de detallar cada oleada, vamos a enfocarnos en la naturaleza del pecado que provoca esta respuesta.

14 «Pero si ustedes no me obedecen y no ponen por obra todos estos mandamientos, 15 si desprecian Mis estatutos y si su alma aborrece Mis ordenanzas para no poner por obra todos Mis mandamientos, quebrantando así Mi pacto,

Pecar no es solo «errar al blanco»; bíblicamente es despreciar a Dios. Es como cuando le has pedido algo sencillo a alguien por quien te has esforzado mucho, y ves en sus ojos desprecio, indiferencia: lo que duele no es el café en sí, es sentir que tu esfuerzo no vale nada. Eso es lo que pasa cada vez que pecamos deliberadamente contra Dios: despreciamos al que nos creó, nos sustenta, nos rescató de la esclavitud, y nos ha dado Sus mandamientos como expresión de amor.

Y si le damos rienda suelta al desprecio, se convierte en traición —quebrantar el pacto—. El pacto de Dios con Israel se compara en todo el Antiguo Testamento con un matrimonio: en Jeremías 3, Dios dice que Israel cometió adulterio; en Ezequiel 16, la rescató, la amó, se casó con ella, y ella lo abandonó; en Oseas, Dios le ordena al profeta casarse con una prostituta para que sintiera lo que Dios sentía. Sé que hay personas aquí que han padecido en carne propia el dolor de una infidelidad: el Dios que estudiamos hoy conoce ese dolor mejor que nadie, porque ha sido traicionado una y otra vez, y precisamente por eso es el único que puede sanarlo.

Pero la espiral no se detiene ahí, va todavía más profundo.

21 «Si proceden con hostilidad contra Mí y no quieren obedecerme, aumentaré la plaga sobre ustedes siete veces conforme a sus pecados.

Esta palabra, hostilidad, aparece solo siete veces en todo el Antiguo Testamento, todas aquí en Levítico 26: describe una oposición abierta, una enemistad declarada, hacer de Dios tu enemigo. Es como el hijo pródigo diciéndole a su padre: prefiero verte muerto, dame mi herencia. Desprecio, traición, guerra: ese es el retrato honesto de lo que es el pecado.

Las cinco oleadas van escalando —enfermedad, escasez y derrota militar; hambre y sequía; fieras que arrebatan a los hijos; guerra, hambre y pestilencia— y entre cada una hay una frase clave: «si aún así no me escuchan». Dios da oportunidad tras oportunidad.

24 entonces Yo procederé con hostilidad contra ustedes; y Yo mismo los heriré siete veces por sus pecados.

Si ustedes me declaran la guerra y no se arrepienten, Yo seré su enemigo. Y hay una quinta oleada, la más terrible:

27 «Si a pesar de todo esto no me obedecen, sino que proceden con hostilidad contra Mí, 28 entonces Yo procederé con ira y hostilidad contra ustedes, Yo mismo los castigaré siete veces por sus pecados. 29 Comerán la carne de sus hijos, y la carne de sus hijas comerán. 30 Destruiré sus lugares altos, derribaré sus altares de incienso y amontonaré sus cadáveres sobre los cadáveres de sus ídolos, pues Mi alma los aborrecerá. 31 También dejaré en ruinas sus ciudades, desolaré sus santuarios y no oleré sus suaves aromas. 32 Asolaré la tierra de tal modo que sus enemigos que se establezcan en ella queden pasmados. 33 A ustedes, sin embargo, los esparciré entre las naciones y desenvainaré la espada en pos de ustedes, y su tierra será asolada y sus ciudades quedarán en ruinas.

Esto no es exageración: literalmente ocurrió, como puede leerse en Segunda de Reyes y en Lamentaciones. Y noten la frase del versículo 30: «Mi alma los aborrecerá» —lo opuesto exacto de la promesa del versículo 11, «Mi alma no los aborrecerá»—. La bendición máxima era Su presencia sin aborrecimiento; la maldición máxima es Su rostro vuelto contra Su propio pueblo.

Esto no es un Dios vengativo buscando excusa para castigar: es la justa respuesta de un Dios infinitamente santo contra el desprecio, la traición y la guerra declarada. Y no es solo un escenario hipotético.

2 Crónicas 36:15-20

15 El Señor, Dios de sus padres, les envió palabra repetidas veces por medio de Sus mensajeros, porque Él tenía compasión de Su pueblo y de Su morada. 16 Pero ellos se burlaban continuamente de los mensajeros de Dios, despreciaban Sus palabras y se mofaban de Sus profetas, hasta que subió el furor del Señor contra Su pueblo, y ya no hubo remedio. 17 Por eso hizo venir contra ellos al rey de los Caldeos… 19 Quemaron la casa de Dios y derribaron la muralla de Jerusalén… 20 Y a los que habían escapado de la espada los llevó al destierro en Babilonia…

Israel cayó exactamente en lo que Dios había anticipado. Y si el capítulo terminara en el versículo 39, con el exilio, no habría esperanza para nadie, porque la historia de Israel es también nuestra historia: por naturaleza todos hemos despreciado a Dios, quebrantado Sus mandamientos, y le hemos declarado la guerra.

Romanos 3:23

23 Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios,

Romanos 6:23

23 La paga del pecado es muerte.

III. Un nuevo camino en Cristo

40 «Si confiesan su iniquidad y la iniquidad de sus antepasados, por las infidelidades que cometieron contra Mí, y también porque procedieron con hostilidad contra Mí, 41 (Yo también procedía con hostilidad contra ellos para llevarlos a la tierra de sus enemigos), o si su corazón incircunciso se humilla, y reconocen sus iniquidades, 42 entonces me acordaré de Mi pacto con Jacob, me acordaré también de Mi pacto con Isaac y de Mi pacto con Abraham, y me acordaré de la tierra.

44 Sin embargo, a pesar de esto, cuando estén en la tierra de sus enemigos no los desecharé ni los aborreceré tanto como para destruirlos, quebrantando Mi pacto con ellos, porque Yo soy el Señor su Dios. 45 Sino que por ellos me acordaré del pacto con sus antepasados, que Yo saqué de la tierra de Egipto a la vista de las naciones, para ser su Dios. Yo soy el Señor».

Setenta años después de que Israel fue destruido, se arrepintieron, clamaron al Señor, y Él los hizo volver a su tierra. Pero volvieron a fallar, todavía con la ciudad en ruinas.

33 Pero Tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros, porque Tú has obrado fielmente, pero nosotros, perversamente. 34 Nuestros reyes, nuestros jefes, nuestros sacerdotes y nuestros padres no han observado Tu ley ni han hecho caso a Tus mandamientos ni a Tus amonestaciones con que los amonestabas.

Israel necesitaba algo más que restauración; necesitaba un corazón nuevo, un nuevo pacto. Cientos de años después de Levítico, cuando Israel estaba siendo invadido por los babilonios, el profeta Jeremías hace esta promesa:

31 «Vienen días», declara el Señor, «en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto, 32 no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, Mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo para ellos», declara el Señor. 33 «Porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días», declara el Señor. «Pondré Mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces Yo seré su Dios y ellos serán Mi pueblo. 34 No tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciéndole: “Conoce al Señor”, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande», declara el Señor, «pues perdonaré su maldad, y no recordaré más su pecado».

El Señor promete un nuevo corazón, la capacidad de obedecer, y un perdón completo. ¿Cómo se cumpliría? No es solo una idea hermosa: cada vez que celebramos la Cena del Señor recordamos que Cristo dijo:

Lucas 22:20

20 Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre, que es derramada por ustedes.

Cristo obedeció perfectamente donde Israel, y nosotros, fallamos: nunca despreció al Padre, nunca actuó con hostilidad, y en Getsemaní, en el momento de mayor tentación, dijo: no sea mi voluntad, sino la tuya. Su justicia se acredita a quienes creen en Él.

21 Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

Pero nosotros ya hemos pecado, y merecemos el juicio que Levítico 26 describe.

13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros,

La ira que debía caer sobre mí cayó sobre Cristo; el juicio que yo merecía, Él lo experimentó; la separación de Dios que era mi destino, Él la sufrió en la cruz, cuando dijo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

5 Pero Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados.

Cristo no solo obedeció por nosotros, también fue castigado por nosotros. Y el nuevo pacto no solo nos ofrece perdón por el pasado, nos ofrece poder para el presente:

17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas.

Dios no nos dejó solo con un mandato, «obedece si puedes»: puso Su Espíritu en nosotros, y ese Espíritu nos capacita, nos guía, nos transforma.

El pastor Carlos [Contreras] decía: si tú estás en Cristo, hay más gracia de Dios en ti y poder de Dios para la obediencia que remanente del pecado para la desobediencia.

Estamos unidos a Cristo, no por nuestro rendimiento, sino por el decreto de Dios.

5 Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer.

Todo lo que Cristo tiene, lo tienes tú para vencer el pecado. Seguimos luchando, hay una batalla real, pero el poder del Espíritu vive en nosotros. Cuando Israel leía Levítico 26 debía sentirse aterrado, mirando al horizonte esperando el próximo ejército. Pero cuando tú y yo fallamos, podemos mirar a la cruz, correr a Cristo en vez de huir de Él, porque Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.

Aplicaciones

La pregunta es cómo vamos a vivir esto mañana: cuando en el trabajo te ofrezcan una tranza, cuando llegues cansado y tus hijos te saquen de quicio, cuando estés solo con el celular y te carcoma la tentación de la pornografía, cuando la ansiedad financiera te empiece a consumir.

Lo primero: recuerda que ya no estás bajo maldición, estás bajo la gracia. Cuando falles —y vas a fallar— no respondas en temor. No como el hijo temblando con el café, sino como el hijo pródigo que corre a su padre.

Segundo, pelea la batalla con las armas del nuevo pacto: clama al Espíritu que vive en ti —«Espíritu Santo, tú sabes que soy débil, dame gracia»—, predícate el evangelio a ti mismo —«soy una nueva criatura, estoy unido a Cristo»—, y pregúntate si vas a cambiar la presencia gloriosa de Dios por un placer falsificado.

11 En mi corazón he atesorado Tu palabra, para no pecar contra Ti.

Y acércate a la iglesia, porque Dios la diseñó para llevar las cargas los unos de los otros: nadie está realmente bien todo el tiempo. Si estás luchando con algún pecado, acércate a un hermano de confianza, dile la verdad, y comprométanse a orar y caminar juntos. Ya tienes la mayor bendición, la presencia de Dios; ya tienes Su gracia ofrecida en cada momento de debilidad.

9 Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad.

No estamos tratando de ganar Su bendición por obediencia; ya la tenemos en Cristo. Simplemente respondemos en amor. Camina hoy en Su gracia, y que la obediencia de Cristo sea lo que llene nuestro corazón de gracia y de amor, y no de terror.

Vamos ahora. Señor, te alabamos por tu gracia…