Introducción

Nuestro mundo nos ha enseñado a aparentar y presumir. Pero lo que vemos en el evangelio, lo que vemos en Cristo, es una realidad diametralmente opuesta. Hoy vamos a estar principalmente en Juan 13, buscando que el Señor nos muestre esa gloriosa humillación de Cristo.

Este es el tercer sermón de la nueva serie temática — tenía rato que no predicábamos así; estuvimos en Daniel, antes en Levítico. Durante estas semanas vamos a hablar del fruto que el evangelio debe producir en nosotros. La semana pasada estuvimos en 2 Corintios 5:14 — les reto a que se lo aprendan de memoria: “el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que Uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron… y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos.” Y en Gálatas: “con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí.”

Aquellos que estamos en Cristo necesitamos estar siendo desbordados de Su amor — pero seamos honestos, en la vida cristiana es normal perder ese enfoque. Pablo ora en Filipenses 1 que nuestro amor abunde más y más, y que estemos “llenos de frutos de justicia que es por medio de Jesucristo” — de eso hablamos la semana pasada: cuando alguien ama a Cristo, va a buscar a Su familia, va a buscar honrarlo por obediencia. Todo lo que veremos en estas semanas depende del amor — primero del amor que Cristo nos dio, y todo lo que nosotros podamos hacer brota de ese amor.

Cita de Bryan Chapell, Gracia sin límites

El cambio real —es decir, el poder real sobre los patrones aparentemente incorregibles de pecado y egoísmo— viene cuando Cristo se convierte en nuestro amor preeminente.

Hoy vamos a ver una de las virtudes que el evangelio produce en nosotros: la humildad. Esta semana y la siguiente vamos a hablar de ella, y vamos a aprender de Cristo, quien la practicó con perfección. Vamos a ver tres puntos: la gloria de Cristo, la humildad de Cristo, y el llamado de Cristo.

I. La gloria de Cristo

1 Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que Su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los Suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. 2 Y durante la cena, como ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote… 3 Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en Sus manos, y que de Dios había salido y a Dios volvía,

Cristo tenía la certeza de que iba a morir en unas horas — la sabía perfectamente. Y aun así, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin, hasta el extremo. Antes de decirnos lo que Jesús va a hacer, Juan nos dice quién es Jesús: Él sabía que el Padre había puesto todas las cosas en Sus manos — no algunas, no la mayoría: todas. Eso incluía al traidor sentado ahí mismo, la turba que vendría con Judas, las burlas de los sacerdotes, los golpes, los azotes, la corona de espinas, la cruz — y también la ira de Dios, esa que ninguna criatura podría soportar. Mientras el diablo maquinaba en el corazón de Judas, Jesús sabía perfectamente lo que ocurría, porque tenía toda la autoridad.

El Padre ama al Hijo y ha entregado todas las cosas en Su mano.

Este versículo agrega algo: Jesús tenía claro, desde el principio, que el Padre lo amaba — como vimos en Juan 17, desde toda la eternidad. Cristo está seguro de sí mismo, seguro del amor del Padre, seguro de Su autoridad.

En nuestra vida cotidiana, las personas que tienen o creen tener autoridad se imponen sobre los demás — y todos lidiamos con eso en el fondo del corazón, a veces no tan en el fondo. ¿Cuántas de las cosas que hacemos no las hacemos porque queremos imponer nuestra voluntad? ¿Cuántos gritos, chantajes, malas palabras no brotaron de ahí? Y más difícil todavía: ¿cuántos de nuestros aparentes actos de bondad en realidad buscaban que quedáramos bien? Si tú me dices “no, yo hago todo de corazón para el Señor” — la verdad es que te estás engañando, porque Jeremías 17:9 dice que el corazón es más engañoso que todo. Aunque hagas las cosas “de todo corazón”, ese corazón sigue teniendo una naturaleza caída, inclinada a la autopromoción. Nosotros, con diez pesos de más en la cuenta, nos sentimos Superman. Cristo, con toda la autoridad del universo en sus manos, se humilló — contra toda lógica humana.

Cristo comprendía tres cosas: que el Padre le había dado todas las cosas, que de Dios había salido, y que a Dios volvía.

¿No es Este el Hijo del carpintero? ¿No se llama Su madre María, y Sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas?

Los judíos pensaban que sabían quién era Jesús. Nosotros tampoco venimos de grandes apellidos —aquí no hay ningún Curi, ni Diez, ni Chahín; hay muchos García, López, Villegas— pero la Escritura revela que Jesús era mucho más que el hijo de un carpintero.

Y ahora, glorifícame Tú, Padre, junto a Ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera.

Nuestros mejores científicos piensan que el universo emergió de la nada por causas desconocidas; la Biblia es mucho más clara: “en el principio creó Dios los cielos y la tierra.” Antes de que existiera la primera partícula subatómica, antes de la primera chispa de luz, antes del tiempo y el espacio como los conocemos, por toda la eternidad Cristo existía compartiendo la gloria del Padre — es el reflejo perfecto de toda Su belleza y perfección.

Hebreos 1:3

Él es el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza…

Cristo sabía todo esto perfectamente, y sabiendo eso, ¿qué hizo? Nos mostró Su amor.

Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

¿Cómo es posible que el Dios encarnado, con toda autoridad, se sintiera motivado a morir por nosotros? Honestamente, no es lógico — el amor de Dios excede toda lógica, está más allá de nuestra comprensión. (Esta semana mi hija me pidió ayuda con matemáticas y física, y llegó un punto donde tuve que decirle “hija, de aquí no puedo ayudarte” y la mandé con ChatGPT — hay cosas que no podemos entender, y ni el genio con el IQ más grande podría comprender el amor de Cristo por nosotros.) ¿Cuántas de nuestras cosas están motivadas para impresionar a otros? No nacimos en una gran familia, pero nos encanta fingir que sí — nos tomamos una foto “casual” en el restaurante de tres estrellas Michelin, sin contar que nos corrieron a los diez minutos. Cristo sabía perfectamente Su eterno poder y deidad, y eso lo motivó, no a imponerse, sino a humillarse.

Cristo también sabía que a Dios volvía — pero entre Juan 13 y Juan 21 estaba la cruz. Tenía claro quién era, de dónde venía y a dónde iba, y sabía que nada de lo que le ocurriera —el dolor, la vergüenza, la muerte— podría cambiar ese destino. Y ese camino al Padre pasaba por la obediencia.

Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Idea clave — punto I

Cristo toma Su identidad y la usa para humillarse. Nuestra dignidad como hijos de Dios no nos libera de ser humildes: nos libera para ser humildes.

II. La humildad de Cristo

4 se levantó de la cena, se quitó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó. 5 Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavar los pies de los discípulos, secándolos con la toalla que tenía ceñida.

En el mundo del primer siglo, lavar los pies era el trabajo más humillante que existía. Un judío que tenía esclavos judíos no podía obligar a uno de ellos a lavar pies — tenía que ser un esclavo gentil, porque el acto era tan degradante. Y no era solo por el olor o la mugre: era por lo que comunicaba socialmente, porque quien lavaba los pies de otro tenía que arrodillarse. El Hijo de Dios lo hace voluntariamente, la noche antes de ser crucificado, mientras el diablo trabaja en el corazón de Judas.

Cita de un viejo predicador (William S. Plumer)

Toda la historia de nuestro Señor en la tierra fue una serie de actos de despojarse a Sí mismo y de humillación.

Esto no fue algo improvisado — era algo que Jesús tenía planeado.

6 Entonces llegó a Simón Pedro, y él Le dijo: “Señor, ¿Tú me lavas los pies?“. 7 Jesús le respondió: “Lo que Yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo entenderás después”. 8 Pedro Le dijo: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte Conmigo”. 9 Simón Pedro Le dijo: “Señor, no solo mis pies, sino también mis manos y mi cabeza”.

Los discípulos conocían a Jesús — lo habían visto abrir ojos de ciegos, levantar paralíticos, levantar muertos, caminar sobre el agua, atar demonios con una palabra; algunos, incluyendo a Pedro, lo habían visto resplandeciendo de gloria en el monte. Cuando Cristo empieza a lavar los pies, el texto sugiere que Pedro no fue el primero — así que los demás discípulos ya se habían quedado inmóviles, sin entender qué significaba eso. Cuando llega a Pedro, este tiene un arranque de aparente humildad: “Señor, ¿tú a mí?” Suena humilde, pero en el fondo es orgullo disfrazado de humildad — Pedro se está posicionando por encima de los demás, como diciendo: “yo sí me di cuenta de que esto no es posible, ellos no.” Pedro está rechazando una manifestación de la gracia de Dios: “Señor, lo que tú me das, no lo necesito.”

¿Cuántas de nuestras actitudes en la familia son así? ¿Atiendes a tu esposa, le abres la puerta, siempre y cuando alguien te vea? ¿Tus hijos son obedientes y bien portados solo cuando hay visitas? ¿Llegas temprano a acomodar sillas en la iglesia y en el fondo lo que te interesa es quién te está viendo? ¿Dices “estoy dispuesto a servir donde sea, mándame a predicar a África” y cuando piden ayuda con la limpieza no se oye ni un grito? Muchas veces lo único que hacemos es disfrazar nuestro orgullo con un maquillaje de piedad — hasta usamos la Biblia para justificarnos cuando estamos enojados con nuestro cónyuge en vez de humillarnos.

Lo tremendo es lo que Jesús le dice a Pedro. ¿Sabes qué hubiera hecho yo? “Ahí te quedas, Pedro” — pero eso no es lo que hace el Señor. Cuando Pedro se niega, Cristo lo llama, le explica que tiene que participar, y le sigue ofreciendo Su gracia — porque Cristo ofrece Su gracia incluso a la gente orgullosa que la rechaza. Y eso nos da esperanza, porque Él sabe todas las veces que hicimos algo no para Su gloria sino para la nuestra: sabe cuando dijimos “voy a orar por ti” solo para quedar bien, cuando saludamos amablemente sin que nos importara de verdad, cuando ofrecimos ayuda esperando el “no, no te preocupes”, cuando dimos la ofrenda mirando de reojo cuánto daban los demás, cuando dijimos “yo no soy nadie” esperando que alguien nos contradijera. Y aun así nos vuelve a invitar a recibir Su gracia.

Idea clave — punto II

La gracia de Cristo no retrocede ante el orgullo del hombre.

III. El llamado de Cristo

12 Entonces, cuando hubo lavado los pies, tomó Su manto y se recostó a la mesa, y les dijo: “¿Saben lo que les he hecho? 13 Ustedes Me llaman ‘Maestro’ y ‘Señor’; y con razón, porque lo soy. 14 Pues si Yo, el Señor y el Maestro, les lavé los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. 15 Porque les he dado ejemplo, para que como Yo les hice, también ustedes lo hagan. 16 En verdad les digo que el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que lo envió. 17 Si saben estas cosas, bienaventurados serán si las hacen”.

“¿Saben lo que les he hecho?” — nosotros lo sabemos mejor que ellos en ese momento, porque a esas alturas los discípulos solo habían visto al Maestro lavar sus pies; en unas horas vendrían los soldados, los golpes, las burlas, el látigo, la corona de espinas, el peso de la cruz, los clavos, y por encima de todo, el peso de la ira de Dios. ¿Por qué lo hizo? Porque el Rey eterno, el Todopoderoso, se humilló hasta el extremo por necios, orgullosos y rebeldes como tú y como yo — por gente que sabía que iba a volver a fallar, que prometería “ahora sí, Señor” y volvería a caer, con buenas intenciones pero siempre insuficientes. Se humilló, murió y venció.

Cristo no rebaja Su autoridad al lavar los pies — la afirma, y cambia por completo nuestra lógica: no servimos para ganar una posición, servimos desde la posición que Cristo ya nos dio. Nos humillamos porque nuestra identidad está segura en Él — ninguna cosa creada nos puede separar de Su amor.

Cita de Tim Keller

El evangelio nos libera del ego. Porque si mi valor no depende de lo que otros piensen de mí, puedo hacer las cosas que nadie quiere hacer, decir lo que nadie quiere decir, servir donde nadie quiere servir. No tengo nada que perder.

¿Dónde tenemos que empezar a vivir esto? En mi propia casa: la discusión más grande hasta la fecha sigue siendo quién lava los trastes — la respuesta de tres contra uno es “a ti te toca porque eres la mamá.” Nadie lo quiere hacer, y a veces justificamos nuestro egoísmo con piedad: “mi amor, tú sabes que tengo que servir al Señor.” Y no solo con eso — ¿quién cede en una discusión matrimonial? Los esposos decimos “yo soy la cabeza” muy bíblicamente, pero déjenme decirles algo que quiero que anoten: la Biblia nunca dice que el hombre tenga autoridad — lo que dice es que la mujer, siendo igual, se somete voluntariamente. Los reto a buscarlo en todo el Nuevo Testamento. En una discusión, ¿quién gana — el que grita más, el que sabe manipular?

Jesús nos lava los pies porque es el Señor. En el verso 15 dice que nos dejó ejemplo para que hagamos lo mismo — no nos pide humildad para ganar puntos con Él, como si hubiera niveles de “corona” que subir; ya nos ama al límite, y nos pide que seamos humildes por amor a Él. Él lavó los pies, se humilló, fue a la cruz por gente tan indigna como nosotros, y ahora dice: lo que hice por ti, hazlo por otros que tampoco se lo merecen — como yo lo hice contigo.

Cita de John Owen

La humillación es la única respuesta adecuada ante la grandeza y excelencia de Dios.

Si Owen tiene razón, la humildad es simplemente el síntoma de haber comprendido cuán glorioso es Cristo — no nace de la baja autoestima, sino de una visión clara de quién es Él. “Si saben estas cosas, bienaventurados serán si las hacen” — Cristo no nos llamó a admirar Su ejemplo, nos llamó a seguirlo.

Conclusión

Juan 13 nos muestra a Cristo lavando pies, pero Juan quiere que veamos más allá: Él no solo lavó pies, murió en la cruz.

6 el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, 7 sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. 8 Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Es fácil entender la humildad como doctrina, pero vivirla requiere el poder del Espíritu de Dios. Antes de terminar: ¿has estado justificando tu orgullo con falsas y superficiales muestras de humildad? ¿Hay alguien en tu vida, en tu hogar o en tu iglesia, a quien el orgullo te impide acercarte, amar o servir? ¿Hay un área donde podrías ceder tu lugar al otro y no lo haces porque te crees más importante? Si realmente hemos comprendido el evangelio, si estamos recibiendo el amor de Cristo, Él nos va a impulsar a responder en humildad.

Y si es la primera vez que estás en una iglesia cristiana, Cristo te dice lo mismo: ¿comprendes lo que ha hecho? Murió en la cruz por ti, sabiendo que no lo merecías, porque te ama. Te sigue invitando: ven a Él, arrepiéntete y cree en Su sacrificio — no resistas esa invitación, permítele lavar tus pies. No nos llama a ser los mejores, ni los más reconocidos — nos llama a humillarnos como Él se humilló, sabiendo con claridad quiénes somos en Cristo.

Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús.