Introducción

Un tema que casi nadie recibe mal

Hermanos, déjenme comentarles algo que me ocurre. Yo sé, como pastor, que hay temas donde casi siempre alguien se va a incomodar —y se nota, desde acá se notan las caras. Tenemos, por ejemplo, Efesios 4, donde dice que la mujer debe estar sujeta a su marido: híjoles, ya sé que muchas hermanas van a poner cara de sorpresa, a veces hasta de enojo. Lo mismo pasa cuando se habla del rol del esposo, o de la sexualidad de los hijos. Son temas donde yo ya sé que va a haber alguien que se ofenda.

Pues bien, de lo que vamos a hablar esta semana y la siguiente —les puedo decir que todas las veces que he predicado sobre este tema, al menos una persona se ha incomodado y me lo ha hecho saber— nunca, ni una sola vez que he hablado de esto, ha pasado eso. Todos lo reciben bien. Porque vamos a hablar de la generosidad.

El sermón de esta mañana está en 2 Corintios 8, y lo he titulado Generosidad, la gracia que nos enriquece. Es un tema difícil de otra manera: normalmente hay personas que, si no se ofenden, al menos se incomodan; y es un tema muy mal entendido, donde mucha gente cree que lo comprende bíblicamente, pero no es así.

Vamos a contestar tres preguntas: primero, qué nos impide ser generosos; después, cómo se vive la generosidad; y por último, cuál es la fuente de la generosidad. Y lo que quisiera que mantuviéramos en el corazón hoy es esto: Cristo bajó de Su trono y se hizo pobre para enriquecernos, y hoy nos toca a nosotros bajar de nuestro trono y dejar que esa gracia se desborde.

¿Te identificas?

Vamos a estar principalmente en 2 Corintios 8, pero para contestar qué nos impide ser generosos vamos a ir primero al principio, a Génesis 3.

Antes, déjenme preguntarles si se identifican con esto. Clásica discusión de un matrimonio donde los dos trabajan: sale un gasto inesperado, y la discusión es “te toca a ti” — “no, si yo pagué el gas, no me toca a mí” — “yo pagué la luz”. ¿Les ha pasado? O cuando hay que cooperar para algo en el trabajo, para un convivio, en la familia, o —lamentablemente también suele ocurrir— en la iglesia: rara la ocasión en que alguien no reclama “oye, ¿por qué fulano puso los desechables y yo puse la carne?” Y cuando no lo dices, siempre hay alguien que lo piensa. Cuando se trata de dar algo que de verdad nos cuesta, sacamos uñas y dientes para defenderlo. ¿Se identifican o no?

Un último ejemplo: ¿nunca les ha pasado que alguien les pide ayuda —alguien en la calle, algún hermano, algún conocido— y sienten algo adentro, el Espíritu de Dios o su conciencia, que les dice “ayúdalo”? Y otra parte de ustedes empieza a pensar “está joven, seguro puede trabajar” —y no me refiero a que eso nunca sea legítimo, hay ocasiones en que sí lo es— pero hay otras en que el Espíritu te pone algo en el corazón, y tú empiezas a decir “no, no, nada más traigo cien pesos, y con esos cien pesos tengo que comprar las tortillas” — y callas la voz del Espíritu que te está diciendo “ayuda”. Eso es justo lo que queremos responder hoy: por qué es tan difícil que nos impide ser generosos.

I. ¿Qué nos impide ser generosos?

A. El trono usurpado

5 Pues Dios sabe que el día que de él coman, se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios, conociendo el bien y el mal.

Recuerden el contexto: el Señor había puesto al hombre y a su mujer en el huerto, con un mandamiento —que no comieran del fruto de ese árbol. Se presenta la serpiente delante de la mujer, y entre las cosas que le dice, dice esto: “el día que de él coman, se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios, conociendo el bien y el mal.”

Este ofrecimiento de la serpiente es tremendo. Lo que le estaba diciendo a Eva no era solamente “qué más da, es una regla, bríncatela” — le estaba ofreciendo algo mucho más grande: “tú puedes ocupar el lugar de Dios.” Y no sé si lo han pensado, pero yo sé que sí: “¿yo por qué me voy a someter? ¿Yo por qué voy a obedecer a fulano de tal?” Esa es la semilla que se introdujo con el pecado: ese deseo de ser tu propio dios, de imponer tus propias reglas, de no someterte a nada ni a nadie. Y nos guste o no, en este mundo todos tenemos alguien a quien le debemos obediencia; lo que la serpiente le estaba diciendo a la mujer era “no tienes por qué obedecer a Dios, puedes hacer lo que a ti te plazca” —es más, “¿por qué te vas a sujetar a tu esposo? Puedes hacer lo que a ti te plazca.” Ahí es donde se introdujo esa semilla de idolatría, de egoísmo, de egolatría.

Encontré una frase en un librito que me impactó, y quiero que la tengan presente: “el egoísmo es la elección de mí mismo en lugar de Dios como objeto supremo de amor.” Fíjense lo que dice: este egoísmo no tiene que ver solo con el dinero, ni solo con actitudes — tiene que ver con qué es lo que más amo, en qué me deleito más: en mí mismo, o en el Señor.

Creo que podemos ver esto en algunos ejemplos. ¿Qué es lo que motiva a un traficante, a un asesino, a cualquier tipo de criminal a hacer lo que hace? ¿Será que no saben que está mal? Esta semana salió una carta que envió un convicto —el Mayo Zambada— al gobierno de Estados Unidos, diciendo “me arrepiento de todo lo que hice.” Pero, ¿creen que él no era consciente de lo que estaba haciendo mientras lo hacía? Claro que sí. Entonces, ¿por qué lo hizo? Porque no le importó, porque le importaba más su propio placer, su propio deleite. Eso es lo que mueve a un asesino, a un político corrupto, a un extorsionador, a un secuestrador — y si se dan cuenta, es exactamente la misma lógica del huerto: “yo puedo ser mi propio dios, no necesito rendirle cuentas a nadie.” Esa es la forma más cruda en que un ser humano se sienta en el trono y quiere desplazar, en primer lugar, a Dios, y en segundo lugar a cualquier persona o ley que se le interponga — que yo mismo sea el juez de lo que está bien y lo que está mal.

Y esa semilla ya está presente en nuestra cultura hoy: muchos jóvenes criados por este sistema les van a decir exactamente eso: “quédate con tus ideas, yo puedo hacer lo que quiera mientras no perjudique a nadie, no te metas en mi vida” — es exactamente la misma lógica de la serpiente en el huerto: “tú puedes ser tu propio dios.”

Pero lo más tremendo es que también lo vemos en la vida diaria. Muchas veces —en el trabajo, en la casa, ante una tentación— el Espíritu de Dios te trae en ese momento Su palabra, tú tienes clara la palabra de Dios, pero otra parte de tu corazón empieza a justificarte acerca de por qué vas a tomar la decisión contraria. O lo notamos en cosas tan sencillas como cuando la Biblia te confronta con un pecado y empiezas a poner excusas: “sí, claro, la Biblia dice que tengo que amar a mi esposa, pero tú no conoces a mi esposa”; “la Biblia dice que tengo que sujetarme a mi esposo, pero tú no conoces a mi esposo” — y empezamos a justificarnos, como si Dios en Su mente hubiera dicho “sujétense a sus esposos, excepto fulana de tal.” No, hermano: empezamos a justificarnos, y la lógica es la misma lógica de la serpiente en el huerto: “no tienes que obedecer a Dios, puedes hacer lo que tú quieras.”

O un ejemplo más: ¿alguna vez se han molestado, o incluso enojado con Dios, porque Sus planes no coinciden con los suyos? ¿Cuántas veces no hemos levantado la voz, o hasta el puño al cielo, y le hemos dicho a Dios “¿por qué?” — y en el fondo, es la misma lógica: casi le queremos decir “¿por qué no me obedeces tú a mí? ¿Quién te crees tú para hacer lo que yo no quiero?”

No sé si se dan cuenta: desde el huerto, el corazón pecaminoso busca quitar a Dios de Su trono para que nosotros ocupemos Su lugar, para ser nosotros el objeto supremo de nuestro propio amor y de nuestra adoración.

B. El primer acusado

1 Pero debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. 2 Porque los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes,

Y esto no se quedó en el huerto, porque miles de años después, en 2 Timoteo 3, mira lo que dice el apóstol Pablo. Déjenme aclarar algo: cuando oímos “los últimos días” tendemos a pensar en el fin del mundo, pero bíblicamente los últimos días empezaron con la venida de Cristo. Lo que Pablo describe aquí parece el perfil psicológico del hombre del siglo veintiuno, pero también del hombre del siglo primero: “en los últimos días los hombres serán amadores de sí mismos.”

Amador de sí mismo describe a una persona que siempre busca imponer su voluntad por encima de los demás; que cuando hace sus planes piensa primero en él y en nadie más; que en su mente cree que todos los que están a su alrededor están ahí para servirlo, y si no lo sirven… Hace un momento se llevaron a su clase al pequeño Darío —perdóname, hermano, por ponerte de ejemplo— pero ¿qué hace un bebé cuando llora y no se le da al momento lo que quiere? Cuando son chiquitos es porque tienen hambre, pero cuando ya están más grandecitos es “quiero esto, quiero tus lentes” — y si no le dejas que te los quite, llora, grita, berrea, te rasguña, te jala el cabello. Y les digo esto porque es parte de nuestra naturaleza: todos, en ese sentido, somos como un bebote por dentro — queremos que los demás hagan nuestra voluntad. Ya no gritamos ni berreamos —a veces sí— pero tenemos técnicas más sofisticadas para lograr que otros se sometan a nuestra voluntad. Eso es ser amador de sí mismo: alguien para quien lo primero y lo que más le importa es él mismo, su voluntad, su disfrute.

Y esto tiene mucho que ver con los planes que hacemos con otros: en el hogar, en el trabajo, hasta en la iglesia. Por ejemplo, algo que nos pasó: íbamos a arreglar una tubería que se rompió, y yo digo “se va a hacer así, porque es mejor, vamos a usar este material”, y el otro hermano dice “no, no, ese material es muy caro, vamos a usar tal otro.” Cuando no hay humildad, eso puede terminar en una bomba; y si no termina en una bomba, lo que sigue es que uno de los dos se hace el humilde por fuera y dice “está bien, hermano, vamos a hacer como tú dices” — pero por dentro está pensando “este cuate es un ignorante, ni sabe trabajar, pero bueno, si queda mal, es su culpa.” Porque somos amadores de nosotros mismos.

Y el versículo sigue: avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes — y todo brota de ser amadores de sí mismos. No sé si se dan cuenta que nosotros lo hacemos en la vida cotidiana todo el tiempo: alguna vez están en una conversación, hay algo que ustedes quieren contar, la conversación se fue por otro lado, e interrumpen con tal de que la atención vuelva hacia ustedes. O sienten esa clásica punzada de envidia cuando ven que a un hermano, a un vecino, a un amigo le empieza a ir bien, en vez de alegrarse por él. O han buscado por todos los medios salirse con la suya en una discusión con su cónyuge. O se enojan porque las cosas en la iglesia no son precisamente como ustedes quieren.

Quiero que observen que el texto no está describiendo a los grandes criminales — está describiendo la naturaleza caída de todos los seres humanos. Describe algo universal que nos incluye a nosotros. Ser amadores de nosotros mismos es el origen de otros pecados, y lo podemos ver en nuestra propia vida.

C. ¿De dónde vienen las guerras?

1 ¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de las pasiones que combaten en sus miembros? 2 Ustedes codician y no tienen, por eso cometen homicidio. Son envidiosos y no pueden obtener, por eso combaten y hacen guerra. No tienen, porque no piden.

Pero este mismo principio no se acaba ahí. Vamos a un pasaje más, en Santiago, porque Santiago nos va a mostrar el resultado. Creo que todos sabemos de lo que habla este texto: cuando están viendo redes sociales y ven que a un amigo de la secundaria le está yendo muy bien, o que fulano está disfrutando de su familia, de sus vacaciones, de pronto sienten una punzada — y no la controlan, y de pronto dejan de hablarle a esa persona, o se empiezan a distanciar. Todos hemos visto cómo el deseo de salirnos siempre con la nuestra en una discusión familiar erosiona la vida familiar hasta destruirla. Todos hemos visto cómo, si dejamos que el rencor crezca en nosotros por algún asunto en el que no estamos de acuerdo en la congregación, eso puede terminar en una división.

Porque el principio que vemos aquí es que los conflictos vienen de nuestra codicia, de nuestros deseos — no de las circunstancias externas. Observen la secuencia: codician y no tienen, y entonces cometen homicidio; tienen envidia, no pueden obtener, y entonces hacen guerra. ¿Lo han visto en su propia casa? La codicia, cuando no se satisface, escala a violencia. Y a menos que nos arrepintamos, este tipo de egoísmo va a terminar manifestándose en conflictos y en violencia.

¿Por qué empiezo hablando de todo esto cuando el tema de hoy es la generosidad? Porque el corazón caído no solo se resiste a dar — se resiste a dejar el trono. Y esto explica por qué la generosidad nos cuesta tanto: porque dar algo que de verdad me cuesta implica bajarme de mi propio trono y darle prioridad a otra persona, y eso es algo a lo que nuestra naturaleza caída se va a oponer con todas sus fuerzas.

Piensen en lo que dice Cristo en el Sermón del Monte, sobre poner la otra mejilla cuando alguien te hiere. ¿Cómo respondieron la primera vez que lo escucharon? Se la saben, “tranquilo, el Señor dice” — pero por dentro hay algo que dice “de ninguna manera voy a bajarme del trono, ¿quién se cree que es Él para que yo tenga que desprenderme de mi voluntad?” Y si eso está presente incluso en quienes no han reconocido a Cristo como Señor, Cristo mismo lo dijo: “¿por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo digo?” Todos tenemos que entender esto: en nuestro corazón va a seguir activa esta carne que quiere tomar el trono, hasta nuestro último aliento.

¿Han jugado pirinola con un niño de tres años? Gira, no toca dos: contento. Gira, le toca poner cuatro: no, y empieza a llorar y a hacer berrinche, hasta que le dicen “ya, ya, no es cierto, salió toma todo” — y entonces el niño queda contento y feliz. Somos iguales, solo que cuarenta o cincuenta años después. Pero la solución para la generosidad no está simplemente en esforzarnos más — porque, como vamos a ver en un momento, incluso podemos dar con una actitud de egoísmo.

II. ¿Cómo se vive la generosidad? (vv. 1-7)

A. Cuentas que no cuadran

1 Ahora, hermanos, les damos a conocer la gracia de Dios que ha sido dada en las iglesias de Macedonia. 2 Pues en medio de una gran prueba de aflicción, abundó su gozo, y su profunda pobreza sobreabundó en la riqueza de su liberalidad.

Les cuento lo que estaba pasando: Pablo le está escribiendo a la iglesia de Corinto, con quien traía problemas bien canijos. A pesar de todo lo que Pablo había hecho por ellos, le oponían resistencia, y los corintios empezaban a rechazar todo lo que venía de él — incluida una de sus iniciativas: levantar una ofrenda especial para la iglesia de Jerusalén, que estaba pasando una gran necesidad. Ya saben cómo es: cuando empiezas a mirar feo a alguien, empiezas a mirar feo todas sus propuestas.

Y aquí Pablo les habla de lo que hizo otra iglesia: las iglesias de Macedonia. Para que se den una idea, sería como si Pablo le escribiera a los hermanos de San Pedro Garza García —uno de los municipios más ricos de México— contándoles lo que ocurrió con hermanos de comunidades rurales de Oaxaca. Les está escribiendo a una ciudad sumamente rica, contándoles lo que pasó en comunidades sumamente pobres.

Pero observen el patrón: primero les dice “les damos a conocer la gracia de Dios.” ¿Qué requisito tienes que cumplir para que Dios te dé gracia? Ninguno — esa es la definición de gracia: algo que no merecemos. Y eso es lo primero que Pablo va a decir: cuando hablamos de generosidad, siempre empieza con lo que Dios ya hizo — no empieza contigo, ni con cuánto tienes, ni con tus circunstancias presentes.

Y observen el versículo 2: esa gracia fue dada a las iglesias de Macedonia “en medio de una gran prueba de aflicción.” Es una paradoja, porque siempre queremos que la gracia de Dios sea constante y sonante, que tenga forma de billetitos o de un depósito en la cuenta — pero aquí no era así. No sabemos exactamente qué estaban pasando: ¿enfermedad? ¿escasez? ¿persecución? ¿cárcel? ¿la muerte de algunos hermanos? Seguramente un poco de todo. ¿Cómo respondemos nosotros en esas circunstancias? ¿Cómo se ponen ustedes cuando no hay dinero a fin de mes, o cuando revisan su cuenta y el depósito de la quincena no llegó como esperaban? ¿Dicen “gloria al Señor por Su provisión”, o empiezan a enojarse con todo el mundo? Lo más sencillo: cuando traigo hambre —y aquí hablo de mí mismo, pregúntenle a mi esposa— me pongo así, y lo único que digo es “invíteme un Snickers, por favor.”

Pero observen cómo respondió la iglesia de Macedonia. El texto no dice “abundaron sus quejas”, ni “abundó su amargura” — dice que “abundó su gozo.” ¿En qué estaba anclado ese gozo? ¿En las circunstancias? No: en Cristo. Eso es justo lo que necesitamos entender: nosotros recibimos gracia, y la gracia de Dios produce gozo independientemente de si tienes dinero o no, de si estás sano o no, de si tienes hambre o no.

Y ese gozo, sigue diciendo el texto, hizo que “su profunda pobreza sobreabundara en la riqueza de su liberalidad.” Observen el orden: Dios da gracia en medio de circunstancias adversas; esa gracia produce gozo; y el gozo produce generosidad — generosidad extrema. La generosidad, entonces, es una evidencia de la gracia de Dios en tu vida, no de tu condición económica. Te repito: la generosidad es evidencia de que estamos recibiendo y respondiendo a la gracia de Dios, no de cuánto tienes.

B. El ruego al revés

3 Porque yo testifico que según sus posibilidades, y aun más allá de sus posibilidades, dieron de su propia voluntad, 4 suplicándonos con muchos ruegos el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos. 5 Y esto no como lo habíamos esperado, sino que primeramente se dieron a sí mismos al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios.

Ahora sigamos, porque esto es interesante: es al revés de cómo normalmente se hace. Miren cómo ocurre normalmente: “hermanos, vamos a hacer una ofrenda para las iglesias de Cuba” — y entonces sacan unas fotitos, “miren cómo sufren los hermanos de Cuba”, y decimos “pobrecitos, vamos a darles cinco pesos.” No quiero generalizar —sé que no siempre es así, y reconozco que muchas veces hemos sido muy generosos— pero así funciona el mundo: primero te convenzo, y entonces tú das.

Aquí es al revés. Pablo ni siquiera invitó a los macedonios a participar. ¿Por qué? Seguramente Pablo pensó “a los macedonios no les pidas, los pobres apenas están buscando cómo sobrevivir, a ellos no les pidas” — y fueron ellos los que rogaron poder participar. Sigamos avanzando: “suplicándonos con muchos ruegos el privilegio de participar” — pero la clave está en el versículo cinco: “esto no como lo habíamos esperado, sino que primeramente se dieron a sí mismos al Señor, y luego a nosotros, por la voluntad de Dios.”

¿Se dan cuenta de lo que está diciendo Pablo? Normalmente lo que decimos es “órale, aflojando las carteras”, “cáiganle”, “cooperan todos para los tacos” — y si puedes hacerte pato, te haces pato; si puedes poner veinte pesos menos que fulano, qué mejor. Pero observen lo que dice aquí Pablo: lo que los macedonios soltaron no fue el dinero. El dinero fue lo último que ellos soltaron, no lo primero. Porque la generosidad no consiste principalmente en dar dinero: consiste en entregarnos nosotros mismos, como una respuesta a la gracia que hemos recibido de Cristo.

C. Lo que falta completar

6 En consecuencia, rogamos a Tito que como él ya había comenzado antes, así también llevara a cabo en ustedes esta obra de gracia. 7 Pero así como ustedes abundan en todo: en fe, en palabra, en conocimiento, en toda solicitud, y en el amor que hemos inspirado en ustedes, vean que también abunden en esta obra de gracia.

Y esto no se quedó solo en Macedonia. Miren lo que pasa en los versículos seis y siete: Pablo les dice que, así como ya habían comenzado antes, Tito los ayudaría a llevar a cabo esta obra de gracia — parece que ellos sí habían empezado a aportar, pero de pronto el corazón se les endureció y dejaron de hacerlo.

Y aquí está el argumento de Pablo: si tú estás en Cristo, déjame darte una buena noticia — tú ya eres generoso. Porque la generosidad no es nada más que una respuesta a la gracia de Dios, y tú ya recibiste esa gracia. La realidad es que no somos tan generosos como deberíamos ser, porque Cristo se entregó sin reservas. Imagínense a Cristo negociando con el Padre: “Señor, tú dices que hay que sufrir por ellos, ¿qué te parece si me encarno y nada más me pisan el pie? Yo creo que con eso basta” — ¿ustedes ven a Cristo así? “Bueno, Señor, que me den tres latigazos, yo creo que con eso ya es suficiente.” No: Cristo se entregó al extremo, total y absolutamente. Y si ya hemos recibido una gracia tan abundante, hay algo en nosotros que nos mueve a responder con generosidad — pero tenemos que completarla, porque esa naturaleza de la que hablamos al principio se sigue oponiendo a la obra del Espíritu en nosotros.

Parece que los corintios estaban diciendo: “Pablo, mira, nosotros ya tenemos fe, ya tenemos conocimiento, ya tenemos amor — pero esto de dar dinero como que no va con nosotros, nosotros damos otros frutos.” Y aquí Pablo simplemente les está diciendo que la generosidad es parte del mismo paquete: así como crecemos en amor, así como aprendemos la Palabra, así también tenemos que crecer en generosidad.

Los corintios eran muchísimo más ricos que los macedonios, y a ellos les estaba costando más. Muchas veces pensamos que debería ser al revés, ¿cierto? Y siendo honesto, yo lo he pensado —no nada más lo he pensado, lo he hecho—: he dicho “¿cómo le voy a dar a Dios el diez por ciento de lo que recibo, si apenas me alcanza para sostener a mi familia?” Por cierto, el diezmo en esta época no es un requisito ni algo obligatorio, es algo que damos voluntariamente. Pero muchas veces, en mi corazón, he dicho: “Señor, tú me entiendes, tengo que pagar la colegiatura, llegó el recibo de la luz” —no sé qué pasó con la luz este bimestre, a mí me llegó el doble de lo normal, creo que a todos aquí nos pasó lo mismo— y entonces digo: “Señor, tú me entiendes, ¿cómo voy a aportar? Te voy a bajar la mitad, Señor, pero tú me comprendes, ¿verdad?”

Y vuelvo al punto: la generosidad no tiene que ver con cuánto tienes. Porque muchas veces, cuando no tienes, es muy obvio que dependes del Señor; pero cuando Dios te provee inexplicable y milagrosamente, lo único que puedes decir es “Señor, esto viene de Tu mano.” En cambio, cuando sí tienes, empiezas a pensar “claro, soy bien inteligente para los negocios”, “me va bien porque me esfuerzo en mi trabajo.” La generosidad no consiste en dar dinero: la generosidad se vive bajándonos del trono y permitiendo que el Señor lo tome.

Y déjenme decirles algo más, porque ya lo mencioné hace un momento: tampoco consiste solamente en esforzarnos para dar. Es más, tú podrías dar el diez, el quince, el veinte, hasta el noventa por ciento de lo que Dios te provee, y estar haciéndolo de manera egoísta. ¿Por qué? Porque —y esto también lo he pensado— llega un momento en que das algo generosamente, sin esperar nada a cambio, y el Señor se encarga de bendecirte nuevamente. ¿Y saben qué produce eso en mí? Que ya me la sé: “si yo le di doscientos pesos al Señor el otro día, y me cayó una lanita que no esperaba de dos mil, pues ya la armé” — “Señor, mira, ahí voy a echar quinientos pesos, ¿me estás viendo, verdad?” Pero no se trata de lo que das: se trata de darlo por amor, no por conveniencia. No es la cantidad; otra vez, es entregarte a ti mismo. Porque puedes darlo todo esperando que te recompensen, como un niño interesado que ayuda a su papá, que lava los trastes, porque quiere veinte pesos a cambio — hacemos exactamente lo mismo. No: la generosidad tiene que ver con que me entrego a mí mismo; no tiene que ver con dinero, otra vez, tiene que ver con que yo me bajo del trono y pienso primero en el Señor, y luego en mi prójimo.

III. La fuente de la gracia (vv. 8-9)

A. Exposición

8 No digo esto como un mandamiento, sino para probar, por la solicitud de otros, también la sinceridad del amor de ustedes. 9 Porque conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de Su pobreza ustedes llegaran a ser ricos.

Así que ahora sí, vamos a ver cuál es la fuente de esta generosidad, la fuente de esta gracia. Ese texto está tremendo. No sé si se dan cuenta: la generosidad no es una obligación. A ustedes nadie los obliga a dar algo en la cajita de las ofrendas, ni para nadie más — y eso, de por sí, debe ser bien interesante como regla: no podemos obligar a nadie a dar. A veces quisiéramos: si yo cooperé con algo, quiero que los demás cooperen; si yo compré los tacos, quiero que los demás se caigan también. Pero la regla bíblica no es esa: el Señor jamás va a venir contigo y decirte “oye, ¿qué onda? Cáete.” No, el Señor no hace eso. Observen lo que dice: “no digo esto como un mandamiento, sino para probar, por la solicitud de otros, la sinceridad del amor de ustedes.” Es decir: cuando nosotros damos para el Señor, no debemos dar por obligación, sino por amor — y esto no debería cambiar la manera en que vemos el ser generosos.

Y miren, porque en el versículo nueve nos va a dar la causa: “conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo, por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de Su pobreza ustedes llegaran a ser ricos.” Este es el gran intercambio, como le llaman los teólogos: el Rey del universo se despoja de todo y muere de la peor manera para salvarnos a nosotros, que no teníamos nada. El rico se hizo pobre para que nosotros fuéramos enriquecidos — y no está hablando de algo material, está hablando de la gracia de Dios.

Miren lo que escribió John Owen, un puritano muy famoso:

Cristo, siendo rico en Sí mismo, por nosotros se hizo pobre, a tal grado que no tenía dónde recostar la cabeza — no tenía nada. Con esto hizo compensación por lo que Él nunca robó. John Owen

¿Qué es lo que hace la diferencia entre dar por obligación y dar por gracia? Cristo no debía nada — Él jamás robó, no maldijo, no mintió, jamás pecó— y sin embargo lo entregó todo para nuestra salvación. Este es el orden de la generosidad: no se trata de ser generoso y esperar que, quizás algún día, el Señor te bendiga. No: Cristo ya fue generoso contigo al extremo. Él ya te bendijo de la manera más gloriosa e inimaginable. Cuando hablamos de generosidad, hablamos de responder a la gracia de Dios.

B. Resumen

Idea

Porque la generosidad no es una demanda que debemos cumplir, sino el reflejo natural de haber recibido la gracia de Cristo.

Conclusión

A. Resumen

Entonces, hoy vamos a empezar a cerrar esto: vimos, primero, qué nos impide ser generosos — el corazón caído, que todo lo quiere para sí, que quiere seguir en su trono. Segundo, cómo se vive la generosidad — bajándome del trono, poniendo a Cristo primero y respondiendo a Su gracia. Y tercero, cuál es la fuente de la generosidad — no es una ley que cumplir, sino el reflejo de la gracia de Cristo.

B. Más allá del dinero

Ahora, ¿qué significa esto? Porque hemos estado hablando de una manera muy abstracta. ¿A qué nos referimos con ser generosos? Me refiero a toda su vida. No me estoy refiriendo solo —aunque lo incluye— a lo que ofrendamos, a la manera en que participamos de las ofrendas; eso es una parte importante de la generosidad, pero toda nuestra vida tiene que caracterizarse por ser generosos. Les repito: en todo lo que tenemos, y en todo lo que somos. Porque toda generosidad cristiana no es más que un reflejo de la gracia que recibimos en Cristo.

C. Aplicaciones

Déjenme darles algunas ideas de cómo podemos responder. Hace un momento pasó nuestra mano, oró por las ofrendas y los diezmos, y todos participamos — pero hay algo que necesitan preguntarse cuando participan de las ofrendas: recuerden el orden correcto. Yo me entrego a mí mismo al Señor, le entrego mi vida, y luego, como consecuencia, le doy de lo que Él me ha provisto. Cuando ofrendamos, no solo pasamos a dejar una moneda, un sobre, un billete: estamos dando un testimonio de que mi vida le pertenece al Señor, de que todo lo que tengo —sea poco, sea mucho— Él me lo ha provisto. Pregúntense cuáles son las áreas de su vida que todavía no le han entregado al Señor, porque ese es el orden: yo me entrego al Señor, y como consecuencia, participo. Si sienten que tienen poco para dar, recuerden que la generosidad de la iglesia de Macedonia no consistía en lo que tenían — consistía en dar su corazón al Señor.

Pero les repito: no tiene que ver solamente con nuestra participación en ofrendas y diezmos. La generosidad tiene que ver con toda nuestra vida. Y saben qué es lo más tremendo: que todos los días pasamos al lado de personas necesitadas y ni siquiera nos damos cuenta. Creo que algo que tenemos que hacer es abrir los ojos para ver las necesidades de los demás. Si ustedes manejan, creo que deben traer moneditas en el carro para compartir con las personas que están pidiendo en los semáforos — y algo que yo hago últimamente: ya no regalo solo dinero, normalmente están vendiendo paletitas, y antes lo que hacía era darles la moneda —y está bien— pero creo que no honra del todo el principio bíblico; ahora agarro una paletita que sé que cuesta cincuenta centavos o un peso, y le doy un poco más de lo que cuesta, porque así estoy honrando el trabajo de la persona.

Creo que debemos tener los ojos abiertos para ver las necesidades de los demás. ¿Alguna vez se han fijado que un hermano llega caminando desde lejos al culto, llega sudado, y cuántas veces se dan cuenta y no le dicen nada porque les da pena? Si te das cuenta de la necesidad, ¿sabes para qué te la muestra Dios? Para que seas generoso. Pero lo más tremendo es cuando ni siquiera te das cuenta — ese es el síntoma. Muchas veces decimos “yo necesito, ayúdenme” — pero saben qué es lo que quiere el Señor: que primero nosotros ayudemos a los demás, tengamos poco o tengamos mucho. Ese es el principio bíblico: entrega, y el Señor se va a encargar de suplir tu necesidad. Yo lo he pensado: “le voy a ofrecer un aventón, pero es que ya casi llego a la reserva de gasolina” — y mi mente lógica me dice “no le des el aventón, porque se te va a acabar la gasolina.” Eso es ser generoso: no puedo decir “hermano, te doy el aventón” y aun así estar calculando cómo le voy a hacer para echarle gasolina a mi carro — pero se lo ofrezco, le sirvo, le ayudo. O cuando ustedes identifican a un hermano que llega con los mismos zapatos de siempre, ya descoloridos y viejos, que por más grasa que les echa ya se nota que no dan más —no estoy hablando de nadie en específico, pero a veces lo hemos visto— ¿y qué hacen? Ni cuenta se dan. Ser generoso implica estar viendo las necesidades de los demás, porque la naturaleza caída lo que quiere es “ey, dame; ey, ayúdame” — pero ahora que estamos en Cristo, que Cristo ya lo dio todo, debe ser “yo te ayudo, yo te doy, yo te bendigo” — no porque tenga, ni porque quiera presumir, ni porque quiera quedar bien, sino porque ya recibí tanto de Cristo que es la única manera de responder.

Y si llevan algún tiempo participando de las ofrendas y los diezmos solo por costumbre, sin pensarlo, los voy a invitar a que la próxima vez que participemos de las ofrendas examinen su corazón, y le pidan al Señor: “ayúdame a dar con gozo.”

D. Llamado final

Cristo bajó de Su trono y se hizo pobre para enriquecernos a nosotros. Hoy nos toca a ustedes y a mí bajarnos de nuestro trono, y dejar que esa misma gracia de Dios se desborde en generosidad para los demás. ¿Y saben por qué, iglesia? Porque simplemente es la manera en que respondemos a tanta bendición que hemos recibido. Somos un pueblo que ha recibido tanta gracia de Dios: el mismo Hijo de Dios se hizo hombre, se hizo maldición por nosotros, se hizo pobre por nosotros. Y cuando alguien recibe esa gracia, esa gracia no se puede quedar quieta — se desborda, se transforma en gozo, en entrega y en generosidad, igual que en Macedonia, e igual que hoy, entre nosotros.

Oración final

Señor, te damos toda la gloria porque nos has dado tanta, tanta gracia. Nos has dado todo: entregaste a Cristo sin límites, sin reservas. Y ahora queremos suplicarte que nos ayudes a responder a esa gracia. Danos, en primer lugar, un corazón que se llena de gozo en cualquier circunstancia — que no sea porque hay abundancia, ni porque hay escasez, sino que lo que nos dé gozo sea que ya tenemos a Cristo, que ya hemos sido salvados, que nuestros pecados ya fueron perdonados. Y ayúdanos, por lo tanto, a que ese gozo se transforme en generosidad, para poder darnos primero a nosotros mismos a Ti, y luego a los demás, independientemente de si hay mucho o poco, si hay dinero en la cartera o en la cuenta, si hay abundancia o escasez. Te lo suplico: concédenos simplemente responder a Tu gracia, y ayúdanos a mostrarnos un amor generoso entre nosotros. En el nombre de Jesús, amén.