Introducción

Oración inicial

Señor, te amo por la gracia que nos das de poder cantar tu evangelio, escuchar tu evangelio y vivir tu evangelio. Te doy gracias, Señor, por cada persona que está aquí, por mis hermanos que te aman, por personas que quizá vinieran acompañando a Tania, que se bautizó. Te damos gracias por los adolescentes, los jóvenes, por cada persona, hombre, mujer, joven y anciano que esté reunido, y queremos rogarte que el Espíritu Santo produzca hoy en nosotros el fruto que tú de antemano has determinado en cada corazón, para tu gloria. En el nombre de Jesús.

Presentación de la nueva serie

Hoy arrancamos una nueva serie. Terminamos Daniel —algo épico— y venimos también de una serie en Levítico. Ahora vamos a abordar una serie temática, hablando de las siete virtudes de las iglesias Gracia Soberana. Cuando alguien nuevo pregunta “¿qué denominación son ustedes?”, la mejor respuesta es que somos, más que otra cosa, de Cristo y su evangelio. Si hay algo que debe pretender estar al centro de lo que somos como iglesia, es Cristo y las buenas noticias de quién es Él y qué ha hecho por nosotros. Pero alguien puede recitar mucho, aprender los escritos de los pastores de la antigüedad, y aun así no reflejar a Cristo. Lo que queremos ver estas semanas son los frutos que el evangelio debe producir en los corazones de quienes lo creemos — vamos a ver varios sermones porque nuestra familia de iglesia está buscando crecer intencionalmente en esos frutos. Pero primero hablamos del evangelio mismo, y del amor que es la fuente de todo.

Ilustración: Isaac Watts

Isaac Watts

Nació en 1674 en Southampton, Inglaterra, el primero de ocho hijos. Su padre era diácono de una iglesia “no conformista” (una iglesia no controlada por el gobierno inglés, con prohibición de predicar) y había estado preso dos veces antes de que él naciera. El niño creció siendo extraordinariamente inteligente pero, según quienes lo conocieron, de aspecto poco atractivo — “lo único más grande que su fealdad era su amor por Cristo”. Aprendió latín a los cuatro años, griego a los nueve, francés a los once, hebreo a los trece. A los 17 años le ofrecieron una beca para estudiar en cualquiera de las dos universidades de Inglaterra, con la condición de dejar su iglesia y unirse a la Iglesia de Inglaterra — no aceptó, y eligió su fe sobre su carrera. A los 38 años quedó inválido por una enfermedad, sin padres (ya habían muerto) y sin haberse casado nunca. Una familia, los Abney, lo invitó a quedarse “unos días” en su casa — se convirtió en 36 años, viviendo el resto de su vida como huésped.

Ponte en su lugar: perdió su carrera, tenía salud frágil, nunca se casó, vivía de lo que le daba una familia ajena, y nunca pudo alcanzar el potencial que él mismo sabía que tenía. Y sin embargo, en 1707 escribió un himno del que George Whitefield dijo que “vale más que todos los himnos jamás escritos” — en español, “Oh gloriosa cruz”:

Isaac Watts, "Oh gloriosa cruz" (1707)

Cuando contemplo la cruz maravillosa en la que murió el príncipe de gloria, mi mayor ganancia la tengo por pérdida y desprecio todo mi orgullo.

No permitas, Señor, que me gloríe, sino en la muerte de Cristo, mi Dios. Todas las cosas vanas que antes me cautivaban son basura.

Miro su cabeza, sus manos, sus pies, fluyen mezclados el dolor y el amor. ¿Acaso se han unido jamás tal amor y tal dolor? ¿O han formado las espinas una corona tan preciosa?

Si yo fuera rey de toda la creación, sería un regalo muy pequeño para entregarte. ¡Qué amor tan asombroso, tan divino me has dado, que me exige entregarte mi alma, mi vida, mi todo!

Este hombre no tenía nada mundano de qué gloriarse — su vida, en términos humanos, fue el más grande de los fracasos. Y sin embargo era un hombre lleno de gozo, de plenitud, de amor por Cristo. ¿Por qué? Porque había conocido el amor de Cristo, y ese conocimiento cambió por completo su vida. Esa es la verdad que queremos explorar hoy.

Presentación del mensaje

El mensaje se titula “El evangelio, la buena noticia que lo cambia todo”, y va a recorrer tres puntos: el evangelio es la historia de Cristo, el evangelio es la obra de Cristo, y el evangelio es la vida de Cristo en ti.

I. El evangelio es la historia de Cristo

1 Ahora les hago saber, hermanos, el evangelio que les prediqué, el cual también ustedes recibieron, en el cual también están firmes, 2 por el cual también son salvos, si retienen la palabra que les prediqué, a no ser que hayan creído en vano. 3 Porque yo les entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4 que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.

Concéntrate en el verso 3: “yo les entregué… lo mismo que recibí”. El evangelio no es algo que inventamos, no es algo que podamos innovar o actualizar — es algo definido y establecido por Cristo mismo, que nosotros no podemos quitar, cambiar ni modificar. Hay un contenido que debe ser guardado y transmitido fielmente: él lo recibe, lo entrega, ellos lo reciben.

Los chilaquiles

Los chilaquiles siempre son chilaquiles — necesitas tortilla y salsa, y puedes usar el chile que quieras (verde, rojo, negro), pero sin tortilla y salsa no hay chilaquiles. El evangelio no es así: tiene un marco preciso que debe ser recibido y transmitido con fidelidad, no se le puede quitar ni agregar nada.

El evangelio tampoco es algo terapéutico. Vivimos buscando algo que nos dé alivio, y el principal propósito del evangelio no es que te sientas bien — aunque eventualmente el Señor sí te va a inundar de paz y gozo, eso es una consecuencia, no el propósito. El evangelio no es una terapia ni una filosofía: es una noticia.

Los tres hechos del evangelio (vv. 3-4):

  • Cristo murió por nuestros pecados: cuando leemos que Cristo murió debería producirnos un shock, porque los evangelios presentan a Cristo como Dios mismo, alguien que merece ser adorado — ¿cómo es posible que Dios mismo se haya entregado a la muerte, y por mis pecados?
  • Fue sepultado: la muerte fue real y verificada — los soldados romanos eran expertos en muerte y tortura, no hay espacio para leyendas de que Cristo no murió realmente.
  • Resucitó al tercer día: la tumba está vacía. Era imposible que Cristo, siendo Dios e inocente, quedara bajo el dominio de la muerte.
  • Todo esto “conforme a las Escrituras”: no es novedad, es el cumplimiento de lo que Dios ya había prometido.

Nunca nos vamos a graduar del evangelio — no hay nada más profundo, ni siquiera lo que acabamos de ver en Daniel sobre el porvenir. Y en el evangelio no hay novedades: la misma fe que nosotros creemos es la misma que se predicó hace 500, 1000, casi 2000 años.

Credo de Nicea (325 d.C.)

“Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día conforme a las Escrituras.”

Lo que Pablo recibió en el siglo I, trescientos años después se seguía predicando de manera idéntica. No somos los primeros, no estamos solos, no somos una iglesia rara ni nos unimos a un culto secreto — estamos aferrados al evangelio que ha transformado miles de vidas a lo largo de la historia.

El corazón del evangelio es la redención, y la esencia de la redención es la cruz.

(citado por el predicador, sin atribuir el nombre del autor en el audio)

“El corazón del evangelio es la redención, y la esencia de la redención es el sacrificio expiatorio de Cristo. Los que predican esta verdad predican el evangelio; el que no predica la expiación ha perdido el alma y la esencia del mensaje.”

En la antigüedad la esclavitud era muy común (como en las películas La túnica sagrada o Ben-Hur, donde personas libres terminan siendo esclavas) — algo similar a lo que nos ocurre a nosotros bajo el pecado.

14 Después que Juan había sido encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio de Dios. 15 «El tiempo se ha cumplido», decía, «y el reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio».

El evangelio es una noticia acerca de la obra de Cristo, centrada en la cruz, y demanda una respuesta: arrepentirse y creer.

  • Arrepentimiento: no es solo remordimiento, es una gracia generada por el Espíritu Santo — ibas hacia el infierno y el Espíritu te hace ver tu condición y das marcha atrás.
  • Creer: es más que una afirmación intelectual (hasta los demonios creen que Dios es uno, y tiemblan). Es confianza total, no solo pensar que algo es verdad.

Benito Juárez

Puedo afirmar y estar segurísimo de que Benito Juárez nació en Guelatao — pero eso no cambia mi vida en nada, no lo amo (salvo cuando llegan los billetes de a doscientos). Muchas veces pensamos el evangelio así: “sí, es cierto que Cristo murió y resucitó” — pero creer es más que afirmarlo, creer es confiar y hacerlo real para uno mismo.

II. El evangelio es la obra de Cristo

16 Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree, del judío primeramente y también del griego. 17 Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.

Si el evangelio es poder de Dios para salvación, lo único que necesita la iglesia es predicarlo con fidelidad — no una campaña de marketing ni un salón climatizado. Y es universal: para todo el que cree.

“La justicia de Dios se revela” — hay un problema que no siempre queremos ver: todo ser humano sin Cristo está bajo la ira de Dios.

Nahúm 1:2-6

Dios celoso es el Señor, vengador es el Señor e irasible. El Señor se venga de sus adversarios, guarda rencor a sus enemigos. El Señor es lento para la ira y grande en poder, y ciertamente el Señor no dejará sin castigo al culpable. En el torbellino y la tempestad está su camino, y las nubes son el polvo de sus pies. Él reprende al mar y lo hace secar, y agota todos los ríos. Languidecen Basán y el Carmelo, y las flores del Líbano se marchitan. Los montes tiemblan ante Él, los collados se derriten; sí, en su presencia se levanta la tierra, el mundo y todos los que en él habitan. ¿Quién resistirá en presencia de su indignación? ¿Quién se mantendrá en pie ante el ardor de su ira?

La venganza de Dios no es como la nuestra, que es visceral — la suya tiene que ver con su honor: como Él es el ser más glorioso y digno que existe, cualquier ofensa contra Él debe ser castigada. Es lento para la ira, es decir, no la derrama al momento, sino que la guarda. Cada ser humano en su estado natural está bajo esa ira.

La historia del evangelio es gloriosa porque sobre Cristo cae la ira de Dios que yo merecía (Isaías 53: “el castigo de nuestra paz fue sobre Él”). Tu perdón no fue gratis — fue increíblemente costoso. Si tú y yo pasáramos toda la eternidad en el infierno jamás podríamos saldar esa deuda, pero todo ese castigo cayó sobre Él.

Habiendo sido, pues, justificados por fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

El tribunal

Dios estaba en su corte a punto de sentenciarte, con el martillo a punto de caer y la sentencia era “culpable” — merecías la ira de Dios. Pero Cristo pagó ese castigo, y en el momento en que el martillo cae, lo que se escucha es: “inocente”. ¿Por qué? Porque alguien más se hizo culpable por ti — Gálatas dice que Cristo se hizo maldición por nosotros.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada pueden hacer.

El Señor no solo ha perdonado nuestros pecados y llevado el castigo que merecíamos: nos ha unido a Jesús. Somos uno con Él, y nos llama a permanecer en Él.

Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios.

No importa lo que ocurra, tu vida está segura con Cristo en Dios — eso fue lo que hizo que un hombre fracasado en términos humanos, feo, inválido, enfermizo, se sintiera el más feliz del mundo: porque entendía que estaba unido a Jesús. La obra de Cristo lo cambia todo: nos rescata de la ira de Dios, nos reconcilia con Él, nos da paz, nos une a Cristo.

III. El evangelio es la vida de Cristo en ti

Por tanto, de la manera que recibieron a Cristo Jesús el Señor, así anden en Él.

Lo más terrible que un creyente puede hacer es pensar que el evangelio es solo la puerta. “De la manera en que recibiste a Cristo, anda en Él” significa que toda la vida del creyente debe girar alrededor de Cristo. ¿Cuántos de nosotros tenemos años en el evangelio y, al revisar nuestra vida, seguimos igual — la misma amargura, el mismo deseo de venganza, los mismos arranques de ira? Es porque hemos dejado de vivir en Cristo, nos hemos separado de Él.

Tito 2:11-14

Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús.

El evangelio actúa en nuestra vida en tres tiempos:

  • Pasado: lo que Cristo ya hizo — ya murió, ya te declaró justo, tu deuda ya fue pagada, nada te puede separar de Él.
  • Presente: el evangelio sigue actuando, dándonos poder para vivir unidos a Cristo, obedecer, servir, amar a los hermanos, construir matrimonios gloriosos — no son añadidos al evangelio, son su consecuencia natural.
  • Futuro: garantiza que un día ya no lucharás con el pecado, no habrá tentación, enfermedad ni muerte.

Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

El evangelio produce en nosotros una nueva identidad. Esto transforma cómo enfrentamos el fracaso — cuando algo por lo que habías luchado de repente no sirvió para nada, alguien que no está en Cristo lucha, llora, se resiste; pero cuando entiendes que tu vida está escondida con Cristo en Dios, eso te da seguridad.

La exhortación

¿Cómo respondes cuando alguien te dice “hermano, creo que estás fallando en esto”? Si por dentro te defiendes con uñas y dientes es porque sigues creyendo que la fuente de tu valor eres tú mismo, que lo que tienes puede impresionar a los demás — incluso a Dios. Pero tu valor no radica en lo que tú eres o haces: nadie puede mermarlo, porque lo que te da valor es el amor de Cristo por ti. Puedes perderlo todo y estar seguro, porque nada puede quitarte el amor de Dios.

Otro fruto del evangelio es la obediencia gozosa. Dos personas pueden estar haciendo lo mismo en la iglesia —cantando, sirviendo, dando su ofrenda— y una puede estar condenada y la otra salva, porque no depende de las obras, sino de la gracia. Pero en la vida práctica seguimos queriendo depender de las obras para impresionar a los demás.

Confesión personal

Hubo un periodo en mi vida en que cuando cantaba buscaba que nadie tuviera las manos más levantadas que yo, o me fijaba en si llevaba bien el ritmo al aplaudir — me estaba mirando a mí mismo. Aplaudía, pero no era aplaudir al Señor: me aplaudía a mí. Levantaba las manos, pero no para la gloria de Dios, sino para la mía.

Nada puede mermar el amor de Dios por ti, aunque te des cuenta de que eres el más gruñón de los gruñones, o de los defectos de otros durante un viaje juntos. Si el Señor te ama igual de todos modos, ¿por qué fingir? Los cristianos deberíamos poder decir “la verdad estoy luchando con este pecado, me ha estado dando en la torre” en vez de siempre responder “todo excelente” cuando nos preguntan cómo estamos. Podemos decirlo porque nada puede mermar el amor de Dios por nosotros. Y lo que nos mueve a obedecer no es querer impresionar, sino que Él nos amó primero: si te perdonó cuando no lo merecías, puedes perdonar; si fue fiel hasta la muerte, puedes buscarlo y leer su palabra.

Conclusión

La vida de Cristo en el creyente produce una nueva identidad, una seguridad real y una obediencia gozosa. Vimos tres puntos: el evangelio es la historia de Cristo, la obra de Cristo, y la vida de Cristo en ti.

Conexión con el evangelio

Cristo no solo habló del evangelio: Él es el evangelio. Su vida perfecta cumplió lo que nosotros nunca podríamos cumplir, su muerte pagó lo que nosotros jamás podríamos pagar, su resurrección confirmó que Dios aceptó su sacrificio. El Dios que justamente nos hubiera podido castigar eligió redimirnos.

Si eres creyente, refúgiate en Cristo en cualquier circunstancia que estés viviendo, nunca olvides que lo que necesitas es a Cristo. Y si nos estás visitando y no has creído en el evangelio: no se te pide que mejores tu vida, ni siquiera que vengas a esta iglesia — se te ruega creer con todo el corazón que Cristo murió por tus pecados, y arrepentirte reconociendo que mereces su castigo. Él dará la paz, el gozo y el perdón del que hablamos. No hay mejor noticia que esta, y no hay vida más plena que la que fluye de Cristo y su evangelio.

La grabación termina con la invitación a ponerse de pie para cantar — no incluye oración de cierre ni el resto del servicio.