Introducción
Ilustración: Dos maneras de sacar la cartera
Hermano, quiero preguntarte: cuando tú sacas la cartera, ¿normalmente con qué actitud la sacas?
Te voy a confesar algo. Yo soy una persona a la que le cuesta trabajo pagar algunas cosas. Por ejemplo, si mi esposa me dice “oye, ¿sabes qué?, hay que comprar un mantel, unas cortinas” —no me preguntes cuándo fue la última vez que compramos eso—, como que mi cara es de “híjole, ¿cuánto cuesta el mantel? ¿Y para qué un mantel?“. Yo le digo: pues ahí está la mesa, ya. No me da mucha alegría comprar un mantel. Pero hay otras cosas que las saco con gusto. En mi caso, hermano, y en el de muchos hombres, lo que tiene que ver con comida: “sabes qué, vamos a comprar unas hamburguesas”. Y luego mi esposa me ha dicho: tus hamburguesas salen más caras que el mantel que quiero.
Ahora quiero que pienses en algo específico. Imagínate que sacas tu cartera para pagar el recibo de la luz, que este mes te llegó misteriosamente al doble. Quiero que pienses qué cara pones cuando tienes que hacer ese pago. ¿Es una cara de felicidad? No, ¿verdad? Normalmente pagamos, pero con un sentimiento en el corazón.
Ahora quiero que imagines que estás buscando un regalo para una persona a quien amas profundamente. Escoges el regalo perfecto, tú sabes que le va a encantar, llegas a la caja, sacas tu cartera. ¿Qué cara pones cuando lo vas a pagar? ¿Es la misma que cuando pagas el recibo de la luz? No. ¿Por qué?
Hermano, hay una diferencia. Y el monto puede ser exactamente el mismo, pero la actitud es distinta. El rostro que pones cuando pagas es distinto.
Justamente de eso vamos a hablar hoy. En 2 Corintios capítulo 9 el apóstol Pablo va a hablarle a la iglesia de Corinto acerca del rostro con el que nosotros damos, la actitud con la que nosotros damos.
Presentación del sermón
Te recuerdo que hoy continuamos hablando del tema de la generosidad, que es una de las virtudes que el evangelio debe producir en nosotros. Este sermón, que he titulado simplemente El dador alegre, lo vamos a ver en tres puntos:
- La generosidad empieza en el corazón
- La generosidad avanza recibiendo
- La generosidad termina en la gloria de Dios
Argumento
Lo que queremos, hermano, que te lleves al final es que cada vez que damos con confianza y gozo hacemos visible el evangelio y glorificamos a Dios.
I. La generosidad empieza en el corazón (vv. 6-7)
6 Pero esto digo: el que siembra escasamente, escasamente también segará; y el que siembra abundantemente, abundantemente también segará. 7 Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría.
A. Contexto
La colecta para Jerusalén
Déjame recordarte algunas cosas. Todo este capítulo, y el capítulo anterior, Pablo está hablando de una ofrenda a la que él había invitado a participar a la iglesia de Corinto. Era una ofrenda especial —es decir, esto era adicional a lo que la iglesia ofrendaba— y tenían más de un año recolectándola.
26 …Macedonia y Acaya han tenido a bien hacer una colecta para los pobres de entre los santos que están en Jerusalén.
Observa: había hermanos que vivían en una profunda necesidad en Jerusalén, y Pablo estaba organizando una colecta especial para apoyar en estas necesidades. Toma en cuenta que eran gentiles los que estaban juntando dinero para apoyar a hermanos judíos. Y recuerda que en aquel entonces la diferencia judío-gentil era bien grande. Hermanos que nunca habían visto, que no conocían. Lo único que compartían era la fe.
Ahora, dice “Macedonia y Acaya”. Corinto está en Acaya. O sea, Pablo ahí en Romanos está hablando de lo mismo que está hablando en el pasaje que acabamos de leer.
Una promesa de hace un año
Y en el versículo 2, que no lo leímos, Pablo dice que esta ofrenda la habían estado preparando durante un año. ¿Te imaginas, hermano? Un año de colecta, juntando una ayuda económica para hermanos que estaban en una necesidad profunda. Lo que nos dice el texto también es que los corintios fueron los primeros en anotarse para participar: llega Pablo, les propone “oigan hermanos, ¿qué creen?, en Jerusalén hay hermanos que están en una necesidad tremenda”, y ellos son los primeros en levantar la mano.
5 Así que creí necesario exhortar a los hermanos a que se adelantaran en ir a ustedes, y prepararan de antemano su generosa ofrenda, ya prometida, para que la misma estuviera lista como ofrenda generosa, y no como por codicia.
Ahora quiero que analices el texto, por favor. Y déjame recordarte algo, hermano: cuando alguien predica, lo más importante, donde tú debes poner toda tu atención, es en el texto. Todo lo que hace un predicador no es nada más que intentar hacer claro el texto bíblico.
Así que échale ojo. Dice que estuviera lista como ofrenda generosa, y no como por… ¿qué dice ahí? Codicia.
O sea que alguien puede dar una ofrenda, según este texto, por dos motivos. Y lo aclaro por si tú no estás familiarizado con lo que estamos hablando: estamos hablando de dar dinero para la iglesia, y en este caso la iglesia lo iba a usar para ayudar a los pobres. Puedes darlo con generosidad o con codicia.
¿De qué está hablando, hermano? De lo mismo que hablamos hace un momento. Que hay ocasiones en que tú pagas con una cara de felicidad y hay ocasiones en que tú pagas con una cara de amargura. Lo que nos va a decir este texto es que lo mismo puede ocurrir cuando participamos de las ofrendas en la iglesia. Puedes darlo con un rostro y un corazón alegre, o puedes darlo pensando “híjole, ¿qué va a decir el pastor si ve que no paso al frente? ¿Qué van a decir de mí los hermanos, que no tengo dinero, si no paso a ofrendar?“.
B. Exposición
La metáfora de la siembra (v. 6)
Aquí Pablo está utilizando una metáfora. ¿Y sabes cuál es el problema? Hermano, una pregunta: ¿cómo te fue en tu última cosecha de maíz? Pues quién sabe, ¿verdad? Porque aquí no hay campesinos. ¿Hay alguien que siembre? Máximo unos tomatitos, epazote en tu jardín. Como que no le entendemos mucho.
Imagínate que tienes una hectárea de terreno y que vas a sembrar maíz, y tienes la semilla. ¿Qué tienes que hacer para que el maíz brote? Sembrarlo.
Yo no soy campesino, pero en alguna ocasión, hace muchos años, viví en la costa de Oaxaca, y los hermanos allá lo hacían a mano. Pasaban sus yuntas y sembraban a mano. Me decía el hermano que ellos ponían tres granitos cada no sé cuántos centímetros. Tres granitos de maíz. Y uno le dice: hermano, ¿por qué tres? ¿Por qué no nomás uno?
Lo que Pablo está diciendo es que si tú vas a sembrar en la tierra, no puedes ser tacaño para sembrar. ¿Por qué? Porque si siembras poco, vas a cosechar poco.
Ahora, el punto más importante aquí —y quiero que lo anotes— es que este texto no es una promesa de que si tú ofrendas, Dios te va a multiplicar. Puedes buscar en YouTube: hay muchos videos de charlatanes que te van a decir eso. “Si tú das mil pesos, mañana Dios te va a dar diez mil.” No, hermano, no nos está hablando de eso.
Lo que nos está diciendo es que cuando nosotros participamos de las ofrendas, tenemos que participar confiando en la provisión del Señor. Porque mira: un agricultor tiene muchas situaciones difíciles. Ponte en los zapatos del agricultor. Imagínate que solo tienes un costal de maíz, es todo lo que tienes, y tienes tu terreno. ¿Qué pasa si no siembras? ¿Cuánto tiempo te podrá durar un costal? Supongamos un mes. ¿Y si lo siembras? No hay garantía.
¿A qué me refiero? En un lugar, en una cultura donde no había riego, donde dependían literalmente de las lluvias. Lo que está mostrando Pablo es que el agricultor siembra por fe. Siembra lo que tiene creyendo que Dios le va a mandar las lluvias. ¿Y si no hay lluvias? Imagínate que sí hay: ¿y si hay un incendio antes de que el maíz brote? ¿Y si había una plaga de langosta, que también ocurría con mucha frecuencia y sigue ocurriendo al día de hoy? ¿Y si caía un hongo y contaminaba el cultivo? El agricultor en la antigüedad tenía que sembrar por fe.
Lo que está mostrando aquí Pablo, hermano, es que cuando alguien da, la actitud que tiene que haber en su corazón es una actitud de fe en la provisión de Dios. Yo tengo que creer que le estoy dando al Señor y que el Señor me va a proveer para mis necesidades. ¿Tienes la seguridad de que Él lo va a hacer? Bueno, sí y no: porque Él prometió que iba a suplirnos, pero no prometió una cantidad exacta.
La calculadora escondida
Algo que suele ocurrir, hermano —pasándolo a nuestros días—, es que cuando somos llamados a participar de las ofrendas y diezmos, muchas veces lo que hacemos, y me incluyo, es sacar la calculadora. Quinientos pesos del gas, cuatrocientos de la luz, tanto de los pasajes. Empiezas a sumar, ¿cierto?
Hermano, cuando alguien saca un presupuesto, normalmente, ¿cuánto te sobra? Te soy honesto: a mí, nada. Nunca. Y eso es tremendo, porque antes ganaba bien poquito, ¿y qué crees? No me alcanzaba. Luego gané un poquito más, ¿y qué crees? Tampoco. Luego gané un poquito más… Lamentablemente es cierto, hay un dicho por ahí: entre más ganas, más gastas. Y muchas veces eso ocurre con nosotros.
Hay muchos temas ahí que no vienen al caso, que tienen que ver con planeación, administración y mayordomía de nuestros recursos, pero no vamos a entrar en eso. El punto es que si yo saco mi calculadora y empiezo a sacar cuentas, siempre me va a faltar algo. Siempre que hago mi presupuesto le digo a mi esposa: si tuviéramos un ingreso de mil pesos más… ¿y qué crees? Siempre me faltan mil o dos mil pesos en mi presupuesto. Siempre.
Lo que nos está diciendo acá, otra vez, es que la actitud que debe prevalecer cuando nosotros participamos de dar —en este contexto de ofrendas y diezmos— tiene que ser la fe. No damos porque tengamos en abundancia, ni le damos a Dios como una inversión que Él esté obligado a devolvernos. Damos porque creemos en su provisión, porque creemos que Él nos sostiene.
Hay una cita por ahí de Juan Calvino. Tremendo, ¿eh, Calvino?
Lo que nos hace más tacaños de lo que deberíamos ser es cuando calculamos demasiado estrechamente lo que requeriremos durante toda nuestra vida. El hombre que depende de la bendición del Señor tiene su mente libre de ataduras, y tiene, al mismo tiempo, sus manos abiertas para la generosidad.
¿Qué está diciendo Calvino? Hermano, que cuando nosotros somos tacaños no es un problema de dinero: es un problema de fe. Porque si tú calculas y quitas de la ecuación que Dios está para sustentarte, y no tienes fe en su provisión, híjole, hermano, va a ser difícil.
La decisión previa (v. 7)
Ahora quiero que observes el verso 7, porque dice “que cada uno dé…” ¿cómo dice ahí? Como propuso en su corazón.
Quiero que entendamos esto, hermano. Cuando nosotros participamos en nuestras ofrendas no se trata de un impulso improvisado. La idea bíblica no es que en ese momento tú digas “¿y cuánto tengo? Uno de a veinte, eso está bien”. No. La idea bíblica es que de antemano tú vas a tomar una decisión para ver cómo vas a participar.
Idea
La generosidad genuina no es un impulso espontáneo: es una determinación previa que tomas por la fe.
Los motivos falsos
La causa
Ahora, aquí hay algo, hermano, y no sé si nosotros lo podamos entender. Porque nuestra cultura, mi querido hermano, es una cultura —¿cómo te lo digo?— muy aprovechada.
Déjame contarte algo, y te voy a adelantar algo. ¿Escuchaste que vamos a tener un convivio? El 20. Bien. Vamos a suponer que hacemos esto: “hermanos, ¿qué creen?, domingo 20, taquiza, gratis”. No va a faltar el que ese día traiga a su mamá, a su papá, a su abuelita, a su primo, a su tatarabuelo. ¿Sí o no? ¿Por qué? Porque nuestra cultura es una cultura de aprovecharse de los demás.
¿O nunca te ha pasado que estás ahí en el súper, en la muestra gratis, están dando pedacitos de jamón y tú ya te quieres completar el cuarto de jamón con las muestras? ¿O lo clásico: vas a un buffet, hay frutita, y tú agarras y la metes en un tóper y lo guardas en tu bolsa? Otra vez: nuestra cultura es una cultura donde buscamos la manera de aprovecharnos, y el que no lo hace es un tonto.
Lo interesante es que la cultura romana era totalmente diferente. Allá los regalos se veían muy distinto, porque la idea era que si tú recibes un regalo, eso te ponía en deuda con el otro. A los romanos les incomodaba recibir regalos, porque “yo no quiero sentirme en deuda con nadie”. No sé, creo que algunas personas vemos así la vida también.
Y eso es lo que Pablo está tratando aquí. ¿Por qué? Porque la salvación, hermano, es un regalo. ¿Cuánto te costó ser salvo? Nada. Todo lo ha pagado Cristo.
¿Sabes qué es lo que eso motivaba en el corazón de estos corintios? Como querer regresarle a Dios. Se sentían en deuda con Dios, y eso se sentía gacho. Entonces daban a Dios, y probablemente daban mucho más que la mayoría, pero lo daban con una actitud incorrecta. Y eso es lo que está atacando el versículo 7.
No de mala gana, ni por obligación
Fíjate cómo sigue diciendo: no de mala gana ni por obligación.
“Mala gana” es como te estaba diciendo hace un momento: cuando tú das algo con esa cara larga, triste, obligado. Y es muy parecido a lo que dice “ni por obligación”, que se refiere a dar por presión externa: ¿qué van a pensar los demás de mí si yo no participo?
Son dos maneras distintas de fallar. Una es por culpa y otra es por presión. Pero producen el mismo resultado: una ofrenda sin gozo.
Y hermano, esta es la diferencia entre pagar una deuda y dar un regalo. Tenemos que entender que nosotros no ofrendamos ni porque queramos pagarle a Dios lo que Él nos ha dado —y lo vamos a ver en un momento— ni porque queramos algo para nosotros.
El dador alegre (v. 7)
Mira lo que dice el versículo 7: “porque Dios…” ¿cómo dice? Ama al que da con alegría.
Y esta palabra “alegre” es bien interesante, porque no se refiere a alguien que está gritando como cuando ganó España, ni se refiere tampoco a una sonrisita fingida. No, hermano. Fíjate que esta palabra aparece en el Antiguo Testamento, y cada vez que aparece, aparece calificando al rostro de una persona.
Hermano, ¿tú conoces personas que cuando las ves te dibujan una sonrisa? Imagínate: llegas a casa después de un día cansado, y ves a tu esposa, a tus hijos, y te das cuenta de toda la bendición que Dios te ha dado, y te sale una sonrisa natural. ¿Te ha pasado alguna vez? De eso está hablando. Una actitud alegre que brota de tu corazón. Luego hay algunas imágenes por ahí, memes que dicen “cásate con alguien que te ve así”. A esa mirada se refiere. A alguien a quien le brota una sonrisa del corazón. Esa es la manera en que nosotros debemos ofrendar.
Ahora, lo interesante aquí es que Pablo no está inventando esta frase: la está tomando del libro de Proverbios. En Proverbios hay un pasaje que dice que Dios bendice al hombre —y utiliza la misma expresión— al hombre que da alegremente.
Así que volvamos a lo que decíamos al principio. Cuando nosotros ofrendamos, lo más importante no es el monto. Lo que Dios ve primero es tu corazón y, de alguna manera, tu rostro. Dar con alegría.
Y fíjate: Dios no solo acepta al que da con alegría, Dios lo ama. Porque hay un tipo de generosidad que le agrada a Dios, y no es la del que da más: es la del que da con un corazón lleno de fe y de gozo.
C. Resumen
Idea clave punto I
La generosidad que agrada a Dios no empieza en la cantidad, sino en un corazón que decide dar con fe y con gozo.
Transicion
Pero, hermano, esto puede generar una pregunta: está bien, ¿pero cómo voy a producir alegría si me cuesta? Y Pablo no va a responder diciendo “pues tienes que esforzarte más”. Mira lo que él responde: nos va a decir que la manera en que la generosidad avanza —bien interesante— no es dando, es recibiendo.
II. La generosidad avanza recibiendo (vv. 8-11)
8 Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abunden para toda buena obra. 9 Como está escrito: «Él esparció, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre». 10 Y el que suministra semilla al sembrador y pan para su alimento, suplirá y multiplicará la siembra de ustedes y aumentará la cosecha de su justicia. 11 Ustedes serán enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual por medio de nosotros produce acción de gracias a Dios.
A. Exposición
Toda gracia, todo lo suficiente, toda buena obra (v. 8)
Observa, por favor, el verso 8, porque tres veces en el mismo versículo se utiliza la palabra todo.
Empieza diciendo “Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes”. Hermano, una pregunta: ¿tú crees que Dios ya te dio toda su gracia? ¿O se ha reservado un poquito para Él? ¿Tú qué piensas?
32 El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?
Ese es el principio fundamental. Si Él ya entregó a Jesús, ya no tiene nada más para entregarte. No hay nada más grande que Dios te pueda dar, porque Él ya te lo dio al entregar a Cristo.
Aquí no nos está hablando de algo futuro. Nos está hablando de lo que Dios ya está haciendo: Él nos está dando toda gracia. Y siempre, todo empieza en la gracia de Dios.
Quiero que pienses en esto, hermano. Él ya te salvó entregando a su Hijo. Él te ha dado vida. Piensa en todas las pruebas y adversidades que has pasado: si estás aquí es porque Él te ha dado gracia. Piensa en esos momentos de escasez —todos los hemos pasado—, momentos duros, momentos difíciles, momentos de amargura. El Señor ha sido fiel. Dios da toda gracia. Uno de mis pasajes favoritos de Santiago es “pero Dios da mayor gracia”. Dios siempre nos da de su gracia, siempre nos da de su bendición. Todo en nuestra vida empieza en la gracia de Dios.
Y la consecuencia es lógica: porque si Dios puede dar toda su gracia, significa que siempre tenemos —dice— todo lo suficiente.
Hermano, tienes que entender esto. A Dios nunca se le escapa nada. Tienes que meterte esto en la cabeza, porque el mundo nos dice todos los días que nos falta mucho. El mundo siempre nos va a decir “si yo tuviera…“.
Déjame ponerte un ejemplo muy sencillo. Durante años yo me resistí a hacer ejercicio, y decía “es que no voy a hacer ejercicio porque no tengo tenis”. ¿Y qué crees que me regalan? Unos tenis. Luego dije “no, no, es que no voy a hacer ejercicio porque no tengo ropa, no tengo un short”. ¿Y qué crees que pasó? Que me regalan un pants, con su chamarra y todo, y del mismo color que los tenis.
Es que el mundo siempre, nuestra mente siempre nos va a decir “me falta algo”. “Si tuviera dinero para tal cosa, mi vida sería diferente.” Pero, hermano, eso es una falta de fe. Porque si a Dios no se le escapa nada, significa que lo que tú tienes en este momento es suficiente. Ojo: no suficiente para lo que tú quieres. Es suficiente para lo que Dios quiere en tu vida. Es suficiente para lo que Dios quiere en tu vida.
Te voy a ser muy honesto. En mi vida y en mi familia esta época es difícil. Te voy a decir esto: le tuve que pedir dinero a mis hijas para terminar la semana, porque hice pagos y esto y lo otro, y les tuve que decir “oye, préstame cincuenta pesos para comprar unas cosas”. Porque estos meses normalmente así son.
¿Y sabes qué actitud puede levantarse en mi corazón? Y me ha pasado: amargura. Reclamo, reproche, enojo, molestia. ¿Y no te ha pasado que en esas épocas difíciles, donde no hay lo que tú quieres, viene tu esposa, vienen tus hijos, te dicen algo y tú estás súper irritable? Como dicen los niños: “mírame y no me toques”. ¿Te ha pasado o no te ha pasado?
Lo que tenemos que entender es que lo que tú tienes en este momento es suficiente para producir la obra de Dios.
Ahora, quiero aclarar. Si tú ahorita lo que tienes es una deuda muy grande, a lo mejor lo que Dios quiere hacer es que aprendas a administrarte. Eso tampoco lo podemos usar como una excusa para ser irresponsables. Y las tarjetas de crédito nos ofrecen una solución —y no está mal usarlas cuando las sabemos usar—, pero nunca podemos usarlas como un reemplazo para decir “lo que tenemos en este momento, aunque sean frijolitos parados, en leña porque se acabó el gas, es lo que Dios quiere que tengamos en este momento”. Y eso, hermano, te confieso que lo tengo que seguir aprendiendo yo, porque es algo que a mí me sigue costando.
Pero observa lo que sigue diciendo, porque dice que no nos da para que acumules. No nos da lo suficiente para que tú te sientas “guau, qué gran administrador soy”. Observa el texto: “a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abunden…” ¿para qué?
O sea, la idea es: Dios da gracia, Dios te da lo que necesitas, pero eso que te da —no te equivoques— no es para ti. Es para que tú hagas toda buena obra.
El carácter de Dios (v. 9)
Ahora mira el verso 9. Aquí va a citar un salmo, y nos va a hablar de una persona que sale de su casa y ¿qué hizo? Esparció.
¿A qué te suena la palabra “esparcir”? Déjame contarte esto. Cuando yo era estudiante comíamos en un comedor comunitario. En ese comedor tú pasabas, la comida la pagábamos, nos cobraban un importe, y te ponían tu porción de arroz o de sopa. ¿Y querías más? Pues tenías que negociar con otro, porque el comedor no te daba ni un mililitro más. Y así es: cuando tú vas a un restaurante no puedes decir “oiga, ¿me da más sopa?” —bueno, sí te la dan, pero te la cobran nuevamente.
Hermano, aquí nos está hablando de una persona que da a manos llenas, que esparce. Y luego dice que dio a los pobres.
Pero quiero que observes cómo termina el versículo. ¿Has oído el dicho, muy extendido, que incluso la sabiduría popular sabe? El día que mueras no te vas a llevar nada. ¿Estás de acuerdo con eso? Pues este texto dice que lo que trasciende para siempre es la justicia.
Fíjate: cuando alguien da, ese dinero no te lo puedes llevar, hermano, pero esa generosidad con la que tú te estás desprendiendo sí es algo que va a permanecer para la vida eterna. ¡Qué tremendo!
La semilla provista (v. 10)
Ahora observa el verso 10, porque nos va a recordar que antes de que tú des algo, es porque Dios ya te proveyó. Que Él incluso te ha dado el pan. Nos va a recordar que todo lo que tenemos es de Dios, y que todo lo que puedas dar es porque Dios ya te proveyó anteriormente.
El resultado (v. 11)
Eso es lo que nos lleva al verso 11: “ustedes serán enriquecidos en todo para toda liberalidad”.
Hermano, si nosotros damos, no es para que Dios nos dé: es porque Dios ya nos dio. Nos dio lo más importante, a su Hijo, y nos da lo suficiente en cada momento de nuestra vida.
Pero observa cómo termina el 11: “la cual por medio de nosotros produce acción de gracias”. Eso lo vamos a ver en el punto siguiente, pero piensa en esto: la generosidad bíblica no termina cuando tú das.
B. Resumen
Idea clave punto II
No damos para que Dios nos provea; damos porque Dios ya proveyó.
III. La generosidad termina en la gloria de Dios (vv. 12-15)
12 Porque la ministración de este servicio no solo suple con plenitud lo que falta a los santos, sino que también sobreabunda a través de muchas acciones de gracias a Dios. 13 Por la prueba dada por esta ministración, glorificarán a Dios por la obediencia de ustedes a la confesión del evangelio de Cristo, y por la liberalidad de su contribución para ellos y para todos. 14 Ellos, a su vez, mediante la oración a favor de ustedes, también les demuestran su anhelo debido a la sobreabundante gracia de Dios en ustedes. 15 ¡Gracias a Dios por Su don inefable!
A. Exposición
Más que una necesidad suplida (v. 12)
Quiero que observes con cuidado el verso 12. Lo que Pablo nos está diciendo es que la ofrenda no solo suple una necesidad económica. Dice: “no solo suple con plenitud lo que falta a los santos”.
Hermano, cuando nosotros ofrendamos, ¿para qué damos? ¿Para qué se usan esos recursos? Para la iglesia, ¿cierto? En nuestro caso, como iglesia local, de lo que tú y yo ofrendamos se paga la renta, los servicios, yo recibo un salario, apoyamos a personas en necesidad, se buscan fondos para los proyectos de evangelismo de los niños. Cuando nosotros ofrendamos ese dinero, se usa para suplir las necesidades de los santos, de su iglesia, de nosotros.
Pero mira lo que dice que produce también. Cuando el dinero llega a las manos que lo necesitan, ¿sabes qué produce? Acciones de gracias.
Hermano, esta semana, en el grupo de la iglesia, yo les escribí —creo que lunes o martes— que había un hermano que necesitaba un aventón. Gracias a las personas que escribieron y que estuvieron dispuestas a servirlo. Yo tuve la oportunidad de llevar al hermano Hermenegildo. Si hubieras visto cómo me dio las gracias. El hermano me dijo “es que estamos viendo la dura, el taxi me cobra trescientos pesos”. Yo no tenía trescientos pesos en ese momento; lo que tenía era mi carro, le acababa de echar gasolina. Sí pensé “híjole, le eché veinte litros, no me van a alcanzar para la semana”. Pero fui, lo subí, lo llevé, me regresé a desayunar porque se tardó como dos horas, regresé, lo volví a llevar. Y hubieras visto el agradecimiento.
Y te digo algo, por cierto, porque yo no me quiero llevar el crédito: si yo lo puedo hacer es porque la iglesia me da a mí un salario. Y cuando nosotros recibimos, lo que decimos es “gracias”. Y yo, con el salario que recibo, sirvo a un hermano, ¿y qué me dice? Gracias. Y después yo supe que algunos hermanos le mandaron un aporte para decirle “ahí te va una ayuda, hermano”. ¿Y sabes qué es lo que se produce? Gracias.
¿Y sabes qué es lo más tremendo? La generosidad se contagia. No me extrañaría que el hermano, de lo que él recibe, tome para ayudar a un necesitado. Y ese necesitado, ¿qué va a decir? Gracias.
Cuando nosotros somos generosos, nuestra generosidad lo que produce es gratitud. Se convierte —sobre todo cuando son creyentes— en personas que dicen “gloria a Dios por su provisión”.
No sé si te ha pasado. A mí me ha pasado: estás contando los pesitos y de repente llega un hermano y te dice “¿sabes qué?, juntamos una despensa en la iglesia, aquí está”. ¿Y tú qué dices? Gracias, Señor. Me ha pasado, hermano, que en los momentos donde yo pienso que no voy a terminar, viene un hermano y me dice “oye, hace meses me prestaste estos quinientos pesos, ahí te van de vuelta”. ¿Y sabes qué fue lo que dije? Gracias, hermano, no tienes idea cómo me hacían falta ahorita.
Nuestra generosidad se convierte en acción de gracias.
Evidencia pública de una fe real (v. 13)
Y si observas el verso 13, hermano, ese es el que parece trabalenguas: “por la prueba dada por esta ministración, glorificarán a Dios por la obediencia de ustedes a la confesión del evangelio”. ¿Cómo que “por la prueba dada”? Está bien raro, ¿no? Te lo explico.
Hermano, yo puedo venir contigo y decirte “¿sabes qué?, Cristo me ha cambiado, el Señor me ha dado tanto gozo en mi corazón”. Pero en el momento en que somos generosos, esa declaración que yo digo con palabras se puede ver. Cuando nosotros participamos de la generosidad, hacemos evidente que el Señor ya está cambiando nuestras vidas.
Idea
Dar no es un gesto de caridad o de compasión: es la forma en que nuestra fe, que es invisible, se hace visible para los demás.
De la transacción a la relación (v. 14)
¿Y cómo se puede ver? Observa el verso 14, porque lo que nos va a decir es que la ofrenda no termina cuando sueltas el dinero. No termina allí. Fíjate: “ellos, a su vez, mediante la oración a favor de ustedes, también les demuestran su anhelo debido a la sobreabundante gracia de Dios en ustedes”.
¿Eso qué significa, hermano? Que la generosidad lo que produce es una cadenita de más generosidad, de acción de gracias, de adoración al Señor.
Un don sin palabras (v. 15)
Pero quiero que observes cómo termina el 15: “¡Gracias a Dios por Su don inefable!”
Y quiero que veas el texto, hermano, porque es bien tremendo. Aquí Pablo no dice “señores, gracias por haber participado”. Aquí Pablo ya no está hablando de dinero, está hablando de un don inefable.
¿Tú sabes qué significa la palabra “inefable”? Es una palabra extraña, ¿verdad? Significa algo que no se puede expresar con palabras. Y es bien interesante, porque si había alguien que tenía muchas palabras para expresarse, era Pablo. Pero aquí Pablo está hablando de un regalo de Dios para el que no hay palabras.
¿De qué crees que está hablando? ¿Estará hablando de la ofrenda? No, hermano. Aquí está hablando de Cristo. El don inefable no es lo que tú o yo podamos dar; no es la ofrenda que mandaron a Jerusalén. El don inefable es Cristo mismo, que se entregó por nosotros. Y eso es lo que vimos la semana pasada, que nos habla de Cristo, quien siendo rico se hizo pobre.
Y es tremendo, hermano, porque Pablo, cuando contempla la obra de Cristo, se queda callado. Lo que está diciendo Pablo es que el diccionario no le alcanza para expresar lo que Cristo ha hecho por nosotros.
Hay límites en la mente del hombre. Hay momentos en que nuestros diccionarios resultan insuficientes. Cuando la explicación falla, la exclamación toma su lugar. Cuando las palabras se quedan cortas, viene el asombro.
El verdadero dador alegre
Y hermano, este capítulo nos ha estado hablando de dadores alegres: los macedonios, los corintios, el hombre del salmo. Pero lo que tenemos que entender es que el primer y verdadero dador alegre de esta historia no son ellos, ni somos nosotros. Es Cristo mismo.
Déjame ponerte una cita más, de Charles Spurgeon, porque creo que no lo podría expresar mejor que él.
El Señor es el más alegre de todos los dadores. ¡Qué dador alegre ha sido! Él ha dado sin que se lo pidiéramos. No le pedimos que hiciera el pacto de gracia. No le pedimos que nos eligiera. No le pedimos que nos redimiera. Estas cosas se hicieron antes de que naciéramos.
Si hay algo que tenemos que entender es que cada vez que nosotros participamos y somos generosos, simplemente estamos reflejando el carácter de Cristo. Alguien que da por completo.
B. Resumen
Idea clave punto III
Tu ofrenda no termina al extender la mano, sino en labios que glorifican al proveedor de todo.
Conclusión
Resumen
Así que déjame empezar a cerrar esto, hermano. Tuvimos tres puntos:
- La generosidad empieza en el corazón (vv. 6-7)
La generosidad que agrada a Dios no empieza en la cantidad, sino en un corazón que decide dar con fe y con gozo. - La generosidad avanza recibiendo (vv. 8-11)
No damos para que Dios nos provea; damos porque Dios ya proveyó. - La generosidad termina en la gloria de Dios (vv. 12-15)
Tu ofrenda no termina al extender la mano, sino en labios que glorifican al proveedor de todo.
Conexión con el evangelio
Y yo sé que alguien podría pensar —te dije hace ocho días que normalmente estos temas siempre incomodan a alguien— que otra vez hablamos de dinero. Y bueno, no exactamente. Estamos hablando sobre un Dios que, mucho antes de pedirnos algo, ya nos dio primero algo que jamás podríamos obtener: nos dio a su propio Hijo, que siendo rico se hizo pobre.
Y quiero que observes el orden del pasaje, porque Pablo no termina el pasaje pidiendo una ofrenda. ¿No sé si te das cuenta? Pablo no está orquestando para que los corintios ofrenden más. Pablo termina alabando a Dios por Cristo. Lo último que hace este texto no es pedirte a ti: lo que hace este texto al terminar es alabar a Dios por lo que Él ya hizo.
Hermano, tienes que entender esto. Si somos creyentes, cada vez que participamos de las ofrendas, ese no es el origen de la generosidad. Damos porque recibimos primero. Damos porque Él nos ha dado vida, salud, provisión, trabajo; o porque también en medio de la enfermedad y la escasez Él nos sostiene. Pero damos porque Él nos ha dado algo más glorioso: nos ha dado a Cristo mismo. Damos porque creemos.
Conexión con el evangelio
Cristo es el don inefable y el verdadero Dador alegre: toda generosidad humana es solo un reflejo de la suya.
Aplicaciones
Creyente
Con tu dinero
Así que, hermano, si queremos poner esto en práctica, lo primero que tenemos que hacer cuando participamos de nuestras ofrendas no es revisar cuánto das: es revisar tu corazón. La próxima vez que ofrendemos, híjole, me gustaría pedirte que trajeras un espejo y miraras tu rostro. O sea, ¿con qué actitud das? ¿Das con pesar o das con gozo? ¿Das como si pagaras un recibo o das como si dieras un regalo? Porque ese problema no se arregla dando más. Ese problema se arregla volviendo al versículo 15: “Señor, gracias por tu don inefable”.
También te quisiéramos pedir… mira, normalmente todos tenemos un límite de cuánto podemos dar. Es decir, de cuánto se nos hace mucho —y eso obviamente sí depende de cuáles son tus ingresos—. Un límite de decir “yo lo máximo que puedo dar es esto”. Y eso es lo que yo quiero invitarte, hermano: que identifiques cuál es ese límite y que te preguntes a ti mismo si ese límite lo pusiste por un presupuesto o lo pusiste en fe.
Te quisiera invitar también a que cuando participes de las ofrendas, anticipes antes del domingo. Recuerda que cada uno dé como propuso. Es decir, la ofrenda no es algo que tú decides en ese momento: es algo que tú de antemano determinas en fe. “Yo voy a dar esto para el Señor.”
Déjame poner una pausa, hermano. Fíjate que algo que hemos debatido por acá es cuál es el mejor término para hablar de cuando participamos. Yo creo que el mejor término es “ofrendas y diezmo”, juntos y no separados. Nosotros entendemos que ofrendas y diezmo son la misma cosa; aquí nos distinguimos. ¿Sabes cómo me encanta, como dicen los gringos? En la mayoría de las iglesias americanas ellos simplemente dicen giving. El acto de dar, y se acabó. Eso es, hermano. Nosotros damos, pero debemos anticipar.
Con tu tiempo y tus talentos
Y una cosa que quisiera decirte, hermano, es que no debemos reducir la generosidad a tu cartera. Porque hay un pasaje que, hablando de las mujeres, dice que deben ser ricas en buenas obras. ¿Sabes? Puedes ser generoso también con tu tiempo, con tu atención, con tu casa, con las habilidades que Dios te dio. Hay personas que pueden dar dinero con facilidad, pero hay quienes pueden dar algo más: tu tiempo, tus dones, tus habilidades.
Y, hermano, empieza también con la familia de la fe. Nuestra generosidad debe empezar en casa. En esta casa.
Y una última cosa: no dejes la generosidad para después. Si tú puedes ser generoso hoy, no lo dejes para mañana. Porque cuando lo postergamos, normalmente termina siendo generosidad cancelada.
No creyente
Y si tú estás escuchándonos aquí, déjame decirte: la seguridad nunca te la va a dar lo que tú tienes. Como hablamos al principio del sermón pasado, este tipo de temas siempre encuentran una oposición en todos nuestros corazones. Pero déjame decirte esto: nada te puede dar seguridad. Hay solo un don inefable: Cristo.
Llamado final
Hermano, cada vez que damos con fe y gozo hacemos visible el evangelio. Así que te pido que pongamos nuestro corazón en la gracia que hemos recibido y demos con gozo para la gloria de Dios. Porque nosotros no somos personas que solo damos por obligación: damos porque hemos recibido.
Quisiera terminar con una cita de Randy Alcorn.
Contempla a Cristo el tiempo suficiente y te convertirás en un dador más generoso. Da el tiempo suficiente y te parecerás más a Cristo.
Yo quisiera, hermano, que nadie saliera hoy calculando, sacando cuentas de cuánto tienes que dar. Sino que salgamos dando gracias a Dios por su don inefable.
Oración final
Quiero pedir que me ayudes a orar.
Señor, queremos rogarte que tú nos concedas deleitarnos en el don inefable, para poder responder en generosidad. Que nuestra motivación nunca sea el que queremos más. Y líbranos, Señor, a mí y a cualquier otro servidor en esta iglesia, de jamás predicar sobre esto por avaricia. Ayúdanos simplemente a ser fieles a tu palabra. Te lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.
Nota sobre esta transcripción
Transcrita del audio del culto del 2026-08-02 (whisper large-v3). Recoge el sermón tal como se predicó, no el manuscrito: la introducción, las ilustraciones y varias aplicaciones difieren del borrador escrito.
Después de esta oración siguió un anuncio sobre el manejo de las finanzas de la iglesia (2 Co 8:20-21, el equipo de finanzas, y la enseñanza sobre prestar dinero entre hermanos desde Sal 37:21 y Lc 6:35). Está en el bosquejo como sección aparte y no se incluyó aquí por no formar parte del sermón.
Dato a verificar: en la aplicación “Con tu tiempo y tus talentos” se atribuyó a Tito la frase “ricas en buenas obras”, hablando de las mujeres. El bosquejo cita ahí 1 Timoteo 6:18, que dice “ricos en buenas obras” pero dirigido a los ricos, no a las mujeres. Se omitió el nombre del libro en el cuerpo de esta transcripción para no fijar el error; ajustar si se reutiliza el material.