Introducción
Lectura bíblica
6 Al señalar estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido. 7 Pero nada tengas que ver con las fábulas profanas propias de viejas. Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad. 8 Porque el ejercicio físico aprovecha poco, pero la piedad es provechosa para todo, pues tiene promesa para la vida presente y también para la futura.
Oremos.
Señor, quiero rogarte que tú me concedas, en primer lugar, temblar ante tu Palabra. Señor, concédeme el peso del privilegio y la responsabilidad de compartir tu Palabra delante de tu pueblo. Te suplico, Señor, que produzcas en tu iglesia lo que yo ni ningún hombre puede producir. Produce por tu Espíritu, Señor, en nosotros fe, arrepentimiento, consuelo, salvación, para tu gloria. Úsame en mi debilidad, en el nombre de Jesús. Amén.
Ilustración: Las montañas de Chamonix
Hermanos, tenemos una foto por allí, quiero que la vean. Lo que estamos viendo es la estación de trenes de un pequeño pueblo en Francia que se llama —no sé cómo se pronuncia porque está en francés— algo así como Chamonix. Es un pueblo pequeño, tiene menos de 8,000 habitantes, está al pie de los Alpes, pero cada año, en el mes de agosto, se llena de más de 100,000 personas entre reporteros, equipos y atletas que llegan para celebrar una de las carreras de trail running más exigentes de todo el mundo.
El trail running es correr en alta montaña, y esta no es una carrera cualquiera. Hay diferentes kilómetros y categorías, y consiste en darle la vuelta al icónico macizo del Mont Blanc, recorriendo tres países: Francia, Italia y Suiza. En su máxima categoría son 174 kilómetros corriendo en alta montaña, sin parar. Esto empezó el lunes anterior, toda la semana hubo diversas carreras de diversas categorías, y el día viernes concluyó la más demandante, la de 174 kilómetros.
Para que se hagan una idea, lo que suben acumulado quienes culminan esta carrera son más de 10,000 metros de desnivel; es decir, acumulado, es como si subieran corriendo más allá del monte Everest. ¿Y saben qué es lo más tremendo? Que tienen que correr en senderos muy complicados, tanto en subidas como en bajadas, con arena, piedra, con precipicios, en medio de temperaturas que muchas veces bajan de cero, en oscuridad total durante la noche. Es un reto que pone a prueba la capacidad de estos seres humanos que lo corren. El objetivo no es ver quién es el más rápido, sino ver quién tiene la capacidad física y mental para terminarlo.
Hermanos, ¿cuántos de nosotros nos animaríamos? Les soy honesto: yo lo veo y me genera no sé qué dentro de mí, porque miren, los que llegan a cruzar la meta —otra vez, 174 kilómetros— no es gente a la que la semana anterior a la competencia se le ocurre “se me hace que voy a correr el ultramaratón del Mont Blanc”. No, hermanos, son años de entrenamiento intenso. Para que una persona pueda participar —no digamos ganar, ni siquiera digamos terminar— se estima que deben ejercitarse y entrenar durante años, con un entrenamiento mínimo de 30 horas a la semana. Deben practicar en terrenos similares, en alta montaña, deben entrenar la falta de sueño, el mal de montaña, deben aprender a comer mientras van corriendo, y deben desarrollar una resistencia al dolor extremo, porque después de 174 kilómetros, créanme, algo les duele. Absolutamente cada detalle de la vida de estas personas gira alrededor de la carrera.
La competencia principal empezó el viernes, y el americano Ben Dhiman se coronó campeón con un tiempo histórico: 18 horas y 16 minutos, convirtiéndose en el primer ser humano en completar ese reto en menos de 19 horas. En la categoría femenina, la francesa Blandine L’Hirondel se llevó la victoria después de 21 horas y 54 minutos. Hermanos, verlos cruzar esa meta —exhaustos, sudorosos, con el rostro y la piel carcomidos por el sol, deshidratados por la altura y la falta de humedad, pero victoriosos— produce en el corazón humano una mezcla de admiración y de asombro.
Pero, ¿saben qué es lo más interesante? Que en repetidas ocasiones la Escritura utiliza una carrera como metáfora de la vida en Cristo. El Señor nos ha llamado a una carrera, y déjenme decirles esto: la meta que el Señor ha puesto delante de nosotros es muchísimo más ambiciosa que 174 kilómetros.
24 ¿No saben que los que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero solo uno obtiene el premio? Corran de tal modo que ganen. 25 Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.
12 No es que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús.
Imagínense, hermanos: el mismo Pablo, al final de sus días, está diciendo que no es algo que él hubiera alcanzado.
5 También el que compite como atleta, no gana el premio si no compite de acuerdo con las reglas.
1 Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,
Y literalmente, en los últimos momentos de su vida, Pablo termina diciendo:
7 He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe.
Hermanos, la Escritura nos muestra que este reto que acabamos de ver, y que nos sorprende, no es más que una caricatura de la vida cristiana.
Nuestra cultura es sumamente indisciplinada
Ahora déjenme decirles algo: nosotros tenemos un problema severo. Porque el pasaje con el que empezamos —me encanta cómo lo traduce la NBLA— dice: disciplínate para la piedad. Y el problema que tenemos es que vivimos en una cultura que es sumamente indisciplinada.
Por ejemplo, nuestra dieta a base de la famosísima “vitamina T” lo dicta todo, ¿cierto? La mayoría nos alimentamos a base de tortillas, tostadas, tamales, tacos, etcétera. Y no es que esté mal comerlo de vez en cuando —a todos nos encantan los tacos, ¿verdad?—, pero el problema es que estamos más enfocados en el placer momentáneo que en la disciplina del aporte nutricional. Y ni hablemos de hacer ejercicio, porque hay muchas personas que desde que escuchan la palabra “ejercicio” dicen: “no, no, no, yo así estoy bien”. ¿Y saben cuál es el resultado? Que el 75% de los adultos en nuestro país tenemos sobrepeso, y la diabetes está aumentando de manera alarmante.
Y saben qué es lo más tremendo: que trasladamos esta misma mentalidad a la vida cristiana. Déjenme repetirles esto: la meta que tenemos por delante es muchísimo más ambiciosa, más ardua y más demandante que 174 kilómetros.
La meta
Déjenme presentarles un pasaje donde creo que Pablo resume de una manera precisa cuál es nuestra meta, aquello detrás de lo que estamos corriendo.
13 hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.
¿Entienden lo que está diciendo el texto? El objetivo, nuestra meta, es que todo el pueblo de Dios esté en perfecta unidad, que conozcamos plenamente a Cristo. Y mira lo que sigue diciendo: “a la condición de un hombre maduro”. Varias veces he dicho que me siento identificado con las peras: siempre tengo problemas porque las venden duras, entonces voy, la toco, está verde; al otro día sigue verde; al otro día sigue verde; y cuando la voy a tocar de nuevo, ya está podrida. Nunca madura. Siento que a mí me pasa igual: verde, verde, verde, y de pronto ya todo carcomido, las rodillas, que esté mal.
Hermanos, el Señor nos está llamando a llegar a la condición de un hombre maduro, “a la medida de la estatura” —creo que es muy claro lo que quiere decir—: nuestra meta, aquello que estamos persiguiendo, es que todos los que decimos que somos hijos de Dios nos parezcamos a Cristo en su carácter.
¿Nos falta o no nos falta? Por supuesto que sí. Esta es nuestra meta, y qué meta tan ambiciosa: que personas que vivíamos esclavizadas por el pecado, y que seguimos batallando con la ira, con la hipocresía, con el orgullo, con la mentira, con la lujuria y con la envidia, crezcamos hasta parecernos a Jesús. Y lo que vamos a ver es que eso es posible por la gracia de Dios: lo único que hace que pecadores como nosotros podamos empezar a ser transformados es la gracia de Dios. Pero demanda disciplina.
Presentación del sermón
Después de esta larga introducción vamos a ver cuatro puntos. Vamos a hablar acerca del fundamento de la piedad, la gracia; vamos a ver que para crecer en piedad necesitamos tener fe en la obra de Cristo, fe en el poder de la Palabra y fe en la oración. Aclaro algo, porque a veces se habla del “poder de la oración”: la oración no es poderosa; quien es poderoso es el Dios que escucha nuestras oraciones.
Argumento
Por su gracia, Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para crecer en piedad, y nos llama a ejercitarnos en la fe con toda diligencia.
I. El fundamento de la piedad: la gracia que capacita
A. Piedad y santificación
Lo primero que quiero aclarar es que, si conocen los términos que usamos en la iglesia, hablamos de la santificación y de la piedad como dos palabras que se parecen mucho y que van entrelazadas. Cuando hablamos de santificación, hablamos del proceso en el que Dios nos pone para poder crecer a la semejanza de Cristo. Ahora, ¿qué es la piedad? En cierto sentido, la piedad es la santificación en carne y hueso. La piedad es cuando ven a una persona que está en ese proceso de ser transformada. Esa es una persona piadosa —no una persona perfecta, sino alguien que está caminando en ese proceso—.
Si seguimos el mismo ejemplo de la carrera, la piedad sería como tomarle una foto a alguien que va en el kilómetro 80: es una persona que está en el camino. La semana pasada dijimos que la piedad es el deseo y la práctica de agradar y honrar al Señor en toda la vida, y que es fruto de nuestra unión con Cristo y de la obra del Espíritu de Dios.
Este es el mensaje número quince, y último, de esta serie en la que hemos estado hablando de virtudes que debemos cultivar como iglesia: el amor —que no aparece en la lista porque es el maestro, pero lo incluimos—, humildad, gozo, gratitud, consolación, generosidad, servicio y una vida de piedad. Hace unas semanas hice una pregunta y se las voy a volver a hacer: si se pusieran una calificación en estas virtudes, ¿cuánto sacarían? Piénsenlo. Ahora déjenme preguntárselo de otra manera: si están casados, ¿cuánto les pondría su esposa, su esposo o sus hijos?
Lo que queremos ver esta tarde es qué necesitamos para crecer en esas virtudes. ¿Qué necesito para que personas como nosotros —como yo, en primer lugar, que no soy precisamente humilde— crezcamos en humildad? ¿Qué necesitamos para que personas que quieren ser servidas por los demás sirvan, para ser generosos, para que nuestra actitud sea de consolación y de servicio?
Y una pregunta más, y quiero que me la contesten: para crecer en estas cosas, ¿quién tiene que esforzarse? Es más, ¿quién produce ese cambio, Dios o nosotros? Piensen. Para que yo sea más humilde, ¿quién obra eso, Dios o yo? La respuesta es sí. La respuesta bíblica es esta: eso es santificación, el proceso de cambiar para llegar a ser semejantes a Cristo en su carácter, y la santificación es un milagro operado por el Espíritu en el creyente y por el creyente. Es decir, quien produce ese cambio es el Espíritu Santo en mí, pero lo produce a través de mí. Lo hace Dios, pero bíblicamente yo también tengo que participar —a diferencia de la justificación, donde yo no hago nada, en la santificación el Señor nos pide que respondamos.
B. Todo lo que necesitamos
Vamos a ver qué necesitan Enrique Villegas, o Aldo Méndez, o Elías Vázquez, para crecer y ser personas más humildes, para que su amor sea como el de Cristo, para que la manera en que tratan a los demás se parezca a la de Cristo. La respuesta bíblica es que necesitamos, inevitablemente, la gracia de Dios —sin la gracia de Dios no es posible—, y necesitamos responder en fe.
3 Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia. 4 Por ellas Él nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que ustedes lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de los malos deseos. 5 Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadan a su fe, virtud, y a la virtud, conocimiento;
Si yo le pregunto a Dios: “oye Dios, dame lo que necesito para crecer en piedad, para ser más humilde, para tener más amor, para tener más dominio propio, todo lo que Gálatas menciona como el fruto del Espíritu”, ¿saben qué me respondería? “Ya te lo di.” Dios ya nos ha concedido todo lo que necesitamos para la vida —para la vida diaria, para vivir en un mundo caído y adverso, donde hay dolor y sufrimiento y enfermedades— y también todo lo que necesitamos para crecer en piedad.
Les repito la definición de piedad: es el deseo y la práctica de querer honrar a Dios en toda nuestra vida. Ahora, si ustedes son como yo, hombres en proceso de santificación con muchas imperfecciones, es obvio que hay muchas áreas en mi vida y en la de ustedes donde todavía no agradamos a Dios. Pero lo que el Señor nos está diciendo es que Él ya nos ha dado lo que necesitamos. Les voy a ser muy honesto: yo puedo ver mi propia vida y ver algunas de las cosas en las que no estoy honrando a Dios. Podría citarles un montón, en mi carácter, en la manera en que trato a mi esposa, en la manera en que educo a mis hijas, en la manera en que los sirvo a ustedes, y de muchas otras maneras. Y a lo mejor ustedes también pueden pensar en las áreas de su vida en las que no están honrando a Dios, porque muchos seguimos cayendo en la ira, seguimos siendo orgullosos, seguimos luchando con la falsedad, con la envidia, con la hipocresía, con la mentira, con la lujuria. Pero el texto dice que Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para vivir en este mundo duro y adverso, y para crecer a la semejanza de Jesús. Eso, hermanos, es simplemente glorioso.
Ahora observen el versículo 5: “por esta razón también” —es decir, como Dios ya te dio todo lo que necesitas— “obrando con toda diligencia”. ¿Y eso qué significa? Se los voy a decir en mexicano: machétenle. No les estoy diciendo que Dios ya les dio lo que necesitan para que se queden tranquilos; les estoy diciendo que ahora hay que obrar con toda diligencia. Y pongamos las cosas claras: sin la intervención soberana de Dios, sin su gracia, jamás podríamos crecer en piedad; lo máximo que podríamos ser son hipócritas más sofisticados. Pero como Dios ya nos ha dado su gracia, entonces sí podemos crecer en piedad, y lo que Él nos pide es obrar con toda diligencia.
Idea clave punto I
Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para la piedad; ahora nos toca responder en fe, obrando con toda diligencia.
Para crecer en piedad necesitamos dos cosas: necesitamos creer —todo empieza con la fe— y responder en fe.
Transicion
Vamos al punto siguiente: lo primero que necesitamos para crecer en piedad es tener nuestra fe bien puesta en la obra de Cristo.
II. Fe en la obra de Cristo
Les soy honesto: si leen Apocalipsis, ahí se presentan multitudes cantando de la obra de Cristo en nosotros. Yo podría darles un sermón de tres horas sobre lo que tenemos en Cristo, ¿y saben qué? No tocaría ni el uno por ciento de lo que dice la Escritura. Toda la eternidad cantaremos de lo que Cristo hizo por nosotros, y la eternidad no nos va a alcanzar. Así que vamos a ver solamente una pequeña parte que nos describe lo que Cristo ya hizo en aquellos que han puesto su fe en Él.
A. Unidos a Cristo
Acompáñenme en su Biblia a Romanos capítulo 6, versículo 5, porque si hemos sido…
—en ese momento se rompió una silla bajo el hermano Julio, y hubo una breve pausa—. Aprovechando la interrupción, hermanos: las sillas blancas de resina son de fiar, y con todo respeto se los digo, si pesan por ahí más de 80 y tantos kilos, no se sienten en las sillas negras plegables, que no aguantan; las sillas blancas, las grises o las metálicas sí son confiables. No lo hagan ahorita para no exhibirse, pero tengamos cuidado. Espero que estés bien, Julio; lo bueno es que le pasó a un hombre joven, fuerte, ágil, pero es una señal de advertencia. Estamos buscando la manera de cambiar todas las sillas negras plegables para que se queden con los niños, pero vamos poco a poco.
Retomando:
5 Porque si hemos sido unidos a Cristo en la semejanza de su muerte, ciertamente lo seremos también en la semejanza de su resurrección.
Quiero enfatizar en esas palabritas: “unidos a Cristo”. Mi querido hermano, aquellos que hemos creído en Jesús y nos hemos arrepentido de nuestra maldad, el testimonio de la Escritura es que estamos unidos a Cristo. El matrimonio es una metáfora de la unión con Cristo: Cristo es nuestro para siempre y nosotros somos de Él para siempre. Nunca podremos estar solos porque Él está con nosotros.
Y como ocurre en el matrimonio —yo normalmente pongo este ejemplo—: alguna vez alguien me preguntó si nos casamos por bienes separados o mancomunados. Pues entendiendo que somos una sola carne, el consejo siempre va a ser por bienes mancomunados. Ahora, imagínense que una mujer con deudas se casa con un magnate empresario: en el momento en que firman el papel, todas las empresas de este hombre pasan a ser propiedad de ella, y todo lo que ella tiene pasa a ser propiedad de él. En el momento en que nosotros creímos, todo lo que teníamos se le transfirió a Cristo. ¿Y saben qué teníamos nosotros? Pecado, el decreto en contra de nosotros, la ira de Dios —y por eso Cristo murió en la cruz—, porque todo lo mío es de Él, y todo lo que Cristo tiene es mío: justicia perfecta, obediencia perfecta, el derecho a la gloria.
Sinclair Ferguson lo expresa de una manera preciosa:
Estar en Cristo significa compartir todo lo que Cristo ha logrado. Eso quiere decir, de forma más específica, que aquellos que están unidos al Cristo resucitado participan de su justificación, adopción, santificación y glorificación.
¿Saben qué significa eso? Que necesitamos creer que eso es realidad en nosotros. Estoy seguro de que esta semana padecieron tentación, porque yo la padecí; muchas veces el pecado nos empieza a rondar, como Dios le dijo a Caín, y nos empieza a seducir. Pero debemos recordar: ya fuimos unidos a Cristo. Repitan esa verdad todos los días. Cuando se enfrenten con el dolor, con la muerte, con la enfermedad, recuerden: estoy unido a Cristo. Cuando se enfrenten al pecado que los está tentando, díganle: yo ya estoy unido a Cristo. Cuando el diablo venga y los acuse, y les recuerde que son débiles, que son pecadores, que son hipócritas, díganle: yo ya estoy unido a Cristo. Esa verdad de la unión con Cristo es la que nos va a sustentar en todas nuestras luchas. Nunca enfrentamos el pecado solos: Cristo, por su Espíritu, está en nosotros. Tenemos que creerlo. Y cuando fracasan, cuando fallan y pecan contra el Señor, ¿saben qué? Siguen unidos a Jesús, porque Él recibió el castigo que era para nosotros.
B. Muertos para el pecado
Quiero pedirles algo: piensen en ese pecado con el que luchan y luchan y luchan, y que los ha llevado al punto de desesperación, a decir “¿qué pasa conmigo? ¿Por qué no puedo cambiar?“. ¿Tienen un pecado así? Yo sí. Ya lo tienen en mente. Pues la próxima vez que se enfrenten con ese pecado, ¿saben qué es lo que tienen que creer? Ya no soy esclavo del pecado. Voy a hablar muy claramente: la mayoría de los hombres luchamos, y seguiríamos luchando, con diversas tentaciones sexuales; aunque podamos llegar a dominarlo por la gracia de Dios, es algo que va a seguir activo en nosotros. Muchas personas luchamos profundamente con la ira. ¿Saben qué necesitamos para vencer el pecado? Creer. Creer que ya no soy esclavo del pecado.
6 Sabemos esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado;
11 Así también ustedes, considérense muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.
La ilustración está buena: imagínense que hay un cadáver aquí y todos estamos comiendo. ¿Va a comer? ¿Se le va a antojar? ¿Por qué? Porque está muerto. Lo que nos está diciendo el texto es que debemos vernos a nosotros mismos como alguien que ya está muerto para el pecado: el pecado ya no tiene efecto en nosotros, y lo necesitamos creer.
C. Nuestra esperanza eterna
8 Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él,
Esta es nuestra esperanza eterna. Lo primero que necesitamos para poder crecer en piedad es creer firmemente que estas promesas de Cristo son verdad en nosotros. No vamos a poder avanzar en la vida de piedad si primero no crecemos en fe. Necesitamos creer, y creo que necesitamos recordarnos estas y muchísimas otras verdades del evangelio. Cuando despiertan por la mañana, ¿qué es lo primero que viene a su mente? “Córrele”, ¿verdad? El trabajo, los niños, el pago. Necesitamos concentrar nuestra mente en la verdad del evangelio.
Y les voy a decir algo que puede sonar como un shock: decláralo. No estoy hablando de esas declaraciones raras que andan por ahí —si alguien les dice “declara que tienes un nuevo coche”, eso no significa que lo vayan a tener; Dios nunca se comprometió con ustedes a darles un coche nuevo—. Pero a lo que Dios sí se comprometió es a que esto sea verdad en ustedes, y lo que Dios ya dijo que es verdad, es verdad invariablemente. Como dicen los teólogos, es una verdad objetiva: no importa lo que ocurra, eso siempre va a ser verdad; no importa cómo se sientan, siempre va a ser verdad. Dilo en voz alta cuando te enfrentes con el pecado: estoy unido a Cristo, ya no soy esclavo. Y créelo.
Idea clave del punto II
Para crecer en piedad necesito creer firmemente que las promesas de Cristo son verdaderas.
Aplicacion
- Créelo
- Decláralo
III. Fe en el poder de la palabra
A. Lo que la Biblia dice de sí misma
Son muchísimos los pasajes que nos hablan de lo que la Escritura hace en el corazón de los hijos de Dios. Como pastores siempre preguntamos “¿estás leyendo tu Biblia? ¿cómo vas con tu devocional?”, pero miren lo que dice el texto.
2 deseen como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan para salvación,
Creo que es muy sencillo: si Dios les dijera “¿quieres crecer en la salvación?”, ¿qué tendrían que hacer? Desear la Palabra. Ojo, que aquí no dice “léela” —porque la pueden leer sin desearla—, sino que la debemos desear.
17 »Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad.
Aquello que Dios usa para transformar nuestros corazones es su Palabra. Dios usa su Palabra inspirada para transformar a su pueblo a la semejanza de Jesús.
7 La ley del Señor es perfecta, que restaura el alma; el testimonio del Señor es seguro, que hace sabio al sencillo. 8 Los preceptos del Señor son rectos, que alegran el corazón; el mandamiento del Señor es puro, que alumbra los ojos.
Esto está dando por sentado que nuestra alma está descompuesta, que tenemos problemas en nuestro interior, pero lo que produce la ley del Señor, la Palabra del Señor, es que la restaura. Y saben qué me viene inevitablemente a la mente cuando leo esto: los autos “tuneados”. ¿Han visto esos programas donde toman un auto abandonado, destartalado, que es más óxido que nada, y lo convierten en un modelo clásico tremendo? Eso hace la Palabra de Dios en nosotros. ¿Lo creen? Necesitamos la Palabra de Dios para tener sabiduría, para ser transformados. Dios usa su Palabra como el instrumento principal para transformar a su pueblo a la semejanza de Jesús.
10 Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, 11 así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo,
Este pasaje es tremendamente poderoso: Dios siempre cumple su propósito por medio de su Palabra. La Palabra de Dios es poderosa para transformar pecadores. Yo sé que cuando veo mi vida, muchas veces he dicho, como el salmista, “no hay para mí esperanza en Dios”, y a lo mejor de alguien más han dicho “ese cuate ya no cambia”. Nosotros, como cristianos, con esa vena de fariseo que tenemos, siempre nos surge ese deseo de desahuciar espiritualmente a otros: “no hay esperanza para él”. Pero lo que dice el Señor es que no es cierto, que su Palabra es poderosa para transformar. Hermano, si tú has luchado con un pecado hasta el fondo de tu alma, hasta la desesperación, si sientes que no puedes con eso, ¿sabes qué dice Dios? Mi Palabra es poderosa para transformar a los pecadores a la semejanza de Jesús. ¿Lo creen? Amén.
Ahora déjenme preguntarles algo: ¿el tiempo y la intención que le dedican a la Palabra refleja lo que creen? Les voy a poner un ejemplo. Yo acabo de salir de una gripa que me tardó 15 días —hablando de gente que necesita la Palabra, yo sé que la necesito, porque soy de los que dicen “no, tómate este jarabe, no, tómate esto otro, no, que se cure sola”—. Imagínense que ustedes me vieran enfermo, con tos, con gripa, y estuvieran igual que yo, y yo les dijera: “mira, tengo estos productos que vendo que te van a reforzar el sistema inmunológico y te van a sacar de ahí”. Y me preguntaran: “oye, ¿y tú ya te los tomaste?” Y yo les dijera: “no me los he tomado”. ¿Qué pensarían de mí? Pues no muy bien, ¿verdad? Si estás promoviendo algo, ¿qué tienes que hacer? Consumirlo. Así somos los creyentes muchas veces: decimos que la Palabra de Dios es poderosa, pero ¿lo refleja mi vida, mi tiempo? ¿De verdad creo que la Palabra de Dios es poderosa para transformarme? Porque si no es así, debemos confesarlo como un pecado de incredulidad. Lo que debemos decirle al Señor es: “Señor, perdóname, porque con mis labios he dicho que creo en el poder de tu Palabra, y con mi corazón lo he negado. Perdóname y dame la capacidad de creer y de vivir de tal manera que lo refleje.”
B. Consejos prácticos
Necesitamos acercarnos al Señor, y déjenme darles un par de consejos prácticos. Si anhelamos crecer en piedad, necesitamos la Palabra de Dios en nuestra vida. Necesitan apartar un tiempo, porque eso es disciplina. ¿Qué pensarían de un atleta que entrena una vez cada 15 días? ¿Es disciplinado? ¿Por qué creemos que vamos a crecer en piedad si no nos disciplinamos así? Si nuestra meta es más ardua y más ambiciosa, ¿no deberíamos ser más disciplinados para la piedad? Nuestra meta debería regir nuestra vida. ¿Están de acuerdo conmigo? Porque yo soy capaz de sentarme y ver toda una temporada de una serie en una sentada, pero cuando abrimos la Palabra de Dios y llevamos un capítulo, ya estoy agotadísimo mentalmente.
Disciplínate para la piedad. Y les digo esto con cierta vergüenza: cualquier disciplina es difícil. Yo dejé de correr hace un año aproximadamente, y el lunes salí a correr; corrí cinco kilómetros —para mí, hace un año, cinco kilómetros no era nada; mi esposa corría ocho y yo le decía “ay mija”, como dicen las mujeres, “ternurita”—. Pero ya corrí cinco kilómetros, y al otro día me dolía todo el cuerpo. ¿Y qué creen que hice el resto de la semana? Ya no salí. No hagan lo que yo hice. Cualquier disciplina implica un gran esfuerzo, y acercarnos a la Palabra también lo implica, porque nuestra carne repele la Palabra: cuando la leo y me confronta, mi carne me dice “no, aléjate de eso”. Disciplínate para la piedad, aparta un tiempo. Me pueden decir “es que trabajo 36 horas al día”, pero aparta un tiempo para buscar al Señor, porque su Palabra es poderosa para transformar pecadores a la semejanza de Cristo.
Déjenme darles un par de consejos más. Necesitan acercarse a ese tiempo como si tuvieran una cita con Dios, porque es una cita con Dios. El problema de los cristianos es que normalizamos la lectura de la Palabra y la leemos como si fuera cualquier cosa, y Dios mismo nos habla en su Palabra: es la voz de Dios poderosa. ¿La vemos así? Cuando tienen una cita con una persona importante, ¿la cancelan? ¿Y por qué cancelamos nuestra cita con el Señor? ¿Por qué la cambiamos por cinco minutos más de sueño, o por salir corriendo al trabajo, o por una serie barata que el mundo nos da? Necesitamos verla como un tiempo con Dios mismo, necesitamos acercarnos con humildad, con una fe expectante. Hace unas semanas fuimos a Fieles a su Llamado, y fui expectante de lo que Dios me iba a decir —no necesito esperar cada dos años que tenemos Fieles—. Cada vez que vengo a la Biblia debo pensar: ¿qué me va a hablar el Señor hoy? ¿Qué le va a decir a mi alma y a mi corazón? Y acérquense a la Escritura en oración.
Quiero compartirles algo que yo aplico, un método de John Piper que yo modifiqué un poquito, por medio de unas siglas: UIOS. “Uios”, arriba, en griego, significa “hijo” —si saben griego, es el idioma del Nuevo Testamento—, y John Piper hizo este acróstico bonito, está en inglés: unite my heart.
80 Sea íntegro mi corazón en tus estatutos, para que yo no sea avergonzado.
Señor, une mi corazón, que mi corazón sea unificado por ti, que sea uno y solamente uno.
36 Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta.
Esto es lo que tenemos que pedirle a Dios: Señor, mi corazón está inclinado a la ganancia deshonesta, por favor inclínalo hacia ti. ¿Han visto a mi perrito? Le encantan todos los embutidos: jamón, queso, salchichas. Si agarro un pedacito de jamón y se lo pongo enfrente, ¿qué creen que hace? Se estira. Ya está viejito mi perro, pero intenta brincar. Yo creo que a eso se refiere “inclina”: con todas tus fuerzas estás intentándolo, y lo que dice el salmista es “yo no puedo inclinarme, mi corazón pecaminoso se inclina a la ganancia deshonesta, pero si tú mueves mi corazón…” Así nos tenemos que acercar a la Palabra.
18 Abre mis ojos, para que vea las maravillas de tu ley.
Pídanle eso a Dios antes de empezar a leer su Palabra: “Señor, abre mis ojos”.
14 Sácianos por la mañana con tu misericordia, y cantaremos con gozo y nos alegraremos todos nuestros días.
Necesitamos dedicar tiempo a buscar al Señor: aparten un tiempo en su agenda apretada, aparten un lugar, véanlo como una cita con Dios. Necesitan también un plan para leer la Escritura, no solo abrirla al azar. ¿Saben cuál es el mejor consejo que les puedo dar? Lean un evangelio o una epístola por meses. Yo leí durante todo el año pasado el evangelio de Juan; hoy estoy leyendo Filipenses, y lo voy a leer y volver a leer, probablemente todo el año. El plan que quieran, o búsquense uno de los que hay en internet, o uno de los que hemos compartido en el pasado, pero necesitan un plan, y háganlo en oración. Porque para crecer en piedad necesitamos fe en el poder de su Palabra, y actuar de acuerdo con esa fe.
Idea clave punto III
Para crecer en piedad necesitamos fe en el poder de su palabra, y actuar de acuerdo con esa fe.
IV. Fe en la oración
A. Lo que dice el texto sobre la oración
14 Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, Él nos oye. 15 Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho.
¿Saben para qué es la oración? Muchas veces pensamos que la oración es como una transacción comercial con Dios: “Señor, yo te regalo, invierto cinco minutos de rodillas, y entonces yo quiero que tú me des tal cosa”. ¿Sí o no? Así vemos la oración muchas veces, y por eso, si alguna vez se han enojado porque Dios no les da lo que le piden, es porque ven la oración así. Pero, ¿qué creen? La oración no funciona así.
¿Saben para qué oramos? Les voy a poner un ejemplo. Cuando conocí a mi esposa, siempre me había encantado el café muy cargado; me encantaba tomar espresso, todos los días tomaba uno o dos, tenía mi cafetera italiana chiquita para hacerlo. La primera vez que salimos a tomar café, pedí un espresso —siempre llama la atención porque te lo dan en una tacita miniatura; el espresso es la carga completa que le ponen a un capuchino o a un café americano, pero puro, puro, puro—. Yo agarraba el espresso y le echaba cuatro terrones de azúcar. Sé que para quienes saben de café eso es una aberración, pero yo no sabía nada de café. Y mi esposa me enseñó, a lo largo de 18 años, que el café se toma sin azúcar. Las primeras veces que lo tomé sin azúcar dije “guácala”. ¿Pero saben qué? Dieciocho años después, ya no tolero el café con azúcar. Y les podría poner muchos ejemplos: muchas cosas que a mí no me gustaban y que ahora me gustan, porque he pasado suficiente tiempo con ella.
Para eso es la oración: para que pasen tiempo con Dios, y a ustedes les empiecen a gustar las cosas que a Dios le gustan. Si yo vengo con Dios y le digo “oye Dios, necesito que me cambies este pobre carro que tengo, yo quiero un convertible, un deportivo”, ¿Dios lo puede hacer? Claro que lo puede hacer. ¿Lo necesito? ¿Me va a hacer de bendición? Creo que probablemente no. Dios no me va a dar algo que, en su mente soberana e infinita, Él sabe que no me va a hacer de bendición. Pero si yo paso tiempo con Él, me van a empezar a gustar las cosas que a Él le gustan. Necesitamos orar conforme a su voluntad, y necesitamos orar con fe.
6 Pero que pida con fe, sin dudar. Porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra.
B. Resumen
Idea clave punto IV
Para crecer en piedad necesitamos creer que el Señor nos escucha cuando oramos con fe, conforme a su voluntad.
Conclusión
Resumen
Para empezar a cerrar: vimos cuatro cosas. Vimos, en primer lugar, que necesitamos disciplinarnos en la piedad, esforzarnos, porque Él ya nos lo ha dado todo — Él nos ha dado todo lo que necesitamos para la piedad. Vimos que lo primero que necesitamos es creer en las promesas que Cristo nos ha dado. Vimos que necesitamos fe en el poder de su Palabra. Y vimos que para crecer en piedad necesitamos creer que el Señor nos escucha cuando oramos con fe.
Todos los que estamos aquí somos gente imperfecta, y por cierto, nunca se espanten de saber que alguien es más pecador que ustedes: eso es mentira. Aquí no hay más pecadores que nadie; todos somos igual de pecadores, solo que en diferentes áreas. Y como somos gente imperfecta que lucha con el pecado, necesitamos crecer en piedad, y necesitamos fe y obrar con toda diligencia. ¿Por qué? Como empezamos: porque por su gracia Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para la piedad, y ahora nos llama a ejercitarnos con diligencia.
Conexión con el evangelio
Y déjenme terminar con dos verdades. Les voy a ser muy honesto: si pudieran ver mi vida, se darían cuenta de que aún hay muchas, muchas cosas que no agradan a Dios. Y sé que en la de ustedes es igual: pensamientos, actitudes. Pero quiero ir cerrando con un mensaje de esperanza.
6 Estoy convencido precisamente de esto: que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús.
Si se dan cuenta de que les falta mucho, si se dan cuenta de que todavía hay muchos pecados con los que luchan, que les falta una distancia inmensa para llegar a parecerse a Jesús, necesitan descansar en la promesa del Señor: Él prometió que lo iba a hacer. Y como dijimos hace un momento, esa es una verdad objetiva: no depende de cómo se sientan. Si son hijos de Dios, Él lo va a hacer.
Conexión con el evangelio
Podemos esforzarnos sin desmayar, porque por la obra de Cristo y del Espíritu, Dios mismo garantiza que obrará en nosotros.
Aplicaciones
Hermano, si sabes que has fallado, no te autocompadezcas, por favor; no digas “ay, pobre de mí”: confiesa tu pecado, arrepiéntete. Necesitas tomar esa decisión y orar por el poder de Dios. Necesitas empezar a ejercitarte, igual que cuando empiezas en un deporte: lo haces y mañana te van a doler los músculos. Pero empieza, y vas a fallar; nadie empieza con una disciplina espiritual impecable, vas a fallar. ¿Saben qué necesitan hacer cuando fallen? Arrepentirse y creer. Porque somos llamados a descansar en la gracia y a esforzarnos en la gracia. Así que confiamos en que Él lo hará en nosotros y por medio de nosotros.
Oración final
Vamos a orar.
Señor, quiero rogarte que, ya que tú conoces nuestra condición, hombres y mujeres imperfectos que luchamos con el pecado, que estamos a mitad de camino, o quizá algunos ni siquiera han empezado ese camino, tú conoces nuestra maldad, Señor, cuánto fallamos, cómo fallamos en nuestros hogares, en nuestro carácter, en aquellos pensamientos que nos guardamos para nosotros porque son sumamente vergonzosos. Perdónanos, y danos, como ya lo prometiste, todo lo que necesitamos para crecer en piedad. Ayúdanos a creer que eso es verdad, y ayúdanos a responder, esforzándonos en aquello que tú ya nos diste. Te lo ruego, Señor, en el nombre de Jesús. Amén.