Nota de fecha: el bosquejo trae date: 2019-01-01 (placeholder inválido) — se usa la fecha real del archivo de origen, 2019-07-04, una semana después de “La depravación total” (sequence 1 de la misma serie). Transcripción recortada de subtítulos automáticos de YouTube; el audio arranca directo en la introducción, sin bienvenida ni avisos que recortar. Se quitaron marcas de sonido ([Música]) intercaladas en el cuerpo. El archivo termina justo en la aplicación final del mensaje, sin oración de cierre registrada — no se inventó ningún cierre.

Introducción

Días atrás fuimos testigos de algo que se ha vuelto tendencia — un arcoíris apareciendo por todas partes, en muchas marcas y tiendas. Esto empezó el 28 de junio de 1968, hace poco más de 50 años, con disturbios en un bar de Manhattan, uno de los pocos lugares que recibía a personas de diferentes preferencias sexuales — hubo persecución policial contra homosexuales, lesbianas, personas transgénero. Al año siguiente, en la misma fecha, empezó una marcha muy conocida hoy en inglés como pride (“orgullo”), y ese arcoíris se volvió su símbolo.

No se trata de ahondar en ese tema puntual, sino de identificar la base filosófica detrás de todo este movimiento: cada quien tiene el derecho de hacer lo que bien le parezca con su vida, si no daña a los demás — la “libertad de elección.” Esta misma filosofía está detrás del aborto (“la mujer es dueña de su cuerpo”), de la eutanasia (“es mi cuerpo, si quiero morir tengo el derecho de hacerlo”), y de una canción popular que dice literalmente “yo voy a escoger lo que yo quiera, sin importarme si está bien o si está mal.” Es una filosofía sumamente enraizada en nuestra cultura, sin importar la edad de cada quien.

De eso vamos a hablar hoy: la libertad de elección — pero desde la Escritura.

Resumen de la semana pasada

Hace ocho días vimos que el hombre está incapacitado para hacer el bien, incapaz incluso de buscar a Dios, y que esa rebelión merece el castigo justo de Dios. En resumen: la voluntad humana está esclavizada al pecado, por lo que no puede ni quiere elegir a Dios.

Muchos crecimos con la palabra “libre albedrío” — que no es otra cosa que libertad de decisión, la idea de que cada humano tiene la libertad de elegir si seguir a Dios o dejarlo. En efecto, el hombre tiene libertad de decisión — pero por su naturaleza caída es incapaz de elegir a Dios.

El zopilote doméstico (recapitulación de la semana pasada)

Le pedimos a un zopilote que deje de comer carroña y coma fruta o maíz. El zopilote jamás va a elegir eso — no porque no tenga libertad de decisión (teóricamente podría), sino porque su naturaleza no le permite elegirlo: está inclinado a comer carroña. Así el libre albedrío humano está inclinado al mal — ninguno de nosotros naturalmente elegiría buscar a Dios.

Romanos 3:10-12 (citado de memoria)

No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, no hay ni siquiera uno.

Si nadie busca a Dios por naturaleza, ¿cómo es que nosotros estamos aquí? De eso trata hoy la doctrina de la elección incondicional: “incondicional” significa que Dios elige soberanamente, sin que el hombre cumpla ninguna condición para ser elegido. Dios eligió a quienes habían de ser salvos no porque tuvieran algo especial, no porque cumplieran un requisito, no porque fueran más santos — simple y sencillamente porque Él quiso elegir.

No se va a agotar toda la enseñanza de esta doctrina en unos minutos — quien tenga dudas al final puede platicarlo, o se pueden recomendar libros. Solo se verán algunas ideas básicas, en tres puntos que en realidad son uno solo que se va ampliando:

Argumento central

Fuimos salvados gratuitamente para la gloria de un Dios soberano.

I. Dios salva gratuitamente

Romanos 3:23-24 (uno de los pasajes favoritos para anunciar el evangelio)

Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por Su gracia, por medio de la redención que es en Cristo Jesús.

Todos, sin excepción, somos pecadores incapaces de hacer lo que Dios pide para ser salvos — pero el énfasis está en “siendo justificados gratuitamente.” ¿Qué significa? Regalado — no porque no costara nada, sino porque alguien más pagó para que fuera gratis para nosotros. Esto es lo que diferencia el evangelio de cualquier religión: cualquier religión dice “tienes que cumplir estas cosas”; el evangelio dice “eres incapaz de cumplirlas, pero alguien más las cumplió por ti — ríndete a Él.” “Redención,” la última palabra del pasaje, significa literalmente el pago de un rescate.

Efesios 2:1-9 (LBA, leído completo)

1 Y Él os dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, 5 aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados), 6 y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, 7 a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.

Antes de “el pero” del versículo 4 (algunos teólogos lo llaman “el ‘pero’ de la Escritura”), el pasaje presenta nuestro estado: muertos, siguiendo la corriente del mundo, bajo la influencia de Satanás, viviendo en nuestras pasiones, hijos de ira — es decir, mereciendo toda la ira de Dios. Pero Dios, rico en misericordia, por Su gran amor, nos dio vida junto con Cristo. El énfasis del v. 8 es clave: “por gracia habéis sido salvados” — no por algo que hayamos hecho. Y el v. 9 lo remata: “no por obras.” Este es el corazón del evangelio: somos salvos no por obras, sino porque Dios salva gratuitamente. Las obras son consecuencia de la salvación, no su condición.

Juan 6:44 (LBA)

Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que me envió, y yo lo resucitaré en el día final.

II. Dios salva gratuitamente a quien Él quiere

Si nadie busca a Dios por naturaleza, y aun así Dios salva gratuitamente, ¿cómo se concilian ambas verdades? Jesús mismo lo explica: nadie puede venir a Él si el Padre no lo atrae.

Deuteronomio 7:6-9 (LBA)

6 Porque tú eres pueblo santo para el SEÑOR tu Dios; el SEÑOR tu Dios te ha escogido para ser pueblo suyo de entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra. 7 El SEÑOR no puso su amor en vosotros ni os escogió por ser vosotros más numerosos que otro pueblo, pues erais el más pequeño de todos los pueblos; 8 mas porque el SEÑOR os amó y guardó el juramento que hizo a vuestros padres, el SEÑOR os sacó con mano fuerte y os redimió de casa de servidumbre, de la mano de Faraón, rey de Egipto. 9 Reconoce, pues, que el SEÑOR tu Dios es Dios, el Dios fiel, que guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones con aquellos que le aman y guardan sus mandamientos.

Dios le dice a Israel: los escogí, pero no porque tuvieran algo especial — los escogí porque quise escogerlos, porque quise ser fiel.

Juan 15:16 (LBA)

Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros, y os designé para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda.

Romanos 8:28-30 (LBA)

28 Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito. 29 Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; 30 y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó.

El v. 28 es quizás el más citado de la Biblia (“todo ayuda para bien”), pero no se puede ignorar el v. 29: “a los que de antemano conoció” — antes de que el mundo existiera, Dios ya nos conocía, sabiendo que jamás lo habríamos elegido, sabiendo que siempre habríamos preferido el pecado y la muerte. “Predestinó” no es solo para venir a la iglesia, sino para ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo. Conocer y predestinar son pasado (antes de la fundación del mundo); llamar es presente (el momento en que alguien te dijo “eres pecador y necesitas a Cristo” y lo entendiste); justificar ya ocurrió en la cruz; glorificar es futuro (la redención final, cuando Cristo transforme el cuerpo corrupto en uno glorificado) — pero Pablo lo pone todo en pasado, porque para Dios es como si ya hubiera ocurrido. Y es notable que el pasaje no dice que algunos de los que predestinó fueron llamados — son los mismos: a los que conoció, a esos predestinó; a los que predestinó, a esos llamó; sin perder a uno solo.

III. Dios salva gratuitamente a quien Él quiere para Su gloria

Efesios 1:3-6 (LBA)

3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4 según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor 5 nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de Su voluntad, 6 para alabanza de la gloria de Su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado.

Antes de que el mundo existiera, Dios ya nos había escogido para ser salvos — no al revés. Esto genera dudas de manera natural (vivimos moldeados por una sociedad que insiste en que todo se elige), pero la Biblia también dice que se puede elegir la muerte, elegir el infierno. La única manera de ser salvo, según este pasaje y cientos más en la Escritura, es que un Dios soberano, antes de que todo existiera, haya escogido para salvación.

Una de las dudas más frecuentes es “¿y si Dios no me eligió a mí?” — de eso se hablará más adelante, al tratar la perseverancia de los santos: una característica de los elegidos es que permanecen. Muchas veces esa duda nace de que uno conoce su propia vida y su propia mentira — se puede usar el “traje de cristiano” y el lenguaje de cristiano sin que haya un cambio real. La diferencia entre alguien salvo y alguien que no lo es, no es una fórmula de palabras, sino que su naturaleza cambió radicalmente: sigue luchando con el pecado, sigue cayendo, pero camina con Cristo.

“Conforme al beneplácito de Su voluntad” (v. 5) significa, sencillamente: porque Dios quiso. No hay otra explicación. Y la diferencia entre cualquiera de nosotros y el peor de los homicidas o el peor de los pervertidos no es que unos sean buenos y otros malos — ambos merecen naturalmente el mismo castigo. La diferencia no está en nosotros: es que Dios llamó.

Idea clave

Entender bien la doctrina de la elección no debe volver presumido a nadie — debe volvernos humildes. Fuimos escogidos sin merecerlo, sin tener nada especial, y aun así Dios quiso salvarnos.

Eso debe cambiar la manera de ver a los demás. En esos días hubo cristianos atacando por redes sociales a los movimientos LGBT — es tentador tomar pancartas y condenar. Pero la diferencia entre quien participó en esa marcha y nosotros no está en nosotros: es que Dios nos alcanzó. Eso debe mover a mirar a los que están afuera, a llamarlos, servirlos y buscarlos — la iglesia debería ser un lugar donde alguien de otra preferencia sexual, o un borracho, o un travesti, puedan llegar sin sentirse discriminados; que sea la gracia, y no el rechazo, lo que los mueva a ver que eso es pecado y a caminar con Cristo.

El propósito de nuestra salvación tampoco es primeramente que nos sintamos bien (aunque va a traer el mayor gozo imaginable) sino que Dios reciba la mayor gloria posible: “para alabanza de la gloria de Su gracia.”

Romanos 9:16, 18-19 (parcial — el predicador advierte que no alcanza el tiempo para cubrir todo el capítulo)

16 Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. […] 18 Así que de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurece. 19 Me dirás entonces: ¿Por qué, pues, todavía reprocha? Porque ¿quién resiste a Su voluntad?

Uno de los argumentos favoritos en contra es: si Dios escoge a quien quiere, ¿por qué manda al infierno a otros, si no depende de mí sino de Él?

El caño de porquería

Todos estábamos en el caño de porquería que desembocaba en el infierno. Dios no tenía por qué salvar a nadie — y aun así metió las manos y sacó a los que Él quiso.

Spurgeon y "amé a Jacob"

Se atribuye a Charles Spurgeon una respuesta a alguien que le decía “no entiendo por qué la Escritura dice que Dios amó a Jacob y aborreció a Esaú.” Spurgeon habría respondido: lo que no tiene lógica no es que Dios aborreciera a Esaú (eso sí es lógico, dada nuestra condición) — lo que no tiene lógica es que haya amado a Jacob. Lo lógico hubiera sido que todos fuéramos directo al infierno; pero Dios quiso salvar gratuitamente, para Su gloria.

Romanos 9:21-23 (LBA)

21 ¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro, de hacer de la misma masa un vaso para uso honorable y otro para uso ordinario? 22 ¿Y qué, si Dios, aunque dispuesto a demostrar Su ira y hacer notorio Su poder, soportó con mucha paciencia a los vasos de ira preparados para destrucción? 23 Lo hizo para dar a conocer las riquezas de Su gloria sobre los vasos de misericordia, que de antemano Él preparó para gloria.

El pasaje no dice que hay dos tipos de vasos moldeados arbitrariamente para el mal — en el idioma original, los “vasos de ira” se prepararon a sí mismos para destrucción: cada hombre, por sus propias decisiones, merece naturalmente el castigo. Pero los vasos de misericordia fueron preparados de antemano para gloria — simplemente para que el nombre de Dios fuera glorificado.

Aplicaciones

Esto no depende de ti — el primer efecto debe ser la adoración: si buscas a Dios y sigues a Cristo, no es porque fueras sensible, buena persona, o entendieras el evangelio por tu cuenta, sino porque un Dios soberano quiso llamarte.

Himno citado

“Sé que quisiste mi alma salvar, ¿dime qué viste en mí, para tu vida así entregar?” — esa debe ser la primera reacción: ¿qué viste en mí, si no tenía nada, si no valía nada, si merecía el infierno?

Esto también debe llevar a la humildad (ni tú ni yo tenemos nada bueno por nosotros mismos) y a un llamado a la inclusión: la iglesia debería poder recibir a un borracho, a un homosexual, a un travesti, sin discriminarlos, entendiendo que ambos merecemos delante de Dios el mismo castigo, y que lo que ellos necesitan es lo mismo que Dios nos dio sin merecerlo — Su gracia.

Esto también cambia la manera de hacer evangelismo y oración: si la salvación depende de que Dios elige, no se trata de presionar a alguien a repetir “palabras mágicas” sin fe auténtica (“mira que puede ser tu última oportunidad, qué tal que te atropella un carro…”). Se debe presentar el evangelio, pero sobre todo hablarle a Dios de las personas, más que hablarles de Dios a ellas — pedirle a un Dios soberano que las alcance.

Todo esto recuerda la necesidad de un redentor: no se puede vivir sin que ese redentor esté en el centro, porque Él fue quien pagó el precio. Fuimos salvados porque Dios salva gratuitamente a quien Él quiere, para Su gloria.