Introducción

Señor, nos presentamos delante de ti, con una profunda necesidad de tu gracia, de tu Palabra. Todos los que estamos aquí te necesitamos, aunque a veces nos cueste reconocerlo. Hoy te suplico que hables por medio de tu Palabra a tu pueblo, para lograr tus propósitos, para tu gloria, para que vivamos para ti en este mundo caótico. En el nombre de Jesús. Amén.

Tengo aproximadamente dos años pensando en predicar Daniel, y si no habíamos empezado esta serie antes es porque tenía miedo —no del contenido, sino de la dificultad del pasaje que vamos a estudiar hoy, Daniel 9, el que más me atemorizaba—.

La primera vez que me empecé a congregar en una iglesia era adolescente, en los años noventa: acababa de caer la Unión Soviética, se acercaba el cambio de milenio, y había guerras por todas partes —Yugoslavia, Chechenia, el genocidio en Ruanda—. El mundo evangélico bullía de predicadores y conferencias sobre los eventos futuros, la escatología, y esas conferencias se llenaban a reventar. Creo que nos gustan esos temas porque queremos sentir que tenemos un conocimiento secreto. El modelo en el que fui instruido en aquella época, y que probablemente muchos de ustedes también aprendieron, es la interpretación dispensacional —yo la aprendí de joven, y sigue siendo de las más comunes—.

Cuando entré al seminario y empecé a estudiar estos pasajes con más profundidad, me di cuenta de que esa interpretación no era la única, y que tenía huecos exegéticos serios. Eso me produjo una crisis de fe, y ese fue el miedo que cargué durante dos años antes de traer este sermón. No estamos estudiando Daniel porque queramos ser expertos ni porque busquemos un conocimiento secreto: lo hacemos porque queremos saber cómo vivir para Cristo en un mundo caótico. Mi compromiso como pastor es presentar lo que el Espíritu puso en el texto, sea cómodo o no. Este pasaje tiene muchísimas dificultades, y si alguien te dice que existe una sola interpretación de las setenta semanas, es porque no lo ha estudiado con honestidad.

El mundo de hoy es más caótico que los noventa. Y mientras leamos Daniel 9 va a aparecer una palabra repetida: desolación. La desolación no es más que la consecuencia del pecado y el juicio de Dios contra él. Este sermón se titula La desolación, la confesión y la Cruz, y lo veremos en tres secciones: primero el contexto, una advertencia ignorada; luego la oración de Daniel, una confesión sin excusas; y finalmente, una respuesta desbordante.

I. Una advertencia ignorada

Romanos 6:23

La paga del pecado es muerte.

Recordemos la historia de Israel: Dios saca a Abraham de los caldeos, sus descendientes terminan en Egipto, Dios los libera, cruzan el mar, llegan al Sinaí, y ahí hace un pacto con ellos —con el mismo peso que un contrato legal—. En Levítico 26, Dios pone los términos con toda claridad: si me obedecen, los bendigo.

15 si desprecian Mis estatutos y si su alma aborrece Mis ordenanzas para no poner por obra todos Mis mandamientos, quebrantando así Mi pacto,

El Señor advierte una serie de disciplinas progresivas, siete veces, hasta llegar al castigo más terrible:

31 También dejaré en ruinas sus ciudades, desolaré sus santuarios y no oleré sus suaves aromas. 32 Asolaré la tierra de tal modo que sus enemigos que se establezcan en ella queden pasmados. 33 A ustedes, sin embargo, los esparciré entre las naciones y desenvainaré la espada en pos de ustedes, y su tierra será asolada y sus ciudades quedarán en ruinas.

Esa era la advertencia: la consecuencia máxima de la desobediencia sería un ejército extranjero, ciudades en ruinas —igual que las imágenes de guerra que hemos visto de Ucrania o Siria—.

2 Crónicas 36:15-17

15 El Señor, Dios de sus padres, les envió palabra repetidas veces por Sus mensajeros, porque Él tenía compasión de Su pueblo y de Su morada. 16 Pero ellos continuamente se burlaban de los mensajeros de Dios, despreciaban Sus palabras y se burlaban de Sus profetas, hasta que subió el furor del Señor contra Su pueblo, y ya no hubo remedio. 17 Entonces Dios hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a sus jóvenes en la casa de su santuario, y no tuvo compasión del joven ni de la virgen, del viejo ni del débil; a todos ellos los entregó en su mano.

Leemos esto tan deprisa que no logramos imaginar lo que fue vivirlo —el libro de Lamentaciones es el lamento de Jeremías por la destrucción de Jerusalén: «miren y vean si hay dolor como mi dolor»—. Esa es la desolación del pecado: la paga del pecado siempre es muerte. Daniel era un jovencito cuando Nabucodonosor llegó a Jerusalén y cumplió esto. Pero la historia no termina ahí.

Jeremías 25:11

Toda esta tierra será desolación y horror, y estas naciones servirán setenta años al rey de Babilonia.

Mientras Daniel era arrastrado a Babilonia entre los ricos, Jeremías, anciano, permanecía entre los pobres —Dios siempre tenía Su voz en todos lados—.

Jeremías 29:10

«Pues así dice el Señor: “Cuando se le hayan cumplido a Babilonia setenta años, Yo los visitaré y cumpliré Mi buena palabra de hacerlos volver a este lugar.

La promesa era que setenta años después del exilio, Dios los haría volver. Eso ocurrió alrededor del año 605 antes de Cristo, cuando se dio el mensaje. Dios advirtió, llamó al arrepentimiento, pero el pueblo no quiso escuchar, y llegó la desolación. A nosotros el Señor también nos advierte constantemente.

II. Una confesión sin excusas

1 En el año primero de Darío, hijo de Asuero, descendiente de los medos, que fue constituido rey sobre el reino de los caldeos, 2 en el año primero de su reinado, yo, Daniel, pude entender en los libros el número de los años en que, por palabra del Señor que fue revelada al profeta Jeremías, debían cumplirse las desolaciones de Jerusalén: setenta años. 3 Volví mi rostro a Dios el Señor para buscarlo en oración y súplicas, en ayuno, cilicio y ceniza.

Daniel fue llevado a Babilonia teniendo unos catorce años; ahora, según las fechas de los estudiosos, habían pasado sesenta y cinco años —es un anciano, cercano a los ochenta—. Babilonia cae en el año 539, y Daniel escribe esto en el 538: habían pasado sesenta y siete años desde la promesa de los setenta. Solo faltaban tres.

Daniel 9:4-19

4 Oré al Señor mi Dios e hice confesión y dije: «Ay, Señor, el Dios grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia para los que lo aman y guardan Sus mandamientos, 5 hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho lo malo, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de Tus mandamientos y de Tus ordenanzas. 6 No hemos escuchado a Tus siervos los profetas que hablaron en Tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra. 7 Tuya es la justicia, oh Señor, y nuestra la vergüenza en el rostro, como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los que están cerca y a los que están lejos en todos los países adonde los has echado, a causa de las infidelidades que cometieron contra Ti. 8 Oh Señor, nuestra es la vergüenza del rostro, y de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres, porque hemos pecado contra Ti. 9 Al Señor nuestro Dios pertenece la compasión y el perdón, porque nos hemos rebelado contra Él, 10 y no hemos obedecido la voz del Señor nuestro Dios para andar en Sus enseñanzas, que Él puso delante de nosotros por medio de Sus siervos los profetas. 11 Ciertamente todo Israel ha transgredido Tu ley y se ha apartado, sin querer obedecer Tu voz. Por eso ha sido derramada sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios, porque hemos pecado contra Él. 12 Y Él ha confirmado las palabras que habló contra nosotros y contra nuestros jefes que nos gobernaron, trayendo sobre nosotros gran calamidad, pues nunca se ha hecho debajo del cielo nada como lo que se ha hecho contra Jerusalén. 13 Como está escrito en la ley de Moisés, toda esta calamidad ha venido sobre nosotros, pero no hemos buscado el favor del Señor nuestro Dios, apartándonos de nuestra iniquidad y prestando atención a Tu verdad. 14 Por tanto, el Señor ha estado guardando esta calamidad y la ha traído sobre nosotros. Porque el Señor nuestro Dios es justo en todas las obras que ha hecho, pero nosotros no hemos obedecido Su voz. 15 Y ahora, Señor Dios nuestro, que sacaste a Tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa, y te has hecho un nombre, como hoy se ve, hemos pecado, hemos sido malos. 16 Oh Señor, conforme a todos Tus actos de justicia, apártese ahora Tu ira y Tu furor de Tu ciudad, Jerusalén, Tu santo monte. Porque a causa de nuestros pecados y de las iniquidades de nuestros padres, Jerusalén y Tu pueblo son el oprobio de todos los que nos rodean. 17 Y ahora, Dios nuestro, escucha la oración de Tu siervo y sus súplicas, y haz resplandecer Tu rostro sobre Tu santuario desolado, por amor de Ti mismo, oh Señor. 18 Inclina Tu oído, Dios mío, y escucha. Abre Tus ojos y mira nuestras desolaciones y la ciudad sobre la cual se invoca Tu nombre. Pues no es por nuestros propios méritos que presentamos nuestras súplicas delante de Ti, sino por Tu gran compasión. 19 ¡Oh Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Señor, atiende y actúa! ¡No tardes, por amor de Ti mismo, Dios mío! Porque Tu nombre se invoca sobre Tu ciudad y sobre Tu pueblo».

Analicemos esta oración. Primero, en el versículo 4, Daniel apunta a la fidelidad de Dios. Nuestra primera respuesta ante la desolación normalmente es buscar culpables —¿qué haces cuando hay un problema en tu matrimonio, con tus hijos, económico? Normalmente le echamos la culpa a alguien más—. Daniel, en cambio, empieza reconociendo quién es Dios: grande y temible.

Segundo, del versículo 5 al 11, confiesa sin excusas. Nosotros solemos justificarnos: «sí, grité, pero es que tengo hambre», «tengo vicios, pero es que tengo problemas». Daniel dice simplemente: no te escuchamos. Y en el versículo 8: «nuestra es la vergüenza del rostro» —nos encanta fingir que estamos bien, proyectar fortaleza—, pero Daniel confiesa: «porque hemos pecado contra ti».

Tercero, reconoce la justicia de Dios. Muchas veces, aunque no lo digamos en voz alta, acumulamos resentimiento contra Dios —«los hijos que me diste son así de rebeldes, Señor»—. Pero Daniel dice: «por eso ha sido derramada sobre nosotros la maldición… porque hemos pecado contra Él» —no es tu culpa, Señor, es nuestra—.

Cuarto, a partir del versículo 15, pide gracia, no exige. Normalmente vamos con Dios como si nos debiera algo, y si no responde como queremos, le aplicamos la ley del hielo. Daniel dice: «conforme a todos Tus actos de justicia» —no «porque seamos buenos»—, «haz resplandecer Tu rostro… por amor de Ti mismo».

Y finalmente, clama con fe, con urgencia pero sin desesperación: «¡Oh Señor, escucha! ¡Señor, perdona!». Solo quien confiesa el pecado, así, sin excusas, descubre el fundamento del perdón: no nuestros méritos, sino la gracia de Dios. Tú y yo vivimos en un mundo desolado por el pecado, y traemos nuestras propias desobediencias. Este pasaje nos llama a dejar de poner excusas y reconocer: es mi culpa.

III. Una respuesta desbordante

Daniel esperaba que Dios cumpliera Su palabra y regresara a Su pueblo a Jerusalén. Pero Dios tenía un plan mucho más glorioso.

Daniel 9:20-23

20 Aún estaba yo hablando, orando y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y presentando mi súplica delante del Señor mi Dios por el santo monte de mi Dios, 21 todavía estaba yo hablando en oración, cuando Gabriel, el hombre a quien había visto en la visión al principio, se me acercó, estando yo muy cansado, como a la hora de la ofrenda de la tarde. 22 Me instruyó y me dijo: «Daniel, he salido ahora para darte sabiduría y entendimiento. 23 Al principio de tus súplicas se dio la orden, y he venido para explicártela, porque eres muy estimado. Pon atención a la orden y entiende la visión.

Daniel 9:24

Setenta semanas han sido decretadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para poner fin a la transgresión, para terminar con el pecado, para expiar la iniquidad, para traer justicia eterna, para sellar la visión y la profecía, y para ungir el lugar santísimo.

La palabra «semana» en el idioma bíblico significa simplemente siete —como en Guatemala, donde «una mano» de limones son cinco—. Setenta semanas son setenta grupos de siete; a lo largo de la historia, muchos han intentado sacar cuentas exactas, y ninguna termina de cuadrar del todo. La mejor respuesta es: no sabemos con precisión, pero el siete es el número de lo completo, y setenta veces siete apunta al tiempo perfecto que Dios determinó. ¿Para qué? Para poner fin a la transgresión, terminar con el pecado, expiar la iniquidad, traer justicia eterna: a lo que apunta este versículo es al evento más glorioso, la cruz de Cristo.

Daniel 9:25

Has de saber y entender que desde la salida de la orden para restaurar y reconstruir a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas. Volverá a ser edificada, con plaza y foso, pero en tiempos de angustia.

Desde la orden de restaurar Jerusalén hasta el Mesías —creo que es obvio quién es—: cuando Cristo viniera, Jerusalén estaría reconstruida y con los sacrificios activos.

Daniel 9:26

Después de las sesenta y dos semanas el Mesías será muerto y no tendrá nada, y el pueblo del príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario. Su fin vendrá con inundación. Aun hasta el fin habrá guerra; las desolaciones están determinadas.

«No tendrá nada»: a los ojos de los romanos, Cristo no fue más que un criminal desechado. Y sabemos que en el año 70, Tito destruyó Jerusalén y el templo, tal como aquí se anticipa. Vemos dos líneas paralelas: Dios determinó el tiempo perfecto para que Su Hijo muriera en la cruz, y al mismo tiempo, las desolaciones seguirían.

Daniel 9:27

Y él hará un pacto firme con muchos por una semana, pero a la mitad de la semana pondrá fin al sacrificio y a la ofrenda de cereal. Sobre el ala de abominaciones vendrá el desolador, hasta que una destrucción completa, la que está decretada, sea derramada sobre el desolador.

Este «él» apunta de manera más natural al Mesías Príncipe. Nosotros vivimos en una época donde Cristo celebró un pacto firme con nosotros —el nuevo pacto—. Y puso fin al sacrificio y la ofrenda de cereal: hoy esos sacrificios quedaron obsoletos, porque Cristo, con Su muerte, hizo el sacrificio perfecto y final. Pero el pasaje no termina ahí: sigue hablando de destrucción y desolación. Esa es la tensión en la que vivimos hoy —recuerdas la parábola del trigo y la cizaña—: parte del plan de Dios es que en esta época haya una abundancia gloriosa de gracia, y al mismo tiempo, siga creciendo la desolación.

Conclusión

El plan eterno de Dios para terminar con el pecado es la redención por la muerte del Mesías. Lo que este pasaje le recordaba a Daniel y a sus contemporáneos es que Dios seguía siendo fiel a Su pacto y había determinado un momento preciso para destruir el pecado.

Gálatas 4:4

Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley,

En el tiempo preciso, no cuando el Imperio Romano lo determinó, sino cuando Dios lo había decidido desde la eternidad, Cristo fue a la cruz para terminar con el pecado. Esa es nuestra confianza para vivir en un mundo donde todavía hay desolación —cuando el mal avanza, cuando vemos que los criminales gobiernan— y también para cuando vemos el remanente del pecado en nuestras propias vidas: personas creyentes que sirven, que cantan, que alaban, y todavía cargan consecuencias espantosas del pecado; matrimonios que el pecado corrompió tanto que lo mejor es separarse; víctimas de abuso. Esa es la desolación que produce el pecado. Pero Dios también envió a Su Hijo en el momento preciso para destruirlo.

Aplicaciones

¿Dónde vemos hoy la desolación del pecado? En el mundo: naciones que rechazan a Dios, injusticia, personas que luchan por comer mientras otros viven en lujos. En nuestras familias: divorcios, adicciones, violencia, hijos que cargan consecuencias de pecados que no fueron suyos. En la cultura: la comparación y el vacío existencial de las redes sociales, una generación buscando identidad en los «likes» en vez de en Dios. Y en nuestro propio corazón: esa ira que no controlas, ese orgullo, esa amargura que te aísla —la desolación interior es la más difícil de admitir, y seguimos con la tendencia a culpar a otros—.

¿Cómo nos transforma la cruz para atravesar la desolación? Si el Mesías Príncipe ya vino, ya terminó con el pecado y su consecuencia eterna, tenemos todo lo necesario no para que el dolor desaparezca, sino para atravesarlo y vencerlo. Fuimos justificados por la fe, tenemos paz con Dios; si estás en Cristo, pase lo que pase, eres Su hijo, eres amado, y ahí está tu identidad —no en un matrimonio exitoso, ni en tus finanzas, ni en si tus hijos son rebeldes—. Estamos unidos a Cristo, nos dio Su Espíritu para vencer, y tenemos la esperanza de que pronto volverá.

¿Cómo se ve la vida de alguien que atraviesa la desolación con fe? Es alguien que, como Daniel, vuelve el rostro a Dios y no se refugia en el autoengaño, en los ídolos, en el cinismo. Es alguien que confiesa sus pecados sin excusas. Que reconoce la justicia de Dios en medio del sufrimiento, sin amargura, sin acusarlo, capaz de decir «esto que estoy viviendo es mi responsabilidad». Que ora con urgencia sin exigir, y descansa en el plan de Dios. Estamos viviendo en una época donde la desolación está creciendo —Dios determinó que junto con la abundancia de gracia habría abundancia de dolor—, pero si hoy estás en Cristo, puedes venir a Él y dejar que Su muerte y Su obra te sostengan para atravesar cualquier dolor, confiando en que Él ya venció.

Cierra tus ojos y vamos a hablar. Señor, hoy me presento delante de ti…