Introducción

Es muy difícil que un hombre o una mujer se acerque voluntariamente a Dios; la Escritura enseña que no hay quien busque a Dios. Para la mayoría de nosotros, Dios nos habló muchísimas veces a lo largo de la vida antes de que creyéramos. La pregunta que quiero lanzar hoy es: ¿qué necesita pasar para que finalmente un hombre levante sus ojos al cielo?

C. S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia, era profesor en Oxford, uno de los hombres más brillantes de su época, y un ateo empedernido —no de los indiferentes, sino de los que argumentaban activamente contra Dios—. Pensaba que tenía todas las respuestas, que no necesitaba de nadie que lo dirigiera. Pero sus amigos, entre ellos Tolkien, empezaron a hablarle de Dios, y en su autobiografía Lewis describe el proceso con el que Dios lo fue quebrantando. Dijo que era «el converso más reticente de toda Inglaterra», que Dios lo llevó «arrodillado, resistiendo con todas mis fuerzas, mirando en todas direcciones buscando una salida». No levantó los ojos al cielo porque quiso; los levantó porque ya no había otro lugar. Y cuando lo hizo, algo cambió para siempre.

Hoy vamos a estar en Daniel 4, la historia de otro hombre brillante y poderoso —sin duda el más poderoso de su época—, a quien Dios ya le había hablado varias veces, de diferentes maneras, y que seguía resistiéndose. La pregunta que nos lanza el texto no es si Nabucodonosor terminó creyendo —ya lo sabemos desde el principio, sí creyó—, sino: ¿por cuánto tuvo que pasar para llegar ahí? Y la pregunta para nosotros es la misma: ¿por cuánto necesitamos pasar para reconocer finalmente que solo hay un Dios, y que no soy yo?

Este sermón se titula El cielo gobierna, y lo vamos a ver en tres puntos —el primero es el más largo, los otros dos los veremos rápido—.

I. La advertencia oportuna

1 Nabucodonosor, rey, a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: «Que abunde su paz. 2 Me ha parecido bien declarar las señales y maravillas que ha hecho conmigo el Dios Altísimo. 3 ¡Cuán grandes son Sus señales, y cuán poderosas Sus maravillas! Su reino es un reino eterno, y Su dominio de generación en generación.

Nabucodonosor no era un rey cualquiera: era el rey del imperio más poderoso de su época, que podía hacer lo que quisiera durante toda su vida. Era un tirano —en sus guerras había dado las órdenes que terminaron en la muerte de decenas de miles de personas—; para eso, hace falta una conciencia cauterizada. Y era un hombre en rebeldía total contra Dios: Dios le había dado un mensaje, y él había decidido rechazarlo, haciendo activamente lo contrario. Lo que estamos leyendo tiene forma de epístola —como las que Pablo les escribía a las iglesias—, un decreto que el emperador de prácticamente todo lo conocido envía a todo su imperio.

Y observa: «cuán poderosas Sus maravillas, Su reino es un reino eterno». No es la primera vez que Nabucodonosor dice algo así sobre Dios —en Daniel 2:47 lo llama revelador de misterios, en Daniel 3:28 dice que es un Dios que libra—. ¿Será que esta vez es diferente? El meollo del asunto es este: podrás ser el rey más poderoso, pero no eres más que un hombre, tú vas a morir y tu reino va a tener fin, y el único reino que va a permanecer es el de Dios. Ese mismo mensaje sigue resonando hoy: tú y yo tenemos pequeños reinitos personales de los que no queremos entregar el control —la casa, el dinero, ese ánimo pecaminoso, esas cosas que guardamos en secreto—.

¿Cuántas veces en esta iglesia has escuchado que Dios es rey, que es soberano, que tiene control sobre todo? Decenas de veces, seguramente. ¿Pero de verdad lo creemos? Cuando las cosas no salen como quieres en casa, cuando el depósito de tu trabajo no es lo que esperabas, cuando tu cuerpo no responde como debería, ¿cómo respondes? Creer que Dios es soberano no puede ser solo una idea religiosa para los domingos en la mañana. Ya sabemos que al final Nabucodonosor va a reconocer con todo el corazón que solo hay un rey; lo que vamos a ver es qué tuvo que pasar para llegar ahí.

4 Yo, Nabucodonosor, estaba tranquilo en mi casa y próspero en mi palacio. 5 Tuve un sueño que me hizo temblar; y estas fantasías, estando en mi cama, y las visiones de mi mente me aterraron. 6 Por lo cual di órdenes que trajeran ante mí a todos los sabios de Babilonia para que me dieran a conocer la interpretación del sueño. 7 Entonces vinieron los magos, los encantadores, los caldeos y los adivinos y les conté el sueño. Pero no pudieron darme su interpretación.

Esto es casi calcado de Daniel 2: el rey disfrutando de su poder, un sueño que lo aterra, los sabios que no pueden interpretarlo. Ya habían pasado décadas desde entonces. Dios ya le había hablado a Nabucodonosor, y él no había entendido; y le vuelve a hablar. Dios no habla una sola vez, ni dos, probablemente nos habla cientos de veces en la vida, con una paciencia inmensa —nosotros tenemos un límite, Dios sigue buscando—. Y hay otra pregunta: si Nabucodonosor ya sabía que los sabios no podían ayudarle, ¿por qué los vuelve a llamar, en vez de llamar directamente a Daniel? Porque tendemos a buscar consejo en los lugares donde nos van a decir lo que queremos escuchar. Nabucodonosor sabía que Daniel le iba a salir otra vez con lo mismo, que solo hay un rey eterno y no es él, y ya no lo quería escuchar. Pero esos sabios no pueden.

Daniel 4:8-9

8 Pero al fin vino ante mí Daniel, cuyo nombre es Beltsasar, como el nombre de mi dios, en quien está el espíritu de los dioses santos, y yo le conté mi sueño: 9 «Oh Beltsasar, jefe de los magos, ya que sé que en ti está el espíritu de los dioses santos y que ningún misterio te confunde, declárame las visiones del sueño que he visto, y su interpretación.

Daniel significa «Dios es mi juez» —muy incómodo para alguien que cree que tiene todo el control y no le rinde cuentas a nadie—; por eso le pusieron Beltsasar, «que Bel proteja su vida». Un cambio sutil, pero drástico.

Daniel 4:10-12

10 «Y las visiones de mi mente, que vi estando en mi cama, fueron así: Vi un árbol en medio de la tierra, cuya altura era muy grande. 11 El árbol creció y se hizo fuerte, su copa llegaba hasta el cielo, y era visible desde los confines de la tierra. 12 Su follaje era hermoso y su fruto abundante, y en él había alimento para todos. Debajo de él hallaban sombra las bestias del campo, las aves del cielo hacían morada en sus ramas, y de él se alimentaban todos los seres vivientes.

Daniel 4:13-16

13 «En las visiones de mi mente que vi estando en mi cama, había un vigilante, un santo que descendió del cielo. 14 Clamando fuertemente, dijo así: “Derriben el árbol, corten sus ramas, arranquen su follaje, desparramen su fruto. Huyan las bestias que están debajo de él, y las aves de sus ramas. 15 Pero dejen en tierra el tocón con sus raíces, con ataduras de hierro y bronce entre la hierba del campo; que se empape con el rocío del cielo, y comparta con las bestias la hierba de la tierra. 16 Sea cambiado su corazón de hombre, y séale dado un corazón de bestia, y pasen sobre él siete años.

Daniel 4:17

17 “Esta sentencia es por decreto de los vigilantes, y la orden es por decisión de los santos, con el fin de que sepan los vivientes que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres, y se lo da a quien le place, y pone sobre él al más humilde de los hombres”.

Creo que el versículo 17 es central. El mensaje es muy claro: solo hay un Dios, Él es el único que domina —no hacía falta traer a los magos para eso, simplemente no le cabía en la mente—. A veces peleamos por los detalles de la escatología precisamente porque es más fácil que enfrentar el mensaje central: es como cuando mi esposa me dice «tenemos que hablar» en ese tono serio, y yo la invito a un helado, porque no queremos escuchar. Su alma estaba turbada, y quería que alguien le dijera no lo que significaba, sino lo que él quería oír.

Daniel 4:18

18 Este es el sueño que yo, el rey Nabucodonosor, he tenido. Y tú, Beltsasar, dime su interpretación, ya que ninguno de los sabios de mi reino ha podido darme a conocer su interpretación. Pero tú puedes, porque el espíritu de los dioses santos está en ti”.

Daniel 4:19-22

19 Entonces Daniel, a quien llamaban Beltsasar, se quedó atónito por un momento, y le turbaron sus pensamientos. El rey le dijo: «Beltsasar, no dejes que el sueño ni su interpretación te turben». «Señor mío», respondió Beltsasar. «Sea el sueño para los que lo odian a usted, y su interpretación para sus adversarios. 20 El árbol que vio, que se hizo fuerte y corpulento, cuya copa llegaba hasta el cielo y que era visible en toda la tierra, 21 y cuyo follaje era hermoso y su fruto abundante, y en el que había alimento para todos, debajo del cual moraban las bestias del campo y en cuyas ramas anidaban las aves del cielo, 22 es usted, oh rey, que se ha hecho grande y fuerte, su grandeza ha crecido y ha llegado hasta el cielo, y su dominio hasta los confines de la tierra.

No puedo evitar imaginarme al rey sacando pecho mientras Daniel decía esto, porque es exactamente lo que quería oír —como esas personas a quienes les dices «qué bonito cantaste» y responden «sí, es que ensayo cuatro horas al día»—. A diferencia de Daniel 2, aquí no se le recuerda que todo se lo dio Dios; se reconoce que él lo logró. Eso apeló directamente a su orgullo.

Daniel 4:23-26

23 «En cuanto al vigilante, al santo que el rey vio, que descendía del cielo y decía: “Derriben el árbol y destrúyanlo, pero dejen el tocón con sus raíces en la tierra, con ataduras de hierro y bronce en la hierba del campo, y que se empape con el rocío del cielo, y que comparta con las bestias del campo, hasta que pasen sobre él siete años”, 24 esta es la interpretación, oh rey, y este es el decreto del Altísimo que ha venido sobre mi señor el rey: 25 Será usted echado de entre los hombres, y su morada estará con las bestias del campo, y le darán hierba para comer como al ganado, y será empapado con el rocío del cielo. Y siete años pasarán sobre usted, hasta que reconozca que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres y que lo da a quien le place. 26 Y en cuanto a la orden de dejar el tocón con las raíces del árbol, su reino le será afirmado después que usted reconozca que es el Cielo el que gobierna.

Nadie puede hacer un decreto excepto un rey —yo me puedo parar frente a mi batería descargada y «decretar» que se cargue, y no va a pasar nada, porque no soy rey de nada—. Aquí, el decreto es «por decreto del Altísimo»: hay un rey por encima de Nabucodonosor. Y la sentencia era terrible: iba a perder la razón, a vivir como un animal, durante siete años. ¿Cómo crees que respondió el rey? No hay fanfarrias, no hay premio para Daniel; probablemente pensó «gracias, Daniel, pero no creo que tengas razón».

El versículo 25 tiene la frase central: «hasta que reconozca que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres». Reconocer no es una aceptación pasajera, es un conocimiento profundo e íntimo —una cosa es saber que Dios es soberano, y otra muy distinta creerlo cuando vienen las dificultades—. Y esa palabra, «domina», no es políticamente correcta: significa que otro impone su voluntad sobre mí, y eso no le gustaba a Nabucodonosor, ni le gusta al hombre moderno, que prefiere un dios como Santa Claus, esperando su cartita. El Dios de la Biblia domina sobre el reino de los hombres —sobre la geopolítica actual, y también sobre ese trabajo que no rinde lo suficiente, esa enfermedad, esa relación rota—.

¿Por qué siete años? Porque somos necios y no entendemos a la primera. Podemos haber escuchado decenas de veces que Dios es soberano y seguir sin creerlo de todo corazón, porque hay áreas que no hemos entregado al Rey: esa relación que no honra a Dios, ese resentimiento que sigues atesorando. Dios se toma su tiempo —a veces siete años, a veces más—, pero si eres Su hijo, no te va a dejar donde estás. Este no es solo un mensaje para reyes antiguos: hay un solo Rey que gobierna la historia, y Su propósito soberano es que toda rodilla doble ante Él.

Daniel 4:26-28

Por tanto, oh rey, que mi consejo le sea grato: ponga fin a sus pecados haciendo justicia, y a sus iniquidades mostrando misericordia a los pobres. Quizás sea prolongada su prosperidad». Todo esto le sucedió al rey Nabucodonosor.

No sabemos qué ocurrió después de este consejo. No hubo fanfarrias ni premio para Daniel; ahí quedó.

II. El orgullo quebrantado

Daniel 4:29-30

29 Doce meses después, paseándose por la azotea del palacio real de Babilonia, 30 el rey reflexionó, y dijo: «¿No es esta la gran Babilonia que yo he edificado como residencia real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?».

Pasa un año y al rey se le olvidó el mensaje, como a nosotros. La paciencia de Dios le dio un año entero para ver si entendía. Pero el hombre ignora las advertencias hasta que Dios mismo interviene.

Daniel 4:31-33

31 Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando una voz vino del cielo: «Rey Nabucodonosor, a ti se te declara: El reino te ha sido quitado, 32 y serás echado de entre los hombres, y tu morada estará con las bestias del campo. Te darán hierba para comer como al ganado, y siete años pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres, y que lo da a quien le place». 33 En aquel mismo instante se cumplió la palabra acerca de Nabucodonosor: fue echado de entre los hombres, comía hierba como el ganado y su cuerpo se empapó con el rocío del cielo hasta que sus cabellos crecieron como las plumas de las águilas y sus uñas como las de las aves.

Dios siempre cumple Su palabra. Hay un texto en Filipenses 2:10 que anticipa que toda rodilla se doblará ante Cristo, y eso se va a cumplir: tus rodillas y las mías se doblarán delante de Él, si no es hoy, cuando vuelva. Dios nos está hablando cada día a través de Su Palabra; algún día estarás delante de Él y tendrás que doblar tus rodillas. No abuses de Su paciencia.

III. La gracia que restaura

Daniel 4:34-35

34 «Pero al fin de los días, yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo, y recobré mi razón, y bendije al Altísimo y alabé y glorifiqué al que vive para siempre. Porque Su dominio es un dominio eterno, y Su reino permanece de generación en generación. 35 Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, mas Él actúa conforme a Su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra. Nadie puede detener Su mano, ni decirle: “¿Qué has hecho?“.

Así vivimos todos cuando estamos lejos de Cristo: como Pablo describe al hombre natural, guiado solo por sus instintos, viviendo para satisfacerse a sí mismo. Así vivió Nabucodonosor esos siete años.

Daniel 4:36-37

36 «En ese momento recobré mi razón. Y mi majestad y mi esplendor me fueron devueltos para gloria de mi reino, y mis consejeros y mis nobles vinieron a buscarme. Y fui restablecido en mi reino, y mayor grandeza me fue añadida. 37 Ahora yo, Nabucodonosor, alabo, ensalzo y glorifico al Rey del cielo, porque Sus obras son todas verdaderas y justos Sus caminos. Él puede humillar a los que caminan con soberbia».

Santiago 4:6

Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes.

La restauración de Dios no empieza cuando las cosas mejoran, empieza en el momento en que el corazón se quiebra y reconoce que hay un solo Dios. El mismo Dios que quebrantó a Nabucodonosor y lo restauró quiere restaurarte a ti.

Conclusión

Esta historia sigue un patrón: orgullo, quebrantamiento, salvación. Pero hay una pregunta que Daniel 4 no puede responder por sí solo: ¿qué tenía de especial Nabucodonosor para que Dios se empeñara tanto en salvarlo? La necedad de Nabucodonosor no es la excepción, es la regla: todos tenemos un pequeño Nabucodonosor dentro, que cuando la Palabra nos confronta, dice «eso no aplica en mi casa», «mis circunstancias son extraordinarias». Cada ser humano nace resistiéndose a reconocer que hay alguien más grande que él.

Romanos 8:7

La mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo,

Muchas veces creemos venir a Cristo pensando que podemos ser creyentes sin que Él gobierne totalmente sobre nuestra vida. Ahí está la resistencia cuando se predica que la esposa se sujete a su marido, o cuando alguien justifica salir con una persona no creyente «para predicarle»; o en el tema de las ofrendas —«Señor, ¿verdad que con el 2% ya cumplí?»—, que revela un corazón endurecido.

Filipenses 2:6-8

6 El cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, 7 sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. 8 Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Nosotros somos obligados a humillarnos; Cristo se humilló voluntariamente. Mientras Nabucodonosor decía «¿no es esta la gran Babilonia que yo edifiqué?», Cristo dijo: «no se haga como yo quiero, sino como tú quieres».

Aplicaciones

Asegúrate de que te has rendido al Rey. Es fácil decir con la cabeza que crees en un Dios soberano, y seguir viviendo en la práctica de manera independiente de Él. Nabucodonosor sabía que Dios era poderoso, que revelaba misterios, que protegía —pero saber no es lo mismo que creer—. ¿Cuándo fue la última vez que realmente le rendiste a Dios el control de tu matrimonio, tus finanzas, tus hijos? No esperes a que el decreto se ejecute: tarde o temprano te rendirás ante el Rey, te guste o no; no esperes a que Él te obligue a arrodillarte.

En medio de tanto caos político y violencia, Dios tiene el control. Confía en que los problemas de tu vida diaria —una noticia que no querías escuchar, una inflación, lo que sea— están orquestados por Él. El mismo Rey que gobierna la historia gobierna también tu propia historia.

Daniel 4 termina de una manera preciosa: este rey escribe una carta no para hablar de su grandeza, sino para contar la historia de su propia humillación y de la gloria de Dios. Nabucodonosor aprendió lo que tú y yo necesitamos aprender: que no somos el centro de la historia, que solo hay un Rey que gobierna, que quebranta al orgulloso y levanta al humilde, y que Su propósito no puede ser detenido. Tú y yo tenemos hoy la misma decisión que tuvo Nabucodonosor: podemos esperar a que el Señor nos quebrante, o podemos rendirnos ante Él hoy. Lo que Él anhela no es que tu vida mejore o que tengas todo resuelto, sino que te rindas ante Él y reconozcas que solo Él es el soberano.

Cierra tus ojos y vamos ahora…