Introducción
Señor, soy un hombre débil y quiero confiar en tu Palabra poderosa, que es más cortante que toda espada de dos filos. Me pongo en las manos de tu Espíritu, confesando mi incapacidad, y te ruego que sea tu precioso Espíritu el que aplique la Palabra a mi vida y a la vida de tu pueblo reunido en este lugar. En el nombre de Jesús, amén.
Estamos prácticamente a la mitad del libro de Daniel, y de nuestra serie. Esta semana han pasado muchas cosas en la política internacional —la situación en Oriente Medio es cada vez más caótica—, y tenemos delante de nosotros dos naciones enfrentadas, con el presidente de Estados Unidos hablando con una soberbia evidente de las armas más poderosas que el mundo haya visto. Lo que vemos hoy no es nada nuevo —Irak, Afganistán, Vietnam—; conflictos armados a lo largo de toda la historia. Hoy vamos a ser testigos en Daniel 5, desde adentro, de la caída de uno de los imperios más grandes de la historia, pero la historia que nos narra Daniel no tiene que ver con los ejércitos ni con las estrategias militares, sino con lo que Dios estaba haciendo en el corazón de los seres humanos.
Este sermón se titula Aquella misma noche, porque esa misma noche fue cuando Dios ejecutó el juicio, y lo vamos a ver en cuatro puntos: un reto insensato, la respuesta de Dios, el veredicto de Dios, y la inminencia del juicio.
Recordemos el contexto: Nabucodonosor consolidó el imperio neobabilónico, el más poderoso de su época, destruyó a Egipto y conquistó a Judá. En Daniel 2, Dios le reveló que solo existe un Rey soberano y que todos los reinos, incluyendo el suyo, iban a caer. En Daniel 3 vimos que se resistió a esa idea. Y la semana pasada, en Daniel 4, fue la gota que derramó el vaso: Dios le manda una advertencia, él se resiste, y termina recibiendo el juicio, humillado, viviendo siete años en la locura más extrema hasta que se humilló delante de Dios y fue restaurado.
El capítulo 5 ocurre al menos treinta años después de la muerte de Nabucodonosor. En ese periodo hubo cinco reyes en Babilonia —hasta un niño de meses fue ejecutado en el trono—. Finalmente llega al poder Nabonido, yerno de Nabucodonosor, quien no aparece en la Biblia —esto viene de fuentes históricas—: era devoto de la diosa de la luna, y dejó como regente a su hijo Belsasar, nieto de Nabucodonosor, mientras él se retiraba a una ciudad 600 kilómetros al sur. Cuando el texto llama a Belsasar «hijo» de Nabucodonosor, hay que recordar que en la cosmovisión judía «hijo» significa descendiente.
I. Un reto insensato y orgulloso
Daniel 5:1
1 Belsasar, rey de Babilonia ofreció un gran banquete a mil de sus nobles, y en presencia de los mil se puso a beber vino.
El Espíritu Santo quiere que veamos la grandeza de la fiesta: mil invitados, la élite, la crema y nata. Y mientras el rey celebraba, sabía perfectamente que el ejército de los medos y los persas había rodeado la ciudad. Pero Belsasar pensaba que Babilonia era inconquistable —murallas impenetrables, y el río Éufrates desviado de tal manera que era imposible que un ejército cruzara con sus armas—. En el peor de los momentos, con el enemigo en la puerta, lo que este hombre decía era: ustedes no me pueden hacer nada, yo tengo el control.
Daniel 5:2
2 Mientras saboreaba el vino, Belsasar ordenó traer los vasos de oro y plata que Nabucodonosor su padre había sacado del templo que estaba en Jerusalén, para que bebieran en ellos el rey y sus nobles, sus mujeres y sus concubinas.
«Mientras saboreaba el vino» —con un ejército enemigo literalmente en sus murallas, lo único que le importaba era disfrutar la vida—. Nosotros somos parecidos: la sociedad del siglo XXI tiene acceso a más entretenimiento que ninguna otra —el celular no lo usamos solo para comunicarnos, es una fuente de entretenimiento casi ilimitada—, y el mundo sigue inventando más sustancias para alegrar la vida. Y sin embargo, delante de nosotros, a la puerta, está la muerte. Tendemos a vivir como si fuéramos a vivir para siempre.
El rey mandó traer esos vasos sabiendo exactamente lo que le había pasado a su abuelo por rebelarse contra Dios —pero no le importó—. Fue un acto de rebeldía consciente: quería demostrarles a sus mil invitados que no le tenía miedo ni a los medos y persas, ni a «ese diosecillo» del que hablaba su abuelo.
Daniel 5:3
3 Entonces trajeron los vasos de oro que habían sido sacados del templo, la casa de Dios que estaba en Jerusalén, y el rey y sus nobles, sus mujeres y sus concubinas bebieron en ellos.
Estos vasos se usaban en los sacrificios sagrados del templo. No los mandó traer por lujo, sino para señalar: ese Dios no me hace nada, miren cómo me río en su cara.
Daniel 5:4
4 Bebieron vino y alabaron a los dioses de oro y plata, de bronce, hierro, madera y piedra.
El texto no da el nombre de los dioses babilónicos, porque no importa: pueden verse impresionantes, pero están muertos. Es como levantar el puño y decir: a ver, Dios, ¿dónde estás? En su momento de valentía insensata, el hombre puede pensar que puede desafiar a Dios sin consecuencias. Hoy en día es igual: en redes sociales cualquiera puede publicar una burla contra Dios y recibir cientos de «me gusta» —Belsasar también recibió muchos aplausos esa noche—. Nuestra cultura reta a Dios todos los días, celebrando lo que Su Palabra llama abominación.
II. La respuesta de Dios
Daniel 5:5
5 De pronto aparecieron los dedos de una mano humana y comenzaron a escribir frente al candelabro sobre lo encalado de la pared del palacio del rey, y el rey vio el dorso de la mano que escribía.
Frente al candelabro, en el lugar más iluminado del salón: Dios quería que Su mensaje fuera evidente para todos. No es un brazo, no hay un cuerpo, solo una mano —hubiera resultado quizás menos aterrador un ángel—.
Daniel 5:6
6 Entonces el rostro del rey palideció, y sus pensamientos lo turbaron, las coyunturas de sus caderas se le relajaron y sus rodillas comenzaron a chocar una contra otra.
El texto es implacable con los detalles físicos: el rey pierde literalmente el control de su cuerpo. El mismo hombre que hace unos segundos levantaba el puño desafiando a Dios queda humillado delante de sus mil invitados, los mismos testigos de su desafío. No podían leer las palabras, pero no había que ser muy inteligente para saber que Dios estaba respondiendo. Cuando alguien se levanta contra Dios, activa o pasivamente, tarde o temprano Dios va a responder; eso es inevitable.
Daniel 5:7
7 El rey gritó fuertemente que trajeran a los encantadores, a los caldeos y a los adivinos. El rey habló, y dijo a los sabios de Babilonia: «Cualquiera que pueda leer esta inscripción y declararme su interpretación, será vestido de púrpura, llevará un collar de oro al cuello y tendrá autoridad como tercero en el reino».
Daniel 5:8
8 Entonces entraron todos los sabios del rey, pero no pudieron leer la inscripción ni dar a conocer al rey su interpretación.
No es que fueran letras misteriosas o símbolos alienígenas: el arameo, como el hebreo, solo tiene consonantes, sin vocales ni espacios entre palabras. Podían ver las letras, pero no leerlas —era como si en la pared apareciera «PRD»: ¿para dar? ¿perder? ¿poder? ¿padre? La misma secuencia admite significados completamente distintos, y sin la clave, el mensaje quedaba sellado.
Daniel 5:9
9 Y el rey Belsasar se turbó en gran manera, su rostro palideció aún más. También sus nobles quedaron perplejos.
La sabiduría del mundo también es limitada: la medicina, la filosofía, la ciencia, la psicología, tarde o temprano van a fallar. El dinero de Belsasar tampoco pudo comprar una respuesta para la eternidad.
Daniel 5:10-12
10 La reina, al enterarse de las palabras del rey y de sus nobles, entró en la sala del banquete y tomando la palabra, dijo: «¡Oh rey, viva para siempre! No le turben sus pensamientos ni se mude su semblante. 11 Hay un hombre en su reino en quien está el espíritu de los dioses santos. Y en los días de su padre se halló en él luz, inteligencia y sabiduría como la sabiduría de los dioses. Y su padre, el rey Nabucodonosor, lo nombró jefe de los magos, encantadores, caldeos y adivinos, 12 debido a que se halló un espíritu extraordinario, conocimiento e inteligencia, interpretación de sueños, explicación de enigmas y solución de problemas difíciles en este hombre, Daniel, a quien el rey llamaba Beltsasar. Que llamen ahora a Daniel, y él declarará la interpretación».
Esta «reina» no es esposa del rey —las esposas ya estaban en la fiesta—, es probablemente la reina madre, quizás hija de Nabucodonosor. Han pasado al menos treinta años desde la muerte de Nabucodonosor; Daniel ya no es joven, probablemente tiene más de ochenta años, quizás jubilado, quizás olvidado. Pero Dios siempre tiene un mensajero listo. Piensa en tu propia vida, en esos momentos en que has querido rebelarte contra Dios: ¿acaso no puso Él un mensajero ahí, un compañero de trabajo, un amigo, un versículo que te salió en redes sociales? Dios siempre está hablando a Sus criaturas.
III. El veredicto de Dios
Ponte en el lugar del rey: sabe que acaba de retar a Dios, sabe que Dios respondió. ¿Mandaría a traer a Daniel?
Daniel 5:13
13 Entonces Daniel fue traído ante el rey. El rey preguntó a Daniel: «¿Eres tú aquel Daniel de los deportados de Judá, que el rey mi padre trajo de Judá?»
La reina madre acababa de decir que Daniel era un hombre iluminado por los dioses, pero Belsasar no lo reconoce así: lo primero que dice es «tú eres de los esclavos». Juan Calvino observa que el rey interroga a Daniel como si fuera un prisionero de guerra —el orgullo no lo abandona ni en el momento de mayor terror—.
Daniel 5:14-16
14 He oído de ti que el espíritu de los dioses está en ti, y que luz, inteligencia y extraordinaria sabiduría se hallan en ti. 15 Ahora mismo los sabios y encantadores fueron traídos delante de mí para que leyeran esta inscripción y me dieran a conocer su interpretación, pero no pudieron declarar la interpretación del escrito. 16 Pero yo he oído decir de ti que puedes dar interpretaciones y resolver problemas difíciles. Ahora, si puedes leer la inscripción y darme a conocer su interpretación, serás vestido de púrpura y llevarás un collar de oro al cuello, y tendrás autoridad como tercero en el reino».
«He oído», dos veces —no «sé», no «creo»—, y un «si puedes» que delata su escepticismo. Es el retrato del orgullo que pide ayuda sin querer humillarse: hay gente que busca a Dios solo cuando no le queda de otra, y aun entonces pide a medias —«Jesús es mi amigo, Jesús es mi cuate, pero no es mi Señor»—.
Daniel 5:17
17 Entonces Daniel respondió delante del rey: «Sean para ti tus regalos y da tus recompensas a otro. Yo leeré, sin embargo, la inscripción al rey y le daré a conocer su interpretación.»
Daniel está molesto, y no por cómo lo trataron a él: se indigna porque acaba de presenciar cómo ofendieron a Dios.
Daniel 5:18-19
18 Oh rey, el Dios Altísimo concedió a tu padre Nabucodonosor soberanía, grandeza, gloria y majestad. 19 Y a causa de la grandeza que Él le concedió, todos los pueblos, naciones y lenguas temían y temblaban delante de él. A quien quería, mataba, y a quien quería, dejaba con vida; exaltaba a quien quería, y a quien quería humillaba.
Daniel 5:20-21
20 Pero cuando su corazón se enalteció y su espíritu se endureció en su arrogancia, fue depuesto de su trono real y su gloria le fue quitada. 21 Fue echado de entre los hombres, su corazón se hizo semejante al de las bestias y con los asnos monteses tuvo su morada. Se le dio a comer hierba como al ganado y su cuerpo se empapó con el rocío del cielo, hasta que reconoció que el Dios Altísimo domina sobre el reino de los hombres y que pone sobre él a quien le place.
Daniel le recuerda algo que el rey no había olvidado, sino que quería ignorar. El juicio que viene es consecuencia de ignorar el mismo viejo mensaje —sin duda su madre le había contado esta historia—.
Daniel 5:22
22 Pero usted, su hijo Belsasar, no ha humillado su corazón aunque sabía todo esto.
Este es quizás el versículo más importante del capítulo. Belsasar no es condenado por ignorante, es condenado porque, sabiendo, decidió ignorar el mensaje de Dios.
Daniel 5:23
23 Sino que se ha ensalzado usted contra el Señor del cielo. Y han traído delante de usted los vasos de Su templo, y usted y sus nobles, sus mujeres y sus concubinas, han estado bebiendo vino en ellos y han alabado a los dioses de plata y oro, de bronce, hierro, madera y piedra, que ni ven, ni oyen, ni entienden. Pero al Dios que tiene en Su mano su propio aliento y es dueño de todos sus caminos, no ha glorificado.
No solo lo ignoró: lo ofendió, y adoró a otros dioses. Y Dios, que con un chasquido de dedos podía haberlo aniquilado, fue paciente. Conocimiento sin humillación genera condenación. La Biblia dice que ningún ser humano es ignorante: Romanos 1 enseña que la creación misma declara la gloria de Dios, y nadie tiene excusa.
Daniel 5:24-25
24 Por lo cual Él envió de Su presencia la mano que trazó esta inscripción. 25 Esta es la inscripción que fue trazada: Mene, Mene, Tekel, Ufarsin.
Tres palabras que son medidas de peso: mene, una mina, 500 gramos; tekel, un siclo, 10 gramos; ufarsin, media mina, 250 gramos. En español sería algo así como «libra, onza, media libra». Pero Daniel las interpreta como verbos: contó, pesó, dividió.
Daniel 5:26
26 Mene: Dios ha contado su reino y le ha puesto fin.
Todavía decimos «tus días están contados». Nosotros también tenemos fecha de caducidad, aunque no la conozcamos —pero Dios sí la sabe—.
Daniel 5:27
27 Tekel: ha sido pesado en la balanza y hallado falto de peso.
Dios lo pesó y le dijo: estás reprobado, no cumples la justicia que yo pido.
Daniel 5:28
28 Peres: su reino ha sido dividido y entregado a los medos y persas.
El destino está sellado. Todo aquel que se levanta contra Dios, o vive como si Él no existiera, tarde o temprano recibirá lo que merece.
IV. La llegada del juicio
Daniel 5:29
29 Entonces Belsasar ordenó que vistieran a Daniel de púrpura y le pusieran un collar de oro al cuello, y que proclamaran acerca de él, que él tenía ahora autoridad como tercero en el reino.
El rey acaba de escuchar su sentencia de muerte, y aun así cumple su promesa.
Daniel 5:30
30 Aquella misma noche fue asesinado Belsasar, rey de los caldeos.
«Rey de los caldeos» —hasta ese momento había sido simplemente «el rey»; ahora, rey de un reino que ya es historia—. ¿Te has puesto a pensar en cómo será el día después de tu propio sepelio? Ese día llegará, tarde o temprano, y el verdadero problema no es ese, sino que tú y yo también seremos pesados delante de Dios.
Según relata el historiador Flavio Josefo —esto no está en el texto bíblico—, mientras el rey festejaba, el ejército subió río arriba, desvió el cauce del Éufrates, y con el río seco los soldados entraron bajo las murallas, saltaron al palacio y asesinaron al rey. «Belsasar» significa «Bel proteja al rey» —Bel es el arameo de Baal—, y ese dios falso no pudo proteger a su rey.
Daniel 5:31
31 Y Darío el Medo recibió el reino cuando tenía sesenta y dos años.
Los historiadores creen que «Darío el Medo» es un título, no un nombre, para el rey conocido como Ciro el Grande. Así termina el orgullo de Belsasar, y así termina todo orgullo. Recuerda lo que leímos la semana pasada:
Daniel 4:37
Yo, Nabucodonosor, alabo, ensalzo y glorifico al Rey del cielo, porque Sus obras son todas verdaderas y justos Sus caminos. Él puede humillar a los que caminan con soberbia.
Nabucodonosor llegó a esa conclusión después de siete años de humillación. Belsasar nunca llegó. Uno reconoció y se humilló; el otro murió sin reconocerlo. Dios tiene control sobre toda la historia, y también sobre tu vida y la mía.
Conclusión
Vimos cuatro puntos: la insensatez que reta al Todopoderoso, la respuesta de Dios, el veredicto de Dios, y la ejecución del juicio. Terminemos reflexionando en esas tres palabras: mene, tekel, peres —contar, pesar, dividir—. Tarde o temprano todos vamos a enfrentar nuestro propio tekel, el peso en la balanza.
Romanos 3:23
Todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios.
El día en que nos enfrentemos al juicio de Dios, ninguno de nosotros cumplirá lo que Él pidió; todos seremos hallados faltos. La balanza de Dios no tiene intermedios. Pero hay una diferencia tremenda: Belsasar enfrentó su tekel solo, y nosotros, si estamos en Cristo, no. Cristo es el único ser humano en toda la historia que puede pararse sobre esa balanza y salir aprobado. En la cruz Él cargó lo que a mí me correspondía: fue contado entre los transgresores, el peso de nuestro pecado cayó sobre Él, fue dividido de la presencia del Padre para que nosotros podamos tener vida.
La diferencia entre Nabucodonosor y Belsasar no fue inteligencia ni logros: fue que uno se humilló delante de Dios, y el otro no. El evangelio nos hace la misma invitación, y esa invitación no es «ven a la iglesia» —puedes venir cada domingo y seguir con el puño levantado por dentro—, es: reconoce que Cristo es el Rey, y que ese Rey murió por ti en la cruz.
Aplicaciones
Si hoy vives como si Dios no existiera, a lo mejor te identificas con Belsasar: sabes que tus días llegarán a su fin, pero lo que te importa es vivir la fiesta. Dios es paciente, pero no abuses de Su paciencia, porque esa noche llegará. Reconoce hoy que el Dios Altísimo domina sobre todo; humíllate ante el Rey y recibe de Cristo el perdón.
Puede ser que sepas mucho de Belsasar y aun así no te hayas humillado —que lleves años escuchando la Palabra, que conozcas la sana doctrina, que hasta sirvas en esta iglesia—: recuerda que el conocimiento sin humillación produce condenación. El versículo 22 no es solo para reyes paganos, es para quien se ha reunido en iglesias sin rendirse de corazón ante el Rey.
Y si estás listo para doblar tus rodillas delante de Él, estás exactamente donde Dios quiere que estés. No salgas de aquí sin acercarte y decirle: Señor, sé que si me pesas seré hallado falto, por eso recurro a Cristo, creo que Él murió por mí, y reconozco que solo Él es el Rey.
Cierra tus ojos y vamos ahora. Señor, nos presentamos delante de ti. Todos nosotros somos personas faltas; ninguno puede satisfacer lo que tú nos pides, nuestra justicia siempre será incompleta, y en todos nosotros hay una tendencia a seguir levantando el puño, a querer permanecer en el trono. Te ruego que la historia de Belsasar nos recuerde que solo hay un Rey, y que tarde o temprano todos enfrentaremos el juicio, que para todos llegará una noche en la que tendremos que estar delante de ti. Danos arrepentimiento y temor, para que podamos creer que solo Cristo satisfizo la balanza por tu pueblo. Te lo ruego en el nombre de Jesús.