Introducción
Nota: la grabación empieza a mitad de la lectura del pasaje —falta la oración inicial y la lectura del versículo 10—. Retoma justo en el versículo 11.
10 También me dijo: «No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca. 11 Que el injusto siga haciendo injusticias, que el impuro siga siendo impuro, que el justo siga practicando la justicia, y que el que es santo siga guardándose santo». 12 «Por tanto, Yo vengo pronto, y Mi recompensa está conmigo para recompensar a cada uno según sea su obra. 13 Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin». 14 Bienaventurados los que lavan sus vestiduras para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas a la ciudad. 15 Afuera están los perros, los hechiceros, los inmorales, los asesinos, los idólatras, y todo el que ama y practica la mentira. 16 «Yo, Jesús, he enviado a Mi ángel a fin de darles a ustedes testimonio de estas cosas para las iglesias. Yo soy la raíz y la descendencia de David, el lucero resplandeciente de la mañana». 17 El Espíritu y la esposa dicen: «Ven». Y el que oye, diga: «Ven». Y el que tiene sed, venga; y el que desee, que tome gratuitamente del agua de la vida. 18 Yo testifico a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: si alguien añade a ellas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. 19 Y si alguien quita de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa descritos en este libro. 20 El que testifica de estas cosas dice: «Sí, vengo pronto». Amén. Ven, Señor Jesús. 21 La gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.
Hoy terminamos Apocalipsis con este pasaje. Déjenme contarles una noticia que muchos de ustedes ya vieron: la Starliner, una nave espacial desarrollada por Boeing —diez años de construcción—, tenía previsto su lanzamiento desde Cabo Cañaveral el 6 de mayo, pero se canceló al descubrirse una fuga de helio en un empaque de goma. Un mes después, el 5 de junio a las 10:52 a.m., despegó con dos astronautas increíblemente condecorados —Butch Wilmore, ingeniero eléctrico, y Suni Williams, física matemática—, cuya misión era llegar a la Estación Espacial Internacional, probar la nave, y volver en cuatro días.
Al maniobrar para acoplarse a una estación que viaja a 28,000 km/h, cinco de sus veintiocho propulsores fallaron. Tardaron 24 horas en lograr lo que debía tomar tres. Y cuando la NASA revisó la nave en la que habían llegado, les dijo que no servía para el regreso: se tendrían que esperar hasta febrero de 2025. Un viaje de cuatro días se convirtió en uno de casi nueve meses, con todos los riesgos de salud que implica —atrofia muscular, debilitamiento óseo, sistema inmunológico debilitado—. Imagínense la desesperación de estar varados así, sin saber cuándo llegará el rescate.
Eso es lo que somos nosotros, la Iglesia de Cristo: estamos varados, esperando nuestro rescate, en un lugar hostil que se opone al evangelio, que se opone a la vida. Y lo que este pasaje nos hace ver es que necesitamos recordar todos los días que Cristo vuelve pronto, y que cuando vuelva, volverá con recompensa o con juicio, para que esa verdad nos impulse a esforzarnos en Su gracia cada día. Por eso este mensaje se titula, sencillamente, con una frase del propio pasaje: Ven, Señor Jesús. Vamos a verlo en tres puntos: la inminencia de la venida de Jesús (vv. 10-17), la Palabra y la venida del Señor (vv. 18-20), y la gracia y la venida del Señor (v. 21).
I. La inminencia de la venida de Jesús
A. El anuncio (v. 10)
Inminente es algo que puede pasar en cualquier momento —como cuando salimos y vemos que allá viene la lluvia, y si vamos a pie, corremos—. Algo inminente ya lo tenemos encima. Y el versículo 10 anuncia que la venida de Cristo es así, inminente.
Recuerden dónde estaba Juan cuando el ángel le dice esto: no en un hotel de cinco estrellas, sino como prisionero, un anciano en una isla abandonada en medio del mar. Y allí el ángel le dice: «no selles las palabras de la profecía». Sellar es aislar —como cuando metemos un alimento en una bolsa al vacío, para que nada de dentro salga ni nada de fuera entre—. El ángel le está diciendo a Juan que este mensaje de veintiún capítulos no es para que se lo guarde, sino para que todo el mundo lo sepa.
Esto contrasta con lo que se le dijo a Daniel:
Daniel 12:4
Pero tú, Daniel, guarda en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin…
A Daniel se le mandó sellar; a Juan, lo contrario: ya llegó el momento de que todo el mundo lo sepa, «porque el tiempo está cerca». Hemos visto que Cristo venció y Dios está en el trono, pero el diablo sigue persiguiendo al pueblo de Dios; para quienes confían en Cristo y son fieles hasta la muerte, algún día vencerán.
¿Qué tan cerca? Piensen en algo que anhelan y cuyo plazo va corriendo —una oferta de tenis con cuenta regresiva, el aguinaldo que están esperando cobrar—: entre más se acerca el plazo, más lo sentimos. Alguien podría decir «no tan pronto, ya van dos mil años», pero dos mil años a la luz de la eternidad no es nada —lo mismo que dos mil pesos son una fortuna para una niña de once años, pero nada como presupuesto mensual de una familia de cinco—. Muchas de las cosas que hemos visto en Apocalipsis ya se cumplieron, al menos en parte, o se están cumpliendo; solo falta la consumación. En cualquier momento el cielo podría abrirse y el Señor descender.
Martín Lutero
Tenemos que creer, vivir, amar y trabajar como si Cristo hubiera muerto ayer, hubiera resucitado hoy, y como si fuera a venir mañana.
Pero no basta con decir que lo creemos.
B. Dos tipos de persona (v. 11)
«Que el injusto siga haciendo injusticias, que el impuro siga siendo impuro, que el justo siga practicando la justicia, y que el que es santo siga guardándose santo».
Las personas reaccionan de dos maneras ante el anuncio de que Cristo vuelve pronto: a algunos no les importa, y siguen en lo suyo —el texto casi les dice «síguele así»—. Esto contrasta con tantos llamados al arrepentimiento en la Biblia:
Isaías 55:6-7
Busquen al Señor mientras puede ser hallado, llámenlo en tanto que está cerca. Abandone el impío su camino, y el hombre malvado sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá de él compasión, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar.
Aquí, en cambio, es como si Dios dijera: «te he hablado de tantas maneras —cada amanecer, cada planta que brota, cada bebé en brazos de su madre— y no haces caso; pues sigue así». Y quiero preguntarles algo con mucho amor, sin tirar piedras a nadie: creo que los más culpables no son los incrédulos de afuera, sino quienes cada semana vienen a la iglesia, parecen cristianos, hablan como cristianos, cantan y aplauden como cristianos, escuchan predicaciones, y sin embargo su corazón sigue extraviado. No hablo de que luchemos con el pecado —todos luchamos—, sino de si en realidad has puesto tu fe en Cristo. ¿Cómo saberlo? Porque sientes el gozo del Espíritu, porque amas a Cristo aunque ese amor a veces se enfríe, porque el Señor te disciplina cuando te alejas.
La Reina Valera traduce el final del versículo de forma más precisa: «el que es santo, santifíquese todavía». Nadie de nosotros ha alcanzado la justicia ni la santidad total —no podemos pasar lista, «justo número uno, justo número dos»—, pero santificarse es una acción que se hace cada día: es como el proceso de hacer pan. Si les doy la masa cruda no les parece apetitosa, pero cuando ya está formada y fermentando, ya huele a pan, aunque todavía no esté lista. Así somos nosotros: nuestra vida no es perfecta, pero si eres un cristiano auténtico ya hay algo en ti que huele a la transformación de Cristo.
Así que hay dos tipos de personas: a unos no les importa la venida de Cristo, otros la aman y quieren obedecer Su palabra. Pero también hay dos tipos de recompensa.
Dos tipos de recompensa (vv. 12-17)
«Por tanto, Yo vengo pronto, y Mi recompensa está conmigo para recompensar a cada uno según sea su obra… 13 Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin».
Cristo vuelve a decir «vengo pronto», y agrega: «traigo mi recompensa», y va a recompensar a cada uno según sus obras. Sé que a los que somos reformados de hueso colorado esto nos puede sonar contradictorio —¿cómo, si la salvación es por gracia?—, pero no lo es: tus obras son una manifestación de tu fe. Yo sigo luchando con el egoísmo y con no hablar con tacto a mis hijas, pero me gustaría pensar que si le preguntas a mi esposa o a mis hijas si he cambiado en diez años, dirían que sí. Esa transformación es evidencia de que conozco a Cristo, como dice Santiago: «yo te mostraré mi fe con mis obras». Pero al Señor no le interesan nuestras obras como mérito nuestro, porque en Efesios dice que esas obras Él las preparó de antemano —ni siquiera son nuestras, Dios nos las dio para que las hiciéramos, pero son evidencia de que lo conocemos.
Imaginen la fila del juicio: alguien que sirvió toda su vida, con una iglesia gigantesca, que dice «Señor, en tu nombre hice milagros, en tu nombre entregué tanto dinero» —esto está en Mateo 7, donde el Señor le responde «apártate de mí»—. Y luego alguien como yo, que dice «Señor, yo no hice nada». La diferencia no está en lo que se hizo —el Señor cuenta hasta un vaso de agua dado a alguien—, sino en si se dice «yo se lo di porque tú pusiste ese amor en mí, tú me impulsaste», en vez de presumir la ofrenda o la predicación como mérito propio. Toda la gloria es para Dios. Y sí hay obras buenas entre nosotros: la generosidad cuando a un hermano le falta para la renta, cuando juntamos una despensa, cuando después de un culto un montón de hermanos se quedaron sin que nadie se los pidiera hasta terminar de colocar los lienzos. Esas obras no son nuestras, son del Señor obrando en nosotros, y por eso nadie podrá pararse a reclamar mérito en el juicio.
El versículo 13 nos asegura que esto es tan seguro como que Cristo es eterno. Y los versículos 14 y 15 explican la recompensa: una bienaventuranza —difícil de definir, tantas definiciones como estudiosos de la Biblia hay, pero es una plenitud tan grande que aun en medio de un problema hay algo adentro que sabe que es temporal. Es como esa probadita de dicha cuando tu equipo mete un gol y los aficionados olvidan por un momento todos sus problemas—. No significa sonreír veinticuatro horas al día; significa que aunque llores o te frustres, hay algo en tu corazón más grande que te hace superarlo.
«Bienaventurados los que lavan sus vestiduras». No habla de lavar literalmente, como cuando mis hijas —que siempre terminan sus camisas de la escuela manchadas de salsa o tinta— empezaron a lavar sus propias camisas para tener más cuidado. Habla de que no somos perfectos, seguimos fallando, pero cuando fallamos volvemos a los pies de Cristo a decir «perdóname, volví a fallarte» —las veces que sean necesarias, toda la vida—. Esa es la bienaventuranza, no para gente perfecta, sino para gente imperfecta que sigue viniendo a Jesús.
Afuera quedan «los perros» —una palabra fuerte: en aquel entonces no se refería a las mascotas que bañamos y dormimos en nuestra cama, sino a animales callejeros, sucios y apestosos, los que nunca se lavaron—. Así que hay dos tipos de personas y dos recompensas: la pregunta es cuál de esas personas eres tú.
II. La Palabra y la venida del Señor
18 Yo testifico a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: si alguien añade a ellas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. 19 Y si alguien quita de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa descritos en este libro.
A partir de estos versículos, Juan trae una advertencia sobre añadir o quitar de la Palabra de Dios. No quiero dar muchos detalles porque se han dado muchas malas informaciones sobre versiones de la Biblia, pero no está hablando de eso —yo solo conozco una versión bíblica que está adulterada, la Traducción del Nuevo Mundo de los Testigos de Jehová; las demás no—. Cuando el capítulo empezó, Cristo dijo «bienaventurado el que guarda las palabras», y guardar habla de obedecer. Es cierto que hay una maldición para quien intencionalmente altera la Biblia, pero yo no creo que ninguno de nosotros, leyendo la Biblia, diga «esto no me gusta, préstame el corrector».
Pero sí añadimos y quitamos en el corazón: hay porciones que sabemos que son verdad y las ignoramos. Como pastor lo veo: le digo a una hermana que la Biblia dice que se someta a su esposo, y me dice «sí, pastor, pero usted no conoce a mi esposo». No tachamos el texto, pero lo ignoramos. Y esta porción nos hace un llamado: la manera de lavar nuestras ropas es por medio de la Palabra. Cuando vengo a la Palabra y me doy cuenta de que dice que debo amar a mi esposa como Cristo a la iglesia, tengo que reconocer que no la amo así y que necesito más del Señor. Cuando dice que el Señor abomina la ira del hombre, tengo que reconocer que sigo airándome y pedirle que me transforme.
La Biblia no es solo terapéutica. Es cierto que da paz, pero si solo diéramos paz no sería suficiente —si no me confronta, no está haciendo lo que tiene que hacer—. Recuerden lo que dice Hebreos, que es como espada de dos filos que penetra hasta partir el alma. Si la estoy leyendo bien, tiene que ser a veces doloroso, porque me muestra lo que soy, lo que me falta, y que necesito el poder del Espíritu. Así que ante la inminente venida del Señor hay dos actitudes hacia Su palabra: unos la toman y la abrazan, buscando en ella el consuelo y también el quebranto; otros solo toman lo que les conviene. ¿Cuál de ellos eres tú?
III. La gracia y la venida del Señor
La gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.
Pablo, en Efesios 4, dice que Cristo vuelve por una iglesia sin mancha y sin arruga. Vamos a orar, pero solo se van a poner de pie quienes en este momento estén sin mancha y sin arruga —ninguno de nosotros—. Y lo que necesitamos es la gracia: eso es lo que nos capacita y nos da el poder para cambiar. Yo no puedo cambiarme a mí mismo.
Apocalipsis termina, como terminan tantas cartas de Pablo, con una bendición de gracia, y eso no es un saludo vacío —nosotros decimos «nos vemos mañana» y ni siquiera lo cumplimos, o decimos «buen provecho» a un mesero sin pensar realmente en ello—. El Señor nunca dice nada solo por decir. Cuando Juan, guiado por el Espíritu, dice «la gracia sea con ustedes», está diciendo que eso es exactamente lo que necesitamos: la gracia para lavar nuestras ropas, para que cuando Cristo vuelva, lo que Él nos dé sea la bienaventuranza y no el castigo. No podemos solos.
Gálatas 3:13
Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros, porque está escrito: «Maldito todo el que cuelga de un madero».
Si Cristo vuelve por una iglesia sin mancha y sin arruga, y ninguno de nosotros lo es en este momento, eso no significa resignarnos a seguir igual: necesitamos venir a la Palabra para lavar nuestras ropas todos los días, y venir a Cristo a decirle «Señor, tú moriste en la cruz llevando mi maldición».
Conclusión
Para ir cerrando, quiero terminar Apocalipsis con dos aplicaciones finales. Primero: esta profecía no puede quedar sellada, y a veces parece que nuestras bocas están selladas —la gente necesita saber que Él vuelve—. Piensen en una persona a la que le pueden hablar de Jesús. Segundo: piensen en ese pecado que no han podido vencer, esa cosa que a veces les impide orar por la vergüenza. Si Él ya cargó la maldición del pecado en la cruz, ¿acaso no nos dará también victoria sobre el pecado si se lo pedimos?
Señor, después de varios meses de ver Apocalipsis, vimos tantas cosas que nos trajeron consuelo y fortaleza en medio de la lucha: saber que tú estás en el trono gobernando, y que cada prueba, cada adversidad, viene de tu mano, es algo que nos sustenta. Pero hoy podemos ver que ninguno de nosotros está sin mancha y sin arruga; todos necesitamos seguir lavando nuestras vestiduras. Te ruego que nos des el poder y la gracia de ser transformados. Si moriste en la cruz para perdonarnos del pecado, danos también victoria sobre ese pecado —tú sabes aquello con lo que cada uno está luchando: la ira, la envidia, el egoísmo, el chisme, la lujuria, las deudas, las ataduras sexuales—. Nos rendimos a ti y te traemos nuestras culpas. En el nombre glorioso de Jesús. Amén.
(La grabación continúa después de este punto, pero corresponde a conversación posterior al culto —logística de la iglesia, asuntos familiares— y no a contenido del sermón, así que no se incluye aquí.)