Introducción
Señor, te damos gracias porque nos dejas estar juntos, y queremos poner nuestra vida en tus manos. No quiero confiar en lo poco que pude haber preparado, porque mi capacidad es humana, pequeña, limitada. Me pongo en tus manos para que tengas a bien, en tu soberanía, que sea tu Espíritu Santo el que use la vida de este hombre para hablarle a tu pueblo tu verdad. Permite que mis hermanos estén hambrientos de tu Palabra y receptivos. En el nombre de Jesús te lo ruego, amén.
Esta es nuestra predicación número dieciocho en Apocalipsis, y cada vez ha sido un reto. Debemos asegurarnos de asistir a la fiesta correcta: imagina que te invitan a una boda, llegas contento, encuentras un salón que dice «felicidades José», te sientas, comes, y cuando por fin ves al festejado, te das cuenta de que es otro José. Equivocarte de cumpleaños no es tan grave, pero ¿y si te equivocas de boda? Hoy el pasaje nos presenta dos fiestas, dos cenas radicalmente distintas, en Apocalipsis 19: alabanzas por la salvación y el juicio de Dios, alabanzas por las bodas del Cordero, y la gran cena de Dios. Tienes que asegurarte de estar en la cena correcta.
I. Alabanzas por la salvación y el juicio
1 Después de esto oí como una gran voz de una gran multitud en el cielo, que decía: «¡Aleluya! la salvación y la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios, 2 porque Sus juicios son verdaderos y justos, pues ha juzgado a la gran ramera que corrompía la tierra con su inmoralidad, y ha vengado la sangre de Sus siervos en ella». 3 Y dijeron por segunda vez: «¡Aleluya! el humo de ella sube por los siglos de los siglos». 4 Entonces los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron y adoraron a Dios, que está sentado en el trono, y decían: «¡Amén! ¡Aleluya!». 5 Y del trono salió una voz que decía: «Alaben ustedes a nuestro Dios, todos ustedes Sus siervos, los que le temen, los pequeños y los grandes».
Para entender esto, recordemos cómo terminó Apocalipsis 18: una gran ciudad, Babilonia, destruida en ruinas, juzgada por Dios. Hay un sistema espiritual que busca engañar al mundo para desviarlo de la adoración que le corresponde a Dios, y en nuestros días parece que ese sistema tiene éxito: vemos inmoralidad, violencia, traición, idolatría. Pero no te dejes engañar, esto forma parte del plan de Dios.
Apocalipsis 18:8
Por eso, en un solo día, vendrán sus plagas: muerte, duelo, y hambre, y será quemada con fuego; porque el Señor Dios que la juzga es poderoso.
Esa multitud del versículo 1 está en el cielo, no en la tierra —muchos de ellos ya murieron por su testimonio, santos de toda la historia—. ¿Alguna vez has sentido lo difícil que es ser cristiano en tu ambiente de trabajo, sintiéndote casi el único? Imagínate rodeado, en cambio, de una multitud de miles y miles que a lo largo de toda la historia creyeron en Cristo. La pregunta es: ¿vas a estar tú entre esa multitud? Según Apocalipsis, lo que hay que hacer es vencer —al que venciere, comerá del árbol de la vida, no sufrirá la segunda muerte, tendrá autoridad sobre las naciones, vestiduras blancas, y a la iglesia de Laodicea se le promete incluso sentarse con Cristo en Su trono—.
Apocalipsis 12:11
Ellos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas, llegando hasta sufrir la muerte.
Para vencer se necesitan dos cosas: creer que Cristo te amó más que a Su propia vida, y amar a Cristo más que a la tuya —eso es, en el fondo, lo que significa ser cristiano—. Esta multitud son los santos quemados por la Inquisición, los creyentes perseguidos por Roma, nuestros hermanos hoy perseguidos en Nigeria, los fieles de Orizaba que se esfuerzan por amar a Cristo cada día. Pero hay otra multitud, la que hoy disfruta de los placeres del mundo y será juzgada por rechazar a Cristo.
Esta multitud dice «Aleluya» —la única vez que esta palabra aparece en todo el Nuevo Testamento—, significa «alaben a Jehová», y es una invitación: están diciendo que estar en la presencia de Dios es lo más glorioso que existe. Cantan que la salvación, la gloria y el poder pertenecen a Dios: eso significa que Él salva a quien Él quiere salvar. A veces pensamos que Dios tiene la obligación de salvar a la humanidad, pero no la tiene. El hombre se rebeló contra Dios desde el principio, y todos sus descendientes hemos hecho lo mismo. Si Dios mandara a los ocho mil millones de habitantes de este planeta al infierno, ¿sería injusto?
Romanos 1:20-23
20 Porque desde la creación del mundo, Sus atributos invisibles, Su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que ellos no tienen excusa. 21 Pues aunque conocían a Dios, no lo honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. 22 Profesando ser sabios, se volvieron necios, 23 y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.
La creación misma —la inmensidad de una montaña, del planeta visto desde el espacio— apunta a que hay un ser glorioso que la hizo, y nosotros somos insignificantes. Y aun así el hombre rechazó a Dios, no tiene excusa. La respuesta es que no sería injusto: los ángeles hubieran podido cantar «gloria a ti, Señor, porque eres justo, se lo merecían». Pero no fue eso lo que Dios hizo.
Juan 3:16
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna.
Eso es lo que cantan: Aleluya, la salvación le pertenece a nuestro Dios, Él nos salvó, a Él sea la gloria.
Y también alaban a Dios porque juzga con justicia: cuando Dios condena y castiga, nunca se equivoca —a diferencia de nuestros padres, que a veces sí—. La gran ramera corrompía la tierra y perseguía a la iglesia, y su humo sube «por los siglos de los siglos»: quedará destruida para siempre. La pregunta es: ¿dónde merezco estar yo, entre los que cantan o entre los castigados? Por mis propias obras, merecería el castigo, todos lo merecemos. Pero solo hay una manera de que otro cargue mi castigo: Dios decretó que el castigo de todos los que ponen su fe en Jesús fuera transferido a Su Hijo. Nunca se nos olvidará que, si estamos ahí, no es por nuestras buenas obras, sino porque Cristo murió por nosotros. Por eso los veinticuatro ancianos —que representan a todos los creyentes de todos los tiempos— y los cuatro seres vivientes no pronuncian un gran discurso teológico, solo dicen: «Amén, Aleluya». Y del trono sale una voz llamando a alabar a Dios, sin importar si fuiste un gran predicador o alguien que apenas llegaba los domingos: si has sido salvado, la única respuesta apropiada es la alabanza. Eso debe cambiar no solo tu actitud al venir a la iglesia, sino tu manera de ver toda la vida —a mi esposa le digo siempre «a mí siempre me va bien», no como broma, sino como convicción: no importa lo que ocurra, porque Cristo ya murió por mí.
II. Alabanzas por las bodas del Cordero
6 Oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas y como el sonido de fuertes truenos, que decía: «¡Aleluya! Porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina. 7 Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y Su esposa se ha preparado». 8 Y a ella le fue concedido vestirse de lino fino, resplandeciente y limpio, porque las acciones justas de los santos son el lino fino. 9 El ángel me dijo: «Escribe: “Bienaventurados los que están invitados a la cena de las Bodas del Cordero”». También me dijo: «Estas son palabras verdaderas de Dios». 10 Entonces caí a sus pies para adorarlo. Y me dijo: «No hagas eso. Yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que poseen el testimonio de Jesús; adora a Dios. El testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía».
Aquí la escena crece: ya no es solo una gran multitud, es «el estruendo de muchas aguas», «el sonido de fuertes truenos» —como un crescendo musical llegando a su punto más alto—. Cantan que Dios reina. Nunca pierde el control; todo lo que ocurre, incluso lo que parece malo, Él lo usa para nuestro bien. Para el incrédulo el sufrimiento no tiene sentido, pero nosotros creemos que hay una mente perfecta planeándolo todo. Y ahora hay un llamado a regocijarse, porque «las bodas del Cordero han llegado».
Para entender esto hay que entender cómo era una boda judía. Primero, los esponsales: el novio, o normalmente sus padres, negociaban con los padres de la novia —como Jacob con Labán por Raquel— y se pagaba una dote; una vez pagada, la pareja quedaba legalmente casada, aunque todavía no vivieran juntos. Luego venía un periodo de espera, que podía durar meses o años. Finalmente, llegaba el día: el banquete se preparaba en casa del novio, y él iba con sus amigos a buscar a la novia, ya lista con su vestido, esperando junto a sus invitadas. Se la llevaba a casa, y ahí empezaba la fiesta, siete días. José y María estaban precisamente en esa primera fase, «desposados», por eso José consideró un divorcio cuando supo que ella estaba embarazada —ya estaban legalmente casados—.
Esta ilustración nos dice que el Novio ya hizo un trato, ya pagó la dote —con Su propia sangre—, y ahora estamos esperando que venga por nosotros, como Cristo prometió: «voy a la casa de mi Padre a preparar lugar para ustedes, y cuando yo venga los tomaré, para que ustedes estén donde yo estoy» (Juan 14:2-3). Estas bodas ya llegaron en el sentido de que el pacto está sellado; ahora esperamos que venga a buscarnos. Pero la novia necesita prepararse, vestirse de «lino fino», que son las acciones justas de los santos —no somos salvos por obras, sino por gracia, pero una vez salvos vivimos para Cristo de tal manera que nuestras obras adornen el evangelio—.
Tito 2:10
…para que adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador en todo respecto.
Es como cuando la novia se prepara en el salón de belleza: nuestras buenas obras no ganan la salvación, pero hacen que el evangelio se vea hermoso —si Dios transforma a un esposo egoísta y manipulador en alguien que ama a su esposa como Cristo ama a la iglesia, la gente dice: algo tiene ese cristiano—. Esperamos la consumación de esas bodas preparándonos con gozo. Y el ángel dice: «bienaventurados los que están invitados» —no tienes idea de lo dichosos que serán quienes estén ahí—.
III. La gran cena de Dios
11 Vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco. El que lo montaba se llama Fiel y Verdadero. Con justicia juzga y hace la guerra. 12 Sus ojos son una llama de fuego, y sobre Su cabeza hay muchas diademas. Tiene un nombre escrito que nadie conoce sino Él. 13 Está vestido de un manto empapado en sangre, y Su nombre es: El Verbo de Dios. 14 Los ejércitos que están en los cielos, vestidos de lino fino, blanco y limpio, lo seguían sobre caballos blancos. 15 De Su boca sale una espada afilada para herir con ella a las naciones y las regirá con vara de hierro. Él mismo pisa el lagar del vino del furor de la ira de Dios Todopoderoso. 16 En Su manto y en Su muslo tiene un nombre escrito: «REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES». 17 Vi a un ángel que estaba de pie en el sol. Clamó a gran voz, diciendo a todas las aves que vuelan en medio del cielo: «Vengan, congréguense para la gran cena de Dios, 18 para que coman carne de reyes, carne de comandantes y carne de poderosos, carne de caballos y de sus jinetes, y carne de todos los hombres, libres y esclavos, pequeños y grandes». 19 Entonces vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos reunidos para hacer guerra contra Aquel que iba montado en el caballo blanco y contra Su ejército. 20 Y la bestia fue apresada, junto con el falso profeta que hacía señales en su presencia, con las cuales engañaba a los que habían recibido la marca de la bestia y a los que adoraban su imagen. Los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre. 21 Los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca de Aquel que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de sus carnes.
El mismo evento —la venida de Cristo— va a ser el momento más glorioso para unos y el más terrible para otros. Viene con muchas diademas, no siete como el dragón ni diez como la bestia, sino soberanía infinita, vestido de un manto empapado en sangre: aquí el énfasis parece ser la sangre de Sus enemigos derrotados, no la de la cruz, porque viene como un guerrero vencedor.
Filipenses 2:9-11
9 Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, 10 para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, 11 y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Al final de la historia, Cristo desciende con Sus ejércitos celestiales para castigar a quienes lo rechazaron. Esta es la segunda cena: aquí los hombres no son los invitados, son el banquete. Cuando Cristo vuelva, solo habrá dos respuestas: a unos los tomará para estar con Él para siempre, y otros recibirán el castigo. Sus enemigos no tendrán oportunidad de resistirse —ni un piedrazo podrán lanzar contra Él—.
Conclusión y aplicaciones
Debemos asegurarnos de que asistiremos a la fiesta correcta. La cena a la que asistas depende únicamente de tu respuesta en fe a Cristo —ni siquiera depende de venir a una iglesia; no me extrañaría que entre quienes participen de la gran cena de Dios haya pastores—. Quien ha puesto su fe en Jesús, vive para Jesús.
2 Corintios 5:14-15 (DHH)
El amor de Cristo se ha apoderado de nosotros desde que comprendimos que uno murió por todos y que, por consiguiente, todos han muerto. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para él, que murió y resucitó por ellos.
Mateo 6:21
Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.
Todos tenemos algo que rige nuestra vida —comodidad, control, placer—. ¿En qué piensas cuando tu mente se desconecta? ¿Cuál es tu meta más grande? Si Dios te diera veinticuatro horas sin límites ni consecuencias, ¿qué harías? Eso revela tu verdadero tesoro. La única manera de asegurarnos de ir a la cena correcta es poner nuestra fe en que Cristo nos amó más que a Su propia vida, y empezar a amarlo más que a la nuestra.
Cierra tus ojos un momento, vamos a orar. Proyéctate al futuro, que se escuchen las trompetas y Cristo venga descendiendo: ¿dónde estarás? Pon tu fe en Jesús, cree que te amó más que a Su vida, y clama para que nos ayude a amarlo más que a la nuestra. Señor, te alabamos porque tú has anticipado un día en que todo esto que vemos…
(La grabación se corta aquí, en medio de la oración final.)