Introducción

Señor, te damos la gloria, gracias porque nos sentimos y nos sabemos tan bendecidos por ti, tenemos tanta gracia de tu parte, tanto amor, incluso en las pruebas nos sustentas. Te ruego que por medio de tu Palabra nos hables. Soy un hombre débil, no podría pretender que cumplo toda tu Palabra, sería absurdo; soy el primero que la necesita. Te pido que hoy nos hables a todos por medio de ella, y que hagas vigente tu promesa de que tu Espíritu estaría en medio de nosotros para edificarnos. Nos arrojamos a tus pies para que uses tu Palabra preciosa para el bien de tu pueblo. Te lo ruego en el nombre glorioso de Jesús.

Hace algunos años yo trabajaba en Tezonapa, Oaxaca, y había un Coppel donde vendían tenis de marca baratísimos en mi número. Cuando me avisaron que me trasladaban a Córdoba, decidí aprovechar: usé casi la mitad de mi quincena y me llevé como siete pares —me duraron años, el último lo terminé apenas el año pasado—. Cuando llegué a casa con las bolsas, mi esposa me preguntó qué había comprado, y le dije, emocionado, todo lo que me había llevado. Ella me preguntó: «¿y a mí qué me compraste?». Le dije que no le compré nada, porque las ofertas eran para mi número. Se molestó, y me dijo algo muy simple que en ese momento, por mi ceguera, no capté: «qué egoísta». Y tenía razón. Muchas causas generan problemas en un matrimonio, pero una de ellas es que por naturaleza somos egoístas —hasta cuando damos un regalo, a veces buscamos algo a cambio—.

Hoy vamos a ver otro matrimonio, entre un Esposo que da no solo lo mejor, sino Su propia vida. Vamos a leer Apocalipsis 21 desde el versículo 9. Necesitamos anhelar la gloria que fue prometida a la iglesia, y que ese anhelo transforme nuestra vida —debemos anhelar la gloria prometida mientras nos esforzamos en vivirla—. Este sermón se titula El anhelo por la gloria prometida, y lo veremos en tres puntos.

9 Vino uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las últimas siete plagas, y habló conmigo, diciendo: «Ven, te mostraré la novia, la esposa del Cordero». 10 Entonces me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, 11 y tenía la gloria de Dios. Su fulgor era semejante al de una piedra muy preciosa, como una piedra de jaspe cristalino. 12 Tenía un muro grande y alto con doce puertas, y en las puertas doce ángeles, y en las puertas estaban escritos los nombres de las doce tribus de los hijos de Israel. 13 Había tres puertas al este, tres puertas al norte, tres puertas al sur, y tres puertas al oeste. 14 El muro de la ciudad tenía doce cimientos, y en ellos estaban los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. 15 El que hablaba conmigo tenía una vara de medir de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. 16 La ciudad está asentada en forma de cuadro, y su longitud es igual que su anchura. Y midió la ciudad con la vara, 12,000 estadios (2,160 kilómetros). Su longitud, anchura, y altura son iguales. 17 Midió su muro, 144 codos (64.8 metros), según medida humana, que es también medida de ángel. 18 El material del muro era jaspe, y la ciudad era de oro puro semejante al cristal puro. 19 Los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda clase de piedras preciosas: el primer cimiento, jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; 20 el quinto, sardónice; el sexto, sardio; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; y el duodécimo, amatista. 21 Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era de una sola perla. La calle de la ciudad era de oro puro, como cristal transparente. 22 No vi en ella templo alguno, porque su templo es el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero. 23 La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la iluminen, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. 24 Las naciones andarán a su luz y los reyes de la tierra traerán a ella su gloria. 25 Sus puertas nunca se cerrarán de día (pues allí no habrá noche); 26 y traerán a ella la gloria y el honor de las naciones. 27 Jamás entrará en ella nada inmundo, ni el que practica abominación y mentira, sino solo aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero. 22:1 Después el ángel me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, 2 en medio de la calle de la ciudad. Y a cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de fruto, dando su fruto cada mes; y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones. 3 Ya no habrá más maldición. El trono de Dios y del Cordero estará allí, y Sus siervos le servirán. 4 Ellos verán Su rostro y Su nombre estará en sus frentes. 5 Y ya no habrá más noche, y no tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y reinarán por los siglos de los siglos.

Llevamos veintiuna semanas en Apocalipsis; mi intención era concluirlo hoy, pero sería precipitado —todavía nos queda un sermón más—. Lo que tenemos aquí es prácticamente la descripción del cielo: alguien lo definió como el lugar donde la presencia de Dios está presente para bendecir.

I. La ciudad anhelada

El ángel y el profeta

El ángel que ahora le habla a Juan es uno de los que traían las siete copas de plagas en Apocalipsis 16 —el mismo que anunció juicio y castigo—; ahora le presenta una historia completamente distinta. Le dice: «te mostraré la novia, la esposa del Cordero» —la iglesia, como Pablo también la describe en Efesios—. Juan va a ver una visión del futuro de los que hemos creído en Cristo.

El ángel lo lleva «a un monte grande y alto». Isaías profetizó que el monte de la casa del Señor sería establecido «como cabeza de los montes» (Isaías 2:2), y Ezequiel tuvo una visión similar: «me llevó a la tierra de Israel y me puso sobre un monte muy alto, sobre el cual, hacia el sur, había una construcción parecida a una ciudad» (Ezequiel 40:2). Ya hemos visto dos ciudades en Apocalipsis: Babilonia, que fue destruida con fuego, y esta, la ciudad santa. ¿A cuál de las dos perteneces tú? Todos somos ciudadanos de una u otra.

Juan ve la ciudad descender, y lo primero que se destaca es que «tenía la gloria de Dios». La gloria de Dios es tan inmensa que el ser humano no puede soportarla —cuando Moisés le pidió a Dios verla, Él le respondió que nadie puede verlo y vivir—. Lo que experimentamos hoy, incluso en los momentos más intensos de adoración, no es ni una muestra gratis de lo que experimentaremos allá, cuando esta ciudad, que representa al pueblo de Dios, esté repleta de Su gloria.

La arquitectura de la esperanza

A partir del versículo 12 tenemos como un croquis. La ciudad tiene un muro grande y alto con doce puertas —tres a cada punto cardinal, como el campamento de Israel alrededor del tabernáculo en el desierto—, con los nombres de las doce tribus escritos, representando a todos los santos del Antiguo Testamento. El muro habla de protección; cada puerta tiene un ángel de guardia.

Zacarías 2:5

Porque Yo seré para ella —declara el Señor— una muralla de fuego en derredor, y gloria seré en medio de ella.

Vivimos en un mundo donde hasta las iglesias son asaltadas —a nosotros mismos nos han robado equipo—, pero allá todo será completamente seguro. Los doce cimientos del muro llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero: toda la iglesia, de todos los tiempos.

El ángel mide la ciudad con una vara de oro. Es cuadrada, y su longitud, anchura y altura son iguales: un cubo perfecto. En toda la Biblia solo hay otra cosa con esa forma: el lugar santísimo del templo de Salomón, veinte codos por lado (1 Reyes 6:20). Esta ciudad tiene la misma forma, pero es inmensa: mide doce mil estadios, unos 2,160 kilómetros —comparado con los 8,848 metros del Everest, o los 50 kilómetros de la estratosfera—. Un comentarista dice que esa era, aproximadamente, la medida del mundo conocido en tiempos de Juan: la ciudad es como un lugar santísimo gigantesco donde cabe el mundo entero.

El muro mide 144 codos, unos 65 metros —pequeño comparado con la ciudad, así que probablemente no es literal—. Todas estas cifras son múltiplos de doce, el número del pueblo de Dios: lo que se nos señala es que hay un límite, una frontera. Hace poco visitamos la iglesia de Ciudad Juárez y corrimos junto a la frontera: varias mallas de alambre de púas, patrullas por todos lados. A esta ciudad nadie se va a colar; hay una puerta, y más te vale estar dentro.

El muro es de jaspe, la ciudad de oro puro —se dice que todo el oro extraído en la historia de la humanidad, fundido, formaría un cubo de menos de veinte metros de lado, mucho menos que esta ciudad—; como el lugar santísimo del tabernáculo, recubierto de oro, lo que simboliza no es el material, sino la presencia de Dios. Los cimientos están adornados con doce piedras preciosas —jaspe, zafiro, ágata, esmeralda, sardónice, sardio, crisólito, berilo, topacio, crisopraso, jacinto, amatista—, algunas de las cuales estaban en el pectoral del sumo sacerdote: piedras tan caras que ni siquiera las conocemos, y aun así no valen nada comparadas con lo que hay dentro. Las doce puertas son doce perlas —la perla más cara jamás vendida, la Perla Peregrina, vale diecisiete millones de dólares y mide apenas 25 por 17 milímetros—. Lo que se nos enfatiza no es el material: somos tan vacíos que hoy nos apantallan cosas que en un par de años terminan en la basura, cuando lo más precioso es la presencia de Dios.

Carencias en el cielo

Van a faltar cosas en el cielo. No habrá templo —los pastores nos quedaremos sin trabajo, no habrá grupos en casa ni reuniones de oración—, porque el Señor estará ahí con toda Su gloria, accesible y visible para todos. No habrá sol ni luna, porque Su gloria lo iluminará todo. Y no entrará nada inmundo —en el Antiguo Testamento, cosas como la sangre, los fluidos corporales o un cadáver eran impuros, algo que naturalmente produce repulsión—; aquí se refiere a lo que le da asco a Dios: el pecado. Si has nacido de nuevo, el pecado también debería darte asco, aunque a veces, como el perro que vuelve a su vómito, caemos otra vez en lo mismo —los arranques de ira, esa conducta que sabes que está mal—. Tampoco habrá nadie que practique la abominación: no habrá pecadores, porque nosotros mismos seremos transformados por completo, libres del lado pecador que ahora seguimos mostrando incluso a quienes más amamos. Necesitas asegurarte de que tu nombre está escrito en el libro de la vida.

II. El paraíso recuperado

El río de agua de vida recuerda a Ezequiel 47, donde un río sale del templo de Dios hacia el desierto y le da vida a todo lo que toca.

Ezequiel 47:9

Y sucederá que dondequiera que pase el río, todo ser viviente que en él se mueve, vivirá. Y habrá muchísimos peces, porque estas aguas van allá, y las otras son purificadas; así vivirá todo por donde pase el río.

Este río tiene un efecto tan glorioso que, a donde llegue, sana. Eso es lo que Cristo prometió en Juan 7: «de su interior brotarán ríos de agua viva» —hoy solo tenemos una probadita, allá lo experimentaremos plenamente—. El árbol de la vida, que evoca el Edén, representa un lugar donde todas nuestras necesidades están saciadas.

Y quizás lo más glorioso es esto: «ya no habrá más maldición… verán Su rostro». Piensa en el placer más intenso que conoces —a mí me pasa con las montañas, me podría perder viendo el volcán durante horas—; incluso el placer sexual, diseñado por Dios, es solo una probadita del deleite más glorioso que existe: contemplar Su rostro. Cuando la majestad y santidad del Rey llenen el universo, Su pueblo finalmente se saciará de Su gloria.

III. Un llamado urgente

6 Y me dijo: «Estas palabras son fieles y verdaderas». El Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, envió a Su ángel para mostrar a Sus siervos las cosas que han de suceder enseguida. 7 «Por tanto, Yo vengo pronto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro». 8 Yo, Juan, soy el que oyó y vio estas cosas. Y cuando oí y vi, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostró estas cosas. 9 Y me dijo: «No hagas eso. Yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos los profetas y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios».

Esta expectativa futura no es solo para sentir emoción. El versículo no dice «bienaventurado el que discute el contenido de Apocalipsis» ni «el que lo memoriza»: dice «el que guarda» las palabras. Se atribuye a Martín Lutero la frase de que debemos vivir como si Cristo hubiera muerto ayer, resucitado hoy, y viniera mañana. Hay dos maneras de llegar a la presencia de Dios: la venida de Cristo, que solo algunos van a experimentar en vida, o la muerte —ninguno de nosotros tiene la vida comprada—.

Y mira lo que pasa enseguida: Juan, que acaba de ver la gloria de Dios, se postra para adorar al ángel —y es la segunda vez que comete ese mismo error en Apocalipsis, ya lo había hecho en el capítulo 19—. Esa es nuestra realidad: mientras estemos aquí, seguiremos siendo propensos a adorar lo que no es Dios, a buscar nuestros propios placeres en vez de deleitarnos en Su gloria. Por eso el ángel insiste: «adora a Dios». No solo los domingos a las once de la mañana: cada día de nuestra vida debemos esforzarnos por darle gloria, porque Él vuelve por nosotros.

Conclusión

Mientras la majestad y santidad del Rey llenan el universo, Su pueblo se esforzará, aquí y ahora, en darle gloria. Todo lo que leímos hoy no es algo que merezcamos.

Efesios 5:25-27

Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada.

Cristo padeció los tormentos de la cruz, y la ira de Dios cayendo sobre Él, para que tú y yo, que no podíamos acceder a Su presencia, podamos gozarla hoy y tengamos la promesa de saciarnos de ella algún día. Debemos anhelar la gloria prometida —desear que Cristo vuelva para contemplarlo finalmente— mientras nos esforzamos en vivir esa gloria desde ahora.

Vamos a cantar una alabanza para terminar, pidiendo Su presencia y buscando vivir para Su gloria cada día. Que el Señor te bendiga y te guarde. Nos vemos entre semana en nuestros grupos en casa.