Introducción

Nota: la grabación de este sermón empieza a mitad de la exposición del primer ángel — falta la oración inicial y la lectura completa de Apocalipsis 16.

Todas las plagas que vamos a ver tienen una conexión clara con las plagas de Egipto.

1 Oí entonces una gran voz que desde el templo decía a los siete ángeles: «Vayan y derramen en la tierra las siete copas del furor de Dios». 2 El primer ángel fue y derramó su copa en la tierra, y se produjo una llaga repugnante y maligna en los hombres que tenían la marca de la bestia y que adoraban su imagen.

Sobre los hombres impíos, sobre quienes rechazan a Jesús, viene esa llaga. En medio de todo el caos que vivimos, Dios tiene el control soberano. Los incrédulos preguntan: ¿dónde está Dios, con tanta muerte, con niños que mueren de hambre, con desastres naturales? Pero el Señor ha guardado Su ira pacientemente a lo largo de toda la historia.

I. La respuesta de los justos

Ezequiel 7:6-9

El fin viene, viene el fin; se ha despertado contra ti; ya ha venido. Te ha llegado tu turno, oh habitante de la tierra. Ha llegado el tiempo, se acerca el día; pánico, y no júbilo, en los montes. Ahora pronto derramaré Mi furor sobre ti y descargaré Mi ira contra ti. Te juzgaré conforme a tus caminos y traeré sobre ti todas tus abominaciones. Mi ojo no tendrá piedad ni Yo perdonaré. Te pagaré conforme a tus caminos, y tus abominaciones quedarán en medio de ti; y sabrán que soy Yo, el Señor, el que hiere.

No hay nada más terrible que esto: Dios diciendo «te voy a pagar lo que te mereces». Muchos pensamos que no somos tan malos, que si nos portamos suficientemente bien nos toca el cielo. Pero la Escritura no dice eso. El problema de la humanidad, y de la iglesia, es que no entendemos qué tan grave es el pecado.

3 El segundo ángel derramó su copa en el mar, y se convirtió en sangre como de muerto; y murió todo ser viviente que había en el mar. 4 El tercer ángel derramó su copa en los ríos y en las fuentes de las aguas, y se convirtieron en sangre.

Esto ya lo vimos parcialmente en las trompetas —ahí el juicio caía sobre la tercera parte, aquí sobre todo—. Nos recuerda la plaga del Nilo en Éxodo. Imagina el desastre ecológico y económico que implicaría algo así a escala global: hace apenas un par de años, un barco atorado en el Canal de Suez disparó los precios de electrónicos en todo el mundo. No sé si estas plagas son literales o simbólicas —muchos hermanos, a lo largo de la historia, las han entendido de las dos maneras—, pero el Señor las va a cumplir, de una forma u otra.

5 Oí al ángel de las aguas, que decía: «Justo eres Tú, el que eres, y el que eras, oh Santo, porque has juzgado estas cosas; 6 pues ellos derramaron sangre de santos y profetas y Tú les has dado a beber sangre. Se lo merecen». 7 También oí al altar, que decía: «Sí, oh Señor Dios Todopoderoso, verdaderos y justos son Tus juicios».

¿Qué pasaría si Dios te diera lo que en verdad mereces? Charles Spurgeon contaba que un hermano le dijo una vez que alguien hablaba mal de él sin conocerlo bien, y Spurgeon respondió: agradece que no te conoce mejor, porque si te conociera diría cosas peores. Nos indignamos cuando alguien habla mal de nosotros, pero solo tú y Dios conocen lo que hay realmente en tu corazón —la ira que atesoras, los pensamientos que ocultas—. Si Dios nos juzgara conforme a los secretos del corazón, como dice Romanos, esto se quedaría corto.

Proverbios 6:16-19

Seis cosas hay que el Señor odia, y siete son abominación para Él: ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que trama planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos.

Cuando pensamos en Dios no solemos pensar en un Dios que odia algo, pero sí, Dios odia el pecado, le produce asco —como te sentaría a comer y descubrieras algo repugnante debajo de la tapa del plato—. Ojos soberbios: ¿nunca has visto a alguien con desprecio? Lengua mentirosa: ¿nunca has mentido? Dios está comprometido a castigar el pecado. Esa es la respuesta de los justos: Señor, eres justo, se lo merecen —y ninguno de nosotros merece el cielo por nada que hagamos, solo lo merecemos porque estamos en Jesús—.

II. La respuesta de los impíos

8 El cuarto ángel derramó su copa sobre el sol. Y al sol se le permitió quemar a los hombres con fuego. 9 Y los hombres fueron quemados con el intenso calor. Blasfemaron el nombre de Dios que tiene poder sobre estas plagas, y no se arrepintieron para darle gloria a Él.

¿Qué hicieron los hombres cuando fueron quemados? No se arrepintieron, blasfemaron. Vivimos en una cultura profundamente blasfema, donde se usa el nombre de Dios como un comentario más, sin ningún respeto.

10 El quinto ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia, y su reino se quedó en tinieblas; y todos se mordían la lengua de dolor. 11 Blasfemaron contra el Dios del cielo por causa de sus dolores y de sus llagas, y no se arrepintieron de sus obras.

Sofonías 1:15

Día de ira aquel día, día de congoja y de angustia, día de destrucción y desolación, día de tinieblas y densas sombras, día nublado y de densa oscuridad,

Creo que esto habla de una realidad espiritual: un momento donde la moralidad se pierde por completo, donde a lo bueno se le llama malo y a lo malo, bueno.

12 El sexto ángel derramó su copa sobre el gran Río Éufrates; y sus aguas se secaron para que fuera preparado el camino para los reyes del oriente. 13 Y vi salir de la boca del dragón, de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, a tres espíritus inmundos semejantes a ranas. 14 Pues son espíritus de demonios que hacen señales, los cuales van a los reyes de todo el mundo, a reunirlos para la batalla del gran día del Dios Todopoderoso.

El Éufrates marcaba el límite de la tierra prometida; más allá vivían los enemigos históricos de Israel —Babilonia, Asiria, Media y Persia—, todos venían del oriente. Es como si Dios abriera una autopista para que los enemigos avancen. Las ranas eran animales impuros, asociadas con las plagas de Egipto y con la imitación de los magos paganos: representan a los falsos dioses. Estos espíritus demoníacos hacen señales, milagros falsos, para reunir a los reyes de la tierra contra Dios.

Salmo 2:1-3

¿Por qué se sublevan las naciones, y los pueblos traman cosas vanas? Se levantan los reyes de la tierra, y los gobernantes traman unidos contra el Señor y contra Su Ungido, diciendo: «¡Rompamos Sus cadenas y echemos de nosotros Sus cuerdas!».

Este mismo pasaje fue citado por los apóstoles en Hechos, sobre Herodes y los romanos conspirando contra Cristo. Nuestra esperanza no está en ningún partido político —los reyes de la tierra ya están siendo manipulados por espíritus de demonios, se promueven en todos lados leyes y valores que van directamente contra Dios—.

15 «¡Estén alerta! Vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela y guarda sus ropas, no sea que ande desnudo y vean su vergüenza». 16 Entonces los reunieron en el lugar que en hebreo se llama Armagedón.

Un soldado que no sabe que la batalla ya empezó es un peligro para sí mismo y para los demás. Armagedón significa «la montaña de Meguido», pero en Meguido no hay ninguna montaña —era más bien un valle largo, tan estratégico que hasta Napoleón lo consideró un campo de batalla perfecto—.

Zacarías 12:10-11

Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén, el Espíritu de gracia y de súplica, y me mirarán a Mí, a quien han traspasado. Y se lamentarán por Él, como quien se lamenta por un hijo único, y llorarán por Él, como se llora por un primogénito. En aquel día habrá gran lamentación en Jerusalén, como la lamentación de Hadad Rimón en la llanura de Meguido.

Cuando todos los enemigos de Dios estén finalmente reunidos, Dios mostrará gloriosamente a Su Hijo, y todos se lamentarán —algunos rindiéndose, otros odiándolo aún más por ser real—.

Jueces 5:19-20

Vinieron los reyes y pelearon; pelearon entonces los reyes de Canaán en Taanac, cerca de las aguas de Meguido. No tomaron despojos de plata. Desde los cielos las estrellas pelearon, desde sus órbitas pelearon contra Sísara.

En esa batalla, con toda la tecnología militar de Sísara —carros de hierro— contra la infantería de Israel, Dios mandó a Sus ángeles, las estrellas, para derrotar al enemigo. La batalla contra el mundo y sus valores no la vamos a ganar por la fuerza ni con marchas: Dios nos manda amar a Cristo y hablar de Él.

III. La respuesta final

17 El séptimo ángel derramó su copa en el aire. Una gran voz salió del templo, del trono, que decía: «Hecho está». 18 Y hubo relámpagos, voces, y truenos. Hubo un gran terremoto tal como no lo había habido desde que el hombre está sobre la tierra; fue tan grande y poderoso el terremoto. 19 La gran ciudad quedó dividida en tres partes, y las ciudades de las naciones cayeron. Y la gran Babilonia fue recordada delante de Dios para darle la copa del vino del furor de Su ira. 20 Entonces toda isla huyó y los montes no fueron hallados. 21 Enormes granizos, como de 45 kilos cada uno, cayeron sobre los hombres. Y los hombres blasfemaron contra Dios por la plaga del granizo, porque esa plaga fue sumamente grande.

«Hecho está» me recuerda a «consumado es», lo que Cristo dijo en la cruz: ya se acabó, no hay nada más que hacer. Creo que este pasaje anticipa lo que ocurrirá en la tierra cuando Cristo vuelva en las nubes: será catastrófico para Sus enemigos. Y lo más tremendo es que, incluso entonces, los hombres siguen blasfemando —lo que dirán los que no se arrepintieron es: me arrodillo ante ti, pero te odio—.

Conclusión y aplicaciones

Empecé preguntando cómo responder ante la ira de Dios. Los justos responden: Señor, eres justo, se lo merecen. Los malvados responden blasfemando y haciendo guerra contra Él —y Dios no tiene ningún problema con eso, el Salmo 2 dice que Él se ríe desde el cielo—. La pregunta es cómo vamos a responder nosotros. Hay consenso hoy en que a este planeta no le queda mucho tiempo; Dios podría darnos más gracia, como lo ha hecho antes —hace casi cien años hubo otra crisis ambiental y se pensó que el mundo se acababa—, pero todo parece indicar que nos acercamos cada vez más a la venida del Señor.

Para responder como los justos, debo ver el pecado como Dios lo ve.

Mateo 7:3

¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo?

Tendemos a ver el pecado ajeno más grave que el propio, y a minimizar el nuestro. Cuando alguien me señala algo, respondo justificándome —«si la conocieras, entenderías por qué reacciono así»—, en vez de ver mi propio pecado tan asqueroso como realmente es. Como cuando trapeo la casa y me molesta que ensucien lo que acabo de limpiar con tanto esfuerzo —a mis hijas les digo que no cuidar ese esfuerzo es una falta de amor—: Cristo limpió mi vida a un precio altísimo, y Dios aborrece tanto el pecado que estuvo dispuesto a pagar el precio más alto para limpiarlo. Necesitamos pedirle que nos enseñe a ver nuestro propio pecado como Él lo ve —no minimizar la mentira, no minimizar la lujuria—.

Salmo 10:13-15

¿Por qué ha despreciado el impío a Dios? Ha dicho en su corazón: «Tú no le pedirás cuentas». Tú lo has visto, porque has contemplado la malicia y el maltrato, para hacer justicia con Tu mano. A Ti se acoge el desvalido; Tú has sido amparo del huérfano. Quiébrale el brazo al impío y al malvado; persigue su maldad hasta que desaparezca.

Podemos orar así también por nuestro propio pecado: Señor, persigue mi maldad hasta que desaparezca, ayúdame a odiarla como tú la odias.

Romanos 5:6-9

Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos… Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por Su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él.

Para no responder como los malvados, debo estar alerta.

Mateo 26:41

Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.

¿Alguna vez has estado a punto de fallar y has pensado «sé que está mal, pero después le pido perdón a Dios»? Necesitamos estar alerta en la Palabra, buscando a Dios, y examinando nuestro propio corazón. No te conformes con confesar el pecado superficial: pregúntate por qué mentiste, por qué reaccionaste así, y deja que Dios te muestre lo que hay debajo.

Finalmente, para estar listo ante la respuesta final, debo asegurarme de estar en Jesús.

Salmo 24:1-10

1 Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y los que en él habitan. 2 Porque Él la fundó sobre los mares, y la asentó sobre los ríos. 3 ¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién podrá estar en Su lugar santo? 4 El de manos limpias y corazón puro, el que no ha alzado su alma a la falsedad ni jurado con engaño. 5 Ese recibirá bendición del Señor, y justicia del Dios de su salvación. 6 Tal es la generación de los que lo buscan, de los que buscan Tu rostro, como Jacob. 7 Alcen, oh puertas, sus cabezas, álcense, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria. 8 ¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor, fuerte y poderoso; el Señor, poderoso en batalla. 9 Alcen, oh puertas, sus cabezas, álcenlas, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria. 10 ¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor de los ejércitos, Él es el Rey de la gloria. (Selah)

¿Quién puede decir que sus manos están limpias, que su corazón está puro? Nadie. Solo uno podía subir a ese monte: Cristo. Y en vez de recibir esa justicia para sí mismo, murió como un malhechor, para que nosotros, los injustos, fuéramos perdonados.

Cierra tus ojos y vamos a orar. Rey, te doy gracias por tu inmenso amor y gracia, y te suplico que nos ayudes a ver el pecado y a aborrecerlo como tú lo aborreces. No nos dejes ser tolerantes. Tú conoces los secretos de nuestro corazón, los pecados ocultos, los pensamientos de envidia, de rencor, de orgullo. Te suplico que nos perdones, y que nos concedas ver el pecado como tú lo ves, no como algo que hay que ocultar o manipular, sino aborrecerlo, en el nombre de Jesús.