Introducción
Que tu pueblo sea bendecido, que tu Palabra sea expuesta con claridad y poder de tu Espíritu. Te lo ruego, mi Dios, en Cristo Jesús. Amén.
Nota: el sermón, tal como fue predicado, solo alcanzó a cubrir los versículos 1 al 8 de Apocalipsis 21 —los puntos «una gran promesa» y «una gran seguridad»—. El tercer punto del bosquejo, sobre la nueva Jerusalén (Ap. 21:9-22:5), quedó explícitamente pospuesto para la siguiente semana, y corresponde al sermón «La nueva Jerusalén».
Este pasaje es nuestra conclusión de Apocalipsis. Hemos visto, una y otra vez, que la iglesia vive hoy en conflicto contra la maldad, que a veces parece que el diablo persigue a la iglesia y que la guerra está perdida, que vivimos en un mundo de sufrimiento, enfermedad y dolor, donde los seguidores de Cristo mueren a manos de sus enemigos. Hoy vamos a ver la promesa segura de cielos nuevos y tierra nueva, en Apocalipsis 21:1 hasta 22:5, en tres puntos: una gran promesa (vv. 1-5), una gran seguridad (vv. 6-8), y una gran esperanza (vv. 9-22:5).
I. Una gran promesa
1 Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. 2 Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. 3 Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. 4 Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado». 5 El que está sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas». Y añadió: «Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas».
Recuerda dónde estaba Juan cuando escribió esto: no en un hotel de cinco estrellas ni en su escritorio, sino en la isla de Patmos, una prisión de máxima seguridad, siendo un anciano sentenciado por predicar a Jesucristo. La tradición sostiene que sobrevivió a ser hervido en aceite, uno de los métodos de tortura del imperio romano. Muchas veces tenemos la falsa expectativa de que si somos fieles a Dios, Él está obligado a recompensarnos aquí y ahora. Pero la fe cristiana no mira solo al presente. Ayer hablaba con un pastor de aquí de Veracruz, el hermano Juan Carlos, de 67 años, que sirvió al Señor toda su vida, superó un cáncer hace cinco años, y ahora le informaron que volvió y ya hizo metástasis. Me dijo: «estoy confiado; si el Señor me llama por medio de la enfermedad, lo único que le pido es que me dé el valor de serle fiel hasta el final». Dios no piensa solo en lo terrenal como nosotros; nuestra vida aquí es brevísima, pero Él ve la eternidad.
Este pasaje, escrito por un hombre fiel hasta el final, ha inspirado a miles de creyentes a lo largo de los siglos que también murieron por Cristo. Juan ve «un cielo nuevo y una tierra nueva» —2 Pedro anticipa una purificación por fuego, y todo lo que existe, el universo entero, será renovado—: si Dios tuvo poder para sacarlo de la nada, tiene poder para volver a crearlo. «El mar ya no existe»: en Apocalipsis, el mar es de donde sale la bestia, representa las fuerzas del caos que se oponen a Dios. Ese lugar de caos ya no existirá.
Luego Juan ve una ciudad, la nueva Jerusalén, que desciende «vestida como una novia» —una ciudad no se viste como novia, así que es claramente un símbolo, como lo era Babilonia, la gran ramera, del lado opuesto—. No se trata de un edificio de ladrillos de oro, sino del pueblo de Dios, vestido con el lino fino de las acciones justas de los santos, descendiendo al encuentro de su Señor.
Lo más glorioso no son las calles de oro ni el mar de cristal, sino lo que dice el versículo 3: «el tabernáculo de Dios está entre los hombres». Este ha sido el plan de Dios desde la eternidad —en el Edén, Dios caminaba con Adán y Eva—; después, por el pecado, tuvo que ser por medio del tabernáculo, luego el templo, luego Cristo mismo habitando entre nosotros, hoy Su Espíritu en nosotros. Imagina cuando finalmente Su presencia esté física y gloriosamente entre nosotros, sin ningún velo. Esos momentos en que sentimos algo palpable mientras adoramos —no la música, algo más— son apenas un anticipo.
«Él enjugará toda lágrima… ya no habrá muerte, ni duelo, ni clamor, ni dolor». No es que esta tierra no tenga cosas buenas, pero imagina una «tierra 2.0» donde todo lo malo sea erradicado. Y termina con una afirmación de Dios mismo: «Yo hago nuevas todas las cosas». Piensa en eso que llevas años luchando en tu carácter, esa lucha con el egoísmo o la envidia que a veces parece que ganas y a veces te vence: el Señor promete finalmente cumplir Su propósito de habitar entre nosotros, y cambiarlo todo.
Cuando estés allá, ¿qué te preguntarás sobre cómo usaste tu tiempo aquí? Trabajar es un mandato, y descansar o distraerse no está mal, pero cuando la distracción se vuelve obsesión, hay un problema. Revisa tu «bienestar digital» en el celular: cuando te presentes ante el Señor, no le vas a llevar como corona los likes que acumulaste o los reels que viste. Si pasas más tiempo en redes sociales que en la Palabra, tienes un problema.
II. Una gran seguridad
6 También me dijo: «Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tiene sed, Yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. 7 El vencedor heredará estas cosas, y Yo seré su Dios y él será Mi hijo. 8 Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras, y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda».
«Alfa y Omega» es como decir «yo soy la A y la Z»: el Señor enfatiza Su eternidad, y por esa eternidad promete darnos «la fuente del agua de vida» —vida eterna, lo mismo que anuncia Juan 3:16—. Con la edad, si no dejamos que el Espíritu nos vaya moldeando, los rasgos difíciles de nuestro carácter se acentúan, no mejoran solos. En Génesis los hombres vivían cientos de años; imagina a alguien amargado viviendo así ochocientos años, fermentando esa amargura. Cuando Dios limitó la vida humana a ciento veinte años, no fue un castigo, fue un acto de misericordia. Pero cuando estemos en el cielo, el pecado habrá sido removido por completo: imagina a tu cónyuge sin nada de lo que te desespera de él, con todo lo bueno multiplicado; imagina una comunidad, una iglesia, sin egoísmo, sin arrebatos de ira, sin malos comentarios, por toda la eternidad. Ese es el premio que perseguimos.
¿A quién se lo da? «Al que tiene sed» —no sed literal, sino un anhelo profundo por el Señor y Su gloria—. Eso es lo que significa «conversión»: íbamos hacia el infierno persiguiendo nuestras pasiones, Cristo nos llamó, dimos media vuelta, y ahora lo que deseamos es a Él, conocerlo más, amarlo más. No dice «para los que vienen a la iglesia» ni «para los que leen su Biblia por obligación», dice «para los que tienen sed» —no significa que seremos perfectos desde ya, sino que seguimos corriendo tras Cristo, y si caemos, nos levantamos y seguimos—. Y ese don es gratuito.
«El vencedor»: ya hemos visto en Apocalipsis 12:11 cómo se vence —por la sangre del Cordero, por la palabra de nuestro testimonio, no amando nuestra vida hasta la muerte—. Vencer no es hacer flagelaciones ni sacrificios: es aferrarse a Jesús y no soltarlo.
Pero el mismo pasaje advierte sobre «los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos». No se trata solo de obras, sino de lo que amas: el cobarde está concentrado en sí mismo, se ama más a sí mismo que a cualquier otra cosa. Puede haber incrédulos sentados escuchando el evangelio semana tras semana, diciendo «amén», y aun así amarse más a sí mismos que a Cristo —como mi hija, que rechaza el agua sola porque en casa casi no compramos refresco, y prefiere no tomar nada a tomar algo sin azúcar—. Si no eres capaz de dedicarle al Señor quince minutos con anhelo, pero sí le dedicas horas a las redes sociales, el problema no es lo que haces, es lo que amas más. Cuando discutes con tu esposa y sabes que la Biblia te llama a la humildad, pero en ese momento gritas y amenazas, estás amando más tu propia opinión que la Palabra. Quienes saciamos nuestra sed en Cristo y vencemos en Su nombre gozaremos de Él; quienes no, sufrirán castigo eterno.
Conclusión
Cierra tus ojos un momento. Quiero preguntarte: ¿qué es lo que anhelas más, a Cristo, o tu propia seguridad? Responde esta pregunta ahora, porque algún día estarás delante de Él…
(La grabación se corta aquí; el sermón continúa la siguiente semana con «La nueva Jerusalén», cubriendo Apocalipsis 21:9-22:5.)