Introducción

Hoy empezamos lo que en la tradición reformada se conoce como Adviento: cuatro semanas meditando en la encarnación de Jesús. Confieso que la iglesia donde crecí satanizaba la Navidad —se pensaba que los cristianos que la celebraban eran cristianos paganos—. Es cierto que Cristo no nació un 25 de diciembre, pero desde el siglo II diferentes iglesias han celebrado la encarnación en esta fecha. Nosotros no necesitamos un día específico para celebrarla —es parte de la historia de la salvación, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros—, pero creemos que es un buen momento para hablarle a la gente de este misterio, sobre todo porque la Navidad se ha vuelto una fiesta total y absolutamente comercial —hasta el lenguaje ha cambiado a «felices fiestas», en un intento de quitar cualquier rastro de Cristo—.

Cuando yo era niño, en mi familia no se acostumbraba el intercambio de regalos, y ver que otros amigos sí recibían regalos me producía cierto vacío, cierto anhelo. Hoy quiero que abras tu Biblia en Isaías, porque queremos preguntarnos qué es lo que más necesitamos para celebrar a Cristo —no zapatos nuevos, ni un corte de pelo, sino lo que realmente necesita cada persona en este mundo—. Vamos a ver Isaías 63:7 y todo el capítulo 64, en dos puntos: primero, las memorias de Su gracia; después, un clamor desde la ruina.

I. Memorias de Su gracia

7 Las misericordias del Señor recordaré, las alabanzas del Señor, conforme a todo lo que nos ha otorgado el Señor, por Su gran bondad hacia la casa de Israel, que les ha otorgado conforme a Su compasión y conforme a la multitud de Sus misericordias. 8 Porque Él dijo: «Ciertamente, ellos son Mi pueblo, hijos que no engañarán». Y Él fue su Salvador. 9 En todas sus angustias Él estuvo afligido, y el ángel de Su presencia los salvó. En Su amor y en Su compasión los redimió, los levantó y los sostuvo todos los días de antaño.

Esto es como un salmo, una oración. Recordemos el contexto: Dios sacó a Israel de Egipto, dividió las aguas, les dio la ley en el Sinaí e hizo un pacto con ellos —Él se comprometía a que fueran Su tesoro especial, y ellos a obedecer—. Pero fueron rebeldes; el ciclo de pecado, castigo, clamor y liberación se repite trece veces en el libro de Jueces. Eventualmente la nación se dividió: Israel al norte, Judá al sur. Cuando Isaías escribe esta oración, el reino del norte, el más poderoso, acababa de ser aniquilado por los asirios —son las «tribus perdidas» de las que se habla—. Imagínate ser el hermano menor y flaquito viendo cómo golpean a tu hermano mayor, fortachón: si a ellos les fue así, ¿qué será de nosotros? El ejército asirio empezaba a marchar hacia Judá, y cada día, sin noticias ni redes sociales, el pueblo se despertaba temiendo que llegara ese día.

¿Qué hacemos en los momentos de ansiedad? Deberíamos doblar rodillas y clamar al Señor, pero no siempre es lo primero que hacemos, porque todavía hay incredulidad en nuestro corazón. Recurrimos a nuestra propia inteligencia, o a nuestros ídolos: el trabajo, las redes sociales, el ejercicio —cualquier cosa que ofrezca un alivio vano y temporal—. Pero lo que hace Isaías en el momento de crisis es volcar su corazón hacia el Señor, y recordar quién es Él: «las misericordias del Señor recordaré». Recuerda todo lo que Dios les ha dado —sacarlos de Egipto, la tierra prometida, los reyes—, no porque lo merecieran, sino «conforme a Su compasión»: un sentimiento que nace de lo más profundo del corazón. Y «la multitud de Sus misericordias» —en hebreo, jesed, un amor comprometido hasta el final, que no se quebranta por nada—.

En el peor momento de su vida, Isaías no reclama, no se refugia en ídolos: recuerda que Dios fue su Salvador, una y otra vez, y sigue siéndolo hoy —nos salva por medio de Su Espíritu y Su Palabra, de nuestro pecado, de nuestra ceguera—. Y el versículo 9 debería conmovernos: «en todas sus angustias Él estuvo afligido» —cuando el pueblo de Dios sufre, Dios también padece con ellos—. El Señor bendice y sostiene a los suyos cada día.

10 Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos.

A pesar de tanta bendición, el pueblo se rebeló, y Dios mismo se volvió su enemigo.

Jeremías 21:5

Yo mismo pelearé contra ustedes con mano extendida y brazo poderoso, aun con ira, furor y gran enojo.

El Señor no soporta la maldad ni el pecado.

11 Entonces Su pueblo se acordó de los días antiguos, de Moisés. ¿Dónde está el que los sacó del mar con los pastores de Su rebaño? ¿Dónde está el que puso Su Santo Espíritu en medio de ellos, 12 el que hizo que Su glorioso brazo fuera a la derecha de Moisés, el que dividió las aguas delante de ellos para hacerse un nombre eterno, 13 el que los condujo por los abismos? Como un caballo en el desierto, no tropezaron; 14 como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso.

¿Quién de nosotros busca al Señor cuando todo va bien? Normalmente nos acercamos a Cristo cuando las cosas están mal. Las aflicciones son una herramienta de Dios para hablar a nuestro corazón. Este «¿dónde está?» suena a reclamo —imagínate al pueblo escuchando cada mañana un ruido fuerte y pensando que ya llegaron los asirios—, pero en realidad es una súplica: Señor, acuérdate, no te olvides de nosotros, acuérdate de cuánto nos costó, de que nos diste sabios y nos bendijiste por medio de ellos. Nuestro mundo también está hecho pedazos, y muchas veces no nos aterramos porque nos han enseñado que mientras tengamos una lanita o un crédito, estamos bien. Incluso la iglesia visible se está cayendo a pedazos —basta ver lo que se predica en redes sociales bajo el nombre de cristiano—. Cuando el pecado nos alcanza, el pueblo de Dios no responde con desesperación, sino recordando la gracia y la fidelidad del Señor.

II. Un clamor desde la ruina

15 Mira desde el cielo, y ve desde Tu santa y gloriosa morada; ¿Dónde está Tu celo y Tu poder? La conmoción de Tus entrañas y Tu compasión para conmigo se han restringido. 16 Porque Tú eres nuestro Padre, aunque Abraham no nos conoce, ni nos reconoce Israel. Tú, oh Señor, eres nuestro Padre, desde la antigüedad Tu nombre es Nuestro Redentor. 17 ¿Por qué, oh Señor, nos haces desviar de Tus caminos y endureces nuestro corazón a Tu temor? Vuélvete por amor de Tus siervos, las tribus de Tu heredad. 18 Tu pueblo santo poseyó Tu santuario por breve tiempo; pero nuestros adversarios lo han pisoteado. 19 Hemos venido a ser como aquellos sobre los que nunca gobernaste, como aquellos que nunca fueron llamados por Tu nombre.

Dios no está comprometido con nuestro bienestar físico ni nuestra felicidad temporal, sino con hacernos santos, y todo lo que ocurre en nuestra vida lo usa para eso —Romanos 8:28 es fácil de recitar y muy difícil de vivir—. Aquí vemos la tensión entre lo que Isaías sabe y lo que siente: sabe que Dios lo ama, pero en ese momento no se siente amado. «Tú eres nuestro Padre… aunque Abraham no nos conoce»: es como cuando alguien ha caído tan bajo que ni su propia familia lo reconoce —yo mismo, todo sucio y sudado trabajando, una vez no fui reconocido por alguien conocido—. Y sin embargo, en medio de eso, sigue diciendo «tú eres nuestro Padre».

«¿Por qué nos haces desviar de tus caminos y endureces nuestro corazón?» —parece un reclamo directo: ¿tienes tú la culpa?—. En Éxodo se nos dice que el Señor endureció el corazón de Faraón, y en el mismo capítulo que Faraón endureció su propio corazón. ¿Quién lo endurece? Los dos: el hombre es cien por ciento responsable de endurecer su corazón contra Dios, y al mismo tiempo hay un plan soberano de Dios obrando. Lo único que puede quebrantar un corazón endurecido por el pecado es la intervención soberana de Dios —puedes traer al mejor predicador del mundo, mandar a alguien a terapia, y no funcionar—.

1 ¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras! Si los montes se estremecieran ante Tu presencia 2 (como el fuego enciende el matorral, como el fuego hace hervir el agua), para dar a conocer Tu nombre a Tus adversarios, para que ante Tu presencia tiemblen las naciones! 3 Cuando hiciste cosas terribles que no esperábamos, y descendiste, los montes se estremecieron ante Tu presencia. 4 Desde la antigüedad no habían escuchado ni puesto atención, ni el ojo había visto a un Dios fuera de Ti que obrara a favor del que esperaba en Él. 5 Sales al encuentro del que se regocija en practicar la justicia, de los que se acuerdan de Ti en Tus caminos.

Lo que Isaías le pide a Dios es que descienda, como descendió en el Sinaí entre humo, fuego y truenos. Su mayor necesidad no es que los protejan de los asirios, sino Su presencia.

Salmo 16:11

Me darás a conocer la senda de la vida; en Tu presencia hay plenitud de gozo; en Tu diestra hay deleites para siempre.

Normalmente, cuando oramos en una crisis, pedimos que se resuelva el problema inmediato —sanidad, provisión—, como quien, con el apéndice a punto de reventar, le pide al médico solo una pastilla para el dolor en vez de la cirugía que realmente necesita. Se nos olvida que Dios nos mete en la crisis precisamente para mostrarnos lo que está mal en nuestro corazón; Él no solo quiere que el dolor se acabe, quiere sacar los ídolos en los que confiamos.

Pero el versículo 5 también señala el problema: Dios sale al encuentro del que practica la justicia, y Judá era desobediente.

Isaías 64:5b-7

Pero te enojaste porque pecamos; continuamos en los pecados por mucho tiempo, ¿y seremos salvos? 6 Todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas. Todos nos marchitamos como una hoja, y nuestras iniquidades, como el viento, nos arrastran. 7 Y no hay quien invoque Tu nombre, quien se despierte para agarrarse de Ti. Porque has escondido Tu rostro de nosotros y nos has entregado al poder de nuestras iniquidades.

Y sin embargo, mira lo que sigue:

Isaías 64:8-12

8 Pero ahora, oh Señor, Tú eres nuestro Padre, nosotros el barro, y Tú nuestro alfarero; obra de Tus manos somos todos nosotros. 9 No te enojes en exceso, oh Señor, ni para siempre te acuerdes de la iniquidad. Mira, te rogamos, todos nosotros somos Tu pueblo. 10 Tus ciudades santas se han vuelto un desierto; Sión se ha convertido en un desierto, Jerusalén en una desolación. 11 Nuestra casa santa y hermosa donde te alababan nuestros padres, ha sido quemada por el fuego y todas nuestras cosas preciosas se han convertido en ruinas. 12 ¿Te detendrás ante estas cosas, oh Señor? ¿Guardarás silencio y nos afligirás sin medida?

Proverbios 17:15

El que justifica al impío y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación al Señor.

Para Dios es terrible que alguien llame justo a un pecador. Isaías sabía que ellos no eran justos, y por eso ponía toda su esperanza en que Dios mismo descendiera —solo así podía haber una manera de que los pecadores fueran hechos justos—. La verdadera fe se atreve a clamar «desciende, Señor», sabiendo que solo Su presencia puede quebrantar nuestra dureza y restaurarnos.

Conclusión

Todos los que estamos aquí hemos sufrido endurecimiento de corazón en algún momento, y todos hemos enfrentado la dureza y necedad de otros. Lo que vemos en nuestra nación —la muerte, la decadencia, el rechazo del evangelio— es la consecuencia de corazones endurecidos. Lo que más necesitamos hoy como iglesia es que Dios mismo descienda a nuestra vida, familia y nación.

Juan 1:9-10 (RVR60)

9 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. 10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.

Esa luz ya descendió. Aquella noche en Belén, el Dios todopoderoso, el creador del universo, llegó a este mundo, caminó entre nosotros, y el mundo ni siquiera se dio cuenta. Puedes estar sentado aquí por años pensando que necesitas otra cosa.

Isaías 55:2-3

¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no sacia? Escúchenme atentamente y coman lo que es bueno, y se deleitará su alma en la abundancia. Incline su oído y venga a mí. Escuche, y vivirá su alma, y haré con ustedes un pacto eterno, conforme a las fieles misericordias mostradas a David.

Aplicaciones

Si eres creyente, necesitas examinar tu propio corazón: reconoce dónde hay dureza, frialdad, cinismo, resentimiento, y confiésalo delante de Dios, pidiéndole que lo quebrante con Su presencia. Ora como Isaías: «Señor, ven a mi vida, a mi iglesia, a mi nación» —lo que necesitamos no es un programa religioso, es la presencia de Cristo—. Identifica tus ídolos —redes sociales, comida, ejercicio, trabajo, dinero— para que, cuando venga la prueba, el lugar al que corras sea Cristo. Y si convives con alguien de corazón endurecido, deja de intentar cambiarlo hablando, gritando o manipulando: comprométete a interceder por esa persona, como Isaías, pidiéndole a Dios que descienda a su corazón.

Si no eres creyente, reconoce que tu problema principal no es la política ni la economía ni los vicios: es que estás acostumbrado a vivir lejos de Dios. Quizás solo quieres pasar unas fiestas bonitas, pero necesitas algo mucho más grande: que este mismo Dios descienda, ya no hace dos mil años a Belén, sino a tu vida y a tu corazón, y responder a Él en arrepentimiento.

Lo que más necesita tu familia es que Cristo esté presente cada día del año, no solo en esta temporada. Lo que más necesita esta iglesia es que sea más evidente que Cristo está entre nosotros. Y lo que más necesita nuestra nación no es otro partido político, es a Cristo.

Cierra tus ojos y vamos ahora. Señor, todos los que estamos aquí somos gente infiel, de corazones endurecidos; si nos tuviéramos que comparar con alguien, sería con este pueblo. Muchos de nosotros hemos pasado años en una iglesia y aun así nuestro corazón está cerrado a tu presencia. Hoy te rogamos que hagas nuestra esta petición de Isaías de hace dos mil seiscientos años: que Cristo descienda a nuestra vida, que tu Espíritu Santo nos llene de la verdad, el gozo y la paz del evangelio. En el nombre de Cristo.