Introducción
1 Oh Dios, da Tus juicios al rey, y Tu justicia al hijo del rey. 2 Juzgue él a Tu pueblo con justicia, y a Tus afligidos con equidad. 3 Traigan paz los montes al pueblo, y justicia los collados. 4 Haga el rey justicia a los afligidos del pueblo, salve a los hijos de los pobres, y aplaste al opresor. 5 Que te teman mientras duren el sol y la luna, por todas las generaciones. 6 Descienda el rey como la lluvia sobre la hierba cortada, como aguaceros que riegan la tierra. 7 Florezca la justicia en sus días, y abundancia de paz hasta que no haya luna. 8 Domine él de mar a mar y desde el Río Éufrates hasta los confines de la tierra. 9 Dobléguense ante él los moradores del desierto, y sus enemigos laman el polvo. 10 Los reyes de Tarsis y de las islas traigan presentes; los reyes de Sabá y de Seba ofrezcan tributo; 11 y póstrense ante él todos los reyes de la tierra; sírvanle todas las naciones. 12 Porque él librará al necesitado cuando clame, también al afligido y al que no tiene quien lo auxilie. 13 Tendrá compasión del pobre y del necesitado, y la vida de los necesitados salvará. 14 Rescatará su vida de la opresión y de la violencia, y su sangre será preciosa ante sus ojos. 15 Que viva, pues, y se le dé del oro de Sabá, y que se ore por él continuamente; que todo el día se le bendiga. 16 Haya abundancia de grano en la tierra, en las cumbres de los montes; su fruto se mecerá como los cedros del Líbano; que los de la ciudad florezcan como la hierba de la tierra. 17 Sea su nombre para siempre; que su nombre se engrandezca mientras dure el sol, y sean benditos por él los hombres; llámenlo bienaventurado todas las naciones. 18 Bendito sea el Señor Dios, el Dios de Israel, el único que hace maravillas. 19 Bendito sea Su glorioso nombre para siempre, sea llena de Su gloria toda la tierra. Amén y amén.
Señor, queremos poner este tiempo en tu mano, y te ruego que, siendo yo un hombre débil, me concedas comunicar tu Palabra, que es poderosa. Habla a nuestros corazones, confróntanos, guíanos a la fe y al arrepentimiento. En el nombre de Jesús. Amén.
Voy a empezar de una manera distinta a como acabamos de leer. Hay una canción —espero que no me linchen— que me encanta: Ojalá que llueva café, de Juan Luis Guerra, aunque prefiero la versión de Café Tacvba. La primera vez que la escuché con atención casi me pongo a llorar. La canción pregunta, en el fondo: ¿estamos tan mal, tan acabados, que lo único que podría ayudarnos es un milagro, que llueva café, que en los maizales brote una lluvia de batata y fresa? Habla de un pueblo pobre que sufre día tras día, con frases que golpean el corazón —«pa’ que en la realidad no se sufra tanto»—. Es un canto de crudeza ante la realidad, porque vivimos en un mundo quebrado.
No hace falta ir muy lejos para verlo: vivimos una nueva oleada de violencia en esta región; el año pasado, sin contar las guerras, hubo millón y medio de homicidios dolosos en el mundo, y nuestro país tiene el primer lugar de violencia a nivel global. Y aun dejando a un lado lo dramático, nuestras propias vidas cotidianas están quebrantadas —dolor, vergüenza, frustración—, y esto se resiente todavía más en los jóvenes: el índice de ansiedad, estrés y suicidio en Veracruz ha subido de manera alarmante. Parece que nuestro mundo está a punto de colapsar.
El Salmo 72 es una oración, escrita por David, que clama por algo. Hoy vamos a verlo en tres puntos: el contexto del salmo, el mensaje del salmo, y el cumplimiento del salmo. Este sermón se titula Orando por la venida del Rey.
I. El contexto del Salmo
¿Quién era David? La historia de su familia empieza en el libro de Rut: su bisabuelo era Booz, luego Obed, luego Isaí, y finalmente David. Su bisabuela era extranjera, algo mal visto en la cultura judía —los extranjeros solían practicar cultos como el de Moloc, que exigía el sacrificio de los propios hijos—, así que el libro de Rut existe en parte para mostrar que ella fue una mujer piadosa. Aunque Booz parece haber sido rico, la ley del jubileo redistribuía la tierra —la riqueza— cada cincuenta años, así que para cuando llegamos a la familia de David, ellos se dedicaban a criar ovejas, una familia común. David era el menor de ocho hermanos.
1 Samuel 16:11
Samuel preguntó: «¿Son estos todos tus hijos?». Isaí respondió: «Aún queda el menor, es el que está apacentando las ovejas». Samuel insistió: «Manda a buscarlo, pues no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga acá».
Isaí ni siquiera lo había mencionado entre sus hijos. Imagínate crecer así, marginado por tu propio padre, sin que se dieran cuenta si estabas o no estabas.
1 Samuel 16:13
Entonces Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el Espíritu del Señor vino poderosamente sobre David desde aquel día en adelante. Luego Samuel se levantó y se fue a Ramá.
Este es el hombre que escribe el Salmo 72: alguien que creció en una familia quebrada. Y su vida siguió así. Tocando el arpa en la corte de Saúl —era apenas un músico de fondo, nada especial—,
1 Samuel 18:11
Y Saúl le arrojó la lanza, pues se dijo: «Clavaré a David en la pared». Pero David lo evadió dos veces.
Fue perseguido injustamente, y hasta traicionado por la misma gente que había defendido con su vida.
1 Samuel 23:19
Entonces subieron los de Zif a Saúl en Guibeá y dijeron: «¿No está David escondido entre nosotros en los refugios de Hores, en la colina de Haquila que está al sur de Jesimón?
David vivía en un mundo quebrantado. Pero él mismo estaba quebrantado: cometió adulterio con Betsabé y fue el autor intelectual del asesinato de su esposo, uno de sus soldados más leales. Su familia se desmoronó después de eso —uno de sus hijos violó a su media hermana, otro lo asesinó—, y David ya no tenía autoridad moral para poner las cosas en orden.
¿Por qué escribe este salmo? David vivía en un palacio de madera mientras el arca de Dios seguía en una tienda, y quiso construirle un templo al Señor.
2 Samuel 7:8-9
«Ahora pues, así dirás a Mi siervo David: “Así dice el Señor de los ejércitos: ‘Yo te tomé del pastizal, de seguir las ovejas, para que fueras príncipe sobre Mi pueblo Israel. Y he estado contigo por dondequiera que has ido y he exterminado a todos tus enemigos de delante de ti, y haré de ti un gran nombre como el nombre de los grandes que hay en la tierra.
2 Samuel 7:12-13
Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, levantaré a tu descendiente después de ti, el cual saldrá de tus entrañas, y estableceré su reino. Él edificará casa a Mi nombre, y Yo estableceré el trono de su reino para siempre.
En hebreo, «hijo» puede significar cualquier descendiente —hijo, nieto, bisnieto—. Lo que Dios le prometía era que uno de sus descendientes reinaría para siempre. Esa promesa marcó el resto de su vida.
¿En qué momento la escribió? Ya anciano:
1 Crónicas 22:6-8
6 Entonces llamó a su hijo Salomón, y le encargó que edificara una casa al Señor, Dios de Israel. 7 Y David le dijo a Salomón: «Hijo mío, yo tenía el propósito de edificar una casa al nombre del Señor mi Dios. 8 Pero vino a mí la palabra del Señor, diciendo: “Tú has derramado sangre en abundancia, y has emprendido grandes guerras. No edificarás una casa a Mi nombre, porque has derramado mucha sangre en la tierra delante de Mí.
Dios le dijo que él no calificaba para construir esa casa, pero un descendiente suyo sí lo haría. El salmo termina:
Salmo 72:20
Aquí terminan las oraciones de David, hijo de Isaí.
No significa que ahí terminen todos los salmos de David en el libro —hay más adelante—, sino que este fue probablemente el último que escribió. David era un hombre quebrado, en un mundo quebrado —igual que el nuestro, con traiciones, matrimonios rotos, muerte repentina—, pero puso su esperanza en la promesa: algún día vendría un hijo suyo, y todo cambiaría.
II. El mensaje del Salmo
El título dice «a Salomón» —David pensaba que la promesa se cumpliría en su hijo—, pero hay cosas en el salmo que no encajan con Salomón.
David le pide a Dios que este rey haga justicia, que ayude a los que padecen, que castigue a los malvados. Vivimos en un país donde el crimen organizado parece tener licencia mientras a la señora que vende dulces en la calle la policía la persigue sin piedad. Es el mismo sentimiento de un padre en el hospital preguntando por qué su hijo de tres años tiene leucemia: Señor, necesitamos un rey que haga justicia.
A partir del versículo 8, David pide que ese rey domine «de mar a mar»: si tuviéramos un gobernante realmente justo, ¿no querrías que gobernara toda la nación? Que someta incluso a los pueblos más difíciles de doblegar —«los moradores del desierto»—, y que las naciones más lejanas, representadas por Tarsis, lo sirvan.
Del versículo 12 en adelante, este rey traería salvación: compasión por el pobre, rescate de la opresión y la violencia. Tu peor enemigo no es el gobierno ni el narco, eres tú mismo, y este rey tendría compasión de todo el que clamara a él. Y habría provisión, abundancia de grano —de ahí me acordé de la canción con la que empecé—. El salmo termina bendiciendo a Dios, «el único que hace maravillas»: ningún partido político puede hacer justicia real, solo Dios.
III. El cumplimiento del Salmo
David murió esperando que fuera Salomón. No lo fue. Ni Roboam, su hijo insensato, ni ninguno de los reyes que vinieron después. Hasta que, siglos más tarde, bajo el gobierno de Herodes, en un pueblito insignificante:
Lucas 2:8-11
8 En la misma región había pastores que estaban en el campo, cuidando sus rebaños durante las vigilias de la noche. 9 Y un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor, y tuvieron gran temor. 10 Pero el ángel les dijo: «No teman, porque les traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo; 11 porque les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.
Esos pastores eran gente quebrada, en un mundo quebrado —jugándose la vida cuidando ovejas que ni siquiera eran suyas—, y recibieron el anuncio que David había esperado.
Lucas 2:15-16
Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos pues hasta Belén y veamos esto que ha sucedido, que el Señor nos ha dado a saber». Fueron a toda prisa y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
Si lees con cuidado el Salmo 72, verás que hay partes que Cristo ya cumplió, y partes que todavía esperamos. Ya trajo la salvación:
Romanos 5:1
Habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo,
Lo primero que trajo no fue el juicio —si hubiera venido a castigar a todos los que merecen castigo, ahí estuviéramos, porque nosotros también lo merecemos—, sino la justificación: murió en la cruz para que todo el que cree en Él sea perdonado. Pero todavía no vemos la abundancia plena, ni su reino extendido de mar a mar, ni el fin de las enfermedades injustas, del abandono, del narcotráfico. Esa justicia plena todavía no llega. Aun así, Juan dice que el que cree en el Hijo tiene vida eterna, no que la tendrá: es como si Cristo ya nos hubiera dado una probadita del pastel completo de Sus bendiciones, mientras esperamos que venga con todo.
Apocalipsis 11:15
El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: «El reino del mundo ha venido a ser el reino de nuestro Señor y de Su Cristo. Él reinará por los siglos de los siglos».
Algún día escucharemos esa trompeta y veremos al Hijo de Dios descender, ya no como el niño de Belén, sino como Rey, y la justicia anhelada llegará por completo.
Conclusión y aplicaciones
¿Se parece tu hogar a lo que pide el Salmo 72 —ese gozo, esa fe, esa paz—? Aunque no la veamos todavía en el mundo, sí la podemos ver en casa. Muchos podríamos decir que sí hay paz… cuando todos duermen, o cuando cobramos el aguinaldo, y media hora después se acaba. Necesitamos confiar en que ese Rey ya vino y ya nos dio nueva vida, y que si estamos en Cristo, nada nos la puede quitar. Seguiremos pasando por cosas difíciles este año que empieza —una cama de hospital, una relación rota, hijos que se rebelan—, pero podemos decir: nada me puede separar de Su mano.
Si el estrés viene de malas decisiones económicas, arrepiéntete, pide perdón, y pídele al Señor fuerza para cumplir tus compromisos, pero descansa en Él. Si hay problemas en tu matrimonio, haz tu parte —ámala, respétalo, como la Escritura dice— y clama al Señor por el resto. Necesitamos esperar activamente la venida del Rey, orar por ella, y mientras tanto, hablar de Él, porque hay personas que todavía necesitan Su paz, Su perdón, Su gozo.
Este Rey vino en el pesebre para traer justicia y salvación a hombres rotos como David, como tú y como yo. Y volverá para restaurarlo todo.
Cierra tus ojos y vamos ahora. Señor, somos gente rota; aquí hay quienes se parecen a David, despreciados, traicionados, quienes hemos cometido tantos errores y seguimos rompiendo promesas. Ponemos nuestra esperanza en que el Rey ya vino, esa promesa tan esperada se cumplió: vino a traer salvación, paz, restauración. Ayúdanos a vivir vidas que reflejen que Cristo reina en nuestro mundo, en nuestra vida, en nuestra familia. Si hay algún hogar donde abunda la ansiedad en vez de la paz, te suplico que por tu Espíritu Santo nos recuerdes que Cristo ya vino, ya derramó Su sangre, para que hoy podamos gozarnos mientras esperamos que vuelva. Te lo rogamos en el nombre de Jesucristo.