Introducción

1 Oh Señor, Tú mostraste favor a Tu tierra, cambiaste la cautividad de Jacob. 2 Perdonaste la iniquidad de Tu pueblo, cubriste todo su pecado. (Selah) 3 Retiraste toda Tu furia, te apartaste del ardor de Tu ira. 4 Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación, haz cesar Tu indignación contra nosotros. 5 ¿Estarás enojado con nosotros para siempre? ¿Prolongarás Tu ira de generación en generación? 6 ¿No volverás a darnos vida para que Tu pueblo se regocije en Ti? 7 Muéstranos, oh Señor, Tu misericordia, y danos Tu salvación. 8 Escucharé lo que dirá Dios el Señor, porque hablará paz a Su pueblo, a Sus santos; pero que no vuelvan ellos a la insensatez. 9 Ciertamente cercana está Su salvación para los que le temen, para que more Su gloria en nuestra tierra. 10 La misericordia y la verdad se han encontrado, la justicia y la paz se han besado. 11 La verdad brota de la tierra, y la justicia mira desde los cielos. 12 Ciertamente el Señor dará lo que es bueno, y nuestra tierra dará su fruto. 13 La justicia irá delante de Él y pondrá por camino Sus pasos.

Señor, me presento ante ti, que tú uses mi debilidad, que sea tu Palabra la que hable a tu pueblo como me habló a mí, y que puedas producir en nosotros la fe y la fortaleza, pero también que nos confrontes con esta realidad. Lo pido en el nombre de Jesús.

Imagina un pueblito perdido en las montañas de Guatemala, llamado Almolonga. En la década de los setenta era un pueblito como cualquier otro, lleno de problemas: desintegración familiar, cantinas. Pero a mediados de los ochenta, después de una reunión de oración, de manera inexplicable la gente empezó a creer en Cristo, uno, dos, cinco, y al final de la década casi todo el pueblo eran creyentes fieles. Las cárceles se vaciaron, las cantinas quebraron. Y hubo algo más: en la década de los noventa, cuando yo viví en Guatemala, me tocó ver zanahorias tan grandes que había que cargarlas entre dos, verduras que había que comprar entre varias familias para que no se echaran a perder —una respuesta, entendemos, de bendición de Dios a lo que ocurría en lo espiritual—.

Hubo un antes y un después en ese pueblito. Y Cristo también marca un antes y un después en nuestra vida —«si alguno está en Cristo, nueva criatura es»—. Pero si hoy vas a Almolonga, es un pueblo como cualquier otro: ya no tiene el mismo índice de violencia, pero ese avivamiento tan glorioso decayó. Así es también nuestra vida: empezamos con un mundo de gozo, y luego «pasaron cositas», y ese ímpetu se fue apagando. ¿Cómo estabas tú antes de que Cristo llegara a tu vida, y cómo te encuentras hoy? Si tuvieras que evaluar tu condición espiritual, ¿dirías que es tu mejor tiempo con el Señor, o reconoces que necesitas que algo cambie?

De eso nos va a hablar el Salmo 85. Este sermón se titula Vida nueva para un pueblo cansado, y lo veremos en tres puntos: celebrando la gracia pasada, clamando por gracia presente, y esperando la gracia futura.

Antes de entrar al texto, entendamos el contexto. El salmo está dirigido «al director del coro» —un canto diseñado para cantarse en congregación—, y casi todos los verbos están en plural: es una oración del pueblo entero. El título dice «de los hijos de Coré», una especie de academia de levitas dedicada a la música y la composición de salmos. ¿En qué momento se escribió? Es difícil saberlo, porque la historia de Israel es, en buena medida, una historia de fracaso tras fracaso —en eso se parece mucho a la nuestra—. Muchos estudiosos creen que se escribió después del exilio.

Recordemos: en el Sinaí, Dios hizo un pacto con Israel —obediencia traería bendición, desobediencia traería maldición—.

49 El Señor levantará contra ti una nación de lejos, desde el extremo de la tierra, que descenderá veloz como águila, una nación cuya lengua no entenderás, 52 Y esa nación te pondrá sitio en todas tus ciudades, hasta que tus muros altos y fortificados en los cuales tú confiabas caigan por toda tu tierra; y te sitiará en todas tus ciudades, por toda la tierra que el Señor tu Dios te ha dado. 53 Entonces comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas que el Señor tu Dios te ha dado, en el asedio y en la angustia con que tu enemigo te oprimirá.

Después de siglos de advertencias y de profetas, en el año 582 antes de Cristo el Señor cumplió Su palabra: Nabucodonosor destruyó Jerusalén y el templo.

2 Crónicas 36:19-20

19 Y quemaron la casa de Dios, derribaron la muralla de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos valiosos. 20 A los que habían escapado de la espada los llevó a Babilonia; y fueron siervos de él y de sus hijos hasta el dominio del reino de Persia,

El libro de Lamentaciones está escrito en ese periodo —intenta imaginar la desolación—. Pero cuando este salmo se escribe, eso ya era historia: en el año 539, Ciro el Grande, movido por Dios, emitió un decreto para que el pueblo regresara y proveyó los recursos para reconstruir el templo. Imagínate a alguien viviendo en Persia, viajando meses en caravana, y llegando finalmente a una Jerusalén en ruinas. Con el tiempo el templo se reconstruyó, y con Nehemías se levantó la muralla. El salmista escribe probablemente en esa época: la restauración anhelada ya había sucedido, había prosperidad, pero algo no cuajaba.

I. Celebrando la gracia pasada

1 Oh Señor, Tú mostraste favor a Tu tierra, cambiaste la cautividad de Jacob. 2 Perdonaste la iniquidad de Tu pueblo, cubriste todo su pecado. (Selah) 3 Retiraste toda Tu furia, te apartaste del ardor de Tu ira.

Todos los verbos están en pasado: el salmista recuerda lo que Dios ya hizo. «Mostraste Tu favor» podría traducirse como «el Señor le sonrió» a Su pueblo —¿qué otra cosa necesitas cuando Dios mismo te sonríe?—. «Cambiaste la cautividad»: salieron de Persia, el dolor y el temor se habían ido.

El versículo 2 habla del perdón. El problema más grande de Israel siempre fue el pecado.

Pero las iniquidades de ustedes han hecho separación entre ustedes y su Dios, y los pecados le han hecho esconder Su rostro para no escucharlos.

El pecado tiene consecuencias presentes:

Números 32:23

…y tengan por seguro que su pecado los alcanzará.

Y consecuencias eternas. Pero aquí el Señor había perdonado el pecado —anticipo de la obra de Cristo, porque el perdón siempre viene por sacrificio—.

Hebreos 9:22

Sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados.

No es la primera vez que Dios salva a Israel: los salvó de Egipto, en tiempos de los jueces, de los asirios. Su historia es un ciclo de fracaso, clamor y restauración, repetido una y otra vez. ¿Recuerdas cuando el Señor te alcanzó? Devorabas la Biblia, orabas apasionadamente, hablabas de Cristo a otros. Pero luego algo pasó —un pecado que no quisiste dejar, el desánimo por el pecado de otro— y ese gozo se fue esfumando. Quizás seguiste yendo a la iglesia, haciendo tus devocionales, pero sin el mismo fuego. Y poco a poco te fuiste deslizando otra vez a las garras del pecado, endureciste tu corazón, normalizaste lo que antes te hubiera escandalizado. Y en medio de eso, el Señor te volvió a salvar. Esta historia se ha repetido en la mayoría de nosotros, no una ni dos, sino muchas veces. Dios no es solo un Dios de segundas oportunidades, es un Dios de terceras, cuartas, infinitas oportunidades —«si somos infieles, Él permanece fiel»—. Celebremos que la gracia del Señor es más grande que nuestras rebeliones.

II. Clamando por gracia presente

4 Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación, haz cesar Tu indignación contra nosotros. 5 ¿Estarás enojado con nosotros para siempre? ¿Prolongarás Tu ira de generación en generación? 6 ¿No volverás a darnos vida para que Tu pueblo se regocije en Ti? 7 Muéstranos, oh Señor, Tu misericordia, y danos Tu salvación.

Los verbos cambian a presente. ¿Qué necesita ser restaurado? Algo que está roto. Apenas habían salido de las consecuencias de su pecado, y ya habían vuelto a caer —como dice Pedro, «el perro vuelve a su propio vómito».

Esdras 9:1

Acabadas estas cosas, se me acercaron los príncipes y me dijeron: «El pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas no se han separado de los pueblos de las tierras y sus abominaciones: de los cananeos, hititas, ferezeos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios…

Recién restaurados, y vuelven al mismo pecado de siempre. Es el colmo de la necedad humana. ¿Cuántas veces, sintiéndonos en el polvo, clamamos a Dios, hacemos promesas, decimos «ahora sí voy a cambiar»? Pero tan pronto salimos del hoyo, sin terminar de sacudirnos, volvemos a lo mismo.

Lo interesante es que en este periodo no había una gran adversidad como la de antes —el pueblo seguía yendo al templo, ofreciendo sacrificios, todo se veía bien—. Pero:

Hageo 2:3

«¿Quién ha quedado entre ustedes que haya visto este templo en su gloria primera? ¿Y cómo lo ven ahora? Tal como está, ¿no es como nada ante sus ojos?

La gloria de Dios nunca llenó el segundo templo. Todo funcionaba, pero Dios no estaba ahí. El salmista percibía el enojo de Dios y clamaba, recordando lo que Dios había dicho de sí mismo en Éxodo 34:7 —misericordia a millares, pero que no tendrá por inocente al culpable—.

El versículo 6 es probablemente el central: «¿no volverás a darnos vida?». No estaban muertos físicamente —tenían templo, ciudad, prosperidad—, pero sus vidas estaban vacías, sin gozo ni paz, sintiéndose lejos de Dios a pesar de los rituales. Lo que el salmista pide no son bendiciones terrenales, es avivamiento —vida de parte de Dios, no solo rituales externos—, lo mismo que Cristo le diría después a Nicodemo sobre nacer de nuevo.

Efesios 5:14

«Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo».

Podemos tener nueva vida en Cristo y sentirnos como muertos: fallas en silencio, dejas de buscar a Dios con la misma pasión, pasa una semana sin oración, luego meses, y la frialdad espiritual toma dominio. No podemos conformarnos a ese ciclo; tenemos que clamar, como el salmista: «para que tu pueblo se regocije en ti» —no en lo que tenemos—. El mundo te dice «feliz Navidad, felices fiestas», que te alegres en lo que tienes y te lamentes por lo que te falta. Pero ninguna cosa creada —persona, posesión, actividad, religión— puede llenar tu corazón; solo Aquel que es la fuente inagotable de gozo.

En el versículo 7 aparecen dos palabras hebreas importantes: hesed, un amor leal que permanece pase lo que pase, y yasha, salvación. El pueblo, en medio de su rebeldía, sigue clamando. Piensa en la pandemia: cuando sentimos el peso de la soledad, caímos de rodillas, hicimos promesas, y cuando la crisis pasó, las cosas quedaron igual que antes. A veces el Señor te quita la seguridad económica, la salud, un ser querido, el ministerio —¿por qué? Para revelar la necedad de nuestro corazón, para demostrarnos que si fuera por nosotros mismos ya nos habríamos apartado de Él, para que nunca dejemos de clamar por nueva vida.

III. Esperando la gracia futura

8 Escucharé lo que dirá Dios el Señor, porque hablará paz a Su pueblo, a Sus santos; pero que no vuelvan ellos a la insensatez. 9 Ciertamente cercana está Su salvación para los que le temen, para que more Su gloria en nuestra tierra. 10 La misericordia y la verdad se han encontrado, la justicia y la paz se han besado. 11 La verdad brota de la tierra, y la justicia mira desde los cielos. 12 Ciertamente el Señor dará lo que es bueno, y nuestra tierra dará su fruto. 13 La justicia irá delante de Él y pondrá por camino Sus pasos.

Ahora la mayoría de los verbos están en futuro. «Escucharé» es el único verbo en singular en todo el salmo: el salmista se detiene y espera lo que Dios va a decir. ¿Qué dirá? Shalom —paz—: plenitud de vida en armonía con Dios, con el mundo, con los demás y con uno mismo. Nuestra sociedad no está en paz consigo misma, ni con los demás, y mucho menos con Dios. Pero hay una condición: «que no vuelvan a la insensatez» —la misma palabra que usa Pedro para «vana manera de vivir»—. La mayor insensatez de Israel fue que, cuando el Hijo de Dios estuvo entre ellos, no lo recibieron.

Juan 1:10

Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de Él, y el mundo no lo conoció.

«Cercana está Su salvación» —la misma raíz de yasha de la que viene el nombre Jesús—. Faltaban quinientos años para que esa salvación se hiciera carne, pero el salmista la ve venir. Y «que more Su gloria en nuestra tierra» apunta a Juan 1:14, «el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria».

Pero el versículo 10 apunta también a la cruz: «la misericordia y la verdad se han encontrado, la justicia y la paz se han besado». Para gente pecadora como nosotros, misericordia y verdad, justicia y paz, no suelen ir juntas. La verdad es que Israel había fracasado una y otra vez, y la justicia sería que fueran destruidos sin compasión; la verdad es que tú y yo nos hemos rebelado contra Dios una y otra vez a pesar de nuestras promesas, y la justicia sería la ira de Dios. Pero la misericordia de Dios es un amor leal que persiste a pesar de nuestra infidelidad, y Su justicia consistió en que Él mismo estuvo dispuesto a pagar por nuestra maldad. El único lugar donde misericordia, verdad, justicia y paz se encuentran es la cruz de Cristo.

Romanos 5:1

Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo,

Conclusión

Hay una diferencia enorme entre Israel y nosotros: el salmista sabía que la paz vendría, pero no sabía cómo ni cuándo —faltaban más de quinientos años—. Para nosotros ya es una realidad cumplida: el Verbo ya se hizo carne, en la cruz consiguió justicia y paz, ya nos ha dado Su Espíritu.

2 Corintios 5:17

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas.

Es cierto que todavía hay elementos sin cumplirse por completo, que se cumplirán cuando Cristo vuelva y la tierra entera destile justicia. Pero mientras tanto, en Cristo la salvación de Dios ya se acercó, y podemos romper el ciclo de clamor, rebeldía y fracaso, confiando en que Su justicia y Su paz ya pueden gobernar nuestra vida.

Aplicaciones

Necesitamos reconocer que somos tan necios como Israel, que tendemos a repetir el ciclo de fracaso, clamor y restauración. Identifica en qué área lo estás repitiendo hoy: un pecado tolerado, frialdad espiritual, cinismo, estar ocupado sirviendo pero sin gozo en Dios. Necesitamos creer que Su salvación y Su gloria ya se acercaron —no es solo otra oportunidad más, es una nueva era, con Su Espíritu ya viviendo en nosotros—. Y necesitamos obrar en fe: si identificaste el patrón, clama por un nuevo avivamiento y toma decisiones que lo rompan.

Cierra tus ojos un momento. Estoy seguro de que muchos hemos caído en este ciclo. Si el Espíritu Santo te está trayendo convicción ahora mismo, acércate a Dios y dile: Señor, rompe ese ciclo, no quiero seguir igual, necesito que tú me des una nueva vida. Señor, todos nosotros vivimos este mismo patrón: fracaso, prueba, clamor, y tú, siempre lleno de gracia, rescatándonos. Hoy clamamos que, porque el Salvador ya vino, quebrantes ese ciclo en nosotros y nos llenes de nueva vida por el poder de tu Espíritu y por la obra de tu Hijo. Danos arrepentimiento y poder para vencer. En el nombre de Jesús.