Introducción

1 En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Él estaba en el principio con Dios. 3 Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. 4 En Él estaba la vida, y la vida era la Luz de los hombres. 5 La Luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. 6 Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. 7 Este vino como testigo para testificar de la Luz, a fin de que todos creyeran por medio de él. 8 No era él la Luz, sino que vino para dar testimonio de la Luz. 9 Existía la Luz verdadera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre. 10 Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de Él, y el mundo no lo conoció. 11 A lo Suyo vino, y los Suyos no lo recibieron. 12 Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre, 13 que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios. 14 El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Oh Rey, ayúdanos a acercarnos hoy a tu Palabra, a ver la gloria de tu Hijo, la inmensa majestad y la supremacía de nuestro Salvador, y el lugar que Él ocupa en el universo y en nuestra vida. Soy un hombre débil que necesita primero aplicarlo a mi vida; en mi debilidad, ayúdame para que hoy tu nombre sea glorificado, en el nombre de Jesús.

Tengo menos 2.75 dioptrías en ambos ojos, lo que significa que no puedo enfocar bien después de unos 36 centímetros. Hace casi 20 años me hice mi primer examen de la vista; usé lentes un tiempo, los dejé, y pensaba que veía perfectamente bien. Fue hasta que, manejando en carretera de noche, no podía distinguir los señalamientos, que me hice otro examen y el diagnóstico fue claro: estaba medio ciego. Ese principio de negación es muy común, no solo con la vista o la salud, sino también en nuestra relación con Dios: podemos pensar que todo está bien con Él simplemente porque venimos a una iglesia evangélica, reformada. Pero el Nuevo Testamento habla mucho de nuestra ceguera, una ceguera que nos impide ver a Cristo como realmente es, deleitarnos en Él, depender de Él, y vivir en la plenitud que Dios quiere para nosotros.

Solo cuando Cristo, por la obra del Espíritu, transforma nuestra visión espiritual, podemos verlo con nitidez —y si el Espíritu nos hiciera a todos un examen de la vista espiritual, todos saldríamos ciegos, no con menos 2.75 de dioptrías, sino ciegos por completo—. Y como sabrán quienes usan lentes, incluso después de la operación, los lentes se empañan, se rayan, se ensucian, y perdemos nitidez otra vez. Lo mismo ocurre en la manera en que vemos y apreciamos a Cristo.

El pasaje que leímos, Juan 1, da para años de estudio; hoy solo vamos a analizar algunas ideas alrededor de una palabra que se repite: la luz. Todos nosotros tenemos algún grado de ceguera que nos impide ver a Cristo como realmente es, y por lo tanto nos impide deleitarnos en Él y ser transformados a Su imagen. Vamos a girar alrededor de tres preguntas: ¿qué significa que Cristo es la luz?, ¿qué nos impide ver Su luz?, y ¿hay una manera de combatir mi ceguera?

I. ¿Qué significa que Cristo es la luz?

4 En Él estaba la vida, y la vida era la Luz de los hombres.

Existe una relación, en este pasaje y en todo el Nuevo Testamento, entre vida y luz. El Dios trino es la fuente de toda vida —desde el principio, el Espíritu de Dios es el agente que genera vida—.

Génesis 2:7

Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.

En hebreo, «espíritu» y «aliento» son la misma palabra. Y en Juan 3, el Señor le dice a Nicodemo que hay que nacer del agua y del Espíritu: el agente dador de vida por excelencia es el Espíritu Santo.

Juan 5:26

Porque como el Padre tiene vida en Él mismo, así también le dio al Hijo el tener vida en Él mismo;

Esta idea de que Dios es fuente de vida es propia de las tres personas de la Trinidad, el único Dios que existe. Pero no hablamos de vida biológica —ni siquiera de lo que podría simular una inteligencia artificial—, hablamos de algo más profundo: la calidad de esa vida. No es lo mismo vivir que sobrevivir.

En Génesis, cada vez que Dios crea algo, dice que es bueno; pero al llegar a la creación del hombre, dice que es bueno «en gran manera». Desde la eternidad, Dios es un Dios que vive lleno de deleite. Isaías usa la imagen del esposo que se deleita en su esposa para describir cómo Dios se deleita en Su pueblo. Proverbios 8:30 dice que la sabiduría deleitaba a Dios desde el principio, y Pablo llama a Dios «el bienaventurado» en 1 Timoteo 1:11 —alguien que no cabe de alegría—. Nuestros deleites son pequeños y pasajeros; pero Dios, el Dios trino, se ha deleitado desde la eternidad en Sí mismo: el Padre en el Hijo, el Hijo en el Espíritu —no necesita de nada externo para deleitarse—.

Salmo 36:9

Porque en Ti está la fuente de la vida; en Tu luz vemos la luz.

Dios nos creó para compartir ese deleite con nosotros —esos momentos en la congregación, o en la intimidad de la oración, donde el Señor pone gozo en tu corazón sin que dependa de la música—. Estamos diseñados para deleitarnos cuando nos acercamos a Dios.

Salmo 90:14

Sácianos por la mañana con Tu misericordia, y cantaremos con gozo y nos alegraremos todos nuestros días.

Esta luz es mucho más que vida biológica: es la vida de Dios, caracterizada por un profundo deleite en la inmensidad de Su gloria. Pero desde el Edén, el acceso del hombre a la presencia de Dios quedó restringido.

Éxodo 33:20

Y añadió: «No puedes ver Mi rostro; porque nadie me puede ver, y vivir».

Isaías 6:5

Entonces dije: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos».

La presencia de Dios estuvo prohibida para la humanidad, porque los pecadores no podemos acercarnos a un Dios santo. Piensa en las implicaciones: si Dios es la fuente de deleite, paz y vida, y no podemos acceder a esa vida, ¿cuáles son las consecuencias? Es como esas películas donde todos los colores se ven apagados, tristes —estamos tan acostumbrados a vivir entre el dolor y el pecado que lo hemos normalizado, pero no era normal—.

Salmo 16:11

…en Tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a Tu diestra para siempre.

Es como pasar hambriento frente a una vitrina de comida sin dinero para comprarla: esa era nuestra condición antes de Cristo, la única fuente de deleite auténtico estaba fuera de nuestro alcance.

Existía la Luz verdadera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre.

Piensa en esa imagen tan popular de Navidad, la cabañita oscura con una estrella arriba —a nivel cósmico, algo se paralizó cuando esa luz verdadera descendió en la persona de Jesús—.

Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de Él, y el mundo no lo conoció.

Su pueblo lo rechazó, y el ser humano lo sigue rechazando.

2 Corintios 4:6

Pues Dios, que dijo: «De las tinieblas resplandecerá la luz», es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo.

Juan testifica que él vio, tocó, oyó a ese hombre, y pudo constatar que era mucho más que un carpintero, un maestro, un predicador: era Dios hecho carne. Con el mismo poder con que Dios dijo «sea la luz» y la luz fue, Dios decretó que esa luz alumbrara nuestros corazones, quitándonos una venda para que veamos quién es Cristo realmente. Y cuando alguien contempla eso y cree, nace de nuevo.

Juan 8:12

Jesús les habló otra vez, diciendo: «Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida».

Quienes estamos en Cristo hemos sido capacitados para ver la gloria de Dios en Su rostro, y eso nos permite vivir radicalmente diferente: en gozo, en paz, en la obediencia del evangelio.

II. ¿Qué nos impide ver Su luz?

Hace poco estuvimos en la boda de Héctor y Luz, y nunca voy a olvidar el rostro de la novia entrando, literalmente radiante. ¿Recuerdas a Moisés, cuando bajó del monte después de cuarenta días con el Señor? Su rostro radiaba, a tal punto que tenía que ponerse un velo. Si la luz verdadera ya alumbró nuestra vida, ¿no debería haber evidencia de eso? Hay algo que empaña nuestra visión.

Juan 3:19

«Y este es el juicio: que la Luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, pues sus acciones eran malas.

Cuando el hombre pecó, nuestra brújula interior se rompió: empezamos a amar más los deleites del pecado que a Dios. En el corazón de un no creyente, esos deleites dominan por completo. En el corazón de un creyente, Cristo realineó la brújula —Dios es tu amor más grande—, pero otras cosas siguen compitiendo por nuestra lealtad: los ídolos del corazón. Imagina a un hombre que ora, ama a su familia, sirve en la iglesia, todo por amor a Dios —y de pronto brota el orgullo, porque quiere que todos vean que es un gran cristiano—. Eso es tan grave como cualquier otro pecado.

Santiago 1:14-15

14 Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. 15 Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte.

Dios no tienta a nadie, pero en el corazón del creyente ya redimido sigue habiendo una batalla —como una brújula que se desvía un poco cuando hay algo metálico cerca—.

2 Corintios 4:3-4

3 Y si todavía nuestro evangelio está velado, para los que se pierden está velado, 4 en los cuales el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios.

Esta ceguera espiritual no es falta de información, es una incapacidad del corazón: Satanás pone todo su empeño en que el evangelio parezca aburrido, algo solo para viejitos los domingos. El corazón humano, por naturaleza, prefiere las tinieblas. Si eres creyente, no es porque fueras más inteligente: estabas ciego y perdido, y el Espíritu de Dios quitó esa ceguera. Por eso podemos escuchar el evangelio muchas veces y seguir igual, conocer versículos y no haber visto realmente a Cristo.

Aunque Cristo nos ha librado, seguimos teniendo puntos ciegos —como al manejar, cuando confías demasiado en tu memoria de qué carros vienen atrás y de pronto aparece uno que no habías visto—. Puede cegarnos el orgullo: creer que ya sabemos suficiente de la Biblia, que nuestros logros espirituales nos hacen mejores, rechazar la corrección porque «yo tengo años en esto». Puede cegarnos la rutina religiosa: asistir, cantar, orar, leer la Biblia solo por cumplir un plan, servir porque siempre lo hemos hecho. Y puede cegarnos la falta de dependencia del Espíritu: tomar decisiones sin consultarlo, confiar más en estrategias humanas.

III. ¿Hay una manera de combatir mi ceguera?

Juan 9:39

Para juicio he venido Yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven se vuelvan ciegos.

Lo primero no es negar nuestra ceguera, sino reconocerla, igual que el ciego de Juan 9 sabía que no podía ver y pidió ayuda. Tu condición espiritual es como mi condición física: no puedes verla por ti mismo, necesitas la ayuda de alguien más —ni viviendo 365 días en oración y ayuno podrías ver a Cristo por tu propio esfuerzo—. Nuestra mente se ocupa constantemente en trivialidades, y nuestra brújula se desorienta con facilidad; necesitamos pedirle a Dios que nos alinee.

2 Corintios 4:6

Pues Dios, que dijo: «De las tinieblas resplandecerá la luz», es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo.

Necesitamos depender de Cristo, buscar Su presencia —no basta con venir a la iglesia—: te reto a que no cantes solo por cantar, sino que veas la gloria de Cristo en las letras; que no leas la Biblia solo por cumplir un plan, sino buscando ver a Cristo en las Escrituras.

Apocalipsis 3:17-18

…no sabes que eres un pobre, desventurado, ciego… por lo cual te aconsejo que de Mí compres oro refinado… y colirio para tus ojos, para que veas.

Necesitamos también buscar conscientemente la guía del Espíritu Santo, que no es un simple susurro al oído: es el poder de Dios en nuestros corazones —como si nos hubiera dado un Ferrari y lo manejáramos a 5 kilómetros por hora—. Y necesitamos practicar las disciplinas espirituales: oración, la Palabra, vivir en comunidad, confesar el pecado.

Conclusión

Ninguno de nosotros puede ver a Cristo como realmente es por sí mismo; todos tenemos algún grado de ceguera espiritual. Esta miopía nos hace pensar que vemos bien, cuando en realidad seguimos viendo borroso. Nuestro amor por el pecado y la ceguera que produce el enemigo nos impiden contemplar la gloria de Dios. Te preguntaba si tu rostro resplandece, y la verdad es que ninguno de nuestros rostros resplandece como debería. La luz que alumbra a todo hombre ya alumbra en tu corazón y en el mío, pero ninguno de nosotros vive todavía como debería. No necesitamos tres pasos para tener un hogar feliz; necesitamos saturarnos de una visión de Cristo como todo glorioso y todo suficiente. Eso no borrará tus problemas, pero te pondrá en la perspectiva correcta para ver tu realidad, tu familia, tu iglesia, como Cristo las ve. Reconoce tu ceguera y corre a Cristo, para que Su Espíritu siga renovando tu visión.

Cierra tus ojos un momento y vamos a orar. Señor, entendemos, por el testimonio de tu Palabra y por lo que hemos experimentado, que tu Espíritu Santo, en el momento en que creímos, nos dio la capacidad de ver a Cristo, todo glorioso, todo suficiente, como el Salvador que es. Perdemos de vista que Cristo es tan valioso como la perla de gran precio, que vale la pena venderlo todo para tenerlo a Él. Te pido que, por tu Espíritu, ya derramado en nuestra vida, renueves nuestra visión, y nos concedas conocer a Cristo como tu Palabra dice que es, amarlo más, depender de Él y deleitarnos en Él hasta que toda nuestra vida gire alrededor suyo, incluso en la tribulación, creyendo que Él es todo suficiente. Transforma nuestras vidas cada vez que contemplamos Su gloria, y que podamos convertirnos, aunque de manera imperfecta, en hombres y mujeres que reflejamos la gloria de Jesús. Te lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.