La prioridad del evangelio en la adoración
Cada domingo, al reunirnos como la iglesia redimida del Señor, tenemos el enorme privilegio y responsabilidad de proclamar el evangelio. Esta proclamación no solo sucede a través de la predicación de la Palabra de Dios, sino también con lo que cantamos. Cuando entonamos sus alabanzas, celebramos con gozo las glorias de Aquel que nos llamó de las tinieblas al Reino de Su luz admirable (1 Pe 2:9).
El entendimiento que tengamos de esta gracia recibida afecta cada aspecto de nuestras vidas, nuestras decisiones, nuestras pasiones… pero también afecta cómo nos preparamos y planeamos para cuando nos reunimos como iglesia. El evangelio no es solo la introducción al cristianismo; no, el evangelio es todo en el cristianismo. Si el evangelio es el centro de toda la Palabra de Dios, también lo debe ser en nuestras vidas y en nuestra adoración.
En el apóstol Pablo existía una pasión ferviente por recordarles a los santos de cada iglesia las buenas nuevas del evangelio en cada oportunidad que tenía (Ro 1:15). En la primera carta a los Corintios, el Apóstol Pablo nos recuerda de manera sencilla lo que es el evangelio: “Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Co 15:1-4).
No solamente lo recuerda una vez más, sino que además hace un énfasis afirmando que el evangelio está “…en primer lugar”. La Nueva Traducción Viviente lo traduce como: “…lo más importante”. Para Pablo, la muerte de Jesús era tan importante que se proponía a no saber nada entre los Corintios, excepto a Jesucristo, y éste crucificado (1 Co 1:23). En todos nosotros debe existir una pasión similar por lo que Cristo ha hecho en nuestras vidas.
La gloria del evangelio y la adoración
Todo cristiano es tentado a tratar al evangelio como una cosa pequeña. Constantemente nos tenemos que recordar la realidad de que Cristo, el Alfa y Omega, el Principio y el Fin, el Verbo que formó el universo al hablar, dejó la gloria del cielo para venir a un establo; dejando de lado sus coronas celestiales tomó la forma de un hombre débil, para reconciliar a aquellos que al pecar en contra de un Santo Dios se convirtieron en sus enemigos.
El evangelio nos dice que Jesús, siendo la expresión exacta de la naturaleza de Dios, el resplandor de Su gloria, en quien habita toda la plenitud de la Deidad, caminó entre nosotros. Y vimos Su Gloria, pero la despreciamos por amor a nuestros deseos y pasiones pecaminosas. Pero Él, por causa del gran amor con que nos amó, tomó forma de siervo y se humilló hasta lo sumo. Él fue golpeado, humillado, y cargando nuestros pecados en su cuerpo sobre una cruz se convirtió en nuestro sustituto, tomando la justa ira de Dios que merecían nuestras rebeliones. Mas Dios lo resucitó y lo sentó a Su diestra, dándole todo dominio, poder y autoridad sobre todo lo creado, a fin de que todas las cosas estén bajo los pies del Salvador, quien es bendito por los siglos.
Solo el Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza (Ap 5:12). Un día, Cristo el Señor regresará para reinar, y toda lengua confesará que Jesucristo es Señor para la gloria de Dios Padre.
¡Mejores noticias que estas no existen en toda la tierra! Nosotros amamos a Dios porque Dios nos amó primero, ¡y qué manera de amarnos! De enemigos nos ha hecho sus hijos. No solo nos perdona nuestra traición cósmica de pecar contra el Soberano, también nos adopta como suyos. ¡Cuán triste es nuestra naturaleza caída que nubla nuestra vista de las glorias del evangelio! Igual de triste es el ver que podemos llegar a menospreciar lo que el Salvador ha hecho por nosotros y lo lleguemos a minimizar.
Esto hace que sea doloroso el ver que la inmensa mayoría de las canciones de "alabanza y adoración" modernas están centradas en el hombre y no en las profundidades de la inmensidad de la gracia abundante de Dios, revelada en la faz de Jesús. Exaltamos nuestra respuesta, sin exaltar al que nos permite y capacita el poder responder. Celebramos que tenemos libertad en Cristo, sin celebrar humildemente nuestra sumisión a Él. Nos gloriamos en que somos hijos de Dios, sin querer reconocerle como Señor y Dueño de nuestras vidas.
Como seguimos luchando con un remanente de pecado, tendemos a enfocarnos rápidamente en los beneficios que obtenemos con el perdón de nuestros pecados, en lugar de fijar nuestros ojos en el Soberano Salvador. Tenemos que luchar contra nosotros mismos y recordarnos constantemente las verdades centrales de la Palabra de Dios. Tenemos que recordarnos el evangelio.
Todo líder de adoración tiene oportunidad de recordarle a los congregantes de nuestras iglesias el evangelio semana a semana. No podemos dejar pasar esta oportunidad por enfocarnos en ver qué canción está de moda. El tiempo de alabanza y adoración no es un tiempo para exhibir los dones, talentos, y recursos que Dios ha dado a la iglesia; ni mucho menos es una oportunidad de darle una plataforma a artistas cristianos para que puedan presumir sus habilidades musicales. El tiempo de alabanza y adoración es un tiempo en el cual la iglesia se reúne a celebrar y exaltar con cantos y música a Aquel que es digno de ser adorado en gran manera.
Ahora, no estoy diciendo que no se deban usar los dones y talentos que Dios ha derramado en la iglesia para la bendición y edificación de la Iglesia. Pero tenemos que reconocer que existe la tentación de convertir esos dones y talentos que Dios ha dado en el centro de la adoración. Harold Best, autor del libro Music through the Eyes of Faith (Música a través de los ojos de la fe), nos advierte de este peligro al decir:
Los músicos cristianos tienen que ser particularmente cuidadosos. Pueden crear la impresión que Dios está más presente cuando hay música que cuando no; que la alabanza es más posible con música que sin ella; y que Dios pudiera llegar a depender de la música antes de hacerse presente.1
Debemos tener cuidado de esto y darle el lugar a Jesús que se merece. Dios es el centro, todo lo demás es secundario.
El evangelio como prioridad
Entonces, ¿cómo luce cuando el evangelio es el centro de nuestra alabanza y adoración? Un texto clave que Dios ha usado para moldear mi entendimiento de cómo se expresa esto es la exhortación de Pablo a los Colosenses: “Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones” (Col 3:16).
Pablo es muy claro: el centro debe ser la Palabra de Dios (“Que la Palabra de Dios habite en abundancia en vosotros…”). Cuando nosotros nos llenamos de la Palabra de Dios, hablamos y expresamos Palabra de Dios, puesto que de la abundancia del corazón habla la boca (Mt 12:34). Cuando esto lo aplicamos en la adoración, buscamos entonces canciones que estén saturadas de la Palabra de Dios, que sirvan para enseñar y amonestarnos unos a otros.
Entre más estudiamos la Palabra de Dios, más nos damos cuenta de que las Escrituras están impregnadas del evangelio. Como ya hemos dicho: el centro de la Palabra de Dios es el evangelio; por tanto, el evangelio debe ser el centro de nuestra adoración.
No perdamos el enfoque. Nuestras alabanzas deben resonar y ser informadas por el evangelio. Nuestros servicios deben estar repletos del evangelio. Nuestras vidas deben estar saturadas con el evangelio. Repasemos continuamente el evangelio hasta que afecte lo más íntimo de nuestro corazón. Celebremos el glorioso evangelio cada oportunidad que tengamos. Como líderes de adoración tenemos la responsabilidad de recordarnos a nosotros mismos el evangelio y de recordarle a los demás el evangelio. Cuando tengamos la oportunidad de dirigir al Pueblo de Dios en adoración, seamos prontos a apuntarlos al evangelio. Cantemos y celebremos la honra del Salvador en su brazo presto a salvar.
- En tus propias palabras, ¿por qué el evangelio es una prioridad en nuestra adoración a Dios?
- ¿Qué cosas podemos hacer en nuestras iglesias para procurar que le estamos dando a Cristo el primer lugar en nuestra alabanza?
- ¿Por qué es tan peligroso convertir nuestros talentos y dones en el centro de la adoración?
- ¿De qué maneras nuestros cantos saturados del evangelio son una forma de proclamar el evangelio a otros?
Footnotes
-
Harold Best, Music Through the Eyes of Faith (San Francisco, Harper Collins, 1993), p. 153. ↩