
Compromiso 6:
Guiaré a mi familia a amar a la iglesia y a ser miembros fieles
Por la gracia de Dios, en todas las iglesias hay algunos miembros (tristemente casi nunca son la mayoría) que asisten fielmente a todas las reuniones y actividades importantes de la congregación, no por obligación o por el temor a la culpa si no lo hacen, sino porque realmente aman servir en la iglesia, y además lo hacen estando siempre alegres, siendo siempre amables y humildes.
Es interesante notar que, en muchos de esos casos, se observa la misma actitud y entrega al servicio en la esposa e hijos de esos miembros fieles. Ellos también aman a la iglesia y consideran un gozo y un honor el poder servir en lo que les sea posible. Son familias atípicas o diferentes, en el buen sentido de la palabra.
Durante el proceso de integración a una iglesia local, todos necesitamos la ayuda de miembros fieles como los que acabamos de mencionar, para evitar dejarnos llevar por un patrón muy común que por lo general incluye: entusiasmarse con la iglesia; servir o participar más activamente en ciertos ministerios de la iglesia; descubrir las imperfecciones de la congregación; para luego desanimarse, dejar de servir, aislarse o hasta abandonar la iglesia.
Aunque los miembros de toda iglesia son personas que han sido regeneradas por el poder del Espíritu Santo, también es cierto que aún son pecadores siendo santificados, y por esta razón será inevitable que, al integrarnos y asistir regularmente, tengamos alguna mala experiencia en la iglesia. Cuando esto suceda, seremos tentados a irritarnos, frustrarnos o desanimarnos, y necesitaremos el consejo y el apoyo de un miembro fiel y maduro, que nos explique de nuevo que ninguna congregación es perfecta, que ningún pastor es perfecto, que ningún miembro de iglesia es perfecto; y también que nos recuerde amorosamente que nosotros tampoco somos perfectos.
Todos necesitamos a miembros fieles que nos ayuden a descubrir el gozo de servir a la iglesia y a quienes pertenecen a ella, teniendo siempre presente que Dios nos colocó en Su iglesia no para ver qué podemos obtener de ella, sino para servir y cuidar (no vigilar) a los demás, enfocados siempre en dar, no en recibir. Y cuando alguna persona llega a ofendernos o defraudarnos, necesitamos a miembros fieles y maduros por medio de los cuales Dios nos recordará que debemos perdonar y orar por aquellos que han pecado contra nosotros.
También tenemos necesidad de que miembros más maduros que nosotros nos recuerden que Jesús murió en la cruz para salvar a los que se rebelaron contra Él, y que nos manda imitar su ejemplo dándonos el poder de Su Espíritu para hacerlo, y por lo tanto, sí podemos y debemos amar incluso a quienes nos parecen imposibles de amar en nuestra iglesia. Esos miembros fieles serán nuestros padres espirituales quienes, a través de su amor, paciencia y ejemplo, nos enseñarán a amar a nuestra iglesia local, amando a todos sus miembros a pesar de sus imperfecciones, para luego nosotros enseñarles eso mismo a todos los integrantes de nuestras familias.
Llamados a amar apasionadamente a la esposa de Cristo
Como miembro fiel de iglesia no debo limitarme a servir bien a mi congregación. Dios me llama a amar a la iglesia que es la esposa de Cristo, con la misma pasión con que Él la ama, lo cual significa amarla con amor inalterable e incondicional. Amar sin condiciones es imposible sin el poder del Espíritu Santo. Amar a alguien que satisface todas mis expectativas es fácil, pero en realidad no es amor, pues estoy centrado en mí y mis expectativas. El amor incondicional no depende de la respuesta, y amar así a la iglesia significa que mi amor por ella aumentará aun cuando no esté de acuerdo con algo o tenga que tratar, perdonar y servir a gente desagradable.
Efesios 5:25-32 nos enseña que Cristo no se inspiró en el matrimonio para amar a la iglesia. Más bien, una de las razones por las que creó o instituyó el matrimonio fue para ilustrar o reflejar Su amor por la iglesia. Dios inventó el romance, la búsqueda y la promesa de amor eterno entre un hombre y una mujer, para que a lo largo de nuestras vidas pudiéramos observar un tenue reflejo o vislumbre de Su intenso amor por aquellos que murió para salvar, es decir Su iglesia. Leamos este pasaje, pero en lugar de enfocarnos en lo que Dios les manda a los esposos, notemos lo que nos revela acerca de cómo ve el Señor Jesús a Su iglesia y cómo ha decidido amarnos:
25 Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella, 26 para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, 27 a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada. 28 Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. 29 Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia; 30 porque somos miembros de Su cuerpo. 31 Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. 32 Grande es este misterio, pero hablo con referencia a Cristo y a la iglesia.
¿Cuánto ama Cristo a la iglesia? De acuerdo a este pasaje, Él nos ama tanto que se dio a sí mismo por nosotros. Entregó su propia vida para redimirnos y ahora trabaja continuamente para limpiarnos y prepararnos para la eternidad.
Su amor por Su iglesia no es pasajero sino permanente y comprometido, y ese amor lo lleva a interceder constantemente ante Dios Padre a nuestro favor. Por ese amor, nos alimenta, nos cuida, nos sostiene, nos protege.
Todo esto nos recuerda que, así como debemos sacrificarnos incondicionalmente por nuestras familias y amarlas, a pesar de que sus integrantes no son perfectos, así también debemos amar a la iglesia en la cual Dios nos ha colocado, conscientes de que de que sus miembros tampoco son perfectos. Debemos gozarnos en servir tanto a nuestras familias como a la congregación, y aplicarnos con diligencia a enseñar y a alentar, con nuestro ejemplo e instrucción, a cada integrante de nuestra familia a amar intensamente a la iglesia local.
Unidos como familias para orar por la iglesia
Ya hablamos anteriormente del compromiso y privilegio que Dios le ha dado a cada miembro fiel de la iglesia de orar en lo individual por sus pastores y líderes. Pero también es muy importante que oremos por nuestra iglesia.
Anhelamos que el Señor produzca esto en el corazón de cada creyente:
- Pasion por conocer la Santidad de Dios y ver su gloria
- Una clara comprensión de la Gracia y El amor de Cristo
- Guía y poder del Espíritu para vencer la adversidad y el pecado
- Pasión y poder del Espíritu para hablar de Cristo
También es importante que oremos por cada actividad, reunión o o incluso convivio:
- Que en cada canto u oración exaltemos con convicción y pasión el nombre Santo de Dios.
- Que el Espíritu nos conceda una unidad y armonía sobrenatural manifestada en actos de amor y preocupación por los hermanos
- Que el Señor, El Espíritu Santo, nos conceda experimentar Su Presencia manifiesta, trayendo convicción, fortaleza, arrepentimiento, sanidad, y avivamiento espiritual.
- Que el Señor use a los predicadores, maestros o líderes para que su palabra sea predicada con fidelidad.
- Que los predicadores, maestros y servidores sirvan a la Iglesia con una actitud de amor sincero.
- Que durante cada reunión podamos ver el milagro de que personas creyendo en Cristo para Salvación.
- Que durante cada reunión el Señor nos conceda ser un refugio para los cansados y debilitados.
- Que el Señor nos de más gracia
Ser miembros fieles de una congregación nos brinda la oportunidad y el honor de enseñar a nuestra familia a amar a la iglesia, y una de las maneras más efectivas de hacerlo es precisamente esta de reunir regularmente a todos los integrantes de nuestra familia para orar por nuestra iglesia local.
Unidos como familias para adorar
22 Hablaré de Tu nombre a mis hermanos;
En medio de la congregación te alabaré.
Al ser miembro de esta iglesia, serás responsable de animar y conducir a tu familia a adorar juntos en la congregación. Los casados deben procurar hacerlo tanto con su esposa como con sus hijos, pues toda tu familia debe ver tu amor por Cristo y por tu iglesia.
Aún los miembros de la congregación que son solteros y que no tienen ningún familiar cercano con quien adorar, tengan presente que siempre hay personas que los están observando y ven su amor por la iglesia, y lo más probable es que quienes los observan más de cerca sean sus seres queridos, pero no se los dirán.
Una persona casada con un cónyuge no convertido se puede sentir sola y triste al ir a la iglesia y adorar, mientras su cónyuge se queda en casa. Sin embargo, la realidad es que Dios les ha dado a estas personas un campo misionero: sus familias. Así como un misionero viaja miles de kilómetros para llevar las buenas nuevas a pueblos que no conocen el evangelio, así esta persona ha sido llamada para llevar las buenas nuevas a su propio hogar.
Si ese es tu caso, recuerda que tu cónyuge e hijos no creyentes te observan atentamente, aunque no lo quieran admitir, y tu amor por la iglesia y por todos sus miembros, así como tu testimonio en general, tendrá un impacto en tu cónyuge y demás seres queridos. Ámalos, proclámales el evangelio y sigue orando por ellos, mientras creces en tu amor por Cristo y por Su iglesia.
Compromiso 7:
Valoraré el regalo de ser miembro de la iglesia
Imagina a un niño ante dos situaciones. En la primera, su madre le ordena limpiar su cuarto y tiene que quedar impecable. El niño sabe que tendrá que dedicarle varias horas de esfuerzo a esa tarea y que habrá consecuencias negativas si no lo hace, y se dispone a hacerlo más por obligación que con gusto.
En la segunda, la madre le dice a su hijo que alguien le ha dado un regalo increíble. Está en su envoltorio, listo para que lo abra, y le asegura que el regalo es realmente excepcional, pues nunca ha recibido ni volverá a recibir un regalo igual.
Si el niño pudiera elegir entre la primera y la segunda situación, es muy fácil saber cuál elegiría. Cada miembro de iglesia enfrenta dos situaciones igual de distintas, y elegir entre ellas debiera ser igual de fácil. El primer caso es cuando una persona ve a la iglesia como un club y se afilia para ver qué puede obtener de ella. Su manera de pensar es que el pastor debe alimentarla y cuidarla bien; los sermones no deben ser muy largos; el estilo de música debe corresponder a sus gustos o preferencias y cualquier variación será inaceptable. Los programas y ministerios son sólo para su beneficio personal y familiar; también cree que no debe de colaborar en nada pues eso corresponde a otros. Cómo miembro afiliado, espera disfrutar de ciertos privilegios y ser servido.
¿Qué pasa cuando a un miembro del “club” de la iglesia se le pide servir en algún ministerio? Tal vez accederá a esa petición por obligación, pero no es lo que desea hacer, pues el ser miembro del club de la iglesia no debería implicar trabajar o servir, sino ser servido… Pero como se lo pidió uno de los pastores, acepta y comienza a servir de mala gana. Lo cierto es que no durará mucho tiempo.
Otros miembros del “club” de la iglesia se indignan o se molestan cuando se les pide servir en algún ministerio o actividad (limpiar baños, guardar cables, cuidar el estacionamiento, cargar cajas, etc.), y tal vez respondan que ya trabajaron bastante cuando eran jóvenes.
Y algunos otros, hasta se enojan con los pastores, pues cómo se atreven a pedirles que sirvan cuando para eso les pagan a los pastores, para que sean ellos los que sirvan y hagan casi todo el trabajo en la iglesia; o creen que porque hay líderes en entrenamiento sólo ellos están obligados a ser los miembros “ejemplares”.
Por la gracia de Dios, existe otra manera de ser miembro de iglesia. Es la manera bíblica, que entiende la membresía como un regalo, algo digno de atesorar. Ser miembro de iglesia desde esta perspectiva, significa que tenemos la oportunidad de SERVIR EN TODO Y PARA TODO, ASÍ COMO SIEMPRE DAR EN TODO Y PARA TODO, y no lo hacemos por obligación sino por AMOR a Cristo y AMOR por Su iglesia.
La perspectiva bíblica del regalo que es ser miembro de una iglesia
Cuando nos arrepentimos de nuestro pecado y confiamos en Jesucristo, recibimos el don de la salvación, como se nos dice en Efesios 2:8-9,
Efesios 2:8-9,
Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.
A través de toda la Biblia, Dios nos repite y resalta muchas veces que la salvación no se puede obtener por medio de hacer buenas obras o de obedecer sus mandamientos, sino que es un don que Él nos concede por gracia, el regalo de la obra de Cristo por nosotros.
Cuando recibimos el regalo de la salvación, nos convertimos en parte del cuerpo de Cristo, como lo dice Pablo en 1a Corintios 12:27:
1a Corintios 12:27
Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno individualmente un miembro de él.”
Con ese don, recibiste la vida eterna, el perdón de todos tus pecados mediante la muerte de Cristo en la cruz, la adopción por parte del Dios el Padre, y la presencia y comunión del Espíritu Santo. Y también se te concedió llegar a ser una parte valiosa y necesaria del cuerpo de Cristo.
Por esto es que ser miembro de la iglesia es un regalo de Dios. No es una obligación legalista. No es una carta de derechos. Es un regalo, un don de Dios, incomparable, irrevocable, interminable, que debemos atesorar con alegría, gratitud y expectación.
Aprecia el regalo
Los regalos en general deben ser valorados, y sobre todo si se trata de regalos extraordinarios. Nunca se deben dar por hecho o ser subestimados, sino más bien apreciados, y el valorarlos correctamente debe producir en el receptor una profunda gratitud hacia el Dador. Un error muy común entre los cristianos es que al recibir el grandioso regalo de su salvación, en lugar de responder amando más al Dador, responden amando más al regalo que al Regalador. Si recibimos un magnífico regalo y realmente lo apreciamos, es natural que queramos mostrar nuestro aprecio y gratitud correspondiendo al Dador. Y una forma natural de responder al gozo de nuestra salvación y al privilegio de ser miembros de una iglesia, es servir a nuestro Rey y Redentor procurando encontrar oportunidades de servir en la iglesia.
Cuando recibimos un regalo, apreciamos a toda la familia del Dador, a todos los demás hijos e hijas que Dios ha decidido adoptar, y aunque no son perfectos, como tampoco nosotros lo somos, por el gozo abundante que nos produce haber recibido el don de la salvación, deseamos servir a todos los demás miembros de la iglesia, gozándonos en ser los ultimos y no buscando siempre ser los primeros.
Seguramente las iglesias serían mucho más saludables si todos los miembros se propusieran expresar su gratitud por el excepcional regalo de la salvación y de pertenecer a una iglesia, a través de servir a los demás miembros como Jesús sirvió, porque lo amamos y anhelamos asemejarnos a Él.
Preguntas para discusión
- ¿Qué es lo que más te impacta de la manera en la que Cristo amó y sigue amando a la iglesia y por qué?
- ¿Cómo consideras que es tu amor por tu iglesia actualmente y qué puedes o debes hacer para llegar a amarla con la misma pasión con la que Cristo la ama?
- ¿Cómo practicas el hábito de orar y adorar junto con tu familia, y qué podrías hacer para fortalecerlo?
- Si algún día te pidieran servir, o si actualmente sirves en algún ministerio de la iglesia, ¿Qué representa para ti esa oportunidad y por qué?
- ¿Por qué crees que es importante tener una perspectiva bíblica del regalo que es ser miembro de tu iglesia?