Introducción
Jesús tiene el imperio La mayoría de la gente en la sociedad occidental engloba las iglesias en la misma categoría que los clubes de fútbol o las asociaciones benéficas. Piensan que la iglesia es otra asociación de voluntarios. Otros prefieren considerar a las iglesias como un proveedor de servicios; como un mecánico que repara tu alma o una gasolinera que llena tu depósito espiritual.
¿Es la iglesia local un club o un proveedor de servicios que existe por el permiso del Estado? ¿Es una limosnera que depende de la caridad de las personas?
Es cierto que como cristianos individuales debemos someternos a la autoridad del Estado. Pero recuerda que el gobierno es “servidor de Dios” y su “vengador para castigar” (Ro 13:4). Sí, el Estado posee el poder de la espada, pero lo tiene únicamente porque Dios se lo ha otorgado.
También es cierto que las iglesias deben cumplir con las leyes vigentes cuando se refiere a cosas como adoptar un código postal —si tienen un edificio— o pagar los impuestos del salario del personal (si tienen personal contratado). En este sentido, las iglesias son como cualquier organización. Al mismo tiempo, hay algo que debería estar completamente claro en la mente del cristiano: la iglesia local no existe por el permiso del Estado. Existe por la autorización expresa de Jesús. Después de todo, es Jesús quien tiene el imperio, no el Estado.
Ser cristiano es saber esto: en Jesús se encuentra la autoridad final. Jesús es la autoridad ante la cual todas las demás autoridades deben responder. Jesús juzgará a las naciones y a sus gobiernos. Él es quien tiene el poder final sobre la muerte y la vida. El Estado existe porque Jesús lo autoriza, no al revés. Los países normalmente no reconocen este hecho. Pero las iglesias saben que es verdad (Jn 19:11; Ap 1:5; 6:15–17).
Toda autoridad en el cielo y en la tierra ha sido dada a Jesús; y Él da a Su Iglesia la autoridad para ir a las naciones. Por eso Su Iglesia avanzará como una armada que no puede ser detenida. Las fronteras de los países no la pararán. Las órdenes ejecutivas de los presidentes y de los primeros ministros no la pararán. Ni siquiera las puertas del infierno la harán retroceder. Jesús tiene el imperio.