
Somos expertos en engañarnos a nosotros mismos. Estamos tan seguros de que somos la persona que nos hace felices, completos, contentos y confiados. Pero, al mismo tiempo que percibimos la fragancia de nuestros planes de mejoramiento, anunciando con bombos y platillos que esa persona será un mejor dios de lo que Dios es, aplaudimos nuestra independencia y soberanía, y demostramos ser nuestro peor enemigo.