Padre de los espíritus, toma en tu mano mi corazón. Mi corazón es demasiado duro y yo demasiado débil. No te rindas conmigo, aunque yo ya lo haya hecho. Tan solo una palabra tuya, en tu poder, será suficiente.
Tú que tienes la llave de David, tú que abres lo que nadie puede cerrar, abre este corazón y entra, oh, Rey de la Gloria.
Haz de esta alma una de tus cautivas. Protégeme de las pruebas del tentador, hasta que me aleje de mis pecados y acepte la vida en tus términos de abnegación. Amén. — Joseph AlleineAlcanzando el cielo:
Oraciones de los puritanos