Dios misericordioso, eres Alfa y Omega, el principio y el fin. Tu llamas “Hecho” a las cosas que están por venir, tan fieles y verdaderas son tus promesas. Has prometido por tu propia palabra, de tu propia boca, que a cualquiera que tenga sed, le darás a beber plenamente de la fuente del agua de la vida. Oh, Señor, tengo sed. Anhelo una gota de misericordia. Como el siervo ansia las aguas, así ansía por ti y por tu compasión, oh, Dios, el alma mía. Si tuviera la gloria, la riqueza y el placer de todo el mundo, si tuviera diez mil vidas, con gusto las entregaría, solo para que esta pobre alma temblorosa fuera recibida en los sangrientos brazos de mi bendito Redentor. Oh, Señor, mi espíritu dentro de mí se deshace en lágrimas de sangre. Mi corazón está partido en pedazos. Hacia fuera del lugar de los dragones y de sombra muerte, levanto mis pensamientos, cargados y tristes, ante ti. El recuerdo de mis antiguas vanidades y pecados es veneno para mi alma. Las mismas llamas del infierno, Señor, la furia de tu justa ira, el fuego sofocante de mi propia conciencia, han desgastado y resecado tanto mi corazón, que mi sed no puede ser apagada. Mi deseo es el perdón y la gracia de Jesucristo. Señor, en tu bendito libro declaras: “todos los sedientos, vengan a las aguas”. En ese gran día de fiesta, te pusiste de pie y gritaste: “Si alguien tiene sed, venga a mí y beba”. Y estas son sus propias palabras: “Los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados”. Te desafío, Señor, en mi sed extrema por ti y por la vida espiritual en ti, por esa palabra y por esa promesa que hiciste: hazme bien. Me arrastro en el polvo y tiemblo ante tus pies. Abre ahora ese prometido pozo de vida. Porque debo beber o moriré. Amén.
Qué manera de orar, sin duda esta oración debería arraigarse profundamente en el corazón de cada creyente.
Isaac Ambrose, «SEDIENTO DE LA GRACIA EN CRISTO», en: Alcanzando el cielo, ed. Robert Elmer (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2020), 22–23.