Seguridad falsa
Una mirada bíblica a la Oración del pecador Kurt Gebhards
Mucho de la evangelización moderna se enmarca en la conocida Oración del pecador: «Señor, te amo y sé que soy un pecador. Te pido que entres en mi corazón y me hagas…» En contra de la creencia popular, el lenguaje en las oraciones de la mayoría de las oraciones del pecador no es bíblico. Más aún, el resultado de usar la Oración del pecador es que las iglesias están débiles, las personas son engañadas y se alientan las conversiones falsas. Este capítulo explica por qué y ofrece un mejor enfoque.
En junio de 1988, yo era un típico norteamericano de dieciséis años de edad terminando mi segundo año de la escuela superior. Había ido a la iglesia tres veces en toda mi vida y siempre porque alguien me llevó. Pero por alguna razón en el verano antes de mi primer año decidí ir por mí mismo. Me uní al grupo de jóvenes para visitar un parque de diversiones y conseguí andar en el asiento delantero con el pastor de jóvenes. Mientras él conducía la furgoneta de la iglesia, me habló de Jesús y del evangelio.
No hay ni qué decirlo, al regreso opté por no ir en el asiento del frente. Aprecié la gentil intrepidez del pastor pero fue demasiado para un novato espiritual como yo. En aquellos tiempos, el cristianismo era algo completamente nuevo para mí, pero a pesar de mi vacilación inicial, ahora me doy cuenta de que Dios me estaba atrayendo poderosamente hacia Él. Comencé a asistir a la iglesia y al grupo de jóvenes cada semana. En noviembre de ese año se me acercó uno de los santos adultos de la iglesia, quien preguntó si me había convertido en un cristiano. Mi respuesta reflejó tanta ignorancia que me hace sentir vergüenza hasta el día de hoy: «No», le dije. «Estoy esperando hasta el día de año nuevo y eso va a ser en realidad grande».
En mi mente había planificado el momento de mi conversión con una estratégicamente planeada Oración del pecador. Sin embargo, el día de año nuevo llegó y se fue, y yo ni me acordé de mi conversión. El 3 de enero me di cuenta de que había perdido mi «cita» con Dios. Así es que precipitadamente me arrodillé junto a mi cama, me disculpé ante Dios y fui a través de la oración estándar que había oído tantas veces antes.
Había un problema con mi intento hueco y formalista al orar: No estaba comprometido con Dios de ningún modo. Pese a mi oración y mi asistencia a la iglesia, yo estaba hundiéndome más y más en el pecado y sus placeres. No fue sino hasta meses más tarde que Dios de manera misericordiosa le puso fin a mi hipocresía, salvándome de mi pecado y superficialidad. Me arrepentí y le entregué mi vida a Dios, y Él me llevó del reino de las tinieblas al reino de su Hijo amado (véase Colosenses 1:13). En otras palabras, nací de nuevo.
Mi historia es común. Muchas personas dicen la Oración del pecador sin estar convertidas. En la mayoría de la comunidad evangélica, la Oración del pecador es casi universalmente aceptada como la forma para convertirse en cristiano. Además, demasiados cristianos consideran que sus encuentros evangelísticos serán fructíferos con solo guiar al incrédulo a hacer la Oración del pecador. Pero dada la crítica importancia del tema, a saber, la salvación, debemos examinar con seriedad el concepto de la Oración del pecador.
La Oración del pecador es un ejemplo de una presuposición equivocada que infesta mucho la evangelización moderna. Proviene de la noción errada de que la decisión de un pecador de recibir a Cristo es el factor determinante en la salvación. La Oración del pecador es una rama de este concepto de hacer una decisión, a pesar de que elimina por completo la idea que es en verdad Dios quien atrae a las personas a Él mismo. De hecho, por esta presuposición mucho de la evangelización moderna postula que si las personas piden ser salvas Dios está obligado a salvarlas. Esto cambia por completo la descripción de Jesús del nuevo nacimiento viniendo de Dios (Juan 3:3–8) y representa una distorsión seria del evangelio. Mientras Jesús dijo que nadie puede venir al Padre a menos que el Padre le traiga a Él (Juan 6:44), la Oración del pecador implica que las personas son al final las que inician y determinan su propia salvación. Así, la Oración del pecador en verdad es un obstáculo al evangelismo verdadero.
La realidad es que en ninguna parte de la Biblia hay alguna cosa remotamente parecida a la Oración del pecador. En ninguna parte hay alguien que invita a Jesús a entrar en su corazón o dice algo como «yo ahora te dejo asumir el control de mi vida». Pero si alguien le preguntara al evangélico promedio qué se requiere para convertirse en cristiano, es muy probable que responda con algo semejante a la Oración del pecador. Yo aun he aconsejado a personas que han estado viviendo una vida de pecado, sin sombra de amor por el Señor, que afirman que son creyentes. ¿Por qué? Porque recuerdan haber dicho la Oración del pecador cuando eran jóvenes.
Es interesante que la Oración del pecador es popular a pesar de que no hay justificación bíblica para ella. Las Escrituras demuestran que es falto de visión y bíblicamente simplista para alguien basar su posición ante Dios primordialmente por el uso de una sola oración.
RENUNCIANTES
Las generalizaciones son peligrosas. Cada punto criticado aquí no se aplicará igualmente al uso que todo el mundo hace de la Oración del pecador. Los evangelizadores fieles que están comprometidos con el señorío de Cristo en la salvación, el evangelio bíblico y la pureza de la iglesia quizá usaron el método de la Oración del pecador por años. Honro a los evangelizadores que fielmente propagan el evangelio. No obstante, todos los métodos de evangelización deberían estar sujetos al escrutinio bíblico.
Además, mi crítica general no pretende ser una crítica de la legitimidad de la experiencia personal de salvación de alguien. Conozco a muchos cristianos piadosos que llegan a ubicar su salvación en pastores o familiares que les pidieron que tomaran una decisión por Cristo. A veces, la Oración del pecador puede coincidir con el momento en que un pecador se salva. Sin embargo, todavía debemos preguntar si es un modelo útil y bíblico.
Reconozco que muchas personas nunca han considerado una alternativa para la Oración del pecador. Está tan comúnmente usada y tan ampliamente aceptada como una técnica evangelística que pocas personas pensarían en su problemática. La meta de este capítulo no es hacer acusaciones sino considerar la Oración del pecador bíblicamente y alentar una forma de evangelización que sea conforme a la Palabra de Dios.
EJEMPLOS DE LA ORACIÓN DEL PECADOR
Hay muchas variaciones de la Oración del pecador. Una búsqueda rápida en la Internet provee decenas de ejemplos, incluyendo el siguiente: «Señor Jesús, creo que eres el Hijo de Dios. Gracias por morir en la cruz por mis pecados. Por favor, perdona mis pecados y dame el regalo de la vida eterna. Te invito a mi vida y corazón para que seas mi Señor y Salvador. Quiero servirte siempre». Aquí hay otra: «Amado Señor Jesús, yo sé que soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que tú moriste por mis pecados. Quiero apartarme de mis pecados. Te invito a entrar en mi corazón y mi vida. Quiero confiar en ti y seguirte como Señor y Salvador. En el nombre de Jesús. Amén».
Estas oraciones comparten un reconocimiento verbal del propio pecado, de la deidad de Cristo, de la necesidad del perdón de Dios y de un deseo de apartarse del pecado. Todo eso es bueno. Y al final, hay una invitación o una petición a que Jesús entre en el corazón y la vida del pecador. Esta noción de invitar a Jesús a entrar en el corazón es una parte fundamental de la mayoría de la retórica evangélica. También se pueden escuchar frases como estas: «Yo acepté a Cristo como mi Salvador» o «Yo redediqué mi vida al Señor» o «Pasé durante el llamado al altar y fui salvo».
Aunque los motivos detrás de estas frases son generalmente buenos, desafortunadamente la Oración del pecador puede hacer una gran cantidad de daño espiritual porque no cuadra con los ejemplos bíblicos, el vocabulario o la teología. Antes de que analicemos las deficiencias de la Oración del pecador, consideremos la fuente de la que procede su popularidad.
LA POPULARIDAD DE LA ORACIÓN DEL PECADOR
Recientemente recibí un correo electrónico de un amigo no cristiano que ha estado en relación con el cristianismo por muchos años. Me dijo que estaba bajo la impresión de que orando cierta oración le ayudaría a «hacer algo oficial». Me decía: «Quiero convertirme “oficialmente” en cristiano. Creo que “nacer de nuevo” es el término que oigo que todo el mundo usa y me pregunto cómo hacer eso. ¿Es simplemente por decir una cierta oración o hay que tomar clases, o necesito ser bautizado primero?»
Gracias a Dios, este sincero correo electrónico empezó una relación de discipulado donde me encontré con mi amigo para aclararle qué es el evangelio y los términos de Jesucristo para el discipulado. No quise afirmar su manera de pensar que necesitaba hacer algo para ser oficialmente salvo. Le entregó su vida a Cristo y lo bauticé tres meses después de su correo electrónico inicial.
¿Cómo es que el método evangelístico de la Oración del pecador se ha vuelto tan popular que aun los no creyentes la conocen? En primer lugar, es fácil de hacer. Es un acto observable, específico y definido que a menudo satisface emocionalmente tanto al evangelizador como al que escucha. Como seres humanos finitos con una capacidad limitada para el conocimiento, anhelamos certeza y conclusión. Al reducir la salvación a un acto como la oración del pecador, simplificamos el asunto al punto en que una persona «puede marcar» que es cristiana y seguir adelante con su vida con poca o ninguna comprensión de lo que quiere decir realmente vivir en Cristo. Si alguien pregunta: «¿Qué debo hacer para salvarme?», la Oración del pecador provee una respuesta conveniente y fácil.
En segundo lugar, la Oración del pecador es reproducible. Es difícil y lleva tiempo enseñarle a alguien lo que significa seguir a Cristo, la verdad acerca del evangelio, el bautismo y todo lo que Cristo mandó (Mateo 28:19–20). Es mucho más fácil alentar a alguien que quiere convertirse en cristiano a decir una simple oración. En este sentido, la Oración del pecador es un atajo en la evangelización. Conocer y enseñar el evangelio completo, así como la deidad de Cristo y su señorío, la incapacidad absoluta del hombre para agradar a Dios por sí mismo, la naturaleza del arrepentimiento verdadero, la obra sustituta de la cruz, y la resurrección, es esencial para la evangelización eficaz. Pero en lugar de eso, la Oración del pecador ofrece una lección abreviada. Es la cena que ofrecen en la TV los programas cristianos del moderno evangelicalismo estadounidense.
En tercer lugar, la Oración del pecador es medible. En una edad de extraordinario crecimiento de la iglesia, los números son supuestamente críticos para comprender el éxito. La Oración del pecador provee una forma fácil de pregonar el éxito evangelístico. En muchos casos la salud y el crecimiento de los convertidos es significativamente menos importante que el «número de decisiones tomadas». Sin embargo, cuando el contar decisiones se convierte en una medida de efectividad de un ministerio, allí está la idea latente de que la habilidad del evangelizador o la presentación de la iglesia es lo que lleva a las personas a Cristo.
LA ORACIÓN DEL PECADOR DISMINUYE EL IMPACTO DEL EVANGELIO
Aunque la Oración del pecador es a menudo usada por evangelizadores bien intencionados, la realidad es que disminuye el evangelio al que se supone que sirva. Casi cada afirmación significativa de la oración de algún modo minimiza el poder del evangelio. Una presentación razonablemente completa del evangelio a menudo puede ser organizada bajo cuatro encabezamientos: (1) El carácter de Dios, (2) el pecado del género humano, (3) Jesucristo el Salvador y (4) la respuesta de las personas. La Oración del pecador distorsiona la verdad en cada una de estas categorías esenciales del evangelio.
El carácter de Dios
En primer lugar, la Oración del pecador representa mal a Dios, invirtiendo los papeles de Dios y del género humano. ¿Por qué? Porque proyecta a Dios como el Salvador pasivo que espera y le describe como un Dios exclusivamente compasivo que está sujeto, en espera de que otra alma le acepte. Este no es un cuadro preciso del Dios de la Biblia. Sí, Él es compasivo y se regocija por los pecadores que le encuentran (Lucas 15:6, 9, 20). Pero también está entronizado en poder (Salmo 103:19) y exaltado en espléndida majestad (Isaías 45:5–7; 46:9–10). Él rige el mundo y la típica Oración del pecador le reduce a un segundo plano, donde observa y espera que el pecador responda.
Además, la presentación de Dios en esta oración es exclusivamente de un Dios misericordioso y hace caso omiso de Dios como el Creador y Juez. De modo que cuando las personas hacen la Oración del pecador, ven solo la mitad de Dios. En realidad, no ven a Dios. Si usted entiende su perdón pero no sabe de su violenta ira, o si entiende su misericordia pero no entiende su majestad, entonces usted tiene un cuadro incompleto.
Además, la sola idea de Dios en el cielo esperando que las personas respondan, conduce precisamente al tipo de jactancia que rechazan las Escrituras. El efecto neto es que el pecador sustituye el juicio de Dios y aun si no dice esa oración, todavía eleva a un ser humano sobre Dios. Imagínese invitar a Dios a hacer algo, como si Él necesitara nuestro permiso para actuar. Esta simplemente no es la descripción bíblica de la deidad.
La toma de decisiones de este tipo aleja a Dios del trono de su soberanía pretendiendo que la salvación dependa solamente de la elección del género humano. Este enfoque en la acción y elección del género humano es peligroso porque con facilidad puede llevar a las personas a alejarse de la dependencia de Dios. Esta dependencia no solo es necesaria para la salvación sino también para el andar cristiano. En Proverbios 1:7 leemos que el temor de Dios es el principio de la sabiduría y desde el mismo comienzo del andar espiritual de una persona, la Oración del pecador la eleva sobre el temor de Dios. Esto es quizá por qué Jesús nunca condujo a alguien a una decisión en su función evangelizadora.
El pecado del género humano
En segundo lugar, una relación correcta con Dios comienza con una valoración precisa de nuestra necesidad y nuestro estado pecaminoso. En Efesios 2:1–2, Pablo advierte del pecado del género humano, enseñando que los humanos están espiritualmente muertos y dedicados a Satanás. Una oración mecánica parece casi frívola comparada con la gravedad del problema del género humano.
Cuando una persona verdaderamente se da cuenta de la profundidad de su rebelión, el resultado es un sentido profundo de falta de mérito y desesperación. Él debe ser llevado hasta un lugar de bancarrota espiritual cuando comprende su pecado (Mateo 5:3). Tal como el publicano que se golpeaba el pecho y no quería levantar su rostro al cielo, de un modo semejante debemos clamar a Dios por la salvación (Lucas 18:13).
La convicción de pecado es buena para el alma. De hecho, es un ministerio crucial del Espíritu Santo (Juan 16:8). Somos advertidos en contra del mero pesar mundano y exhortados al arrepentimiento bíblico verdadero a fin de que nuestra convicción no termine en muerte sino en vida eterna (2 Corintios 7:8–11). Porque la convicción de pecado es tan importante, hace daño aliviar la carga del pecador prematuramente. Así como una pierna quebrada no necesita anestesia sino que al contrario necesita un yeso, así también el alma se daña si esta convicción es descuidada por un vendaje precipitadamente aplicado. Las personas deberían sentir la crisis de estar perdidas hasta el grado de ser impulsadas a esforzarse tras la salvación (Lucas 13:24).
Al decir la Oración del pecador se crea un atajo a la obra de Dios dentro del corazón sobrecargado. El corazón agobiado a causa del pecado no necesita una oración formalista de «repita después de mí». En lugar de eso clamará por su falta de méritos ante Cristo, aferrándose solo a la cruz. Sí, la salvación es urgente. Pero su urgencia no debería dar lugar a que seamos descuidados o la fabriquemos mediante métodos destructivos.
Jesucristo el Salvador
En tercer lugar, la Oración del pecador roba la gloria de Jesucristo al enfocar la atención en la elección humana. Si las personas se alejan de un encuentro evangelístico creyendo que su elección es por la que son salvas, no se está magnificando el poder y la autoridad de Jesucristo.
Esto plantea una pregunta decisiva: ¿Quién en última instancia toma la decisión para que alguien sea salvo? A la larga, ¿le compete la elección a las personas que están muertas en sus pecados o le compete a Dios quien está ansioso por redimir al género humano? ¿Quién es el obrador primario de la salvación?
El lenguaje de la Oración del pecador enfoca la atención en las personas y al parecer las faculta con la capacidad para salvarse. La muerte y la resurrección de Cristo se ven minimizadas cuando se replantea como insuficiente para salvar a alguien en verdad. La salvación es dada solamente por la gracia de Dios y obviamente es el deber del género humano responder a esa gracia (Efesios 2:8–10). Sin embargo, en la mayoría de los momentos de la Oración del pecador, el énfasis está puesto casi exclusivamente en la respuesta de la persona en lugar de en la gracia irresistible de Dios. Este desequilibrio pierde la oportunidad de deleitarse en Jesucristo el Salvador.
Al final de cuentas, ninguna simple oración ha salvado a un pecador, solo Dios salva. La pregunta no es si aceptaremos a Cristo, sino si Cristo nos recibirá. Jesucristo no es un adolescente nervioso de escuela secundaria, esperando por la oración telefónica de alguien que solo le llame y le acepte. Él es el Salvador, el Redentor y el Autor y Consumador de nuestra fe (Hebreos 12:2).
Considere los muchos términos pasivos asociados con la salvación que aparecen en la Biblia: Las personas son rescatadas (Colosenses 1:13), sus deudas son pagadas (Colosenses 2:14) y son lavados sus pecados (Apocalipsis 1:5). Él nos salvó a nosotros, escribe Pablo, y somos «justificados gratuitamente por su gracia» (Romanos 3:24; Tito 3:5). Es claro que el género humano es responsable de cómo responde al mensaje del evangelio, y también es claro que hay un misterio así como también una tensión teológica en este asunto. Pero la oración del pecador rechaza el asunto y la tensión por completo al enseñarle al nuevo creyente una visión minimizada de la soberanía de Dios. Cuando Nicodemo preguntó cómo nacer de nuevo, Jesús no le dio una oración para decir sino que le afirmó que la salvación es obra del Espíritu de Dios que hace lo que quiere y cuando lo quiere: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8). La salvación nunca está separada de escuchar el evangelio (Romanos 10:17; 1 Pedro 1:23), pero es solo por la elección soberana de Dios.
Si Dios es en última instancia el que obra la salvación, ¿por qué la Oración del pecador pone tanto énfasis en la elección de la persona? Si somos confortados por el Dios que es rico en misericordia y que da salvación (Efesios 2:6), entonces ciertamente le podemos confiar la evangelización a Él también. Si Dios empieza una obra dentro del corazón, Él la completará (Filemón 6).
La respuesta de las personas
Dondequiera que el evangelio va, le acompaña un llamado a responder. Las personas son moralmente culpables por la revelación de Dios que tienen (Romanos 1:18–23) y son responsables en una mayor forma cuando oyen el evangelio y el mandato de Dios a creerle. La Biblia manifiesta con claridad cuál debería ser esa respuesta. El evangelio llama a los pecadores a arrepentirse y creer.
El arrepentimiento es una parte esencial de la salvación. Jesús repetidamente les ordenó a los que le oían: «Arrepentíos» (Mateo 4:17; Lucas 13:3). Todos los hombres y mujeres en todas partes deben arrepentirse (Hechos 17:30). El arrepentimiento es la renuncia del pecado y el ego, y la devoción completa de una persona a servir y buscar a Cristo. De manera más común, la Oración del pecador no comunica un sentido de arrepentimiento real. 2 Corintios 7:8–13 contiene sobre una docena de descriptores del arrepentimiento genuino que llevan a la salvación y advierte contra el arrepentimiento falso, lo cual es simplemente pesar mundano. El evangelizador fiel debe comprender la diferencia y cuidadosamente guiar al que escucha a entender el significado y la profundidad del arrepentimiento verdadero. No entender el arrepentimiento es no entender el evangelio (Hechos 2:38).
Por lo general, esa oración contiene algún comentario como: «Señor Jesús, yo creo en ti». Es verdad que parte de la salvación es creer el evangelio, pero a los que les predicamos deben creer distinto de los demonios temblorosos que nunca disfrutarán de Dios en el cielo (Santiago 2:19). Los demonios creen hechos ortodoxos acerca de Cristo pero no tienen lealtad personal hacia Cristo. Algunos evangelizadores consideran la afirmación de un pecador acerca de los hechos de la vida de Jesús como evidencia de fe salvadora. Pero en realidad puede ser poco más de la superficial fe de un demonio, y la fe superficial, tal como el arrepentimiento superficial, es evidente. La fe bíblica exige confianza (2 Corintios 1:9), dependencia (Proverbios 3:5–6) y sumisión a Dios como el creador. La verdadera fe es el deseo de llevar una vida en dependencia del poder de Dios y dedicada a su rectitud (Romanos 10:9–11).
De nuevo, el problema no es que la Oración del pecador pida al pecador que exprese fe en Dios. El problema es que la manera en que la oración está estructurada da a la persona una falsa seguridad sobre la base de una fe nebulosa desde su inicio. Por supuesto que las personas deberían creer en Dios y en el evangelio, pero una confesión simple de una creencia genérica no debería inducir un sentido de seguridad.
LA ORACIÓN DEL PECADOR DAÑA EL PROGRESO DE LOS NUEVOS CREYENTES
No solo la Oración del pecador falla con respecto a estos componentes del evangelio, sino que en verdad puede estorbar el progreso en el corazón. Esto es porque asume que la relación con Cristo es completa cuando no puede serlo, limitando la sumisión del pecador al señorío de Cristo y el compromiso al discipulado incondicional a Cristo.
La primera manera en que la Oración del pecador daña el progreso de los santos es que no presenta el señorío de Cristo en la salvación. Lo que se deja a un lado a menudo en el momento de la oración del pecador para recibir a Cristo es quizá la más grande necesidad para que ese pecador siga a Cristo como Señor.
¿Se darán cuenta las personas a las que se presenta el evangelio mediante la Oración del pecador que cuando aceptan el cristianismo están prometiendo negarse «a sí mismos [y] tomar su cruz cada día» (Lucas 9:23)? Hay que ser cautelosos en esto. Hay muchas advertencias en las Escrituras acerca de personas que «profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan» (Tito 1:16; cp. Isaías 29:13). Sin animarlas a calcular el costo del discipulado, la Oración del pecador tiene la consecuencia no intencionada de crear personas que empiezan una tarea sin comprender lo que se requiere para completarla (Lucas 14:28).
En Mateo 7:21, Jesús les dice a sus discípulos: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos». Este pasaje ilustra claramente la verdad de que «muchas» personas reclamarán que conocen a Cristo, pero de ese grupo grande solo unos «pocos» en verdad conocerán al Salvador y entrarán en el reino de los cielos. Ciertamente, las Escrituras está llenas de ejemplos de personas que tuvieron una falsa conversión, ya sea las personas descritas en 1 Juan 2:19, o Demas en 2 Timoteo 4:10, o aun Judas Iscariote, quizá el falso convertido más famoso de todos. Sin desafiar a las personas a calcular el precio del discipulado, la Oración del pecador produce como resultado el añadir a la iglesia a personas semejantes a Demas. Quieren seguir a Cristo y quieren creer, pero nadie les dijo el sacrificio que eso conlleva.
De este modo, la Oración del pecador daña el progreso de los nuevos creyentes al dejar de presentarles la necesidad de obediencia. Las exigencias del discipulado son un aspecto esencial de la salvación verdadera y la Oración del pecador no las considera en lo absoluto. Demasiado a menudo la Oración del pecador es una manera para hacer un convertido a Jesús, mientras que el Señor esta tratando de hacer discípulos (Juan 8:31; 13:35).
Una comprensión correcta de la salvación, incluyendo su gravedad y magnitud, hará a una persona cuidadosa de la manera como evangeliza. Los que siguieron a Jesús ciertamente entendieron que «el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:27).
Jesús esperó que sus seguidores calcularan el costo de su discipulado (Mateo 10:37–39). Las técnicas evangelísticas modernas a menudo son tan apresuradas que la única cosa que cuenta es el número de decisiones. La predicación de Jesús incluyó advertencias sobrias y retos honestos a aquellos que venían a Él en busca de salvación. Repetidamente invitó a las personas a entrar en el difícil camino de seguirle (Mateo 7:13–14). Convertirse en cristiano era y es sinónimo de convertirse en discípulo obediente de Jesucristo (Mateo 28:19). La Oración del pecador casi nunca presenta esta realidad. Se prescinde de la dura verdad del discipulado para que el punto de decisión sea fácil de alcanzar y que cause la menor pena posible.
Jesús dijo que es difícil encontrar la puerta de la salvación (Lucas 13:24), y que hay un camino ancho que tiene una entrada fácil (Mateo 7:13). Sin embargo, para muchos que emplean la Oración del pecador la puerta de la salvación no es difícil de encontrar y mucho menos difícil entrar por ella. La Oración del pecador hace pensar a las personas que la salvación es tan fácil como repetir una fórmula. Esto simplemente no honra la gravedad de la decisión.
A la luz de los muchos peligros que tiene la Oración del pecador, con todas mis fuerzas sugiero que no es útil para evangelizadores, consejeros y predicadores ofrecer una oración que los poco comprometidos pueden repetir para «ser salvos». Se nos ha ordenado hacer discípulos y enseñarles a obedecer todos los mandatos de Cristo, no cambiando la Gran Comisión a «Id por todo el mundo y conseguíos a tantas personas como podáis que repitan una oración para que se conviertan en cristianos». Estamos obligados a enseñar a los incrédulos acerca de su pecado, la gracia de Dios, el poder y la ira de Dios, así como también la cruz y la resurrección.
LA ORACIÓN DEL PECADOR ENTORPECE LA PUREZA DE LA IGLESIA
Muchos cristianos hoy condenan abiertamente al estado actual de las iglesias evangélicas. En algunos países, la iglesia ha crecido en números y decrecido en influencia. Hay iglesias llenas al máximo de personas, pero muchas de ellas fracasan por completo al no vivir de manera distinta del mundo.
En una época en que el evangelicalismo decepciona más de lo que libera, deberíamos mirar con atención a la puerta de entrada. El resultado de generaciones alimentadas por la Oración del pecador es montones de personas inconversas sentadas en los bancos de la iglesia, comprometiendo la pureza de la iglesia. Con tantas personas no cristianas pensando que son cristianas, es fácil comprender por qué la iglesia estadounidense moderna es tan ineficaz: Está llena de millones de «falsos iniciados», personas sin el Espíritu Santo y por esto yerran en los fundamentos básicos del cristianismo. Haciendo que personas no convertidas entren en la iglesia resulta en un cristianismo «carnal» donde la «reincidencia» y las «rededicaciones» sin sentido a Cristo no son de ayuda.
Jesús advirtió acerca de los no creyentes dentro de la iglesia cuando contó la parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13:24–30). La parábola declara que cizañas surgirán entre el trigo y Él nos advierte que estemos alerta ante estas falsas profesiones de fe. Muchos de los problemas en la iglesia se deben a la presencia de esos que han dicho la oración del pecador y todavía permanecen inconversos. Ellos entorpecen el testimonio de la iglesia que se supone sea una luz refulgente (Filipenses 2:15). El resultado es que la iglesia se llena de personas que sirven de labios al cristianismo, aunque están lejos de una conversión verdadera. Imagínese a una persona que llega a la iglesia, oye al pastor predicando, y entonces escucha al pastor que pregunta si hay alguna persona que quiera comprometerse con Cristo. Esa persona responde y es guiada a hacer la oración del pecador. Hasta este punto su vida no ha cambiado y aunque la persona puede creer todo lo que ha escuchado, él no ha sido animado a arrepentirse, o a calcular el costo del discipulado y reconocer a Jesús como Señor. Ya que no ha sido de verdad regenerado y porque no comprende los alcances del verdadero discipulado, su vida en realidad daña el testimonio de la iglesia. El discipulado genuino es cambiado a una decisión rápida, fácil y externa.
LA ORACIÓN DEL PECADOR DA FALSA SEGURIDAD
Muchos defensores de la Oración del pecador rápidamente ofrecen la seguridad de salvación al que la oró. Recuerdo que escuché a un líder evangélico guiar a miles de personas en la Oración del pecador en un estadio después de una cruzada. Cuando terminó de hacerla, les dijo: «Ustedes ahora son cristianos, nacidos de nuevo, y no permitan que alguien les cuestione esto». Estas personas no habían oído ni una palabra acerca del discipulado, del arrepentimiento o de someter sus vidas al Señor. En lugar de esto, fueron inducidas a creer que eran salvas simplemente porque dijeron la oración. Imagínese el horror de llevar una vida carnal que deshonra a Cristo, creyendo siempre que se es salvo, hasta llegar frente a frente ante el Salvador y escuchar estas palabras aterradoras: «apartaos de mí, hacedores de maldad» (Mateo 7:23).
Es trágico ver la masacre de la conversión falsa en el cristianismo y mucho de este innecesario engaño es resultado de la Oración del pecador. Sería mucho más amoroso ayudar a una persona a comprender correctamente lo que significa ser cristiano que darle una falsa confianza en una conversión que no tiene. Al proporcionarles a las personas una comprensión verdadera del cristianismo provoca que ellas calculen el costo de lo que verdaderamente quiere decir tomar su cruz, creer en el evangelio y seguir a Cristo. Entender esto podría dar como resultado menos profesiones inmediatas de fe, pero contribuiría decisivamente a más conversiones genuinas. Tal introspección es la que mandó Pablo en 2 Corintios 13:5: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?» Es absolutamente cierto que cualquier persona que esté de verdad regenerada está sellada para siempre y sostenida por el poder de Dios (Efesios 1:14; 1 Pedro 1:5). Pero se nos ordena en 2 Corintios 13:5 a que nos auto examinemos para ver si estamos en la fe. El asunto no es que los cristianos puedan perder su salvación, sino que hay muchas profesiones de fe falsas (Tito 1:16; 1 Juan 2:19) y que los corazones de las personas, los cuales son engañosos «más que todas las cosas» (Jeremías 17:9), a veces los puede conducir falsamente a creer que son cristianas cuando sus vidas muestran otra cosa. Para combatir esto, Pablo les pide a sus lectores que se prueben a sí mismos. Esta prueba no parece ser en una oración momentánea sino que se expresa mejor mediante un compromiso de por vida de continuo examen propio. Nuestro cristianismo no se fundamenta en una decisión que hicimos años atrás, se fundamenta en nuestro permanecer en Dios ahora y para siempre (Juan 15:1–5).
Ya que la profesión falsa era una preocupación tal en el Nuevo Testamento, los cristianos no pueden estar en condición de dar seguridad sin el conocimiento real del estado verdadero del pecador. En lugar de esto, un evangelizador fiel imitará la evangelización de Cristo y animará a las personas a calcular el costo (Lucas 14:28).
El pecador agobiado no necesita un pedazo de papel firmado y fechado para tener seguridad; él necesita las promesas de las Escrituras. Permítale al Espíritu Santo proveerle la seguridad basada en la obediencia (1 Juan 3:18–19), en lugar de una oración repetida o una respuesta a una invitación de aceptar el evangelio.
UNA ALTERNATIVA: LA GRAN COMISIÓN
Alguien quizá pregunte: «¿Qué debería hacer si no uso la Oración del pecador?» Le recomiendo el método de evangelismo mundial enseñado por Jesús: Llamar a los pecadores al arrepentimiento para perdón (Lucas 24:47), hacer discípulos, enseñarles y bautizarles (Mateo 28:19–20; Marcos 16:15–18; Hechos 1:6–9). Hacer discípulos incluye ayudar a las personas a comprender la magnitud de seguir a Jesús (Lucas 14:25–33). La enseñanza es la tarea de la instrucción paciente. El bautismo representa una declaración pública de haber entendido y haber creído en el evangelio con un compromiso para seguir con devoción a Cristo.
De hecho, he oído a muchas personas que defienden la Oración del pecador diciendo: «A cualquiera que Jesús llamó, lo llamó públicamente», como si Jesús mismo hubiera usado la Oración del pecador. Es cierto que a la mayor parte de las personas que Jesús llamó las llamó públicamente. Y también es cierto que se llama a los cristianos a que hagan una profesión pública de Jesús como el Cristo. Pero la versión bíblica de esta profesión pública es el bautismo, no una oración repetida. Por elevar esa oración hasta este nivel, el resultado es en verdad una minimización del bautismo.
Tomando en cuenta el hecho de que algo parecido a la Oración del pecador no se encuentra en las Escrituras y considerando los peligros de esa oración, simplemente no parece razonable continuar usándola como si marcara la entrada a la vida cristiana. En lugar de sucumbir a las debilidades del sistema de la Oración del pecador, un encuentro evangelístico que lleve al punto de la respuesta debería seguir la Gran Comisión y enseñar el evangelio a fin de que las respuestas sean verdaderamente del corazón. Anime a los oyentes a que calculen el costo y de hecho, anímelos a que oren. Simplemente no les haga repetir una oración después de usted, como si las palabras de usted fueran más importantes que los corazones de ellos.
Si una persona dice que quiere convertirse en cristiano reaccione con alegría. Anímela a que asista a la iglesia, a que lea la Biblia, a que ore y a que haga cambios en su vida. Aliéntela a mantenerse firme en Jesús y su Palabra, y propóngase ayudarle a comenzar en su vida cristiana. Pero la idea de guiar a la persona en una oración y entonces darle una seguridad falsa es ciertamente contraria a la idea de evangelización contenida en la Gran Comisión.
Nuestra evangelización sería mucho más robusta, nuestro fruto mucho más evidente y la iglesia mucho más sana si enfocáramos la atención en el difícil llamado de Jesús a hacer discípulos en lugar de en nuestro sustituto moderno y dañino. Sigamos el modelo bíblico y veremos el fruto del Espíritu: Un evangelio poderoso, creyentes en crecimiento y una iglesia pura.
Kurt Gebhards, «Seguridad falsa: Una mirada bíblica a la Oración del pecador», en La Evangelización: Cómo compartir el evangelio con fidelidad (Nashville; Dallas; México DF; Río de Janeiro: Grupo Nelson, 2011).