En un mundo que pareciera estar fuera de control, donde te sobrevienen dificultades, igual que a tus seres queridos y a los desconocidos, es difícil aferrarse a la realidad de que Aquel que es perfecto en todo tiene el control absoluto del mundo. En muchos sentidos, la soberanía de Dios pareciera contradecir la lógica. En lugar de parecer que somos gobernados, más bien pareciera que miles de veces al día hacemos elecciones libres. Parece que algunas cosas simplemente sucedieran sin injerencia alguna de control. Y parece que las cosas malas sucedieran sin interrupción ni restricción. Entonces, ¿qué significa creer y vivir a la luz de la verdad del control soberano de Dios sobre todo, en todo momento y en todas partes? Veamos cómo funciona la soberanía de Dios en la vida cotidiana.

Ten cuidado con la manera de interpretar tu mundo

La teología es más que una manera organizada de entender las verdades reveladas en las páginas de las Escrituras. La teología es algo que se vive. Las verdades de las Escrituras sirven de medio para dar sentido a tu vida, a tus relaciones y a tu mundo. Ellas guían tus elecciones y las acciones que emprendes. No puedes dar un sentido correcto a tu vida y a tu mundo, a las cosas que enfrentas cada día, si no incluyes la soberanía de Dios en tu forma de entender lo que existe.

Como un ser creado a imagen de Dios, tú eres una persona que crea sentido. Eres un ser racional, lo cual significa que tienes incorporado el deseo de saber, de entender y de librarte de aquello que no tiene sentido para ti. Esto significa que vives la vida no conforme a los hechos de tu experiencia, sino a tu interpretación particular de los hechos. También significa que eres la persona más influyente en tu propia vida porque hablas contigo mismo más que cualquier otra persona. Tus conversaciones contigo mismo cada día son de una importancia vital porque estructuran tu manera de vivir.

Si realmente crees que tu mundo no está fuera de control ni está guiado por el destino o el cambio, sino que más bien está bajo el cuidadoso control de Alguien que es la definición de poder, sabiduría y amor, entonces vivirás con paz de corazón, una confianza y una esperanza que de otra manera no podrías encontrar. Piensa en cuán diferente se vería la vida si tú creyeras realmente que no hay situación, ubicación geográfica ni relación que pueda existir y que no sea gobernada por el Rey Cristo. Piensa en cuán diferente son tu actitud y tus emociones cuando crees que no estás atrapado en un ciclo incesante de historia repetida, sino que estamos en un mundo donde Dios obra de forma paulatina su plan perfecto y predeterminado.

Gran parte de nuestra ansiedad, preocupación, temor y desánimo del día a día son el resultado de pensar que, cuando las cosas están fuera de nuestro control, están fuerade control. No obstante, la Biblia nos dice que, si quieres entender correctamente lo que sucede horizontalmente, primero tienes que mirar verticalmente. Permíteme sugerir una herramienta que se deriva de la práctica de la teología de la soberanía de Dios en la vida diaria. Desarrollé esta herramienta para ayudar a las personas a entender y a vivir a la luz de las implicaciones prácticas de la soberanía de Dios en la vida diaria.

Imagina que he puesto frente a ti una hoja de papel con un pequeño círculo dentro de un círculo mucho más grande. Llamaremos al círculo interior el círculo de la responsabilidad y, al círculo exterior, el círculo de la preocupación. El círculo de la responsabilidad representa cosas que Dios te ha encomendado y que no puedes delegar a nadie más. Son tus deberes diarios que Dios te ha asignado, tu llamado, por así decirlo. La única respuesta adecuada a este círculo interior es obedecer de forma fiel y diligente, confiando en que Dios da la gracia que nos capacita para llevarlo a cabo.

Por otro lado, hay muchas cosas en la vida que, aunque llaman tu atención, cautivan tu mente y pesan en tu corazón, no son tu responsabilidad o están por fuera de tu capacidad de acción. Estas cosas corresponden al círculo exterior, el círculo de la preocupación. La única manera adecuada de responder a estas preocupaciones es entregárselas al Señor que gobierna sobre todas ellas para su gloria y para tu bien supremo. Puedes hacer esto porque la Biblia te enseña que las cosas que están fuera de tu control no están fuera de control, gracias al plan decretado por Dios para todas las cosas y a su gobierno activo sobre todas las cosas.

A fin de vivir conforme al llamado de Dios para ti es preciso discernir qué cosas en tu vida corresponden a cada círculo. Por ejemplo, si tienes hijos, estás llamado a criarlos en disciplina y amonestación del Señor, pero no tienes poder alguno para producir fe en sus corazones. Por supuesto, esta sería una preocupación, una carga pesada en tu corazón, pero debes entender que tú no puedes producir fe. Si malentiendes esto, vas a hacer cosas que no te corresponde hacer como padre o madre. Una madre me dijo una vez: “Aunque sea lo último que yo haga, ¡haré que mis hijos crean!”. Yo de inmediato pensé: “Me alegra no ser hijo suyo”. Cuando los padres tratan de forzar la fe en un hijo, aplastan el espíritu del hijo y lo alejan aún más.

Si pones cosas en el círculo interior que en realidad corresponden a Dios, serás dominante y controlador y tu vida estará marcada por la ansiedad y el temor. Dios no nos ha entregado una simple lista de responsabilidades que debemos cumplir, sino que también ha corrido la cortina de los cielos para revelarnos su trono soberano. Lo ha hecho así para que seamos buenos administradores de las pocas cosas que Él ha puesto bajo nuestro control, al tiempo que descansamos en la certeza de que las cosas que están fuera de nuestro control y que todavía nos preocupan, están bajo el control soberano de Dios. La pregunta para ti es: “¿Entiendes con claridad las cosas en tu vida que Dios te ha llamado hacer y las cosas que Él desea que tú le confíes?”.

Creer en la soberanía de Dios produce humildad y gozo

Es humillante detenerse a considerar los límites de nuestra soberanía. Debemos estar dispuestos a reconocer que hay muy pocas cosas que podemos controlar. Me cuesta trabajo controlar las llaves de mi auto, mi teléfono portátil y mis audífonos. La teología de la soberanía de Dios debería infundirnos humildad. Considera lo que dice Santiago acerca de esto.

¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello (Stg. 4:13-15).

Es tentador actuar como si tuviéramos más control de lo que en realidad tenemos. Es tentador atribuirnos el mérito por cosas que nunca habríamos logrado por nosotros mismos. Es tentador pensar que podemos hacer funcionar la vida conforme a nuestros planes. Es tentador enorgullecernos de nosotros mismos en áreas en las que solo deberíamos alabar a Dios. El hecho es que no tenemos idea de lo que el día de mañana traerá, porque no planeamos ni controlamos el mañana; solo Dios lo hace. La enseñanza de las Escrituras acerca de la soberanía de Dios debería infundirnos humildad. Como puedes ver, una buena teología bíblica no solo define quién es Dios, sino que también redefine quiénes somos como hijos de Dios. La soberanía de Dios nos enseña que no somos actores independientes en el escenario de la vida, sino que más bien dependemos constantemente de Aquel que ha planeado y decreta diariamente todo en nuestra vida.

Piensa por ejemplo en una carrera lucrativa. Sin importar cuán duro hayas trabajado o cuán bien hayas administrado tus dones, no es posible para ti controlar todos los factores económicos ni todas las personas y variables que tu compañía haya tenido que manejar para volverte exitoso. Pienso en mi matrimonio de varias décadas con Luella. ¿Cómo podrían una joven de Cuba y un joven de Ohio terminar en el mismo lugar al mismo tiempo a menos que nuestra historia fuera orquestada por una persona de extraordinaria soberanía? Sí, nosotros hemos trabajado con diligencia en nuestro matrimonio, pero ha habido un catálogo casi ilimitado de variables que han tenido que alinearse para que nosotros tuviéramos una relación y lográramos un matrimonio saludable. Si olvidas la soberanía de Dios tendrás la inclinación a atribuirte el mérito por cosas que nunca habrías logrado, producido o controlado tú solo. Y, cuando te llevas el crédito por lo que no habrías podido hacer por tu propia cuenta, le robas la gloria al que merece reconocimiento.

Esto es lo que quiero señalar. La soberanía de Dios es profundamente humillante. Un corazón humilde es un corazón que adora. Un corazón humilde es un corazón agradecido. Un corazón humilde es un corazón obediente. Un corazón humilde es un corazón servicial y amoroso. Cuando llevas en tu corazón la soberanía de Dios producirá una cosecha de buen fruto en tu vida.

Lo cierto es que la soberanía de Dios también debería producir en nosotros un gozo que simplemente es inquebrantable. Pocas cosas producen mayor consuelo y gozo que saber que tu mundo no es un lugar donde reina el azar impersonal y el caos, sino que está bajo un gobierno esmerado y que quien lo gobierna es tu Padre por la gracia. Dondequiera que vayas, tu Padre gobierna. Sea lo que sea que enfrentes en tu vida, tu Padre gobierna. Cuando oras, tu Padre que gobierna también escucha. En su asombrosa gracia, Él desata su poder y autoridad para tu bien. Si esto no produce gozo en ti es difícil imaginar qué podría lograrlo.

He padecido mucha enfermedad física y dolor en los últimos años. Aunque ahora me encuentro estable, tendré que lidiar con la enfermedad y con un cuerpo débil hasta que muera. Los momentos de mayor sufrimiento estuvieron marcados por un profundo gozo e inalterable. No, yo no estaba celebrando mi dolor, pero sabía que en esos momentos clamaba a Aquel que era soberano en medio de cada prueba que estaba experimentando. Yo sabía que cuando clamaba: “Señor, ayúdame, Señor, ayúdame”, mi Padre soberano me escuchaba y tenía tanto la voluntad como el poder para responderme.

No puedo imaginar cómo sería atravesar esos momentos sin tener alguien a quién clamar que además tenga el poder de responderme. Confío en que no tenga que soportar ese dolor otra vez, pero estoy agradecido porque esos momentos estuvieron acompañados del gozo de saber que mi Padre es el Rey de reyes y el Señor de señores.

La única respuesta apropiada a la soberanía de Dios es la rendición

Visitemos uno de los momentos más destacados en la narrativa de la redención. Son sucesos de gran intensidad dramática, como una película. La vida espiritual del pueblo de Dios se había corrompido por causa de la adoración a Baal. La cultura tenía esquizofrenia cultural; el pueblo le rendía homenaje a Baal al tiempo que “adoraba” a Dios. Dios levanta a Elías para confrontar este escándalo moral. El desafío de Elías para Israel fue consignado y se puede aplicar a cualquiera de nosotros: “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él” (1 R. 18:21). Elías decidió convocar a los profetas de Baal a una competencia que demostrara quién era el verdadero Dios. El monte Carmelo fue el escenario de este duelo espiritual. Los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal construyeron su altar, pusieron sobre él su sacrificio, gritaron, danzaron y se cortaron el cuerpo durante varias horas y nada sucedió. Nada. Silencio absoluto.

Elías construyó un altar, puso sobre él el sacrificio, lo roció con litros de agua y luego elevó una sencilla oración. Esa oración terminó con estas palabras: “Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos” (1 R. 18:37). De inmediato descendió fuego del cielo y consumió no solo el sacrificio, sino las piedras del altar y toda el agua que se había rociado allí. Esto sucedió porque Aquel a quien Elías oró es el Señor soberano del cielo y de la tierra. Él rige los elementos del mundo que Él hizo y ejerce su poder para el bien de su pueblo. Solo Él es Señor sobre todo. Caso cerrado. Fin de la discusión.

La respuesta de Elías al gobierno soberano del Señor es: “Si Jehová es Dios, seguidle” (1 R. 18:21). La única respuesta apropiada a la verdad de la soberanía de Dios es la rendición total, es decir, ofrecer todo lo que eres y todo lo que tienes a Él. La rendición es el epicentro de la guerra espiritual que brama en y alrededor de nosotros. Es posible ser sutilmente falsos de la misma forma que los israelitas eran abiertamente falsos.

Tal vez profeses creer en la soberanía de Dios y, a la vez, consientas varias formas de idolatría que controlan tu matrimonio, tu trabajo, tu crianza, tu identidad y tu vida espiritual. ¿En qué áreas te ves tentado a intercambiar la adoración y el servicio al Creador por la creación? ¿Qué persona, lugar o cosa ejerce la clase de control sobre tu corazón que solo tu Señor debería tener? ¿Gobierna el Señor tus pensamientos, deseos, elecciones, palabras y acciones? Si el Señor es Dios, síguele. Creer en la soberanía de Dios cuando esta creencia no produce una entrega dispuesta a Él no constituye fe bíblica.

El misterio y la confusión seguirán

Puesto que tú y yo no estamos al tanto del consejo secreto de Dios ni Él nos revela el porvenir, siempre enfrentaremos confusión, misterio e incertidumbre. Creer en la soberanía de Dios no hace que desaparezcan estas experiencias de tu vida. He aquí el problema. Dios nos ha dado capacidades intelectuales y conceptuales y, por consiguiente, vamos a desear saber, vamos a ansiar que la vida tenga sentido y vamos a querer comprender. No nos gusta estar confundidos, no nos gusta la incertidumbre y no nos gusta vivir con misterios sin resolver.

Sin embargo, todos debemos estar dispuestos a aceptar que hay una línea divisoria entre la criatura y el Creador que somos incapaces de traspasar. Hay cosas que Dios no nos ha dicho y que nunca nos dirá. Esto significa que hay cosas que nunca comprenderemos por completo. Habrá misterios en nuestra vida que nos desconcierten y que seremos incapaces de resolver. El hecho de que Dios no nos diga todo lo que nos gustaría saber es una señal de su amor comprensivo de Padre.

Cuando nuestros hijos eran pequeños y entendían muy poco de la vida y sus peligros, a veces tenía que decirles “no” cuando sabía que no tenían la capacidad de entender “por qué”. Se enojaban y preguntaban: “Papi, ¿por qué?”. Y yo le decía: “Papá quisiera ayudarte a entender por qué, pero si te dijera por qué, aun así no entenderías. ¿Papá te ama? ¿Quiere lo bueno para ti? ¿Quiere protegerte? Entonces confía en tu papá. Anda por el pasillo y di para ti mismo: ‘No sé por qué papi me dijo no, pero sé que mi papi me ama’”.

Piensa en eso por un momento. Los hijos no experimentan descanso cuando saben todo lo que quieren, sino cuando confían en sus padres que entienden de qué se trata. El descanso no viene por entender las cosas, sino por confiar en la existencia, el poder, la autoridad, la sabiduría y el amor de Aquel que gobierna sobre todas las cosas que tú desearías poder comprender. El descanso en el corazón es siempre una experiencia personal. La paz en el alma es una cuestión de relaciones. El hecho de que Dios no haya abierto la puerta a los detalles de su plan soberano para nosotros es una muestra de su amor por nosotros. Él nos protege de lo que seríamos incapaces de procesar con nuestras mentes limitadas y corazones débiles. Todo padre o madre que ama a sus hijos obra de la misma manera. Si estás batallando con tus finanzas, proteges a tus hijos de esa carga alarmante porque los amas. Si estás experimentando dificultades en tu matrimonio, no te desahogas con tus hijos porque los amas. Los padres amorosos se reservan muchas cosas que no revelan a sus hijos, precisamente porque ellos no serían capaces de soportar el peso de conocerlas.

La manera de Dios de responder a nuestro deseo de conocer y de entender no es dándonos respuestas, sino dándose a sí mismo. Él nos revela su existencia, su gobierno, su sabiduría, su fidelidad y su amor para que podamos experimentar paz y descanso de corazón aun cuando enfrentamos misterios dolorosos. Y, cuanto más llegamos a conocerlo y a entender el carácter de su cuidado amoroso, más profundo se vuelve nuestro descanso. Así que anda hoy por el pasillo de tu vida y di: “Hay muchas cosas que no entiendo, pero sé que mi Padre tiene todo bajo control. Sé que Él es sabio y bueno y sé que me ama”. Necesitarás repetirte esto muchas veces, porque habrá nuevos misterios, otros sucesos que parecerán no tener sentido y que harán sufrir tu corazón, porque Dios es Dios y tú no. En última instancia, el descanso no es saber, sino confiar. Preguntarte a ti mismo por qué sucedió algo no siempre te dará descanso, pero sí recordarte a ti mismo quién está al mando de lo que sucede.

El control de Dios no siembre es obvio

Aquí vemos el problema práctico que enfrenta todo aquel que toma en serio la teología de la Palabra de Dios. Lo que es verdad no siempre es obvio. Por eso es importante basar tu manera de vivir no en tu interpretación de lo que sucede a tu alrededor o en el mundo en general, sino de lo que Dios te ha revelado acerca de su carácter y su plan. La Biblia nos declara que Dios controla de manera constante y activa el mundo que creó, el curso de la historia y las personas que hizo a su imagen. Sin embargo, con frecuencia parece que tu mundo no estuviera bajo ninguna clase de control justo y sabio. Cada día experimentas alguna medida de caos en tu hogar y tu iPad te presenta todo lo que está mal y fuera de control por todo el mundo. No parece que alguien estuviera al mando, es decir, nadie a quien te interese adorar.

Este ha sido el problema para los creyentes en cada generación. ¿Pareció que el mundo egipcio estaba bajo el control divino a los ojos de los esclavos israelitas? ¿Pareció que Dios tenía el control cuando Israel fue gobernado por reyes malvados o cuando Jerusalén y el templo fueron destruidos? ¿Pareció que Dios tenía el control cuando Roma gobernó con mano dura? ¿Parece que Dios tenga el control cuando las fuerzas de la naturaleza se desenfrenan matando a miles, cuando la corrupción política aplasta la libertad o cuando la enfermedad acaba con millones de vidas? ¿Parece que Dios tenga el control cuando buscas seguirle y experimentas sufrimiento, mientras que tu vecino incrédulo pareciera disfrutar de una buena vida? Cuando el racismo, la violencia y la guerra parecen no tener fin es difícil contemplar estos acontecimientos en el marco del gobierno de Dios de una manera lógica. Lo que Dios declara que es verdad muchas veces dista de ser obvio en la experiencia directa.

Esta es la tensión en la que todos vivimos. El autor de Hebreos, hablando acerca del señorío de Jesucristo, sugiere dicha tensión: “Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas” (He. 2:8). Tu teología de la soberanía de Dios no se desarrolla mediante la observación horizontal, sino a través de la fe vertical. Entre el “ya” y el “todavía no”, el mundo no opera en apariencia bajo la clase de control divino completo que será evidente en los nuevos cielos y la nueva tierra. Esto significa que confiar en la autorrevelación de Dios en su Palabra aquí y ahora es infinitamente más seguro que tu capacidad para observar, interpretar y sacar conclusiones. No puedes basar tu confianza en la precisión, la fiabilidad y la veracidad de lo que Dios ha dicho acerca de quién es Él y lo que Él hace en tus propias observaciones acerca del mundo que te rodea. Esta es la conclusión: puedes descansar con confianza en la soberanía de Dios precisamente porque Dios ha repetido claramente en su Palabra que es soberano. Esto nos exige estar dispuestos a vivir con la tensión de no siempre poder ver con nuestros ojos y entender con nuestra mente lo que Dios ha declarado que es verdad acerca de Él.

Se nos ha dado la capacidad de observar y de interpretar, pero si estas habilidades fueran lo único que necesitáramos como padres, cónyuges, estudiantes, vecinos, trabajadores, ciudadanos o miembros del cuerpo de Cristo, Dios no habría guiado ni preservado su Palabra autorreveladora para entregárnosla. Lo que Dios declara acerca de Él mismo es verdad aun en aquellos momentos en los que su control soberano dista mucho de parecer evidente.

La verdad de la soberanía de Dios (Ro. 8:28-29)

No podría hablar acerca del significado de vivir en la práctica conforme a la verdad de la soberanía de Dios sin examinar uno de los pasajes más malinterpretados del Nuevo Testamento. La mala interpretación de este pasaje ha generado en muchos creyentes sinceros expectativas poco realistas de Dios y, como resultado, una lucha con la desilusión y la duda. En el pasaje en cuestión, Pablo hace una importante aplicación de la soberanía de Dios a la vida y la esperanza de cada creyente. El problema es que no es la aplicación que muchos piensan que él hace. Muchas veces he oído que recomiendan este pasaje a quien sufre o enfrenta dificultades con la intención de infundirle esperanza, con el desafortunado efecto contrario.

El pasaje al que me refiero es Romanos 8:28: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Cuando se saca este pasaje de su contexto pareciera afirmar que para un hijo de Dios todo termina bien. Muchos cristianos toman este pasaje en el sentido de que las dificultades de su vida tarde o temprano tendrán un final feliz. Los cristianos bienintencionados dicen con frecuencia a quien enfrenta una lucha: “No te des por vencido, todas las cosas te ayudan a bien”.

A esto lo llamo teología del final feliz. Es la creencia de que Dios ha prometido a sus hijos un buen término a las cosas malas que enfrentan, y se ha extendido en la iglesia.

Examinemos el contexto del pasaje. Desde Romanos 8:18, Pablo aborda el tema del sufrimiento que todos vamos a enfrentar porque vivimos en un mundo resquebrajado por el pecado que gime y espera su redención. Lo que sigue es un tratado acerca de la gracia de Dios entre el “ya” y el “todavía no”. Pablo quiere que sus lectores entiendan que nada que ellos enfrenten puede detener la marcha del plan redentor de Dios ni separarlos de su amor.

Observa cómo los versículos después de Romanos 8:28 tienen como propósito reforzar este tema: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó” (Ro. 8:29-30). Estos versículos explican el “bien” que se promete en el versículo 28. No es un bien situacional. No es un bien relacional. No es un bien financiero. No es una buena ubicación geográfica. No es la promesa de una familia feliz, un buen matrimonio, una carrera exitosa, una iglesia maravillosa, salud física o una jubilación holgada.

El “bien” prometido en este pasaje es el tipo más maravilloso de bien con el que alguien pueda ser bendecido jamás. Es mejor que cualquier cosa que podamos ganar, merecer o esperar. Es el bien de la gracia rescatadora, perdonadora, transformadora y liberadora de Dios. Nada puede detener su obra de gracia en las vidas de quienes Él ha escogido. Él completará lo que ha empezado. Su gracia prevalecerá pase lo que pase. Según las palabras de aliento de Pablo, lo que Dios te da es infinitamente mejor que el final feliz que tú esperas. Lo que Él te ofrece en medio de tu sufrimiento y tu lucha es Él mismo. Él está en ti, contigo y está a favor tuyo, y sigue entregándote el regalo por excelencia: su gracia redentora.

Sí, Dios promete ejercer su autoridad y poder soberanos para tu bien. Él, en efecto, saca el bien de las cosas malas que acontecen, pero no finales felices circunstanciales; Él promete el bien de su gracia incesante e invencible. Tú puedes celebrar la soberanía de Dios no porque te garantice una vida feliz y cómoda, sino porque te conecta con Él y con el prodigio de su amor inseparable y su gracia incontenible. El problema con la comprensión equivocada de Romanos 8:28 no es que te ofrezca más de lo que Dios ha prometido. No, lo triste y trágico de esta malinterpretación es que te ofrece mucho menos. Es mi anhelo que conforme seguimos viviendo en la incomodidad de este mundo que gime podamos reclamar la verdadera gloria de la promesa de Romanos 8:28.

La soberanía de Dios es un motivo para levantarte en la mañana

Muchos vivimos momentos en los que nos cuesta levantarnos de la cama en la mañana. Te despiertas con la mente desbordada de preocupaciones que tenías desde la noche anterior. Te preocupas por la horrible conversación que tuviste con tu esposo, por tu hijo adolescente que al parecer se está descarriando, por el trabajo que perdiste y el pago de la renta que se avecina o el examen médico que salió positivo. Tal vez te despiertes ya cansado en tu cuerpo y en tu corazón. Quizá te despiertes con remordimiento por decisiones que has tomado y que no puedes deshacer. Quizá seas un pastor y te despiertas a la realidad de que el ministerio es mucho más difícil de lo que pensaste. Quizá el nuevo día te recuerde que eres viejo y no el joven que fuiste alguna vez.

A muchos nos resulta difícil despertarnos con expectativa y gozo porque las dificultades de la vida han entrado por nuestra puerta y parecieran no marcharse. Esconderte para escapar de la realidad es un intento vano. Quejarse y andar de mal genio no te hace ningún bien y seguramente tampoco ayuda a los que tienes cerca. Sin embargo, en esos precisos momentos es cuando la teología de la soberanía de Dios es tan provechosa, alentadora y restauradora.

Esta verdad te recuerda que sin importar qué pruebas puedas enfrentar en un día dado, te despiertas a un mundo que está bajo un control sabio y justo. Esta doctrina te recuerda que Aquel que tiene el mando es tu Padre. Él gobierna tu vida con el cuidado amoroso de un padre. Y, puesto que Él es soberano sobre los detalles de tu vida, Él está cerca, tan cerca que está a tu alcance. La Biblia nos dice que “cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu” (Sal. 34:18) y Él es quien tiene el control. La soberanía de Dios significa que nunca te despiertas a un mundo en el que estás solo en medio de tus circunstancias y abandonado a tu propia sabiduría y a tus propias fuerzas.

Con todo, la verdad de la soberanía de Dios te ofrece algo más cuando despiertas a un nuevo día. Tienes la paz y la seguridad de saber que la situación que vives no durará para siempre. Tienes un destino que es seguro. Dios no te abandonará, no se cansará, no vivirá enojado contigo ni se apartará de ti. Te llevará por su gracia hasta que llegues a tu hogar eterno donde no habrá pecado, enfermedad ni sufrimiento. Y, cuando mires en retrospectiva desde la eternidad, aquello que te pareció insoportable e implacable te parecerá un soplo.

La soberanía de Dios te da una razón para levantarte por la mañana y ser otra vez un padre o madre amoroso, ser otra vez un cónyuge fiel, trabajar otra vez con gozo, reconciliar otra vez aquella relación, sufrir otra vez con valentía y esperanza, dar otra vez con generosidad y hacer todo otra vez el día siguiente. No estás solo. Tu mundo está gobernado por tu Padre y estás de camino a un lugar más maravilloso de lo que podrías imaginar. Y, hasta que llegues allí, tu Padre camina contigo y te da la gracia que necesitas para enfrentar este día y todos los días que vienen.

Todos queremos ser soberanos

Nos frustramos con facilidad porque carecemos del poder para hacer que las cosas funcionen según nuestros deseos. Esta es la causa de gran parte de nuestra angustia interna, a nivel relacional y situacional. Es la razón por la cual nos enojamos con otros conductores o con la persona que está frente a nosotros en la fila del supermercado con un carrito lleno de artículos. Es la razón por la cual a veces las vacaciones nos decepcionan o reaccionamos con impaciencia frente a nuestros parientes o amigos. En lo profundo de nuestro corazón hay un deseo de que el mundo se conforme a nuestro plan soberano y de que los demás acaten nuestras órdenes.

Cuando volvemos a Génesis 3 y analizamos el relato de la tentación y la desobediencia de Adán y Eva, nos damos cuenta de que lo que los atrajo no fue el fruto hermoso, provocativo y codiciable. No, el fruto fue el medio para alcanzar un fin mucho más atractivo: “Seréis como Dios”. Lo que ellos perseguían era la soberanía propia, independiente, autosuficiente y autónoma. Querían una vida que no les exigiera depender del gobierno de su Creador ni someterse a Él. La horrenda mentira de la serpiente fue que la soberanía humana era posible. A la raíz de todo pecado está el deseo de ser como Dios, de poseer lo que Dios posee y de ser capaz de hacer lo que solo Dios puede hacer. Queremos reinar sobre las cosas que no tenemos capacidad de gobernar. Nos enojamos cuando se hace la voluntad de Dios en las relaciones y en las situaciones que vivimos porque preferiríamos más bien que se hiciera nuestra voluntad.

Esposo, tú te enojas porque tu esposa no hace tu voluntad. Esposa, tú desearías tener mayor control sobre tu esposo. Padres, con frecuencia ustedes se sienten frustrados con sus hijos y usan palabras y acciones indebidas con ellos porque, aunque tienen el deber de educarlos, ustedes no tienen el control sobre su conducta. Nos impacientamos con nuestras iglesias y nos preguntamos si deberíamos más bien buscar otra alternativa porque la iglesia no es lo que sería si nosotros estuviéramos al mando. Nos desanimamos en nuestros lugares de trabajo porque Dios nos pone en situaciones que nosotros evitaríamos si fuéramos nosotros los directores de nuestro trabajo.

Uno de los temas de este libro es la sana doctrina bíblica que no solo define quién es Dios, sino que también redefine quiénes somos como hijos suyos. A veces la forma en que la buena teología nos define es alentadora y esperanzadora. No obstante, a veces descubre las tinieblas que hay en nuestro corazón. La buena teología siempre consuela y confronta. La buena teología debe producir en nosotros celebración y congoja. La buena teología revelará aquellas áreas en las que somos propensos a vivir en conflicto con nuestro Señor y, por ende, en las que nos falta amor por las personas con quienes vivimos y trabajamos. Si niegas tu deseo de ser soberano y dejas que anide en tu corazón, te resultará difícil rendir tu vida al Único que es soberano.

Es vital que reconozcamos no solo las áreas en las que queremos usurpar el gobierno que solo le pertenece a Dios, sino también la cosecha de malos frutos que esto produce. ¿En qué areas de tu vida asoma su horrenda cabeza el deseo de ser soberano? ¿Qué pecado queda evidenciado en tus palabras y acciones cuando cedes a ese deseo? A todos nos conviene incluir esta petición en nuestra oración diaria: “Padre, confieso que muchas veces deseo tener el gobierno tuyo sobre otras personas y sobre las cosas. Dame hoy la gracia para resistir esos deseos y para entregarte mi vida, mi prójimo y todo lo que me rodea. Confieso mi pecado contra ti y contra los demás y descanso en tu perdón”. Termina tu tiempo de oración expresando tu gratitud por ser librado de la carga de la soberanía y porque Aquel que está sentado en el trono es tu Padre.

La soberanía de Dios garantiza la confiabilidad de las promesas de Dios

Si estás agradecido por las promesas de Dios y por la gracia rescatadora, protectora, proveedora y transformadora que ellas te ofrecen, debes celebrar cada día de tu vida la soberanía de Dios. Si las promesas de Dios te motivan, te dan aliento y te llenan de esperanza, deberías encontrar gozo en el gobierno eterno e inmutable de Dios. Si en momentos de debilidad, desánimo, ansiedad o temor echas mano de las promesas de Dios y te aferras a ellas con vehemencia, deberías estar agradecido porque Dios está sentado en el trono del universo y controla todo con poder y autoridad sin medida.

Como padre o madre, esposo o esposa, trabajador o estudiante, joven o viejo, rico o pobre, en las buenas o en las malas, es imposible depender de las promesas de Dios cuando, al mismo tiempo, no encuentras gozo en su gobierno. Déjame explicarte por qué. La confiabilidad de las promesas de Dios es directamente proporcional al alcance de su gobierno. Solo es posible garantizar el cumplimiento de algo que se ha prometido en situaciones y lugares donde se tiene el control. Te aseguro que yo haré lo que he prometido en mi casa porque tengo una medida de control allí, pero no puedo ofrecerte la misma garantía en la casa de mi vecino donde no ejerzo control alguno.

Nunca tienes que cuestionar la capacidad de Dios para cumplir lo que te ha prometido porque Él tiene un control imbatible sobre cada situación, lugar y relación donde esas promesas tienen que cumplirse. Dado que nunca estás en un lugar que escape a su control, nunca estarás en un lugar donde lo que Él te ha prometido no logre alcanzarte. Él gobierna en cada situación donde sus promesas han de cumplirse en nosotros. Él gobierna. Sus promesas son confiables y seguras.

La soberanía de Dios te infunde una esperanza real cuando oras

Hay quienes afirman que, si Dios tiene el control completo de todo, no hay razón para orar. Él controla el principio, el medio y el final de todo. Lo que Él quiere sucederá. Según esta idea, si yo oro a alguien que ya ha resuelto lo que hará, entonces ¿qué sentido tiene orar? Sin embargo, la Biblia nunca nos lleva a pensar de esta manera. La Biblia nos ordena orar. La Biblia nos invita a orar. Jesús nos presenta un modelo para orar. La Biblia nos relata historias acerca de cómo Dios respondió las oraciones de su pueblo. Santiago dice que la oración del justo “puede mucho” (Stg. 5:16). Tú simplemente no puedes leer tu Biblia y concluir que la oración es una actividad religiosa vacía y sin sentido.

Así pues, ¿cómo nos presenta la Biblia un Dios que ostenta el control absoluto de todo y, al mismo tiempo, nos llama a ser fieles en la oración? Recuerda lo que ya se ha dicho acerca de nuestra iniciativa y la soberanía de Dios. Dios no solo determina el fin (el resultado final) sino también el medio (todas las acciones, reacciones y respuestas que producen el resultado final) para llegar a ese fin. Y una de las maneras en que Dios ha elegido llevar a cabo lo que ha planeado es por medio de las oraciones fieles de sus hijos. Tus oraciones no están por fuera de su plan soberano, sino que más bien son parte crucial del cumplimiento de su plan soberano para este mundo. Tus oraciones son parte esencial del gobierno soberano de Dios.

El gobierno incontestable de Dios sobre todo, lejos de desalentar la oración, es tu esperanza y tu motivación cuando oras. No oras a alguien que carece de poder y autoridad. No oras a alguien que tiene límites en su capacidad. Todos hemos experimentado la frustración de acudir con una necesidad a alguien que tiene el deseo de ayudarnos, pero carece de la autoridad o la capacidad para hacerlo. Es grato que las personas quieran ayudarnos, pero eso no cambia la situación en la que nos encontramos. Este no es el caso cuando presentas tus necesidades a tu Padre celestial. Él no solo te ama con un amor eterno, te concede nuevas misericordias y te prodiga su gracia, sino que también controla todo lo que te preocupa, te agobia y podría derrotarte. No hay nada que puedas enfrentar que esté por fuera del alcance de su autoridad o poder. Y Él ha prometido desatar su poder para tu bien. En vez de ser motivo de desánimo en la oración, la soberanía de Dios nos da razones para orar y para esperar resultados cuando oramos.

He escrito este capítulo con un corazón fatigado y abrumado. El mundo ha enfrentado una pandemia global que ha detenido la economía mundial, ha causado un sufrimiento incalculable y ha costado la vida a 106.000 personas solo en los Estados Unidos. Las ciudades estadounidenses se han convertido en cavernas abandonadas y vacías. Por más de dos meses las iglesias no han podido congregarse y hay incertidumbre acerca de cuándo podrán volver a hacerlo con seguridad. Para completar el triste panorama, todos supimos recientemente de la grabación con teléfono celular que muestra cómo George Floyd, un hombre de raza negra, murió bajo el peso de un policía que lo aplastó con su rodilla por el cuello durante más de ocho minutos. El horror de este asesinato provocó protestas en todas las principales ciudades estadounidenses. Las protestas pacíficas se volvieron violentas y por todo el país hubo destrucción en los distritos comerciales. La violencia llegó muy cerca del lugar donde vivimos en el centro de la ciudad de Filadelfia. Hemos vivido noches de mucho temor y oración por nuestra seguridad y por nuestra ciudad. Entretanto, presenciamos una pandemia, una recesión económica generalizada y tensiones raciales que se desarrollan y convergen en una gran tormenta de caos social. Si en mi vida ha habido un momento en el que el mundo parece estar fuera de control es este preciso momento en el que escribo.

Si sientes algún afecto en tu corazón y el compromiso de amar a tu prójimo como a ti mismo, serías incapaz de ver el vídeo del asesinato de George Floyd sin la indignación justa de un corazón quebrantado. ¿Cómo podrías pensar en los estragos que ha producido esta pandemia en el mundo y no sentir ganas de llorar? Mi corazón ha estado apesadumbrado, quebrantado y cansado. En estos momentos, la gran pregunta es qué hacer cuando estás cansado y angustiado. ¿Qué debes hacer cuando pareciera que tu corazón no puede soportar más cargas? En esos momentos ¿deberías salir corriendo? Como David, yo corro al “templo” para contemplar la belleza de mi Señor una vez más. Y, cuando lo contemplo, recuerdo de qué se trata este capítulo: sin importar cómo se vean las cosas allá afuera en la realidad, Él es Señor sobre cada situación que me confunde y angustia, y es Señor en cada lugar. Yo descanso en la convicción de que aquello que yo no entiendo, Él lo planea y entiende a la perfección. Encuentro paz en saber que aquello que yo nunca lograría manejar, Él lo gobierna.

No, el dolor de la vida en este mundo resquebrajado por el pecado no va a desaparecer, y yo volveré a enfrentar momentos sombríos, pero puedo ser libre de cualquier pánico porque hay Alguien que tiene el control y Él es perfectamente sabio y bueno.

Tanto en los tiempos de holgura como de dificultad es glorioso saber que Dios gobierna y nosotros no. Es alentador saber que sin importar cuán caótico y confuso parezca, nuestro mundo no está fuera de control, sino que está bajo el señorío sabio y diligente del Señor Todopoderoso. Es reconfortante saber que Aquel que gobierna todo, en todo momento, es nuestro Padre por la gracia. Nos consuela saber que, puesto que Él gobierna, nada puede detener el curso de su gracia que produce vida y derrota el pecado. Es bueno saber que hay un Rey superior cuyo trono está muy por encima de los reyes imperfectos de esta tierra. Se nos quita un gran peso de encima saber que podemos confiar a su reinado sabio nuestras grandes preocupaciones por aquello que no somos capaces de cambiar. Es bueno recordar que tu salud mental no depende de tu comprensión de todas las cosas, sino de confiar en Aquel que las comprende todas desde antes del principio y más allá de todo destino. Es saludable espiritualmente despertarse cada mañana y adorar a Dios como soberano.

No se me ocurre una mejor manera de terminar este capítulo que con las palabras actuales de un himno antiguo. Mientras las lees, escucha el coro de santos que por siglos han entonado estas palabras que han avivado en ellos su esperanza y su valentía.

Lo que hace Dios, Él lo hace bien,
es sabio y es clemente;
en mi congoja y aflicción me cuida tiernamente.
Dios obrará: Él cambiará
mis lágrimas en gozo;
mi Padre es bondadoso.

Lo que hace Dios, Él lo hace bien,
jamás ha de engañarme.
Por sendas de justicia y bien,
en paz Él ha de guiarme.
En mi dolor mi Salvador
me infundirá consuelo,
ahuyentará mi duelo.

Lo que hace Dios, Él lo hace bien,
pues aunque sepa amarga
la copa puesta frente a mí,
no tardará en beberla.
Le confiaré, le esperaré,
un día claramente
veré que obró fielmente

Lo que hace Dios, Él lo hace bien,
¡verdad inconmovible!
Angustia, muerte, privación,
dolor indescriptible.
En bien y en mal me cuida igual,
según su santa voluntad
repose mi alma en su bondad.1

Footnotes

  1. “Whatever My God Ordains Is Right”, letra original de Samuel Rodigast 1676, trad. Catherine Winkworth 1863. Música y letra alternativa Mark Altrogge copyright © 2007 Sovereign Grace Praise (BMI) (adm. en CapitolCMGPublishing.com). Todos los derechos reservados. Usado con permiso. Traducción al español: M. R. Piñero de Pelletier (2015). Publicado en el “Cofre de Himnos” de la Conferencia de Pastores 2017, Iglesia Bautista North Bergen, NJ