¿Qué significa vivir cada día reconociendo constantemente la santidad de Dios en las situaciones que vives y en los lugares que ocupas? ¿Cómo permitir que esta doctrina defina las áreas importantes de tu vida como las amistades, la carrera, el matrimonio, la crianza de los hijos, la sexualidad, las finanzas, la vida civil, la educación, el ocio, el entretenimiento y la vida eclesial? ¿Qué significa permitir que esta verdad cautive tu corazón y configure así tus anhelos más profundos, tus motivaciones más influyentes, la manera en que tomas decisiones, las cosas que dices y las acciones que emprendes? ¿Cómo se extrae esta verdad de los pasillos de las facultades teológicas a tu vida privada con todos sus sucesos? Lo que presento a continuación es una lista inicial. Mi oración es que despierte en ti un deseo de entender lo que significaría en la práctica llevar esta asombrosa verdad a cada aspecto de tu vida.
1. La santidad de Dios debe ser el eje del sentido de tu vida. Ya seas amo de casa, ejecutivo, pastor, plomero, granjero, diseñador o profesor, en cualquier caso, eres teólogo. Constantemente tienes conversaciones contigo mismo acerca de lo que es verdadero y lo que es falso. Eres portador de presupuestos y conclusiones teológicas que, seas o no consciente de ellos, se convierten en la base de las decisiones que tomas y las acciones que emprendes. Todo el tiempo todas las personas en todas partes viven de manera teológica. No me refiero aquí a tu vida religiosa más formal. Hablo de la realidad de que tu manera de vivir tu vida está dictada por aquello que has concluido que es verdad. La santidad de Dios debe ser el eje de lo que has concluido como verdad; de lo contrario, no entenderás correctamente el universo ni tu propia vida, y no vivirás de la manera en la que fuiste diseñado para vivir. Lo que cautivó al profeta Isaías debe cautivarte a ti también:
En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria (Is. 6:1-3)
Esta escena extraordinaria, con su gloria inestimable, debe ser el eje de tu comprensión de todas las cosas. De lo contrario, es imposible entender correctamente la vida. Todo lo bueno que fue creado ha existido porque en el trono del universo está sentado Alguien que es santo en todos los sentidos y todo el tiempo. Tu sentido de identidad, de significado y de propósito, las metas para tu vida, lo que anhelas para tus seres queridos, la forma en que usas tu energía, tu tiempo y tu dinero, el sentido que tienes del bien y del mal, tus mecanismos de toma de decisiones, el uso que das a tus dones y capacidades, y el lugar donde buscas paz y descanso deben estar conectados a esta declaración: “¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria!”.
La santidad de Dios debería asustarte y a la vez darte descanso. Debería a la vez maravillarte y estructurar tu manera de pensar acerca de las cosas. Debería revelar los rincones oscuros de tu vida al tiempo que te conduce a la luz y a la esperanza de vida. Debería dejarte pasmado de asombro y admiración, y marcar la vía por donde transita tu vida. Debería confrontarte con la distancia que te separa de Dios, al tiempo que pone en ti el deseo de acercarte a Él. Aunque la santidad de Dios deja en evidencia tu debilidad moral, debe también llevarte a correr a su gracia. La santidad de Dios debería sacar a la luz todas las pseudoglorias, que pelean por tener el primer lugar en tu corazón a la vez que te muestra la única gloria que es verdaderamente gloriosa para anclar en ella tu vida. La santidad de Dios es tu luz en las tinieblas, tu GPS cuando te sientes perdido, tu consuelo frente a los males de este mundo caído, el recordatorio constante de quién eres y qué necesitas, y el lugar al que corres cuando todos los demás han resultado inútiles. Es imposible exagerar la importancia del hecho de que Dios es santo, santo, santo. Él es tan santo que la tierra entera está llena hasta rebosar de la incomparable gloria de su santidad
Sin embargo, hay un problema que tú y yo enfrentamos todos los días a toda hora. La cultura que nos rodea, junto con los sistemas e instituciones de esa cultura, han abandonado la categoría de la santidad. Cuando se niega que existe este Dios santo no se percibe en absoluto la necesidad de santidad alguna. Nunca oirás a políticos, educadores, personas de influencia en las redes sociales, críticos culturales o figuras del entretenimiento mencionar esta categoría. Para ellos es algo que carece de sentido y de función. Las personas que escriben los dramas que vemos en los medios no tienen en cuenta esta categoría como algo que influya en sus escritos, en su manera de pensar acerca del bien y el mal o en la manera de presentar el carácter moral de un personaje. Como cultura nos hemos apartado de lo santo. Lo santo no está en nuestra definición de sentido y de propósito. Lo santo no forma parte de nuestra idea de éxito. Lo santo no se considera algo que defina tu matrimonio ni guíe la crianza de tus hijos. Lo santo nunca se menciona cuando las personas hablan acerca de sus planes profesionales. Lo santo se considera un concepto religioso anticuado con poco significado práctico, al que se aferra una minoría cada vez más escasa. Casi todo el mundo quiere justicia, misericordia, paz, perdón y amor, pero estas cosas solo pueden estar presentes en nuestra vida si Aquel que tiene todo bajo control es santo. ¿Por qué? Porque, a pesar de que hayamos abandonado esta verdad, Dios ha puesto en todos nosotros un anhelo por aquello que solo la santidad puede producir. Sin embargo, basta mirar y oír lo que se dice por todas partes para darte cuenta de que, en la práctica, lo santo simplemente no importa y que para muchos ni siquiera existe
Gran parte de lo que lees, oyes, miras y aquello con lo que interactúas como ciudadano de este mundo presente no reforzará el carácter esencial de esta doctrina. Y, cuanto más influya tu cultura en tu modo de pensar, menos propósito práctico y funcional tendrá lo santo en tu vida. Es posible creer en la santidad de Dios y, aun así, en la cotidianidad vivir en “impiedad”. Puede que esta verdad no se traduzca en una manera de pensar que llegue a permear todo en tu vida. Por ejemplo, es posible incluir la santidad de Dios en tu estructura teológica y, al tiempo, olvidar que esa es la razón por la cual las instrucciones de Dios para tu matrimonio son imprescindibles. Es posible que profeses creer esta verdad y, al mismo tiempo, olvides que la crianza es primordialmente la tarea de representar al Dios santo en las vidas de tus hijos. Es posible que aceptes mentalmente esta verdad y, al mismo tiempo, pases por alto en la práctica que la santidad es lo que protege tu sexualidad y te mantiene puro. Es posible que aceptes esta verdad en tu intelecto y, a la vez, no te quebrante el hecho de ver que la mayoría de tus conocidos nada sepan de la gloria de este Dios santo, y vivan como rebeldes contra su voluntad y su gloria. Es posible que cantes de la santidad de Dios en un culto de adoración y, al mismo tiempo, haya una desconexión en el trato que das a tus hijos en el auto de regreso a casa. Es posible que estudies la santidad de Dios y luego sucumbas a la ansiedad que olvida al Señor de señores que tiene el control de la situación y es bueno en todos los sentidos
A pesar de que es imposible captar la gloria de la santidad de Dios dentro de los límites del lenguaje humano, esta doctrina es todo menos esotérica y mística. Es una doctrina práctica en intensidad y en expansión. La santidad de Dios cambia tu manera de comprenderlo todo y, por ende, cambia tu manera de vivir con cada cosa y de relacionarte con cada cosa. He aquí el pensamiento más importante que puedas llegar a contemplar: el Señor es, y Él es santo.
2. La santidad de Dios provee el único medio fiable de conocernos a nosotros mismos. Volvamos a Isaías 6 y tomemos nota de la respuesta de Isaías a la impresionante visión de la gloriosa gloria de Dios.
Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos (Is. 6:4-5).
La respuesta de Isaías es sorprendente. Se apodera de él un sentimiento de fatalidad. No pasa a opinar acerca de cuán increíble es la escena ni habla acerca de lo maravilloso que es para él poder verla. No, su reacción inmediata es de miedo sobrecogedor. No es una reacción emocional que exagera lo catastrófico. Es una visión clara de quién es él y de su necesidad personal. La confesión de Isaías tiene su origen en Génesis 1 y Génesis 3. Una visión clara de uno mismo debe empezar en Génesis 1. Dios nos creó para vivir en una relación con Él de continua sumisión, obediencia y adoración. Entendemos que fuimos hechos para vivir para una gloria mayor que la nuestra. Nuestra relación con Dios, el hecho de que somos portadores de su imagen y estamos llamados a vivir para su gloria, nos separa de todo lo demás que Él ha creado.
Sin embargo, una visión clara del yo debe incluir también la tragedia de Génesis 3. En vez de vivir con Dios y para Dios, Adán y Eva optaron por la ilusión seductora de la autonomía y la autosuficiencia que el engañador les vendió y desobedecieron el mandato de Dios. Cuando observas que Adán y Eva sintieron vergüenza el uno del otro y se escondieron de Dios con temor, sabes que ha sucedido algo horrible y de proporciones cósmicas. El pecado estalló en el mundo que Dios había creado, despedazó la hermosa paz del huerto y no solo separó a las personas de su Creador, sino que los dejó, a causa de su desobediencia, bajo condenación.
Solo cuando estés delante de la majestuosa grandeza de la santidad de Dios vas a saber quién eres. La santidad divina y la identidad humana están ligadas de manera indisociable. Si no te expones a la gloriosa gloria de la santidad de Dios te verás a ti mismo como más justo, más sabio y más fuerte de lo que eres, de lo que fuiste o de lo que serás jamás. Vivirás como si no hubiera Dios y, en caso contrario, igual no lo necesitarías en realidad. Solo la santidad de Dios que llena toda la tierra puede llenar tu corazón y cautivar la imaginación de tu mente para que puedas comprender la gravedad de tu impiedad y clamar siendo consciente de la gravedad de tu propia necesidad.
Solo cuando estés delante de la majestuosa grandeza de la santidad de Dios vas a saber quién eres. La santidad divina y la identidad humana están ligadas de manera indisociable. Si no te expones a la gloriosa gloria de la santidad de Dios te verás a ti mismo como más justo, más sabio y más fuerte de lo que eres, de lo que fuiste o de lo que serás jamás. Vivirás como si no hubiera Dios y, en caso contrario, igual no lo necesitarías en realidad. Solo la santidad de Dios que llena toda la tierra puede llenar tu corazón y cautivar la imaginación de tu mente para que puedas comprender la gravedad de tu impiedad y clamar siendo consciente de la gravedad de tu propia necesidad.
endo consciente de la gravedad de tu propia necesidad. “Hombre inmundo de labios” es una forma interesante de resumir la depravación del pecado. Solo podrías ser santo delante de Dios si fueras capaz de decir: “Nunca he dicho a nadie, en ningún lugar, en ningún momento, algo que esté mal a los ojos de Dios” (véase Stg. 3). Tú y yo no necesitamos mayor evidencia de la profundidad de nuestro pecado que lo que sale de nuestra boca. Nuestro lenguaje es la evidencia constante de por qué merecemos la ira de Dios y somos salvos de ella solo por la gracia expiatoria de Jesús.
La mayoría de las personas han querido ignorar el hecho moral supremo del universo, la santidad de Dios, y se contentan con vivir con una evaluación personal de “aceptabilidad”. Carecen del sentido de su corrupción moral personal, no tienen temor de Dios y no sienten necesidad alguna del rescate de su gracia. Comen una y otra vez el fruto prohibido y sienten muy poca vergüenza y temor. Creen que son capaces de ser lo que deberían ser y de hacer lo que deberían hacer en su vida sin el rescate, el perdón y la ayuda divinos. A pesar de que son seres espirituales, no tienen una espiritualidad intencional en su manera de vivir. Dios no ocupa lugar alguno en sus pensamientos y su santidad no solo no ejerce una influencia determinante en su vida, sino que no recibe reconocimiento alguno.
Así estaríamos todos si no fuera por la gracia de Dios que abre nuestros ojos, expone nuestro corazón, redarguye nuestra conciencia, nos perdona y nos reviste de poder. Por la gracia hemos visto su santidad que ha revelado lo que somos y lo que necesitamos. Con todo, Él no nos ha dejado a nuestra suerte. En nuestra miseria nos han recibido las misericordias justificadoras del Salvador. Padres, no se limiten a hablarles a sus hijos acerca de la gracia de Dios; abran también sus ojos enceguecidos a su santidad. Si ellos no entienden la mala noticia de su condenación, las buenas noticias de la gracia de Dios no van a significar nada para ellos. Esposos y esposas, si quieren evaluar la verdadera salud de su matrimonio, expónganlo a la santidad de Dios. Si quieren evaluar la condición moral de su sexualidad, de sus finanzas, de sus pensamientos, de sus deseos y motivaciones, pónganlos a la luz escrutadora de la santidad de Dios. Nunca saldrás de la vasta gloria de la santidad de Dios con una evaluación de “aceptable” en ningún área de tu vida.
Es totalmente cierto que tú y yo nos conoceremos de manera más completa y exacta cuando nos pongamos bajo la luz de la gloria de Aquel que es completamente santo en todos los sentidos y todo el tiempo
3. La santidad de Dios nos confronta con la pecaminosidad del pecado. El pecado es engañoso. Esto significa que el pecado no solo te enceguece, sino que también se presenta como algo menos que pecaminoso. El pecado no siempre nos parece pecaminoso. Muchas veces parece más hermoso y placentero que peligroso y destructivo. Cuando comes tu tercera rebanada de pastel de chocolate en un momento de glotonería, lo que sientes no es destrucción y peligro, sino el sabor intenso y rico del chocolate envuelto en una suave crema batida. El placer del momento domina tu sentido de pecaminosidad del momento. Cuando estás en tu teléfono arruinando la reputación de alguien, en ese momento no piensas en la transgresión moral, sino que te dejas llevar más bien por la picazón de difundir un chisme sucio. Cuando codicias a una mujer que hace fila en Starbucks, te dejas llevar por las fantasías de poseer su belleza física para darte placer; no piensas en la horrenda transgresión moral del momento. El poder seductor de la tentación está en distraernos con placer para que no veamos el peligro moral del pecado.
Asimismo, el pecado no siempre nos parece tan pecaminoso después de haberlo cometido. Incluso cuando nuestra conciencia se inquieta un poco por transgredir los límites morales de Dios, callamos nuestra conciencia con argumentos para expiar nuestra propia culpa. Participamos en nuestro propio engaño esforzándonos por convencernos a nosotros mismos de que el mal que hicimos no era tan malo al fin de cuentas. Repasamos los hechos y escribimos una nueva versión del momento para hacernos parecer más justos de lo que fuimos. De ahí salimos sintiéndonos bien respecto a aquello que para Dios no solo está mal, sino que invalida su santidad. Maquillamos el chisme en el teléfono como una petición de oración, la lujuria como el aprecio de la belleza creativa de Dios, y el postre de más como una trivialidad.
Nos encontramos en peligro moral cuando somos capaces de minimizar o negar la pecaminosidad inexcusable del pecado. Quisiera mencionar aquí algo que merece una reflexión y una explicación. La pecaminosidad del pecado radica en su verticalidad. Lo que es más pecaminoso acerca del pecado no es la multitud de efectos horizontales negativos. Sí, el pecado te lastima y lastima a las personas que te rodean. Causa estragos en el gobierno y en las instituciones donde vivimos y de los que dependemos. Deja su huella y su rastro de destrucción por dondequiera que va. Con todo, tú y yo solo entenderemos la abominable pecaminosidad del pecado cuando entendamos que cada pecado es un pecado contra un Dios santo. En su confesión desgarradora de adulterio, David acierta en sus palabras: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio” (Sal. 51:4). Cada vez que yo peco, tomo las riendas de mi propia vida, desconozco la existencia de Dios y doy la espalda a su señorío santo. Cada pecado deja de lado la santidad de Dios y su mandato de ser como Él. Cada pecado repudia su autoridad, su santidad y su llamado moral. Es moralmente imposible que un pecado sea solo horizontal.
Cada pecado es un pecado contra Dios mismo. Cada acto de impiedad es una rebelión contra su santidad y, cada vez que yo me esfuerzo por hacer parecer mi pecado menos pecaminoso, lo traiciono a Él. La desobediencia de un hijo es más que un acto de irrespeto contra Dios; es rebelión contra Dios y su norma de santidad. Cabe aclarar a los padres que sus hijos no saben esto. La falta de amor matrimonial no es una simple transgresión en la relación entre un esposo y una esposa, sino que también deshonra a un Dios santo. Solo tendremos corazones que se quebrantan por el pecado cuando reconozcamos su verticalidad. Solo cuando estamos como Isaías en presencia del Dios santo en el trono y nos deslumbra su santidad veremos nuestro pecado como es realmente. Ante la santidad de Dios, el pecado nunca puede verse como algo menos que pecaminoso.
¿Qué hacer frente a esta realidad? Yo sugiero que busques un lugar donde puedas estar a solas, apagar tus pantallas, aislarte del ruido y la distracción, ponerte de rodillas y abrir tu corazón a la pecaminosidad de tu pecado. Hazlo ahora mismo si es posible. Confiesa que minimizas el pecado, que aprendes a vivir con él e incluso a volverte su amigo. Confiesa que lo ocultas, lo niegas y lo justificas. Confiesa que gran parte de la tristeza que te produce tu pecado obedece a su mal fruto horizontal y no al hecho de que profana la existencia y el carácter de tu Creador. Deja que la pecaminosidad del pecado te redarguya y llora. Llora por tu actitud despreocupada frente a él, llora por su poder enceguecedor, llora por la influencia que tiene sobre las personas a tu alrededor, pero sobre todo llora porque cada vez que pecas traicionas a tu Señor santo.
Me temo que, en nuestra obsesión por entretenernos con distracciones, en la que cualquier cosa es preferible a la meditación silenciosa y no hay lugar para la reflexión personal, hemos olvidado cómo lamentarnos. Amamos la pasividad continua del piloto automático del entretenimiento incesante. Parece que nos diera miedo estar a solas con nuestra alma expuesta delante de nuestro Dios. Ni siquiera podemos esperar en un semáforo sin mirar una vez más nuestras pequeñas pantallas de bolsillo para tener la luz distractora alumbrando nuestra cara. Nos encanta pasar nuestro tiempo viendo aquello que nos impide ver lo que necesitamos ver con tanta urgencia. Entre tanto, lo que nos sucede es peor que estar distraídos; es estar anestesiados, embotados y engañados para creer que nuestra condición es aceptable. A la luz de la santidad de Dios, “aceptable” no es una categoría de evaluación humana con la que debamos conformarnos. Necesitamos temporadas en las que nos desconectamos, apagamos lo que nos distrae, tomamos distancia y nos sentamos en la presencia de nuestro Dios santo con ojos abiertos y corazones dispuestos a inclinarse delante de Él y lamentar. Es cuando lloras en presencia de un Dios santo que aciertas. Solo entonces, frente a la monstruosidad vertical de tu pecado, implorarás la gracia que es tu única esperanza en esta vida y en la venidera.
Permíteme repetirlo: nuestro problema, lo sepamos o no, es que el pecado no siempre nos parece pecaminoso. Nuestra capacidad para minimizar o negar la gravedad de nuestra iniquidad y la fealdad de nuestras transgresiones es un desastre moral personal. Nuestra voluntad de ser ciegos nunca termina bien. La santidad empieza con el deseo de vernos con una claridad y una precisión que lleven a una convicción de corazón, y esa claridad solo viene cuando estamos delante del trono de nuestro Dios santo. Recuerda que no puedes confesar lo que no lamentas, no puedes lamentar lo que no has visto y no puedes arrepentirte de lo que no has confesado. Clama pidiendo ojos para ver y un corazón para llorar, y, cuando llores, es mi deseo que experimentes el gozo de descubrir las nuevas misericordias.
4. La santidad de Dios es la búsqueda suprema para nuestra vida. ¿Para qué vives? ¿Qué quieres en la vida? ¿Cuál es la motivación que te lleva a hacer lo que haces? ¿Qué te da un sentido inconmovible de propósito? ¿Qué te impulsa a trabajar, a persistir y a seguir adelante? ¿Qué es lo más valioso en tu vida? ¿Cuál es la razón principal que motiva todo lo que haces? ¿Por qué haces lo que haces y de la manera en que lo haces? ¿Por qué haces lo que haces como amigo, estudiante, trabajador, jefe, padre, cónyuge, vecino, ciudadano o miembro del cuerpo de Cristo? ¿Qué persigues en esta vida?
Otro pasaje apunta a la importancia de la verdad de la santidad de Dios. El contexto de este pasaje plantea su importancia práctica.
El apóstol Pedro se dirige a personas que sufren por su fe. Sin embargo, lo asombroso de la carta de Pedro es que no es principalmente una carta de consuelo, sino que está llena de solicitudes para los creyentes expatriados de la dispersión. Pedro establece lo que significa vivir como creyente en el evangelio del Señor Jesucristo sin importar lo que se enfrente ni los poderes humanos que tengan el control. En su carta, Pedro ya ha señalado la esencia de lo que significa vivir a la luz del evangelio en este mundo caído entre el “ya” y el “todavía no”.
Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 P. 1:13-19).
En vez de vivir como quien está controlado por las pasiones egocéntricas de tu vida pasada, Pedro dice que estás llamado no solo a obedecer al Señor, sino a ser santo como Él es santo. Este llamado debe ser tu valor supremo, tu compromiso constante, la búsqueda primordial de tu vida. Pedro se atreve incluso a llamar a los creyentes a hacer lo que es imposible a menos que sean rescatados y reciban el poder de la gracia del Dios santo a quien están llamados a imitar. Entre tu conversión y tu llegada a tu hogar celestial, el enfoque de la obra redentora de Dios es la transformación personal radical. Por tanto, cuando buscas ser santo como Dios es santo, te comprometes a hacer del propósito de Dios tu propósito.
Es importante entender que hemos sido salvos no solo para el cielo, sino también para la santidad. No podemos desatender el llamado de Dios ni permitirnos vivir por debajo de su norma. En la gloria de su santidad, Él es la norma para todo lo que pensamos, deseamos, decimos y hacemos. Mi temor es que, en nuestro mundo obsesionado con el placer, donde la comodidad reina y la felicidad personal temporal es la definición de la buena vida, esta búsqueda suprema se pierda en medio del bullicio interminable de nuestros antojos por la próxima diversión. Las dichas humanas más elevadas se encuentran cuando aceptamos seriamente el llamado de Dios a una vida comprometida con la santidad y cuando ese compromiso se aplica a las situaciones y a las relaciones de nuestra vida diaria. Sin embargo, esta confianza se pierde. Por ejemplo, la mejor definición bíblica de un buen matrimonio es cuando un esposo y una esposa están comprometidos a responder el uno al otro, en palabras y en acciones, de un modo que es santo a los ojos de Dios. Si la meta del matrimonio fuera la comodidad, no tendría sentido poner a una persona imperfecta junto a otra persona imperfecta en una relación tan completa. Antes bien, el esfuerzo del matrimonio es una de las herramientas divinas más eficientes para transformarnos en un pueblo santo; ese es el llamado de Dios que solo es posible con el poder de su gracia.
Las buenas calificaciones, la habilidad deportiva, el ingreso a una universidad prestigiosa y una carrera exitosa no son metas suficientemente elevadas para la crianza de tus hijos. Educar hijos con buenos modales que no te avergüencen en público no es un propósito suficiente para tus labores de crianza. He aquí tu meta de crianza: que tú seas un instrumento en las manos de Dios para criar hijos que sujeten sus vidas a Él, descansen en su gracia y se comprometan a vivir de maneras que Él considera santas.
De igual modo, tu vida sexual tiene una meta que es más profunda que el logro de la satisfacción mutua en la pareja. En este caso, también la meta más elevada de la sexualidad no es el placer humano, sino que nuestro Dios santo se agrade en cada acto de índole sexual al que dediquemos nuestros pensamientos, deseos y cuerpos. Dios también tiene un propósito para tu dinero que va más allá de la provisión diaria. Tu dinero es uno de los asuntos principales donde rindes tu vida a su llamado santo.
Ahora bien, las implicaciones prácticas de este llamado a la santidad son imposibles para cada uno de nosotros. Yo no tengo la capacidad de transformar mi propio corazón. No tengo la habilidad independiente para escapar al pecado que todavía vive en mí. No tengo el poder autónomo para controlar mis pensamientos y deseos. Tengo tanta aptitud para ser santo a la manera de Dios como la tengo para saltar hasta alcanzar la punta del rascacielos Empire State. Así pues, este llamado elevado y santo es un argumento que no solo confirma nuestra urgente necesidad de la gracia aquí y ahora, sino también el hecho humillante de que nunca nos graduaremos de la gracia. Hasta el último día de nuestra existencia buscaremos alcanzar la santidad e imploraremos la gracia que es lo único que nos da el poder para producir santidad en nosotros. Es mi oración que amemos ser santos a los ojos de Dios más de lo que amamos todos los placeres egocéntricos que nos tientan a entregar nuestro amor en cualquier otra parte. Que podamos deleitarnos en las bendiciones que se desprenden de adoptar el propósito de Dios para nosotros como el propósito de nuestro corazón.
5. La gloria de la santidad de Dios nos impulsa a entregarnos a su misión de gracia redentora. Cuando se ve confrontado con la gloria de la santidad de Dios y al desastre de su propio pecado, Isaías responde no solo con una confesión, sino también con la disposición a entregarse a la misión de Dios: “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis” (Is. 6:8-9). Isaías no duda. Su respuesta no incluye condiciones, añadidos ni peros. No interpone excusas ni negociaciones. La santidad de Dios y la tragedia del pecado deberían provocar en nosotros una actitud: disposición.
Existe otra área de tu vida que debería caracterizarse por el llanto y el gozo. ¿Cómo es posible leer la narrativa bíblica del poder destructivo del pecado, saber que nos ha separado de Dios y que termina en muerte, y no llorar? Considera cómo el pecado tuerce, pervierte y complica todo en tu vida y todo a tu alrededor. Considera su sendero continuo de destrucción. Considera su seducción maligna. Considera que el pecado es el mentiroso por excelencia, que promete una y otra vez sin cesar lo que es incapaz de cumplir. Considera esto y lamenta.
Por otro lado, también tienes motivos para gozarte. Porque Dios ama la gloria de su propia santidad y tiene un corazón tierno para con quienes ha hecho a su imagen, Él no deja que el pecado gane. Él no dejará que el pecado se salga con la suya. Así que en su justicia, acompañada de misericordia, Él abrió un camino para conceder el perdón, a fin de que los pecadores vivan en una relación con Él y el pecado sea derrotado. Su celo santo para derramar su gracia redentora es la realidad más hermosa que existe en el universo. Nada debería producirnos más gozo que esto. Debemos regocijarnos de que hay un Dios de santidad en el trono del universo y porque Él ha abierto un camino para que también nosotros seamos santos delante de sus ojos.
Esta combinación de llanto y regocijo nos lleva a entregar nuestras vidas a su servicio. Esto significa que sea cual sea el lugar donde estemos, las circunstancias que vivamos o las personas con quien estemos, busquemos maneras de ser embajadores de su misión de gracia. Lamentablemente, la iglesia es en muchos sentidos un gigante dormido. Imagina los resultados que se lograrían si cada creyente se comprometiera con la misión de Dios de gracia redentora. No obstante, con frecuencia la iglesia está más llena de consumidores que de participantes, personas cuyo compromiso con la iglesia se limita a un culto de adoración formal el domingo, un puñado de dinero cuando se pasa el plato de las ofrendas y momentos esporádicos de ministerio de corta duración. Muchos somos ajenos a la disposición de Isaías. Vemos nuestras vidas como algo que nos pertenece y estamos dispuestos a dar a Dios migajas de vez en cuando. No me refiero aquí al ministerio vocacional, sino más bien a que cada uno de nosotros está llamado a formar parte de la misión de Dios, sin importar cuáles dones o llamados hayamos recibido de Él.
Que podamos ser embajadores de este Dios santo, nosotros tristes oficiantes dedicados a su misión de gracia redentora. Que el lamento y el gozo me entremezclen de tal modo que seamos impulsados a llevar el mensaje de la tragedia del pecado y el triunfo de la gracia dondequiera que vamos. Que la respuesta de nuestro corazón sea: “Heme aquí, envíame a mí”.
6. La santidad de Dios es la razón por la cual nunca dejaremos de necesitar su gracia. La escena en la sala del trono, donde la gloria de la santidad de Dios que llena la tierra se encuentra con la fealdad del pecado, demuestra que tú y yo nunca dejaremos de necesitar la gracia de Dios. La escena nos confronta con la distancia abismal que existe entre Dios e Isaías. Si no fuera por el perdón de Dios, la escena sería irremediablemente penosa. Sin embargo, no es desalentadora porque sabemos que la gracia que perdona también nos da el poder que necesitamos. La gracia que justifica también santifica. La gracia que convence también rescata. La gracia que nos libera del poder del pecado no descansará hasta que hayamos sido librados también de su presencia.
Con todo, la tarea es inmensa y, cuanto más te acercas al Señor, más consciente serás de tu falta de santidad. La gracia de este Dios santo no toma gente dependiente y la hace independiente, sino que más bien toma gente independiente y produce en ellos una dependencia más profunda y más dispuesta. Si estamos llamados a ser santos como Dios es santo, nuestra necesidad de la gracia nunca va a terminar. Recuerda que la gloria de la santidad de Dios radica en que Él es santo en todo lo que Él es, Él es santo en todos los sentidos y todo el tiempo. Estoy agradecido porque he crecido en la gracia. Estoy agradecido porque hay áreas de pecado que han sido derrotadas en mi vida. Estoy agradecido cada día porque, gracias al celo de la gracia de Dios, no soy el hombre que fui antes. Aun así, estoy lejos, muy lejos de ser santo en todo los sentidos y todo el tiempo. Hoy soy más consciente de mi pecado que cuando lo confesé por primera vez. Me consuela saber que hay evidencia bíblica de que no estoy solo. Considera estas palabras del apóstol Pablo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna” (1 Ti. 1:15-16).
Es importante entender lo que Pablo quiere decir con estas humildes palabras de autoevaluación. No lo malentiendas; en este pasaje, Pablo no solo lamenta su vida pasada. Se expresa en tiempo presente, por lo que habla acerca de ser un ejemplo del prodigio de la paciencia constante de la gracia redentora de Dios. Como ves, cuanto más vives en la presencia de la santidad de Dios, más consciencia adquieres de la profundidad y del alcance de tu pecado, más dependes de la gracia de Dios y más te maravilla su paciencia.
Es evidente que, la primera vez que venimos a Cristo, somos conscientes de nuestro pecado. De lo contrario, no habríamos acudido a Él. No obstante, los pecados que por lo general confesamos al principio son los más evidentes de nuestra condición previa a la conversión. Por otro lado, cuanto más vivimos a la luz de la santidad de Dios, más nos volvemos conscientes de los sutiles pecados engañosos del corazón, de las molestas idolatrías y de las áreas en las que nos falta un carácter piadoso. A medida que caminamos con el Señor nos volvemos más y más conscientes de los laberintos del pecado que se abre camino en cada área de nuestra vida. Simplemente no puedes exponerte a la luz escrutadora de la gloria de la santidad de Dios con un corazón abierto y salir de ahí sintiéndote orgulloso de ti mismo. Cuanto más brille esta luz sobre ti, más fuerte se hará tu clamor por la gracia. No puedes estar delante de su trono santo y pensar que espiritualmente has llegado a la meta. Y eso es bueno.
7. Todos anhelamos un mundo gobernado por un Dios santo. Todo el mundo de alguna manera desea que las cosas sean mejor de lo que son ahora. Todos queremos vivir en un mundo donde la justicia sea algo real y se administre con equidad. Todos queremos que la violencia termine en nuestras calles y en nuestros hogares. Todos anhelamos vivir en un mundo donde ningún ser humano sea capturado y usado para los deseos egoístas de otro ser humano. Todos creemos que sería maravilloso que la corrupción gubernamental llegara a su fin. Todos lamentamos el maltrato infantil, la denigración de las mujeres y el racismo de cualquier tipo. Todos deseamos que nadie muera de hambre y que la presencia constante de la guerra termine. Queremos que la enfermedad no cobre más vidas. Los detalles de nuestros anhelos difieren, pero todos anhelamos algo mejor. De algún modo todos anhelamos un mundo que sea justo, pacífico, amoroso, seguro y gobernado con rectitud. Todos anhelamos un “shalom”, es decir, que todo esté en su lugar y haga lo que dispuso el Creador.
Este anhelo está presente en el corazón de cada persona porque fuimos hechos para vivir en un mundo que estaba en orden y bajo el gobierno de alguien que es santo en todos los sentidos y todo el tiempo. Puesto que Él es siempre santo y bueno, estaba garantizado que viviríamos en un mundo pacífico y seguro. Aunque el pecado rompió el cristal de paz, nuestro anhelo sigue ahí, y lo que anhelamos solo es posible si el que tiene el control de todo es santo y bueno.
Parece contradictorio, pero es cierto: las personas más impías tienen lugares en su vida donde piden a gritos un reinado santo. Los seres humanos fueron creados para encontrar su seguridad diaria en la existencia y en el gobierno de Aquel que es gloriosamente santo en todo. Puede que las personas nieguen la existencia de Dios, profanen lo que Él designó para ser santo y repudien sus mandamientos santos, pero con todo y eso, siguen anhelando aquellas cosas que solo su santa voluntad y su santo reinado pueden ofrecer.
Si un día mil personas mirando sus notificaciones en las redes sociales vieran la muerte de un niño indefenso a manos de un padre maltratador, todas se indignarían, todas se enojarían y cada una de ellas desearía que tal cosa nunca volviera a pasar. Esto revela que todos desearían que el gobierno santo de Dios interviniera. Un clamor por justicia es un clamor por un Dios santo. Un clamor por paz es un clamor por un Dios santo. Un clamor por seguridad es un clamor por un Dios santo. Un clamor para que cada ser humano sea tratado con valor y dignidad es un clamor por un Dios santo. Puede que niegues a Dios, pero en momentos de sufrimiento y dolor implorarás lo que solo su santa presencia y gobierno son capaces de producir. Es vital que recordemos que la santidad de Dios es esencial para el bienestar emocional, físico y espiritual de cada ser humano, ya sea que lo reconozcamos o no.
8. El significado y el propósito verdaderos se encuentran en la santidad de Dios. Debemos considerar el conflicto que existe entre nuestro propósito para nuestra vida y el propósito santo de Dios para nosotros. Piensa por un momento en la historia que Dios ha escrito para ti y para mí. Por gracia, Dios nos llamó y nos acercó a Él. Estamos unidos a Él para siempre como sus hijos adoptados y como beneficiarios de su amor y gracia inconmovibles. Él con amor suple nuestras necesidades, controla lo que no podemos controlar y nos guía con sabiduría y poder divinos. Nos regala su iglesia, el cuerpo de Cristo, donde encontramos verdadera comunidad, donde el discipulado florece y podemos ser partícipes de su misión. Él nos da su Espíritu para aconsejarnos, convencernos y revestirnos de poder. Él nos regala su Palabra para que podamos conocerlo, conocernos a nosotros mismos, conocer el pecado, conocer la gracia y conocer su designio acerca de cómo hemos de vivir.
Todo esto es maravilloso y hermoso, pero hay una cosa que nuestro Señor ha decidido no hacer. Cuando venimos a Él en confesión y en fe, Él no nos da un boleto inmediato para salir de este mundo terriblemente caído, desbaratado y disfuncional que falla en operar como Él se lo propuso. No, entre nuestra conversión y nuestra llegada al hogar celestial, nuestro domicilio es el mismo que antes de conocerlo. Ahora bien, detente y piensa en esto. Si la intención de Dios fuera ejercer su poder para que tu vida fuera predecible, cómoda y fácil, no tendría sentido dejarte en este mundo imperfecto como una persona imperfecta en continua relación con gente imperfecta. En vez de ser una receta para la comodidad, esta es una receta para la desilusión, el sufrimiento, el dolor, la ira, la debilidad, el desconcierto y la añoranza. ¿Por qué planearía Dios esto para nosotros?
La respuesta es que este domicilio presente no fue concebido como nuestro destino final. Este nunca será el paraíso que nuestros corazones anhelan. Ningún área de tu vida resultará ser un paraíso para ti, sin importar cuánto te empeñes en hacerlo realidad. Esto significa que todo en tu vida sirve para un propósito más elevado que tu placer y disfrute momentáneos.
Dios ha planeado usar tu matrimonio para algo que va más allá de la definición que ustedes como pareja tienen de felicidad. Él se propone usar tu trabajo para algo más que la provisión financiera y el éxito. Él tiene un propósito mayor para tus amistades que solo tener más gente en tu vida con quienes te sientes cómodo. Él quiere más de tus proyectos educativos que los logros académicos y los diplomas. Todo esto es enredado y difícil porque Dios te ha puesto en un lugar desordenado. Sin embargo, el desorden cumple el propósito de sacarte de tu confianza en ti mismo, de tu egocentrismo y de tu amor por el mundo para alcanzar una mayor dependencia de Él. Pero eso no es todo lo que busca.
Dios se propone que el desorden de esta era y de este lugar sea transformador. Cada área sirve para prepararte para lo que está por venir, es decir, como herramienta de un apetito y un crecimiento espirituales cada vez mayores. Dios usa todas las dificultades de la vida en este mundo caído para cumplir el objetivo más elevado que es posible alcanzar para ti y en ti, a saber, que poco a poco llegues a ser santo como Él es santo. Conforme esto sucede, te preparas más y más para tu hogar definitivo donde la santidad es la norma eterna. Es allí donde se encuentran el significado y el propósito supremos. Dios usa incluso las situaciones más difíciles para producir los resultados más maravillosos. Yo no vivo en un mundo impersonal e irracional donde las cosas malas suceden sin razón y sin un resultado positivo. No tengo que vivir con la desesperanza de lo que pareciera ser un constante sinsentido y despropósito cuando enfrento los fallos inesperados y aparentemente improductivos de la gente y las circunstancias. No, este mundo está bajo el gobierno de Aquel que no solo es todopoderoso en poder sino también santo en todos los sentidos, todo el tiempo. Y este Dios santo quiere para mí algo mejor de lo que yo jamás soñaría para mí mismo, y usa mi residencia presente para llevar a cabo ese propósito.
De modo que todo en mi vida está bendecido con sentido y propósito santos. Todo florece más de lo que habría sido posible sin su gobierno santo, su gracia santa y su propósito santo para mí como su hijo. Ninguna situación carece de sentido, ninguna circunstancia carece de propósito y ninguna prueba es vana. Ahora bien, en el día a día la vida no siempre parecerá funcionar de este modo, y el propósito de Dios no significa que mi vida esté exenta de sufrimiento y de dolor. Sin embargo, puedo tener la certeza de que Dios me está preparando y que el centro de esa preparación es este propósito: que poco a poco yo llegue a ser santo como Él es santo. El sentido absoluto se encuentra en la santidad de Dios. El sentido del ser humano se basa en la existencia y en el plan de un Dios que es gloriossamente santo en todo. Tu Señor nunca va a planear, gobernar ni dirigir tu vida de una manera que esté por debajo de lo perfectamente santo. Eso sí que debería ser motivo de descanso y de celebración para ti. 9. La santidad es el propósito de todo estudio bíblico y teológico. La razón fundamental por la cual los seres humanos tenemos capacidades racionales y comunicativas es para conocer a Dios y tener comunión con Él. Esto, sin embargo, tiene una dirección distinta cuando se trata de ejercitar tu mente para explorar y entender la extensa teología de las Escrituras. Examinemos un pasaje que, a mi modo de ver, “lo dice todo” acerca de entender el propósito del estudio de la Palabra de Dios, las doctrinas que revela y el conocimiento que produce. Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié… En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída (Is. 55:10-11, 13). Esta promesa en Isaías ha sido atesorada por teólogos, predicadores, estudiantes de la Biblia y feligreses a lo largo de generaciones. Y ¿cuál es la promesa? Que la Palabra de Dios, bajo el poder del Espíritu de Dios y recibida por el pueblo de Dios, siempre cumplirá su propósito. Esto nos lleva al corazón de lo que trata este capítulo. Imagina que yo me acercara a ti y te dijera: “Siempre cumpliré mi propósito en mi relación contigo”. ¿Cuál sería tu reacción? Desearías saber cuál es exactamente mi propósito para mi relación contigo. Cuando Dios te dice: “Mi Palabra siempre cumplirá su propósito”, tu pregunta debería ser: “¿Cuál es el propósito de la Palabra de Dios?”. Esta pregunta señala la esencia del propósito de Dios para todo estudio bíblico y teológico, ya sea al nivel más alto de erudición en un contexto académico o en el estudio bíblico diario de la persona promedio. ¿Para qué estudiar la Palabra de Dios? ¿Para qué estudiar teología? ¿Qué debería producir nuestro estudio? La descripción gráfica de Isaías es increíblemente útil, pues describe plantas que son nutridas por la nieve y la lluvia. Como vimos en el capítulo 1 de este libro, si tengo una zarza que es alimentada por la nieve y la lluvia, ¿qué espero obtener? Espero obtener una zarza más grande. No me verás diciéndole a mi esposa: “Querida, si sigue lloviendo creo que nuestra zarza se convertirá en un ciprés”. No espero que la zarza que crece en el patio trasero, después de ser rociada por la lluvia, se convierta en un arrayán. Sin embargo, esto es lo que sugiere la descripción gráfica de Isaías. El profeta lleva su ilustración más allá de lo que sucede naturalmente en el mundo físico para señalar un punto de gran profundidad. El propósito de la Palabra de Dios es algo más profundo que la difusión de información bíblica y teológica. La meta es una transformación radical del corazón y de la vida. Dios se propone que la información sea transformadora. El conocimiento bíblico y teológico nunca han tenido como propósito ser fines en sí mismos, sino más bien medios que llevan a un fin. El fin es la santidad personal. Un Dios perfectamente santo nos obsequia su Palabra santa para que seamos rescatados del pecado del que éramos incapaces de escapar por nosotros mismos y para ser transformados a su semejanza. El llamado de Dios es: “Sed santos, porque yo soy santo” y su Palabra es la herramienta principal para crear en nosotros lo que Él nos ha llamado ser. Un Dios santo nos concede su Palabra para que, a través de ella, lleguemos a ser como Él: santos. El crecimiento gradual en la piedad (santidad) es la meta de Dios para el estudio bíblico y teológico para todos los que lo hacen y dondequiera que lo hagan.
Este breve estudio de la santidad de Dios debería dejarnos a la vez llorando y gozosos. Si estás delante del trono de nuestro Dios que es perfectamente santo, tendrás motivos para ambos. Estoy convencido de que esta es la razón por la cual estamos llamados a ambas respuestas en las Escrituras y por qué ambas son parte importante de una vida espiritual saludable. La Palabra de Dios nos llama a lamentar y realmente declara que hay bendición para quienes lo hacen (Mt. 5:4). ¿Cómo podrías estar delante de la santidad de Dios y no llorar por la condición de tu propio corazón y el pecado que hay por doquier en el mundo? La Palabra de Dios también nos llama a regocijarnos (1 Ts. 5:16-18). Cuando contemplamos la santidad de Dios tenemos motivos para regocijarnos. ¿Cuán inconmovible es tu gozo cuando te levantas cada día sabiendo que tu mundo está bajo el gobierno de Aquel que es perfectamente santo en todos los sentidos, todo el tiempo, y que este Dios santo es tu Padre por la gracia?
¡Así que llora! Tu Señor es santo. ¡No dejes de gozarte! Tu Señor es santo. Vive la vida de un triste festejador. Lamenta las formas en las que te has alejado del objetivo santo que Dios se ha propuesto para ti. Al mismo tiempo, gózate en las posibilidades que ahora tienes para ser lo que jamás habrías podido soñar si este Dios santo no te hubiera encontrado con su gracia que transforma la vida y el corazón. Que tus lágrimas se entremezclen con gozo hasta que estés al otro lado con Él y seas como Él por siempre y para siempre.