Débora nunca se imaginó que la crianza fuera tan difícil. Era agotadora y desalentadora. Cada día parecía una lucha con su incapacidad para lograr que sus hijos desearan hacer lo correcto. Ella había leído todos los mejores libros cristianos sobre crianza, pero aun así luchaba con su incapacidad. En ocasiones era para ella una carga demasiado pesada de sobrellevar.

Timoteo era un genio de la informática; aunque era exitoso y un gran experto, vivía frustrado. Cuanto más desarrollaba su negocio más sentía que su trabajo se veía afectado negativamente por fuerzas que estaban fuera de su control. Ya fueran las decisiones de los políticos, una recesión económica o un acontecimiento meteorológico, Timoteo siempre tenía que enfrentar desastres que él no había causado. A pesar de todo su éxito, Timoteo tenía momentos en los que se sentía impotente.

Raúl aceptó el llamado a ser pastor de una iglesia que había existido por más de cien años. Los días de gloria de aquella congregación habían quedado en el pasado y era necesario revivificarla. A Raúl le emocionaba la idea de que su iglesia fuera de nuevo un faro del evangelio que brillara en su comunidad. Sin embargo, al cabo de poco tiempo se estrelló con un muro de ideas y actitudes respecto a la iglesia que estaban profundamente arraigadas en las personas. Raúl nunca antes había enfrentado en su ministerio una resistencia semejante. Nunca había visto a tantas personas alejarse de un ministerio que estuviera bajo su liderazgo. Sabía que la visión que él sostenía era la correcta, y sabía que la había comunicado bien, pero no tenía el poder para alcanzar el interior de las personas y cambiar sus corazones y sus mentes. Como pastor, Raúl nunca antes se había sentido más impotente.

Entre el “ya” y el “todavía no” en este mundo desfigurado por el pecado, la impotencia es una experiencia humana universal. Algunos la experimentan como debilidad física, otros como una disfunción en las relaciones. Algunos son plenamente conscientes del caos cultural, mientras que otros se sienten más impotentes frente a la crianza de los hijos o al matrimonio. Sentimos impotencia en el lugar de trabajo, en la vida eclesial o con los amigos y la familia extendida. Algunos la experimentan cuando intentan encarar el pasado y otros cuando temen el futuro. De algún modo, todos anhelamos un cambio que no podemos crear o el control que nunca vamos a tener. A todos nos entristecen cosas y vivimos experiencias que no podemos alterar, y todos nos sentimos llamados a hacer cosas que parecieran exceder nuestra capacidad individual.

Por tanto, es vital que todos entendamos el consuelo y el llamado que pueden encontrarse cuando aplicamos la verdad del poder ilimitado de Dios a las situaciones, las relaciones y los lugares de nuestra cotidianidad. Aunque la lista que presento a continuación no es exhaustiva, estas siete verdades te ayudarán a empezar a entender lo provechoso que es vivir a la luz de la omnipotencia de Dios.

1. Todos nos sentimos tentados a dudar del poder de Dios. Ya sea para la provisión material de nuestras necesidades, la obra en los corazones de nuestros hijos, la restauración de nuestro matrimonio, la protección de la seducción de las tentaciones, la salud del liderazgo de la iglesia o las oportunidades para tener conversaciones difíciles pero urgentes, a todos nos cuesta a veces confiar nuestras necesidades al cuidado de nuestro Señor Todopoderoso. Ahora bien, permíteme aclarar con vehemencia que la confianza en el poder de Dios no es algo pasivo. No es sentarse a esperar que Dios intervenga. Creer que Dios está siempre activo, que desata su poder sin límites por causa de sus hijos y por el bien de ellos nos lleva a lanzarnos con valentía y esperanza a enfrentar situaciones que, bajo otras circunstancias, nos habrían paralizado o habríamos evitado. No estás solo en esa lucha.

Sara y Abraham habían apostado su vida entera a una sola promesa de Dios: tendrían un hijo y, por medio de él, todas las naciones de la tierra serían benditas. No obstante, ahora eran ancianos y Sara había dejado muy atrás sus años fértiles. La idea de que la promesa de Dios se hiciera realidad le causaba risa. Entonces Jehová dijo a Abraham: “¿Por qué se ha reído Sara diciendo: ¿Será cierto que he de dar a luz siendo ya vieja? ¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gn. 18:13-14). El problema de Sara no fue que ella pensara en su propio poder, sino que no lograba creer en el poder de Dios y cómo aplicarlo a sus hijos del pacto.

Después de varias generaciones bajo esclavitud, Dios oyó el clamor de sus hijos en Egipto y acudió a liberarlos. Envió a Moisés para que comunicara a los israelitas su promesa de liberarlos de su cautividad. Pensarás que ellos se llenaron de alegría, pero no fue así. “De esta manera habló Moisés a los hijos de Israel; pero ellos no escuchaban a Moisés a causa de la congoja de espíritu, y de la dura servidumbre” (Éx. 6:9). Dos factores impedían que Israel tuviera esperanza en el poder de Dios. El primero era su situación. Habían sido esclavos por tanto tiempo y la experiencia había sido tan dura para ellos que habían perdido la esperanza de que su situación cambiara. El segundo era sus corazones. Cuando las Escrituras hablan de su congoja de espíritu se refieren a que los israelitas estaban tan descorazonados que eran incapaces de experimentar la más mínima esperanza. Algunos de ustedes han estado en situaciones difíciles por tanto tiempo que han abandonado cualquier esperanza de que las cosas puedan cambiar o cambien. Algunos de ustedes tienen el espíritu quebrantado. Algunos están tan desanimados que ni siquiera pueden reunir ya las fuerzas para orar. Les ruego que sigan leyendo. Resístanse a dejar que su teología se convierta en una abstracción sin sentido. Peleen para no permitir que las vicisitudes de este mundo caído aplasten su corazón y la capacidad que tiene de albergar esperanza. Dios oye el clamor de ustedes. Él sabe cuál es su situación y ha dispuesto la provisión más extraordinaria para ustedes. Sigan leyendo.

Una cosa es creer en el poder omnipotente de Dios y otra muy distinta practicar lo que se cree en las situaciones, relaciones y lugares de la vida cotidiana. Si no logras confiar en que Dios ejerce su poder ilimitado a favor tuyo, evitarás enfrentar situaciones que, según tus cálculos, están por fuera del alcance de tu poder personal. O intentarás lograr cosas que están por fuera de tu capacidad. Cuando se trata del poder de Dios, las Escrituras contienen maravillosas palabras de aliento para todos los hijos de Dios. Ser hijo de Dios significa que ya no estás a merced de los recursos limitados de tu propio poder. Sin importar lo que estés enfrentando, esto es lo que tienes que recordar: Dios obra poderosamente a favor tuyo y te reviste de poder, un poder que es divino. Medita en estas palabras de ánimo del apóstol Pablo:

… para que sepáis cuál es… la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo (Ef. 1:18-23).

Efesios 1:15-23 es una oración para que los creyentes conozcan la esperanza por la cual han sido salvos. Todos nos aferramos a algún tipo de esperanza. Algunos batallamos porque hemos esperado en las cosas equivocadas y algunos prácticamente hemos abandonado toda esperanza. Pablo sabe que los destinatarios de su carta enfrentarían luchas como nosotros. De modo que ora para que los creyentes de la iglesia de Éfeso entiendan la tremenda esperanza que les pertenece ahora como hijos de Dios. También pienso que muchos de nosotros vivimos sumidos en el desaliento y la ansiedad. Si te fijas en la situación actual verás que muchos tenemos un problema de desesperanza.

¿Cuál es, entonces, esta esperanza por la que Pablo ora y su aplicación práctica a las circunstancias duras y desalentadoras que enfrentamos en nuestra vida diaria? La esperanza de cada creyente es el poder de la resurrección en el aquí y ahora. El mismo poder mediante el cual recibió vida el cuerpo de Cristo es tuyo ahora como hijo de Dios. Pablo quiere que sepas que el poder de Dios no es un concepto teológico abstracto, sino tu esperanza en este mismo instante, sin importar quién seas y qué tipo de situación enfrentes. Sí, tú, que lees estas páginas en este momento, tú has sido bendecido aquí mismo, ahora mismo con el mismo poder que levantó a Cristo de los muertos. Es el poder supremo y está por encima de cualquier cosa que enfrentes en o fuera de ti.

Tú no tienes el poder para hacer que tus hijos deseen hacer lo correcto, pero Dios sí. Tú no tienes el poder para cambiar a tu jefe, pero Dios sí. Tú no tienes el poder para armar de valor tu corazón derrotado, pero Dios sí. Tú no tienes el poder para producir una dulce paz en tu matrimonio, pero Dios sí. Tú no tienes el poder para reconciliar esa relación, pero Dios sí. Y si tú crees que Él está contigo y por ti y en ti con poder, entonces vivirás con esperanza y actuarás con valentía en aquellas situaciones en las que acostumbrabas a darte por vencido y abandonar la esperanza.

Pablo también quiere que sepas que Dios no solo te ofrece su poder, sino que también gobierna con poder a favor tuyo. Él ejerce su poder ilimitado para dictaminar lo que tú no puedes dictaminar, de tal modo que tengas todo lo que necesitas. Cuando te falta poder no significa que no lo tengas, porque a Dios nunca le falta poder y Él nunca abandona su compromiso de desatar el poder de su presencia y de su reinado a favor tuyo. Aunque te sientas débil, nunca mengua la resolución de Dios de ejercer su poder para que tú tengas todo lo necesario en las situaciones de tu vida diaria.

¿En qué te has sentido tentado a darte por vencido? ¿En qué has renunciado a hacer el bien al que Dios te llama porque pareciera no producir resultados? ¿En qué has permitido que tu debilidad determine tus reacciones frente a la vida más que el poder de la resurrección que es tuyo ahora mismo como hijo de Dios?

2. Es vital que el poder de Dios se convierta en tu forma principal de interpretar tu mundo y tu identidad como hijo suyo. Todos estamos bajo la influencia de algo que es prácticamente ineludible. Esta influencia está en todo lo que miras a través del servicio de transmisión de vídeo de tu preferencia. Está en la escuela pública de tus hijos o en la universidad secular a la que asistes. Está presente en los intercambios constantes de Twitter. Está detrás de la cosmovisión de cientos y cientos de políticos que toman decisiones que afectan nuestras vidas. Esta influencia es la visión de la vida que sostienen la mayoría de los líderes de la esfera corporativa e industrial. Si tienes un teléfono móvil, un iPad o una computadora portátil, estos aparatos te bombardean constantemente. Y esta influencia es una negación absoluta de todo lo que este libro y este capítulo presentan.

¿Cuál es esta realidad inevitablemente influyente de la que hablo? La respuesta es el naturalismo científico. Recuerda que uno de los ejes de este libro es el hecho de que tú estás continuamente interpretando y tratando de entender lo que ha sucedido y lo que sucede a tu alrededor. El sentido que le encuentras a los sucesos es lo que luego determina tus decisiones y tus acciones. Además, te asignas a ti mismo algún tipo de identidad. Tu sentido de identidad luego moldea la manera como actúas, reaccionas y respondes. De ahí que sea indispensable ser conscientes de que una cosmovisión bíblica cuyo centro absoluto es un Dios omnipotente que gobierna en poder y en gloria, está ausente en la conversación cultural que se transmite en tu casa y se comunica a tu corazón día a día.

También debemos ser conscientes de que la cosmovisión bíblica no solo está ausente, sino que ha sido reemplazada por una concepción totalmente opuesta de comprender la vida. La visión de la vida que predomina hoy afirma que todo en la vida tiene una explicación científica o natural. Esta es la visión de la vida que enseñan las escuelas públicas a nuestros hijos desde pequeños. El naturalismo científico es la base de lo que se enseña a los estudiantes en las universidades seculares o estatales, sin importar cuál sea la disciplina o campo de estudio. Si pasas un par de horas cada noche para relajarte y mirar la última comedia del momento, un drama, un documental o un programa de telerrealidad, el naturalismo científico es la filosofía de vida de la gran mayoría de personas que escriben, dirigen y producen la programación que consumes.

Según el Salmo 14, esta visión no es una simple alternativa; es absoluta y completa necedad. Un necio ve el mundo al revés y patas arriba. Un necio se enorgullece de su entendimiento de las cosas, al tiempo que falla en reconocer que ha desatendido lo más importante que puede entenderse. Un necio afirma ser racional, al tiempo que niega la realidad. La necedad nunca te llevará a nada bueno. La necedad nunca producirá cosas buenas en tu vida. La necedad no solo será destructiva, sino que al final llevará a la muerte. Deberíamos temer oír las voces de los necios. Observa lo que dice el apóstol Pablo en 1 Corintios 1:

Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, Y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1 Co. 1:18-25).

Este pasaje nos exhorta a preguntarnos constantemente: “¿Estoy escuchando la ‘sabiduría’ de quién?”. En la cotidianidad, ¿quién o qué moldea tu manera de pensar acerca de la vida? La Biblia declara que tu esperanza en la vida y en la muerte es el poder de Dios. Él gobierna con poder a favor tuyo y como hijo suyo te otorga poder. Cualquier otra manera de concebir tu mundo y tu identidad personal no solo es equivocada sino descabellada. A todos debería inquietarnos la profunda influencia del naturalismo científico sobre nosotros, pero en particular deberíamos inquietarnos por nuestros hijos. Necesitamos educar pequeños pensadores teológicos que aprendan desde temprana edad a interpretar quiénes son y dónde viven desde la perspectiva de un mundo gobernado por un Dios omnipotente. Pocos regalos que podamos ofrecer a nuestros hijos son más importantes que esto. ¿No sería triste que nuestros hijos, criados en hogares cristianos, crecieran para pensar y vivir como necios negando la realidad suprema que es el poder y la gloria de Dios?

3. Todos necesitamos entender el poder de Dios para vivir diariamente. Seguiré afirmando esto a lo largo de este libro: la teología no es simplemente algo que se piensa, sino ante todo una manera de vivir. Creer y no creer se convierten siempre en un estilo de vida, un resultado que se produce, ya sea de manera intencional y consciente o involuntaria e inadvertida. Tu vida es siempre un retrato de algún tipo de fe. La manera en que vives es siempre una expresión de alguna forma de esperanza. Tú y yo siempre buscamos aferrar nuestra vida a algún tipo de redentor. Lo mismo sucede con el poder de Dios. Esta verdad no solo define la extensa gloria de Dios, sino que también redefine tu identidad y a la vez tu potencial como hijo de Dios.

Ser cristiano significa que eres hijo de este Dios omnipotente. Significa que su poder no es solo una expresión de quién es Él, sino también ahora como hijo suyo es un regalo de su gracia. Quizá te hayas dado cuenta de que en tu trabajo es casi imposible amar a todos tus colegas. Por alguna razón, alguien en tu trabajo te fastidia y despierta en ti más desprecio que amor. Si tienes una familia extendida sabes que es difícil tener paz familiar duradera. Con frecuencia, las festividades o reuniones resultan en más heridas y divisiones que en unidad y amor más profundos. Si eres anciano sabes que es difícil ser feliz, agradecido y estar contento cuando enfrentas soledad, debilidad física y las dificultades propias de la edad avanzada.

Si eres madre o padre sabes que es difícil mostrarse siempre paciente, amable, bondadoso, comprensivo, amoroso y misericordioso cuando ejerces la autoridad que Dios te delegó sobre la vida de tus hijos. Si estás casado, sabes que hay días en los que es difícil amar a tu cónyuge con un amor paciente, sacrificado y perdonador. Si estás en la universidad, es difícil y cuesta defender tu fe en un lugar donde la gente la desprecia. Es difícil administrar bien tu dinero. Es difícil mantener tu corazón sexualmente puro en una cultura cada vez más invadida por la pornografía. En la ocupación y el agotamiento de la vida moderna es difícil ser fiel en buscar a Dios a solas en oración, adoración y lectura de la Biblia.

No basta con decir que la vida entre el “ya” de tu conversión y el “todavía no” de tu partida al hogar celestial es difícil. Esto es lo que necesitamos entender y estar dispuestos a confesar: la vida cristiana es imposible. Es imposible para mí, en mis propias fuerzas, vivir como Dios me ha llamado a vivir. Es imposible amar como he sido llamado a amar. Es imposible perdonar como he sido llamado a perdonar. Es imposible servir como he sido llamado a servir. Es imposible para mí guardar mi mente y refrenar mis deseos. Es imposible para mí controlar mi lengua o enderezar mis ojos furtivos. Abandonado a mi suerte, todas estas cosas son imposibles para mí, pero el glorioso mensaje del evangelio es que no he sido abandonado a mi suerte.

Lee con cuidado la frase siguiente que ilustra cuán asombrosa es en realidad la gracia de Dios. Dios manifiesta su poder en nuestra debilidad. Si realmente crees esto, no solo tendrás esperanza, sino que también cambiará la manera en que consideras y enfrentas las cosas difíciles de tu vida. Dios no nos salva y nos acepta en su familia para dejarnos solos con nuestros propios recursos para ser “santos como Él es santo” en nuestras fuerzas. De hecho, por su gracia, nuestra debilidad no es una maldición, sino que se convierte en la puerta de entrada a un poder mayor y a posibilidades sin precedentes en nuestra vida. Por eso Pablo dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1:7) y “Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros” (Ef. 3:20). Las palabras exactas en este pasaje son muy importantes. El poder de este Dios omnipotente, un poder que es único e ilimitado, está ahora mismo obrando en el corazón de cada uno de sus hijos.

He aquí una definición de gracia para el aquí y el ahora. El poder de tu Padre Todopoderoso obra incluso cuando estás cansado, desanimado, desesperanzado y a punto de transigir o darte por vencido. El poder rescatador, protector y proveedor de tu Salvador nunca es pasivo ni descansa y jamás abandona la tarea. Nunca se da por vencido.

Ahora, si realmente crees esto, dejas de vivir bajo la tiranía de la ansiedad y la preocupación, dejas de vivir en temor y te niegas a abandonar la esperanza. Si realmente crees que el poder omnipotente de tu Señor obra en ti, afrontas lo que tienes por delante y que solías evitar, tomas la determinación de amar, te comprometes a perdonar y te levantas una vez más al día siguiente para volverlo a hacer. Lo haces no porque creas que tienes el poder, sino porque tu Redentor tiene poder más allá de tu capacidad de cálculo. Ya no estás limitado por tu debilidad, sino que eres libre para aprovechar el recurso más formidable de poder que el universo haya conocido jamás.

Cuando reconoces tu debilidad y confías en el poder de Dios, te unes a generaciones enteras de hijos de Dios. Los personajes de tu Biblia no son un salón de la fama de los fuertes de la tierra. No, cada hombre y cada mujer en las Escrituras, incluso aquellos que lograron grandes proezas, fueron como tú, un manojo de debilidades que recibieron por la gracia el don del poder de Dios. ¿En qué área de tu vida necesitas confesar debilidad y creer en el poder de Dios que obra en ti? ¿En qué área necesitas avanzar con un compromiso, valor y esperanza renovados?

4. Todos necesitamos abandonar nuestras fantasías de autonomía y autosuficiencia. Volvamos al huerto de Edén y a la conversación que Adán y Eva tuvieron con la serpiente que cambió el mundo. Por lo general, pasamos por alto un detalle cuando pensamos en este horrible momento de engaño y tentación. La seducción de la serpiente incluye dos mentiras que todos acostumbramos a creer en algún momento, en algún lugar, de alguna manera. Observa el elemento esencial de la tentación de la serpiente y la respuesta de Eva:

Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría… (Gn. 3:4-6).

¿Ves la carnada que puso la serpiente delante de Adán y Eva? “Seréis como Dios” y “árbol codiciable para alcanzar la sabiduría”. Estas dos mentiras siguen seduciéndonos hasta el día de hoy. Implícitas en la tentación de la serpiente estaban las mentiras de autonomía y autosuficiencia. Dios es el único ser autónomo y autosuficiente en el universo. La autonomía afirma que eres un ser independiente con el derecho de hacer lo que se te antoja con tu vida.

La mentira de la autonomía es lo que hace difícil la crianza de los hijos. Esta mentira es lo que lleva a tus hijos a resistir tu autoridad; ellos no quieren que alguien les diga lo que tienen que hacer. La mentira de la autonomía también te hace pensar que puedes ejercer tu autoridad de padre o madre como te place. La mentira de la autonomía hace difícil para ti estar agradecido en el trabajo por un jefe que te dice qué hacer y cómo hacerlo. Todas las luchas con la autoridad se originan en esta mentira y, mientras que el pecado viva en nosotros, habrá momentos en los que somos tentados a ceder a él.

La mentira de la autosuficiencia te dice que cuentas con todo lo necesario para ser lo que debes ser y para hacer aquello para lo cual fuiste diseñado. Eva comió el fruto que era “codiciable para alcanzar la sabiduría”. Ella buscó sabiduría independiente, es decir, una sabiduría que no necesita depender de Dios. Esta mentira es lo que explica nuestra dificultad para pedir instrucciones, para apreciar la guía de otros, para buscar consejo y para someternos a la instrucción. Al respecto, la teología de la omnipotencia de Dios es sumamente útil.

Dios nos revela una y otra vez que Él es Todopoderoso en poder precisamente porque nosotros no lo somos. Nunca fuimos creados para ser independientes. Incluso en un mundo perfecto y en una relación perfecta con Dios, Adán y Eva dependían de Él. No tenían el poder de una sabiduría ni de una fuerza independientes. El pecado añadió todo un catálogo de debilidades de corazón, de mente y de cuerpo a la natural dependencia de los seres humanos. El propósito de los límites fijados para quienes fueron hechos a la imagen de Dios fue llevarlos a Él en dependencia agradecida y sumisión gozosa.

Aparte de la ayuda divina, Adán y Eva no tenían el poder de la independencia para saber cómo vivir ni el poder para vivir como Dios había revelado que deberían.

Nadie sino Dios es autónomo y autosuficiente. Pensar y actuar de otra manera nunca produce nada bueno en tu vida. Esto quiere decir que la progresión de la gracia de Dios en tu vida no es de un estado de dependencia a independencia, sino de independencia a dependencia. A medida que creces en la gracia, te vuelves más maduro espiritualmente, tus ojos se abren más para ver tus debilidades y te vuelves más y más agradecido y dependiente de la gracia del poder de Dios que opera en tu interior. Puesto que estás más dispuesto a depender de Dios en humildad dejas de atribuirte el mérito por cosas que nunca habrías hecho ni logrado por ti solo. El evangelio de la debilidad humana y del poder divino no produce cristianos orgullosos de sus logros. Produce personas que no solo se humillan, sino que también son bondadosos y pacientes con las personas a su alrededor que son igualmente débiles.

Reconocer tu debilidad produce en ti una mayor dependencia de Dios, una mayor dependencia de Dios produce una mayor consciencia de su ayuda, y una mayor consciencia de su ayuda divina producirá un estilo de vida de gratitud humilde. El cristianismo alborotado, presumido, arrogante y excesivamente confiado simplemente no es el producto del evangelio de la debilidad humana y el poder divino. Es un falso evangelio que engaña a quienes lo predican y desalienta a quienes lo escuchan. Un cristiano maduro es confiado en la debilidad. Esta es la esperanza del creyente maduro: “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Is. 40:29). Sin importar cuál máscara lleve puesta, el evangelio de la confianza en sí mismo no es el evangelio de la gracia del Señor Jesucristo.

5. Nuestro problema es con los límites de nuestra fe, no con el poder de Dios. Nuestro problema nunca es el alcance del poder de Dios ni la voluntad de Dios de ejercer ese poder para nuestro bien. Nuestro problema es que experimentamos momentos en la vida cuando pareciera que abandonamos nuestra mente teológica, que olvidamos quién es Dios y luego perdemos de vista quiénes somos como hijos suyos. Cuando esto sucede, los problemas de la vida se vuelven más grandes y nuestra percepción de nuestra capacidad para enfrentarlos se encoge. Tú nunca estás frente a una situación que supere el alcance del poder de Dios, y en ningún momento su poder para ti y dentro de ti está inactivo. Aún así, caemos en momentos de amnesia. Olvidamos quién es Dios, olvidamos lo que significa descansar en Él por la fe, perdemos motivación, esperanza y valor. En esos momentos cuando estamos desalentados y nos sentimos pequeños e incapaces, el poder de Dios y su voluntad de manifestar su poder a favor nuestro no son nuestro problema. Nuestro problema son los límites denuestra capacidad o voluntad para descansar en ese poder hasta permitirle que transforme nuestra manera de vivir.

El Antiguo Testamento provee un ejemplo desafiante de lo que quiero decir. En 1 Samuel 17 encontramos al ejército de Israel en el valle de Ela enfrentando al ejército filisteo. El ejército israelita es el ejército del Dios Todopoderoso. Ningún ejército humano tiene el poder para derrotar a Dios. Él había prometido que entregaría esas naciones paganas en manos de sus hijos a fin de que pudieran poseer la tierra que les había prometido. Ellos tenían todas las razones para sentirse esperanzados y tener el valor para prepararse para la batalla.

El primer día de la batalla, un guerrero gigante llamado Goliat se burló de los soldados israelitas. Ellos, al ver el tamaño de este soldado filisteo y sus armas, y al oír el estruendo de su voz, de inmediato se replegaron en sus tiendas. Lo mismo sucedió durante cuarenta días. ¡Cuarenta días! Hay algo profundamente equivocado en su reacción. No se trataba de un duelo entre el poder humano y el poder humano de un gigante. El duelo era entre un débil y limitado gigante y el poder omnipotente de Dios. No hay duda alguna acerca de quién va a ganar. Simplemente no puedes conocer quién es Dios y quién eres tú como hijo suyo y replegarte en tu tienda atemorizado durante cuarenta días. La fe en el poder de Dios, que está con y a favor de Israel, no produce esa respuesta.

David aparece en la escena para entregar provisiones a sus hermanos. Él evalúa la escena y, en esencia, dice: “Yo pelearé contra ese guerrero gigante”. ¿Está demente? ¿Es un arrogante que delira? ¿Acaso no entiende bien la amenaza? No, David nos dice lo que motiva su valor y su disposición a pelear: “Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo” (1 S. 17:37). David está diciendo que, como pastor, él vio el poder de Dios en acción. Él había experimentado el poder para hacer lo que por naturaleza le habría sido imposible porque el Señor Todopoderoso estaba con él y a favor de él.

De modo que David llega a ese valle sin armadura, con una simple honda en la mano y un puñado de piedras. Hace lo que nunca habría tenido el valor de hacer si no fuera por su fe en que Dios desataría su poder para protección y provisión de su pueblo Israel. Él sabe que la ecuación del enfrentamiento no es el pastor novato e insignificante y sin armas de guerra contra las armas poderosas de este enorme y poderoso guerrero. David sabe que su Dios de poder omnipotente irá con él hasta ese valle. Así que avanza con confianza y valentía y, en el poder de Dios, derrota al gigante y hace huir al ejército filisteo.

Cualquier soldado del ejército de Israel habría podido hacer lo que hizo David. Él no tenía más poder, habilidad ni mejores armas que los otros soldados. Lo que diferenciaba a David era su fe en Dios, el Dios en quien todos los soldados escondidos en sus tiendas también profesaban creer.

La vida en este mundo caído es dura. Suceden cosas inesperadas, indeseables, difíciles y dolorosas que te afectan. Te verás enredado y estarás preocupado por cosas que rebasan tu poder, tu autoridad y tu control. En esos momentos es vital echar mano de tu teología. Esas ocasiones son invitaciones para examinar tu vida y las dificultades que enfrentas no a través de la lente de tu poder y tu capacidad, sino a través de la lente de la presencia y omnipotencia de tu Señor. Su poder está obrando por ti y para ti, y Él no abandonará su obra hasta que hayas llegado al lugar donde no habrá más tribulación.

Necesitamos ver nuestros trabajos a través de la lente del poder de Dios. Necesitamos ver nuestro matrimonio, nuestra familia y nuestras amistades a través de la lente del poder de Dios. Necesitamos ver cada aspecto de nuestra vida, las dificultades, responsabilidades y oportunidades, a través de la lente del poder de Dios. Cuando nos esforzamos por tomar buenas decisiones necesitamos encomendar nuestra salud espiritual, física y mental al poder de Dios. Dios ha prometido desplegar su poder para que tengamos todo lo que necesitamos. Cuando se trata del poder de Dios, ¿vivimos realmente como si creyéramos lo que profesamos creer?

6. No siempre nos gustará la manera en que Dios utiliza su poder. Nuestro problema no es solo si creemos que Dios usará su poder para nuestro bien, sino si nos gustará cuando Él lo haga. Una de las batallas del pueblo de Dios siempre ha sido dudar de la bondad de Dios por la manera como Él elige utilizar su poder. Esta es una batalla para mí y estoy seguro de que lo es para ti también. Aunque Dios siempre está desplegando su poder, muchas veces nos sentimos inconformes con lo que Él hace o con lo que no hace. Hay ocasiones en las que el uso que hace Dios de su poder para nuestro bien no nos parece bien en absoluto. En poder, Dios nos conducirá por caminos difíciles, no porque esté enojado con nosotros, sino porque nos ama y el camino difícil es su gracia redentora. Creo que muchas veces cuando nos sentimos desilusionados y abrumados no es porque Dios no esté obrando, sino más bien porque no manifiesta su poder en nosotros según nuestra preferencia y deseo.

Números 11 relata una historia que ilustra con perspicacia cómo se batalla a veces con la forma en que Dios usa su poder que ha prometido desplegar para nuestro bien. Los hijos de Israel están en su peregrinaje de cuarenta años desde Egipto hacia la tierra prometida. Puesto que son nómadas, no pueden sembrar plantíos ni criar animales como lo harían si estuvieran establecidos en un lugar. Así que Dios, porque los ama y los ha adoptado como sus hijos, usa su poder para alimentarlos. Esta situación es una de las ilustraciones más hermosas de las Escrituras del despliegue del poder ilimitado de Dios para suplir las necesidades de sus hijos. Él, literalmente, hace que caiga del cielo un material comestible, similar al rocío de la mañana, de modo que los israelitas pudieran recogerlo, hornear con él para volverlo pan y saciar su hambre. Esta es una ilustración tan maravillosa del pacto de amor de Dios que Jesús adopta el nombre de “maná”. Él es el pan que desciende del cielo para dar vida a su pueblo.

Con todo, la respuesta de los hijos de Dios a este despliegue amoroso de su poder omnipotente fue la siguiente:

Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos. Y era el maná como semilla de culantro, y su color como color de bedelio. El pueblo se esparcía y lo recogía, y lo molía en molinos o lo majaba en morteros, y lo cocía en caldera o hacía de él tortas; su sabor era como sabor de aceite nuevo. Y cuando descendía el rocío sobre el campamento de noche, el maná descendía sobre él (Nm. 11:4-9).

El maná no proveía la cocina más interesante. Es evidente que no tenía mucho sabor porque se nos dice que cuando se cocían las tortas su sabor era como del aceite con que se preparaban. Con todo, esta comida aburrida era el resultado de un despliegue formidable del poder ilimitado de Dios cuyo propósito era suplir las necesidades físicas de sus hijos. Sin embargo, el pueblo de Israel no estaba agradecido. No les gustó el menú que Dios en su poder había provisto y se pusieron a llorar y a quejarse. Pero hicieron algo más que debes notar.

Por causa de su insatisfacción con la manera en que Dios desplegó su poder para proveerles alimento, ellos empezaron a soñar con regresar a Egipto, donde tenían frutas, verduras y especias. En nuestra insatisfacción con Dios, nuestra memoria puede ser aterradoramente selectiva. Si te fijas en la retahíla de quejas, Egipto suena más como un gran supermercado que como un lugar de duros trabajos, sufrimiento, esclavitud y muerte. El descontento distorsiona tu visión, te lleva a cuestionar la forma en que Dios emplea su poder a tu favor y te tienta a ansiar lo que no deberías ansiar, al tiempo que rechazas lo que debería despertar en ti gratitud.

Quisiera decir que yo siempre me alegro con la manera en que Dios demuestra su poder en mi vida. Desearía decir que solo hablo palabras de gratitud y nunca de queja. Desearía poder decir que nunca he cuestionado la sabiduría o el amor que motivan la manifestación del poder de Dios en mi vida. Yo también paso por momentos de descontento y, cuando eso sucede, me siento tentado a buscar satisfacción en otra parte. El drama de nuestra vida no es acerca del poder de Dios o su voluntad de manifestarlo para nuestro rescate, provisión, protección y transformación. No, el drama espiritual diario es acerca de si responderemos con gratitud o queja cuando experimentamos lo que su poder provee para nosotros y la dirección hacia la cual nos guía su poder. El pueblo de Dios no siempre ha estado conforme con la manera en que Dios elige manifestar su poder. ¿Y tú?

7. El poder de Dios es esencial en su cuidado paternal de nosotros. Desde el instante en que nuestros hijos llegaron al mundo y a nuestra familia, yo he vivido con un nuevo sentido de propósito. La crianza no siempre me pareció agobiante. De repente encabezó mi lista de valores algo que me motivaba más que la mayoría de las cosas en mi vida. Me mantuvo trabajando duro. Determinó mi manera de invertir mi dinero, mi energía, mis dones y mi tiempo. Estaba presente en mi mente desde que me despertaba hasta que me iba a dormir. No pocas veces fue la razón por la cual mi sueño era interrumpido. Aunque mis hijos sabían que yo los amaba, no entendían cuánto. Definitivamente no sabían en qué medida su existencia ocupaba mi corazón y era una motivación para mí.

El instante en que mis hijos llegaron a nuestra familia yo decidí emplear todo el poder que tuviera como padre para protegerlos y proveer lo que necesitaban. Mi poder no era exclusivo de mi paternidad ni era ilimitado, pero cualquiera fuera esa medida de poder, yo estaba comprometido a usarla para su beneficio presente y su bienestar permanente. Sí, yo busqué todas las maneras de comunicarles que los amaba con todo mi corazón, pero una de las formas en que practiqué ese amor fue usar mi medida de poder para brindarles seguridad y suplir sus necesidades diarias.

Una de las maneras más alentadoras en las que Dios se identifica a sí mismo en su Palabra y define nuestra relación con Él es la asombrosa declaración “Yo soy tu Padre”. El Señor del cielo y de la tierra es mi Padre por la gracia. El que se sienta en el trono del universo con poder absoluto es mi Padre y yo soy su hijo. Parece imposible, parece demasiado bueno para ser verdad. La gracia me adoptó como miembro de su familia y, en virtud de esto, me volví objeto de su cuidado paternal. Esto es lo que quiero que entiendas. Una de las mejores maneras de entender la gloria del cuidado paternal de Dios por sus hijos es ver que Él demuestra su poder para protegernos y proveer lo que necesitamos. Escucha las palabras del Salmo 103:13. Si las crees, si las abrazas y si vives conforme a ellas, te transformarán a ti y tu manera de pensar acerca de todo en tu vida.

Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen (Sal. 103:13).

La palabra hebrea traducida aquí “se compadece” es específica y evocadora. Rakjám es un término familiar y amoroso, tierno e íntimo. El salmista podría haber usado otras palabras para referirse a “mostrar compasión”, pero empleó esta por una razón. Rakjám es una palabra hebrea que está relacionada con la palabra vientre. Es el tipo de compasión que solo siente una madre por un hijo al que ha llevado en su propio vientre. Se usa para expresar la clase de amor íntimo, intenso y activo que sienten los padres por sus hijos y por nadie más. Es la razón por la cual una madre o un padre se levantan temprano en la mañana y se acuestan tarde en la noche, día tras día, por el bienestar de sus hijos. Es lo que motiva todos los cuidados paternales y maternales, desde cambiar pañales hasta las conversaciones difíciles con un adolescente y todos los sacrificios personales posibles. Vemos rakjám en la expresión singular del rostro de una madre cuando mira a su bebé amamantando o en la ternura de un padre cuando consuela y defiende a su hijo que sufre acoso escolar. La palabra rakjám plasma el amor que motiva cada acto de provisión, afecto y protección de los padres.

Esta bella palabra es la que emplea el salmista para decirte: “Así te ama tu Padre celestial”. Rakjám es el motivo subyacente a la demostración del poder de Dios por ti, para ti y dentro de ti como hijo de Dios por la gracia. Tú eres precioso para Él. Él está comprometido a suplir cada una de tus necesidades. Él demuestra su poder con compasión, ternura y perdón paternales. Su poder se manifiesta en ti con un afecto paternal inagotable. Tu Padre celestial te ama y su poder es un instrumento de ese amor.

Ya seas padre o madre, estudiante, empleado, jefe, pastor, político, educador, hombre o mujer, anciano o joven, soltero o casado, sin importar qué enfrentes o cómo te sientas, estés donde estés, si eres un hijo de Dios jamás vivirás escaso de poder ni de amor. La paternidad de Dios es donde convergen el amor ilimitado y el poder ilimitado. El resultado es provisión, cuidado y protección continuos. Definitivamente esa es una razón para tener esperanza, rehusar darse por vencido y seguir haciendo el bien al cual Dios te ha llamado. Tu Padre celestial te ama y desata su poder para tu bien. El himno “Con qué paternal cariño” lo expresa mejor:

¡Con qué paternal cariño,
Dios ampara a sus hijitos,
como el cielo a las estrellas,
como el nido al pajarito!
A los suyos viste y nutre,
en sus atrios enriquece,
de todo mal los salva
en fuertes brazos carga.
Vida o muerte nunca aparta,
a los hijos de sus Padre;
Él conoce sus tristezas,
y les muestra sus bondades.
Aunque diera o quitara,
no por eso desampara;
solo quiere a sus hijos,
conducir a vida eterna.1

Las palabras del apóstol Pablo a los corintios me parecen muy consoladoras y esperanzadoras. Me recuerdan que no estoy solo en mi lucha y, en cambio, mi Redentor omnipotente está allí presente y me ama.

Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Co. 12:7-10).

Es hermoso ser librado del temor a la debilidad. Es maravilloso ser librado de la obligación de mostrarse fuerte. Es un regalo no volver a sentirte abrumado cada vez que enfrentas algo que excede tu capacidad o tus fuerzas. Es liberador saber que la debilidad no es una maldición, sino más bien el material mismo que Dios usa para producir en nosotros fortaleza verdadera. La verdadera fortaleza no proviene de sacar más músculo ni de esforzarse más. La verdadera fortaleza viene cuando ya no temes confesar tu incapacidad. La verdadera fortaleza no finge poder y oculta la debilidad. Reconocer la debilidad es la puerta de entrada a la verdadera fortaleza. Es cuando dejo de negar mi debilidad que empiezo a confiar en uno de los regalos más maravillosos de la gracia de Dios, su poder que obra en mí.

He aquí a lo que la teología de la omnipotencia de Dios debería llevarte. En respuesta a la debilidad, que francamente ninguno de nosotros puede negar, lo que Dios nos da es a sí mismo. Él es lo que necesitamos. Él viene a nosotros para morar dentro de nosotros y para desatar su poder en las áreas en las que somos débiles e incapacidades. La verdad del poder de Dios manifiesto en la creación y en la resurrección no es un concepto abstracto e impersonal. Es tu esperanza de cada día. El poder de la resurrección es tuyo ahora mismo.

Tus posibilidades no están restringidas por tu debilidad porque ya no eres tú quien vive (solo), sino Cristo (en poder omnipotente) quien vive en ti (Gá. 2:20).

Tu salvación no incluye únicamente el perdón pasado y una esperanza futura, sino también una nueva identidad y una nueva capacidad ahora mismo. Cada doctrina teológica que examinamos no solo te ayuda a conocer y a entender a Dios, sino que también define quién eres tú y lo que te pertenece como hijo de Dios. Esto es lo que eres: tú eres el hijo o la hija del ser más poderoso del universo. Él es tu Padre y Él manifiesta su poder con afecto y cuidado paternales. Esta es tu potencialidad: el poder de tu Padre omnipotente está ahora mismo operando en ti. No te han abandonado en el escenario de tu propio drama minúsculo. No te han dejado a tu suerte para que te las arregles con tus propios recursos diminutos. El Dios omnipotente se ha acercado, te ha adoptado como hijo, despliega su poder para tu bien y te bendice con poder en tu interior. Como todos los demás aspectos de la teología divina, la doctrina de la omnipotencia de Dios nos comunica sublime gracia.

Dios es omnipotente.
Él es nuestro Padre.
Su poder es nuestro por la gracia.
Tenemos esperanza.

Footnotes

  1. Carolina V. Sandell Berg, “Children of the Heavenly Father”, 1858; traducción al español, © Kenneth Mahler. Usada con permiso