Solo hay un Dios vivo y verdadero. Él es infinito en su ser y perfección, un espíritu sumamente puro. Dios es santo en todos sus propósitos, en todas sus obras y en todos sus mandatos. Él merece toda la adoración, el servicio y la obediencia que le place requerir de ángeles, de personas y de cualquier otra criatura. Véanse Éxodo 15:11; Levítico 19:2; 1 Samuel 2:2; Job 6:10; Salmos 22:3; 71:22; 77:13; 89:35; 99:5; Isaías 5:16; 6:3; 40:25; 43:15; 57:15; Amós 4:2; Habacuc 1:13; Lucas 1:49; Juan 17:11; 1 Pedro 1:15-16; Apocalipsis 4:8; 15:41

En los asuntos de la fe, la imaginación es importante. Cuando de fe se trata, la imaginación no es la capacidad de inventar algo que no es real, sino la capacidad para percibir lo que es real pero invisible. Cuando el centro de tu sistema religioso es la entrega de tu vida a un Dios a quien no puedes ver, tocar ni oír, la imaginación es muy importante. Ahora bien, a fin de habilitarte para esto, Dios ha hecho dos cosas por ti. Primero, te ha dado un sistema doble de visión. No solo eres capaz de ver cosas físicas con tus ojos físicos, sino que tienes otro tipo de ojos: los ojos del corazón. Dios te ha dado este tipo de ojos para que puedas “ver” el mundo invisible de la realidad espiritual. El problema es que el pecado que nos contamina a todos nos vuelve a todos ciegos espiritualmente. Los ojos de nuestro corazón no logran ver lo que necesitamos ver. De modo que Dios nos bendice con el ministerio del Espíritu Santo que arroja luz, da vista y abre los ojos a fin de que podamos “ver” lo que no puede verse con el ojo físico, aunque sea tan real como lo otro.

Es crucial entender todo esto antes de empezar a examinar la doctrina de la santidad. ¿Por qué? Porque lo que estamos a punto de tratar depende del ministerio esclarecedor del Espíritu de Dios que abre los ojos de nuestro corazón para ver. Es algo tan ajeno a nuestra experiencia normal que no existen comparaciones ni categorías que nos ayuden a entenderlo.

Si eres creyente y conoces algo de la Biblia, sabes que sin falta ella declara que Dios es santo. En el momento de su llamado, el profeta Isaías recibe una visión del Señor sentado en su trono con un serafín a cada lado, y escucha a uno de ellos decirle al otro: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is. 6:3). Toma nota de la fuerza de esta declaración. No bastó decir “Dios es santo”. No, el serafín tuvo que decir santo tres veces para expresar la profundidad y la amplitud de la santidad de Dios. Es como si yo te dijera: “Vi a este hombre en el juego de pelota, ¡y era enorme, enorme, enorme!”. Sabrías de inmediato que no se trataba de un hombre simplemente de gran talla. Sabrías que este hombre es el más grande que haya visto jamás. “Santo, santo, santo” tiene como propósito expandir los límites de nuestra imaginación. Sea lo que sea que signifique declarar que Dios es santo, debes saber que Él pertenece a una categoría completamente diferente de santidad; Él es mucho más santo de lo que jamás hayas concebido que podría ser la santidad.

Sin embargo, la expresión “santo, santo, santo” no fue suficiente para el serafín cuando intentó expresar la santidad de Dios. Él añade: “Toda la tierra está llena de su gloria”. ¿Qué tan grande es la santidad de este Dios? Es lo bastante grande para llenar la tierra entera. Estas palabras fueron escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo para llevar nuestra imaginación más allá de lo que ha llegado antes. Fueron escritas para dejarte deslumbrado con la idea de que Dios no se parece a nada de lo que hayas conocido antes. Se proponen ubicarte en una posición de humildad al darte cuenta de que Dios es fundamentalmente diferente de ti. Buscan ayudarte a entender que en este caso se trata de alguien distinto a todas las personas que hayas encontrado antes. Él es santo, santo, santo, gloriosamente santo. Y Él llena la tierra entera. Él es santo como nada ni nadie ha sido jamás llamado santo. Él es la suma y la definición de lo que significa ser santo. Comparado con Dios, nada de lo que existe es santo. Él es santo, santo, santo

Detente y ora para que los ojos de tu corazón sean abiertos y para que, de algún modo, logres ver un atisbo de la imponente grandeza de su santidad. ¿Por qué? Porque ver su santidad te cambiará y cambiará para siempre tu manera de vivir. Explicaré en breve cómo

¿Qué significa declarar, como hizo el serafín, que Dios es santo? La palabra traducida “santo” en Isaías 6:3 viene de la palabra hebrea cadósh, que significa “separado”. En primer lugar, ser santo significa ser apartado o separado de todo lo demás. Es pertenecer a una categoría aparte, distinta de todo lo demás que haya existido jamás o que pueda existir jamás. Dios está separado y es diferente como nadie más lo es. Nada existe que pueda compararse a Dios. No podemos decir que Dios es como x, porque no existe nada en el universo que sea semejante a Él. También entendemos las cosas comparándolas con una norma. En los deportes, por ejemplo, hay medidas con las cuales evaluamos la capacidad de un deportista. En cambio, no existe una medida con la cual podamos medir a Dios. Él está por encima de todo, Él es quien crea las medidas con las cuales son medidas sus criaturas. Quedamos cortos en palabras para describir su santidad y aun las palabras parecen insuficientes. Dios es el gran Otro, separado, único y diferente de todo cuanto existe

En segundo lugar, ser santo significa ser completamente puro, todo el tiempo y de todas las formas posibles. Dios es tan absolutamente puro que es distinto y opuesto a todo y a todas las personas que existen. Dios pertenece a una categoría moral que nunca hemos encontrado antes. Él ocupa un espacio moral que nadie ha ocupado jamás. Dios es en su esencia algo que nunca hemos visto ni experimentado antes. Él es santo. No tenemos experiencia alguna ni marco de referencia alguno para entender cómo es Él porque no hay nada que se asemeje a Él

Sin embargo, hay más. La santidad de Dios no es unaspecto de lo que Él es. No, la santidad de Dios es la esencia de lo que Él es. Si preguntaras: “¿Cómo se revela la santidad de Dios?”, la única respuesta válida sería: “En todo lo que Él hace”. Todo lo que Dios piensa, desea, habla y hace es absolutamente santo en todo sentido. Él es santo en cada atributo y en cada acción. Él es santo en justicia. Él es santo en amor. Él es santo en misericordia. Él es santo en poder. Él es santo en soberanía. Él es santo en sabiduría. Él es santo en paciencia. Él es santo en enojo. Él es santo en gracia. Él es santo en fidelidad. Él es santo en compasión. Él es santo incluso en su santidad; eso es lo que Él es. Éxodo 15:11 pregunta:

¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, Terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?

Y 1 Samuel 2:2 declara:

No hay santo como Jehová; Porque no hay ninguno fuera de ti, Y no hay refugio como el Dios nuestro

No obstante, ¿por qué es esta doctrina tan fundamental en su importancia? La santidad de Dios es el eje de la gran narrativa del evangelio de Jesucristo. Sin la santidad de Dios no habría ley moral que hiciera a cada ser humano responsable. Sin la santidad de Dios no habría ira divina contra el pecado. Sin la santidad de Dios no habría un Hijo perfecto que fuera enviado como un sacrificio aceptable por el pecado. Sin la santidad de Dios no existiría la victoria de la resurrección. Sin la santidad de Dios no habría derrota definitiva del pecado y de Satanás. Sin la santidad de Dios no habría esperanza de nuevos cielos y de nueva tierra donde la santidad reine en y sobre nosotros para siempre. La historia bíblica no sería la historia bíblica si no estuviera escrita y controlada a cada paso por Aquel que es santo todo el tiempo y en todas las maneras posibles.

Cualquier explicación de la santidad de Dios debe llevarnos a buscar y a celebrar su gracia. Es por su gracia que sabemos que nuestro Señor es santo. Es por su gracia que somos aceptados y no rechazados por Él. Es por su gracia que nos consuela su reinado santo, porque por la gracia no es solo por su gloria sino por nuestro bien. Es por su gracia que nos volvemos conscientes de la gravedad del pecado que nos contamina a todos. Es por gracia que corremos a Dios en busca de ayuda y no lejos de Él con temor. Es por gracia que Dios envió a su Hijo perfecto como sacrificio perfecto por personas imperfectas. Es por la gracia que opera en nosotros que experimentamos tanto la convicción de pecado como el deseo de vivir vidas santas. Y es por la gracia que hemos sido invitados a vivir en la santa presencia de Dios por siempre. R. C. Sproul lo expresó de esta forma:

Cuando entendemos el carácter de Dios, cuando captamos algo de su santidad, comenzamos a entender el carácter radical de nuestro pecado e incapacidad. Los pecadores incapaces solo pueden sobrevivir por gracia. Nuestra fuerza es inútil en sí misma; somos espiritualmente incapaces sin la ayuda de un Dios misericordioso. Puede que nos desagrade prestarle atención a la ira y a la justicia de Dios, pero a menos que nos inclinemos a estos aspectos de la naturaleza de Dios, nunca apreciaremos lo que nos ha sido otorgado por la gracia. Incluso el sermón de Edwards sobre los pecadores en las manos de Dios no fue diseñado para enfatizar las llamas del infierno. El rotundo énfasis no es sobre el foso ardiente, sino sobre las manos del Dios que nos sostiene y nos rescata de él. Las manos de Dios son manos de gracia. Solo ellas tienen el poder de rescatamos de una destrucción segura.2

La santidad de Dios diezma nuestra autonomía y autosuficiencia y nos conduce al Salvador, el único capaz, por su vida y su muerte, de unir pecadores a un Dios santo. Dios nos revela su santidad no como una advertencia para que huyamos de Él en terror eterno, sino como una bienvenida para que corramos a Él, allí donde los pecadores débiles y fracasados encuentran siempre la gracia que perdura para siempre.

Cuando terminaba de escribir esta sección empecé a sentir algo de tristeza. Es imposible hacerle justicia a la majestad de la gloria de Dios dentro de los límites del lenguaje humano. Mi escrito me llevó a reflexionar en el triste hecho de que esta realidad tan supremamente impresionante de la vida, una realidad que influye en mi manera de pensar acerca de todo, no solo no me llene siempre de asombro, sino que a veces yo la pase por alto. Tal vez una ilustración sirva para explicar mi tristeza.

Dondequiera que vayas en Dubai verás el Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo. Hay rascacielos impresionantes por todo Dubai, pero el Burj Khalifa se alza sobre todos ellos con una gloria majestuosa. Eclipsa los edificios que de otra manera nos dejarían boquiabiertos. Cuando recorres Dubai ves todos esos edificios y te preguntas una y otra vez: “¿Cómo lograron construir eso?”. Con todo, el Burj Khalifa es de una magnitud sin par.

En una sofocante mañana en Dubai, salí del auto y empecé a caminar hacia este espectacular logro arquitectónico. Incluso desde lejos es difícil alzar la cabeza lo suficiente para ver hasta la punta. Cuanto más me acercaba, más imponente y asombrosa me parecía la estructura. Cuando caminaba ni se me ocurrió pensar en los otros edificios en Dubai que antes me habían impresionado. Por extraordinarios que fueran simplemente no eran equiparables a la deslumbrante grandeza arquitectónica y la perfección de este. Aunque hacía mucho calor me detuve varias veces a lo largo del recorrido para contemplarlo, tomar fotografías y comentar lo que veía.

Cuando llegué por fin a la base del Burj Khalifa me sentí increíblemente pequeño, como una hormiga junto a un poste de luz. Entré en un ascensor que parecía sacado del futuro y, en cuestión de segundos, llegué al piso 125. No era el último piso, pues el acceso al último estaba cerrado a los visitantes. Cuando me acerqué a las ventanas para hacerme una idea de lo alto que estaba y para divisar la ciudad de Dubai, de inmediato comenté lo pequeños que se veían los otros edificios. Esos edificios “pequeños” eran rascacielos que en cualquier otra ciudad habrían sido edificios que desearías visitar. Se veían pequeños, insignificantes, indignos de atención, mucho menos de admiración. Después de experimentar lo más grandioso, todo lo que antes me había impresionado quedaba reducido a su justa perspectiva.

Esta anécdota ayuda a ilustrar la tristeza que sentí después de escribir acerca de la santidad de Dios. Gracias a la revelación de Dios en las Escrituras he podido gustar de las alturas de su gloriosa perfección. He podido meditar en lo que significa la verdadera perfección de la santidad. He podido comprobar que no existe perfección que se compare a la perfección de Dios. No hay santidad tan santa como la santidad de Dios. Si te dispones a contemplar su santidad te sentirás increíblemente pequeño, y lo que antes te impresionaba y te resultaba inevitable admirar ya no logra hacerlo. A nivel espiritual nos conviene estimar nuestra propia grandeza al punto de que quede eclipsada por la gloria divina. Aún así, esto es lo que me entristece: no siempre vivo con el rascacielos de la santidad de Dios delante de mis ojos. No siempre miro todo en la vida desde las alturas de esa perspectiva. Y cuando eso sucede, no solo hago otras cosas que parecen más grandes y más impresionantes de lo que son realmente, sino que me resultan llamativas cosas que no son santas.

Mi oración por ti y por mí es que, cuando se trata de la santidad de Dios, nuestra perspectiva sea la de aquella mañana en Dubai de pie junto al Burj Khalifa divisando desde sus alturas todo lo demás abajo. Me sentí agradecido por el privilegio de aquella experiencia en el Burj Khalifa; cuánto más privilegiado debería sentirme porque por la gracia no solo he visto la santa gloria de Dios, sino que tengo un vínculo eterno con el Dios santo. Mi oración es que nuestro asombro ante las alturas de la santidad de Dios no sean una experiencia momentánea o esporádica, seguida de olvido en un corazón distante. Mi oración por ti y por mí es que esta verdad pueda asirse de nosotros y nunca soltarnos, que nos dé la perspectiva justa de todo lo demás y ponga en el lugar que le corresponde todo aquello que alguna vez acaparó nuestra atención. Que Dios en su misericordia haga esta obra en ti y en mí.

Cómo entender la doctrina de la santidad de Dios

Todos los niños tienen una gran capacidad de imaginar. Es lo que hace que el mundo infantil sea sorprendente, divertido, cautivador y maravilloso. Mi nieta demuestra esta capacidad cada vez que estamos juntos. Ella cuidadosamente me prepara té y un emparedado, aunque en realidad la taza está vacía y el plato también. Eso no impide que ella pueda ver ambas cosas, y se pone feliz cuando le digo que es una gran cocinera. Esto es lo que hace que la vida de un niño sea tan interesante. Lamentablemente, a medida que crecemos y nos volvemos adultos y las preocupaciones reales acerca de las relaciones, el empleo, las finanzas, la dieta y demás saturan y controlan nuestra mente, nuestra capacidad de imaginar disminuye.^[Gran parte de este capítulo apareció primero en mi artículo “The Doctrine of Holiness”, sitio web de Paul Tripp, 10 de septiembre de 2018, www.paultripp.com

Footnotes

  1. Paráfrasis del autor de la doctrina de Dios como aparece en apartes de la Confesión de Fe de Westminster, cap. 2

  2. R. C. Sproul, The Holiness of God, ed. 25 aniv. (Sanford, FL: Ligonier Ministries, 2010), 221.