Dios es omnipotente, todopoderoso. Él puede hacer, sin esfuerzo alguno, todo lo que quiere en todo momento y en cualquier lugar donde Él elija manifestar su poder. Esta es la definición suprema de poder. Esto significa que Dios es absoluta y completamente único en poder. Nada existe en el cielo o en la tierra que se compare con Dios en poder. El poder de Dios no tiene límites. No hay nada que Dios no pueda hacer, conforme a su santa voluntad y deseo, y nada puede impedir o detener el ejercicio de Dios de su poder. Véanse Génesis 17:1; 18:14; Números 11:23; Job 24:22; 41– 42; Salmos 24:8; 115:3; 145:1-3; Isaías 14:24-27; 44:6-8; 45:5-18; Jeremías 32:17; Zacarías 8:6; Mateo 19:6; Marcos 14:36; Lucas 1:37; Efesios 3:20-21; Apocalipsis 1:8.
Cómo entender la doctrina de la omnipotencia de Dios
La sustancia de mi vida como escritor radica en el poder de las palabras. Las palabras pueden expandir tu visión. Las palabras pueden estimular y fortalecer tu imaginación. Las palabras pueden darte la vista en lugares donde has sido ciego. Las palabras pueden ayudarte a entender cosas que están más allá de los límites de tu propia experiencia. Las palabras advierten, confrontan y consuelan. Las palabras pueden disipar el temor e infundir esperanza. Las palabras pueden humillarte o enorgullecerte. Las palabras tienen poder. Amo las palabras. Trabajo con ellas cada día. Definitivamente soy culpable de pensar demasiado y de hablar demasiado. Quienes me conocen no me consideran un hombre que sufra de escasez de palabras. Sin embargo, al escribir este capítulo me veo confrontado a los límites de mi vocabulario y de mi capacidad como escritor.
El tema que voy a tratar aquí es de una gloria tan colosal que desafía toda descripción y comparación. Lo que nos disponemos a considerar pertenece a una galaxia que está más allá de todo lo que hayamos considerado o experimentado jamás.
Un sábado en la tarde, mi hijo, que trabaja como comentarista deportivo, me envió un mensaje de texto para invitarme a sintonizar uno de los canales de deporte porque estaba sucediendo algo asombroso. Lo que observé en la hora siguiente fue algo impresionante. Nunca había visto algo parecido. De hecho, no sabía que tal cosa existiera. Incluso, después de verlo con mis ojos, me preguntaba si en realidad lo había visto. Cuando sintonicé el canal, un reportero dijo que un concursante estaba a punto de levantar 501 kilos de peso. Yo sabía que eso era increíblemente pesado, pero no sabía con exactitud cuánto. De modo que hice una búsqueda rápida en Google y quedé asombrado al constatar que 501 kilos equivalían a 1.104 libras. Eso me parecía imposible. Aunque el levantador de pesas era enorme, podía imaginar ese peso destrozando una de sus rodillas, arrancándole un brazo o estallando una vena en su cabeza.
Debo admitir que me puse un poco nervioso cuando subió a la plataforma y se paró frente a la barra. De repente empezó a darse golpes en el pecho y a gritar y, luego, tomando fuerzas, se inclinó y levantó ese enorme peso durante el tiempo reglamentario. En seguida se oyeron gritos y ovaciones de celebración para reconocer el logro sinprecedentes de ese deportista. Me quedé sentado, agradecido de que sus rodillas estuvieran intactas y ninguno de sus brazos hubiera quedado tirado en el piso. Mi hijo y yo nos enviamos mensajes de texto para comentar lo increíble que había sido aquello.
Lo que vi esa tarde fue extraordinario. No sé si volveré a ver algo parecido, ya que había sido más fuerza humana de lo que yo creí que existiera. Este hombre tenía poder y lo sabía. Los 501 kilos que colgaban de la barra no lo asustaron ni lo intimidaron en absoluto. Él sabía que pertenecía a una categoría diferente al resto de mortales. Él quería que las cámaras grabaran el suceso porque sabía que iba a levantar ese peso y a salir de ahí victorioso e ileso. Fue una convergencia de poder y de confianza, y fue extraordinario. Sin embargo, poder levantar ese peso también requirió esfuerzo, un esfuerzo implacable.
Mientras pensaba en este capítulo, que es una reflexión acerca de la omnipotencia de Dios, pensaba también en aquella tarde cuando vi al levantador de pesas. No obstante, esta vez el asombro había languidecido. Lo que yo había observado no era el hombre más fuerte del mundo, sino un hombre limitado por la debilidad humana. Él tenía mucho poder, pero nunca sería todopoderoso. Él podía entrenar más y levantar más peso, pero nunca sería omnipotente. Él no logró lo que logró simplemente por el deseo de hacerlo. Había entrenado hora tras hora, día tras día, mes tras mes y año tras año. Había entrenado para vencer su propia debilidad y desarrollar su fuerza. Había investigado y estudiado. Había aprendido de otros deportistas. Había escuchado el consejo de fisiólogos del deporte. Tuvo que someterse a la disciplina que le impusieron los dietistas deportivos. Los psicólogos deportivos tuvieron que enseñarle técnicas para vencer su temor. Tuvo que aprender la técnica del levantamiento de pesas. Tuvo que pasar años desarrollando su masa muscular. Durante años había acumulado logros, levantando pesas cada vez mayores hasta que por fin fue capaz de pararse frente a 501 kilos con la confianza de poder levantarlos. Tuvo que hacer todo esto porque, aunque no pareciera ni actuara como tal, él es como cualquier mortal, un ser humano débil y limitado.
Cuando se trata de considerar el poder ilimitado de Dios, tropezamos con el hecho de que todo en nuestro campo experiencial es limitado. Lo más poderoso que conocemos es limitado en poder. Incluso cuando te impresiona el poder de algo, te impresiona porque ha rebasado la frontera de los límites esperados. Cuando pensamos en poder, es normal que pensemos en poder limitado. Si alguien se creyera capaz de hacer absolutamente todo pensaríamos de inmediato que es absurdamente arrogante, que está tristemente engañado o trágicamente desquiciado.
Volvemos a ver aquí la línea que separa a la criatura del Creador. Todo lo que existe del lado de la criatura es limitado en poder. Ninguna persona tiene el poder para hacer todo lo que quisiera. Ningún animal tiene poder ilimitado. Todo lo que se encuentra a este lado de la línea de separación entre la criatura y el Creador adolece de debilidad, incapacidad y límites. Dios es absolutamente único en poder. Es incomparable. No existen categorías para clasificarlo. No hay analogías posibles para Él. Decir que Dios es omnipotente es decir que Dios es Dios. Pensar en el poder de Dios siempre nos llevará a la antigua pregunta retórica: “¿Qué Dios es como nuestro Dios?”.
Sin embargo, tiene valor el hecho de meditar en lo que significa creer que hay alguien sentado en el trono del universo y tiene el poder para hacer todo lo que quiere, sin mediar capacidad ni esfuerzo. Quiero considerar dos cosas en las Escrituras que definen y nos explican la clase de poder que es el poder de Dios: el poder de la creación y el poder de la resurrección.
El capítulo 12 de este libro tratará en forma detallada la doctrina de la creación, pero, para nuestros propósitos, en este capítulo quiero examinar la creación como un despliegue público del poder ilimitado de Dios. Si eres creyente en la Biblia ya sabes y crees que Dios hizo este mundo a partir de la nada. Llegó a existir por el poder de su voluntad y de su palabra. Tengo, al respecto, dos inquietudes. Primero, que muchas veces no dedicamos tiempo a examinar lo que profesamos creer y, por ende, somos indiferentes a la totalidad de la gloria de lo que creemos. Segundo, temo que las verdades asombrosas como la omnipotencia de Dios se conviertan en asuntos cotidianos de nuestro bosquejo teológico y, por ende, dejen de conmovernos como lo hacían antes. Nuestras vidas se conforman y se encaminan según aquello que logra mantenernos asombrados. Puesto que hemos sido programados para responder con asombro, siempre habrá algo que despierte esa capacidad de asombro de nuestro corazón, y aquello que ha cautivado nuestro corazón tiene, en un sentido funcional, control sobre nosotros. Si no es por otra razón, estudiar la teología de la Palabra de Dios es importante porque es una de las herramientas primordiales que Dios usa para rescatar y enderezar nuestros corazones.
Es asombroso leer el primer capítulo de Génesis y ver cómo Dios crea los diferentes elementos y criaturas de nuestro mundo con su palabra. “Sea la luz”, y hubo luz. ¿Qué? “Produzca la tierra hierba verde”, y fue así. ¿Estás prestando atención? “Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos”, y vio Dios que era bueno. ¡Asombroso! Que el asombro inunde nuestros corazones.
Medita conmigo por un momento. En toda tu vida tú no has creado cosa alguna con tu sola palabra, y nunca lo harás. Ramos de flores, pan y muebles no son cosas que aparezcan de la nada porque emitas una orden con tu boca. ¿Qué clase de poder supone el hecho de hablar y con ello generar físicamente cosas con su belleza distintiva y el diseño perfecto para cumplir su propósito en el lugar que ocupan en el orden de la creación?
Da rienda suelta a tu imaginación y mira el momento en el que Dios tomó un puñado de polvo del suelo, sopló vida en ese polvo y creó a un ser humano adulto vivo que respira, piensa y es capaz de relacionarse: Adán. Vemos que el polvo se convierte en un ser humano que funciona plenamente, con todo lo que esto significa a nivel físico y espiritual, ¡y todo con nada más que una exhalación divina! Es lo imposible hecho posible. No existen analogías para ese momento. Es un caso aparte de las maravillas singulares del poder sin igual de Dios. Él imparte vida al polvo con su aliento; no hay nadie como Él. He aquí una de las más elevadas definiciones de poder: el poder para soplar vida en lo que no tenía vida.
Cuando tu corazón se llene de asombro, permíteme hacer una distinción importante. Los seres humanos somos creativos, pero no tenemos el poder para crear. Todo lo que “creamos” comienza con alguna materia prima. Incluso los microbiólogos que afirman que pueden generar vida en una placa de Petri, siempre empiezan el proceso con la mezcla de sustancias químicas. En realidad no han creado nada; simplemente han manipulado sustancias creadas para generar algo nuevo. Son muy hábiles y creativos desde el punto de vista científico, pero sería deshonesto de su parte declarar que tienen el poder para crear. Hay pocas definiciones mejores del poder ilimitado de Dios que el poder para crear un mundo sin usar ningún tipo de materia prima.
Nada bueno pasa cuando perdemos de vista la forma en que la creación define para nosotros el poder todopoderoso de Dios. Por eso Dios dedica tiempo a explicarle amorosamente a Job la diferencia entre lo que significa ser el Creador y lo que significa ser una criatura. Cuando lo hace, alcanzamos a vislumbrar el proceso de Dios ejerciendo su poder como Creador. Las descripciones tienen como propósito dejarnos asombrados e inspirar humildad en nuestro corazón, y por eso han quedado consignadas para nosotros.
En los últimos capítulos de Job, Dios intenta sacar a Job de su pena, la clase de pena que lo hace ensimismarse y centrarse solo en él mismo. Dios lo hace llevando a Job por un recorrido extraordinario del cosmos suficiente como para transformar el corazón. Con todo, el enfoque de este recorrido no es la gloria del cosmos, sino el Dios de asombroso poder que lo creó y que lo ordena con su mandato. En Job 38–39 encontramos algunas de las descripciones gráficas más impresionantes, hermosas e imaginativas que se hayan escrito. Es preciso ese tipo de texto para captar siquiera una fracción del poder creativo del Señor Todopoderoso de un modo que nos permita apreciar al menos una pizca de su gloria.
¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, Cuando alababan todas las estrellas del alba, Y se regocijaban todos los hijos de Dios? ¿Quién encerró con puertas el mar, Cuando se derramaba saliéndose de su seno, Cuando puse yo nubes por vestidura suya, Y por su faja oscuridad, Y establecí sobre él mi decreto, Le puse puertas y cerrojo, Y dije: Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante, Y ahí parará el orgullo de tus olas? (Job 38:4-11).
La pregunta “¿Dónde estabas tú?” tiene como propósito humillar a Job. Busca confrontarlo con la diferencia abismal que existe entre él y Dios. Busca confrontarlo con su debilidad. Dios le permite a Job ver que todo en el universo existe y se sostiene por una cosa: el poder de Dios. Es un poder que nunca pondera su capacidad. Es un poder que nunca requiere esfuerzo alguno. Es un poder que no carece de conocimiento ni entendimiento. Es un poder que nunca necesita instrucción ni pedir permiso. Es un poder que no tiene obstáculo ni rival. Es un poder gloriosamente autónomo y autosuficiente.
¿Alzarás tú a las nubes tu voz, Para que te cubra muchedumbre de aguas? ¿Enviarás tú los relámpagos, para que ellos vayan? ¿Y te dirán ellos: Henos aquí? ¿Quién puso la sabiduría en el corazón? ¿O quién dio al espíritu inteligencia? ¿Quién puso por cuenta los cielos con sabiduría? Y los odres de los cielos, ¿quién los hace inclinar, Cuando el polvo se ha convertido en dureza, Y los terrones se han pegado unos con otros? ¿Cazarás tú la presa para el león? ¿Saciarás el hambre de los leoncillos, Cuando están echados en las cuevas, O se están en sus guaridas para acechar? ¿Quién prepara al cuervo su alimento, Cuando sus polluelos claman a Dios, Y andan errantes por falta de comida? (Job 38:34-41).
Las preguntas de este pasaje acerca de si Job puede hacer lo que Dios hace son completamente retóricas. Buscan trazar una línea gruesa entre la criatura y el Creador en tinta de color rojo fluorescente. “Job, ¿puedes hacer lo que yo hago? Job, ¿tienes como yo el poder sobre todo lo que existe?”. La única respuesta racional es: “No, mi medida de poder se encuentra a un universo de distancia del poder que tú ostentas. Solo tú, Señor, tienes el poder para crear todo lo que existe, ponerlo en el lugar que le corresponde, hacerlo funcionar en coordinación con otras criaturas y mantener todo en armonía para que el cosmos no se precipite a un caos sin remedio. Solo tú eres todopoderoso”.
El argumento desde la creación es claro e incontrovertible: no existe un poder como el poder omnipotente de Dios. Decir que Dios tiene el poder para crear y controlar su universo y todo lo que hay en él es afirmar simplemente que Dios es Dios. No existe ningún otro como Él. El poder para crear con su sola palabra es la forma suprema de poder.
Sin embargo, hay una segunda manera en que la Biblia describe el poder todopoderoso de Dios. La Biblia nos dice que el poder de Dios no solo es un poder creador, sino también un poder resurrector. Y, cuanto más nos acercamos a examinar y entender el poder de la resurrección, más nos inspira a quedarnos en el silencio humilde de la reverencia y el asombro.
Todos estamos acostumbrados al carácter terminante de la muerte. Desde pequeños aprendemos que cuando algo o alguien muere es el fin y no hay nada que pueda hacerse al respecto. Estás loco o engañado si niegas que algo muerto está muerto o si intentas vencer la muerte después que ha ocurrido. Todos hemos aprendido que debemos aceptar la muerte porque no tenemos poder alguno sobre ella. Por consiguiente, la muerte es realmente el mayor enemigo. No solo no podemos derrotarla, sino que tampoco podemos escapar de ella. Vivimos en un mundo donde las cosas vivas se dirigen hacia su muerte y nada podemos hacer para evitarlo.
La muerte, por tanto, nos hace sentir débiles e incapaces. La muerte nos confronta con la pequeñez de nuestro poder. La muerte pareciera ser el enemigo invencible. Nos alejamos derrotados cada vez porque, sin importar cuánto poder podamos tener, no tenemos poder alguno sobre la muerte. Ninguno.
Mis dos hijos mayores enfrentaron esta realidad cuando tenían apenas tres y cinco años. Vivíamos en Scranton, Pennsylvania, en un vecindario con muchos árboles y pájaros. Un día, caminando por el patio, mis hijos encontraron un pájaro que estaba enfermo o herido, y me preguntaron si podíamos ayudarlo. Conseguí una caja, la recubrí de tela y puse al pájaro en su interior. Mientras ellos estaban sentados observando al pájaro y yo estaba pensando en qué haría después, el pájaro murió. Mis hijos vieron que no se movía y me preguntaron qué pasaba. Me tocó la ingrata labor de informarles que el pájaro había muerto. Ellos me miraron con tristeza y frustración, pero entendieron. La muerte es definitiva, es el fin. Aun a temprana edad, ellos supieron instintivamente que no había nada que yo pudiera hacer. La muerte se había llevado al pájaro y me había vencido.
No tenemos que fantasear acerca de cómo sería conquistar la muerte, porque la Biblia nos muestra cómo es y nos dice cuán importante es esto. El apóstol Pablo arguye que este poder de la resurrección, el poder que devuelve la vida a los muertos, ocupa un lugar central en la fe bíblica (véase 1 Co. 15). Si no hay resurrección, Jesús no se levantó de los muertos, y si Jesús no se levantó de los muertos, nuestro pecado no ha sido derrotado y nuestra fe carece de valor. El poder único de Dios sobre la resurrección no es un aspecto más de nuestro bosquejo teológico, sino el corazón mismo que nos imparte nueva vida y esperanza futura. El cristianismo es una religión de resurrección. La gracia de Dios es el poder de la resurrección.
Medita conmigo en la magnificencia de la resurrección de Jesús. Él estuvo en el sepulcro lo suficiente como para ser certificado como muerto. Muerto. Resucitar después de la muerte significaba que las sinapsis de su cerebro de repente empezaran a encenderse, que las cargas eléctricas se desplazaran a lo largo de su sistema nervioso, que los músculos de su corazón empezaran a bombear, que sangre fresca recorriera sus venas, que sus músculos de repente se volvieran suaves y flexibles, que sus órganos se activaran y funcionaran en armonía con los demás, que sus ojos se humectaran y pudieran enfocar, que pudiera respirar, oler, gustar y sentir. Que recuperara su equilibrio y sentido de orientación, su capacidad de relacionarse y comunicarse. Que sus pensamientos y deseos, planes y propósitos de repente volvieran a estar presentes. Esta es nada más una lista limitada de lo que tuvo que suceder en un instante para que Jesús pudiera ponerse de pie, doblar sus lienzos del entierro y salir caminando vivo de esa tumba.
Esto es lo que significa ser todopoderoso: Ningún esfuerzo fue necesario para que Cristo resucitara de los muertos. No hubo deliberación alguna acerca de su posibilidad o imposibilidad. En ningún momento hubo un solo instante de incertidumbre en la mente de Dios. No se contempló un plan B. La resurrección era el plan y Dios tenía el poder porque Dios es Dios. Ser todopoderoso significa que ni siquiera la muerte tiene el poder para vencerte. Ser omnipotente significa que levantar a los muertos está dentro del campo de acción de tu capacidad. El poder de la resurrección señala que tu poder es único y sin par. El poder para resucitar es la forma suprema de poder. Tener el poder de la resurrección significa que la cosa creada más poderosa es extremadamente pequeña y extremadamente débil comparada contigo. Ser omnipotente significa que no hay nada ni nadie como tú. La resurrección es un dedo que señala a la omnipotencia de Dios. Solo el Dios Todopoderoso tiene el poder para dar vida a lo que estuvo muerto.
Encontramos muchas demostraciones del poder de Dios en las Escrituras, pero muchas veces su descripción se queda corta en mostrarnos la magnitud completa del poder de Dios. Lo más cercano que encontramos del poder de Dios y nos consuela es su capacidad de crear y su capacidad de resucitar. Tanto la creación como la resurrección trazan la línea entre la criatura y el Creador que es imposible de traspasar. Él crea, Él resucita, Él es omnipotente, ¡ese es tu Dios! Tú eres su hijo por la gracia. Él desata su poder por tu bien. Sí, en tu propia incapacidad te tropezarás con un muro, pero tu Señor no conoce muros. Hay esperanza para el desvalido, porque, tiernamente, Dios responde a tu debilidad con su fuerza