Venciendo a Satanás por medio de la sangre
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11).
En este capítulo, al diablo se le llama el “gran dragón escarlata” (Ap. 12:3). Es grande en capacidad, inteligencia, energía y experiencia. Si era o no el jefe de todos los ángeles antes de caer, no lo sé. Algunos han pensado que lo era y que cuando oyó que un hombre iba a sentarse en el trono de Dios, se rebeló, por muchos celos, contra el Altísimo. Esto también es una conjetura1. Pero si sabemos que él era y es un espíritu sumamente grande en comparación con nosotros. Es un ser grande en maldad: El príncipe de las tinieblas que tiene el poder de la muerte. Muestra su malicia contra los santos acusando a los hermanos, día y noche, ante Dios. En los profetas, tenemos el registro de como Satanás acusó a Josué, el siervo de Dios. Satanás también acusó a Job de servir a Dios por motivos mercenarios: “¿No le has cercado… y a todo lo que tiene?” (Job 1:10-11).
Este enemigo siempre activo desea tanto tentar como acusar: él quiere poseernos y zarandearnos como a trigo. Al llamarlo dragón, el Espíritu Santo parece insinuar su poder y carácter misteriosos. Para nosotros, un espíritu como él debe ser siempre un misterio en su ser y en su obrar. Satanás es un personaje misterioso, aunque no mítico. Nunca podremos dudar de su existencia, una vez hemos entrado en conflicto con él; sin embargo, para nosotros es aún más real porque es muy misterioso. Si fuera de carne y sangre, sería mucho más fácil luchar con él; pero luchar contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes es una tarea terrible. Como un dragón, está lleno de astucia y ferocidad. En él, la fuerza se alía con la astucia [para defraudar]; y si no puede lograr su propósito de inmediato por medio del poder, espera su tiempo. Él embauca, engaña; de hecho, se dice que engaña al mundo entero (Ap. 12:9). ¡Qué poder de engaño debe residir en él, cuando bajo su influencia, hizo caer la tercera parte de las estrellas del cielo y miríadas de hombres en todas las épocas han adorado a demonios e ídolos! Ha sumido las mentes de los hombres en el engaño, de modo que no pueden ver que no deben adorar a nadie sino a Dios, su Hacedor. Se le llama “la serpiente antigua” (Ap. 12:9) y esto nos recuerda cuán experto es en todo arte maligno. Es mentiroso desde el principio y padre de la mentira (Jn. 8:44). Después de miles de años de práctica constante en el engaño, es demasiado astuto para nosotros. Si pensamos que podemos igualarle en astucia, somos gravemente tontos porque él sabe mucho más que el más sabio de los mortales… A esta astucia, añade una gran velocidad, de modo que es rápido para atacar en cualquier momento, lanzándose sobre nosotros como un halcón sobre un pobre polluelo. No está presente en todas partes, pero es difícil decir dónde no está. No puede ser omnipresente, pero con su majestuosa habilidad, él maneja sus ejércitos de caídos de tal manera que, como un gran general, supervisa todo el campo de batalla y parece estar presente en cada punto. Ninguna puerta puede excluirlo, ninguna elevada piedad puede ascender más allá de su alcance. Sale a nuestro encuentro en todas nuestras debilidades y nos ataca desde todos los puntos cardinales. Viene sobre nosotros sin darnos cuenta y nos causa heridas difíciles de curar.
Sin embargo, queridos amigos, por muy poderoso que este espíritu infernal ciertamente deba ser, su poder es derrotado cuando estamos resueltos a no estar nunca en paz con él. Nunca debemos soñar con negociaciones o treguas con el mal. Suponer que podemos dejarle en paz y que todo irá bien, es un error mortal. Debemos luchar o perecer: El mal nos matará si no lo matamos. Nuestra única seguridad residirá en una decidida y vigorosa oposición al pecado, cualquiera que sea la forma que adopte, cualquiera que sea su amenaza, cualquiera que sea su promesa. Sólo el Espíritu Santo puede mantener en nosotros esta enemistad con el pecado.
Según el texto, se dice de los santos: “Le han vencido” (Ap. 12:11). No debemos descansar hasta que se diga también de nosotros: “Le han vencido”… ¿Rehúsas el conflicto? ¿Piensas en volverte atrás? No tienes armadura para tu espalda. Dejar de luchar es ser vencido. Tienes que elegir entre las dos opciones: O ceñir los lomos de tu mente para una resistencia de por vida o ser esclavo de Satanás para siempre. Ruego a Dios que puedas despertarte, levantarte y dar batalla al enemigo. Resuelve de una vez por todas que, por la gracia de Dios, serás contado entre los que vencen al archienemigo.
Nuestro texto nos plantea un tema muy importante para considerar: ¿Cuál es esta arma vencedora?“Le han vencido por medio de la sangre del Cordero”.
La sangre del Cordero significa, primero,la muerte del Hijo de Dios. Los sufrimientos de Jesucristo podrían exponerse con alguna otra figura, pero su muerte en la cruz requiere la mención de la sangre. Nuestro Señor, no sólo fue herido y azotado, sino que fue llevado a la muerte. La sangre de su corazón fue derramada. Aquel de quien hablamos es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos; pero, de una manera misteriosa, condescendió en unir nuestra humanidad con su divinidad. Nació en Belén como un bebé; creció como un niño; maduró hasta convertirse en hombre y vivió aquí entre nosotros, comiendo y bebiendo, sufriendo y alegrándose, durmiendo y trabajando como lo hacen los hombres. Murió de hecho y en verdad, y fue sepultado en la tumba de José de Arimatea. Esa muerte fue el gran hecho que se expone con las palabras “la sangre del Cordero”.
Debemos ver a Jesús como el Cordero de la Pascua de Dios: no meramente [como un cordero] separado de los demás, dedicado a ser el recordatorio de Israel y consagrado al servicio divino, sino como el Cordero inmolado. Recuerda que Cristo, considerado como vivo y no como muerto, no es un Cristo salvador. Él mismo dice: Yo soy “el que vivo, y estuve muerto” (Ap. 1:18). Los modernos claman: “¿Por qué no predicar más sobre su vida y menos sobre su muerte?”. Yo respondo: “Predica su vida tanto como quieras, pero nunca separada de su muerte porque es por su sangre que somos redimidos… Nosotros predicamos a Cristo”. Completa la frase: “Predicamos a Cristo crucificado” (1 Co. 1:23), dice el Apóstol. ¡Ah, sí! Ese es el punto. Es la muerte del Hijo de Dios el arma vencedora. Si no hubiera derramado su alma hasta la muerte y muerte de cruz —si no hubiera sido contado con los transgresores y sometido a una muerte vergonzosa— no habríamos tenido ningún arma con la que vencer al príncipe dragón. Por “la sangre del Cordero” entendemos la muerte del Hijo de Dios. ¡Escúchenlo, oh hombres! Porque han pecado, Jesús muere para que sean absueltos de sus pecados. Él “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24) y murió para redimirnos de toda injusticia. El punto es su muerte y, paradójicamente, esta muerte es el punto vital del Evangelio. La muerte de Cristo es la muerte del pecado y la derrota de Satanás y, por tanto, es la vida de nuestra esperanza y la seguridad de su victoria porque Él derramó su alma hasta la muerte y con los fuertes reparte despojos (Ver Is. 53:12).
A continuación, por “la sangre del Cordero” entendemosla muerte de nuestro Señor como sacrificio sustitutivo.Seamos muy claros aquí. No se dice que vencieron al archienemigo por la sangre de Jesús o la sangre de Cristo, sino por la sangre del Cordero; y las palabras están expresamente elegidas porque, bajo la figura de un cordero, tenemos ante nosotros un sacrificio. La sangre de Jesucristo, derramada a causa de su valentía por la verdad, o por pura filantropía, o por auto-negación, no transmite ningún evangelio especial a los hombres ni tiene ningún poder peculiar al respecto. Verdaderamente, es un ejemplo digno para engendrar mártires; pero no es el camino de salvación para los hombres culpables. Si proclamas la muerte del Hijo de Dios, pero no muestras que Él murió como el justo por los injustos para llevarnos a Dios, no has predicado la sangre del Cordero. Debes dar a conocer que “el castigo de nuestra paz fue sobre él” y que “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:5-6) o no habrás declarado el significado de la sangre del Cordero. No se puede vencer el pecado sin un sacrificio sustitutivo. Según la antigua ley, el ofensor traía el cordero para hacer expiación por su ofensa y era inmolado en su lugar. Éste era el tipo de Cristo tomando el lugar del pecador, cargando con el pecado del pecador, sufriendo en lugar del pecador, vindicando así la justicia de Dios, haciendo posible que Él “sea el justo, y el que justifica al que es de la fe” (Ro. 3:26). Entiendo que ésta es el arma vencedora —la muerte del Hijo de Dios presentada como propiciación2 por el pecado—. El pecado debe ser castigado: Es castigado en la muerte de Cristo. He aquí la esperanza de los hombres.
Además, entiendo por la expresión “la sangre del Cordero” que la muerte de nuestro Señor fue eficaz para quitar el pecado. Cuando Juan el Bautista señaló por primera vez a Jesús, dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). Nuestro Señor Jesús ha quitado el pecado con su muerte. Amados, estamos seguros de que Él ofreció una propiciación aceptable y eficaz cuando dijo: “Consumado es” (Jn. 19:30). O quitó el pecado o no lo hizo. Si no lo hizo, ¿cómo podría ser quitado? Si lo hizo, entonces los creyentes están limpios. Independiente de cualquier cosa que hagamos o seamos, nuestro glorioso Sustituto quitó nuestro pecado como el tipo del chivo expiatorio llevó el pecado de Israel al desierto. En el caso de todos aquellos por quienes nuestro Señor se ofreció como sacrificio sustitutivo, la justicia de Dios no encuentra impedimento alguno para fluir plenamente: es consistente con la justicia que Dios bendiga a los redimidos. Hace casi mil novecientos años3, Jesús pagó la terrible deuda de todos sus elegidos e hizo una expiación completa por toda la masa de las iniquidades de aquellos que creerán en Él, quitando así toda la tremenda carga y arrojándola con un solo movimiento de su mano traspasada a las profundidades del mar. Cuando Jesús murió, una expiación fue ofrecida por Él y aceptada por el Señor Dios, de modo que ante el alto tribunal del cielo hubo una clara remoción del pecado de todo el cuerpo del cual Cristo es la cabeza. En la plenitud de los tiempos, cada redimido acepta, individualmente para sí, la gran expiación por un acto de fe personal, pero la expiación misma se hizo mucho antes. Creo que ésta es una de las aristas del arma vencedora. Hemos de predicar que el Hijo de Dios ha venido en carne y ha muerto por el pecado humano, y que al morir, no sólo hizo posible que Dios perdonara, sino que aseguró el perdón para todos los que están en Él. No murió para hacer a los hombres salvables, sino para salvarlos. No vino para hacer a un lado el pecado en algún momento futuro, sino para eliminarlo allí y en ese momento mediante el sacrificio de Sí mismo porque con su muerte, puso fin a la transgresión, puso fin al pecado e introdujo la justicia eterna (Dn. 9:24). Los creyentes pueden saber que cuando Jesús murió, ellos fueron liberados de las demandas de la ley y cuando Él resucitó, su justificación quedó asegurada. La sangre del Cordero es un precio real que rescató eficazmente. La sangre del Cordero es una limpieza real que realmente purgó el pecado. Esto creemos y declaramos; y por esta señal, vencemos. Cristo crucificado, Cristo el sacrificio por el pecado, Cristo el redentor eficaz de los hombres, lo proclamaremos en todas partes, y ¡así, pondremos fin a los poderes de las tinieblas!
¿Cómo la usamos? Les he mostrado la espada; ahora vengo, en segundo lugar, a abordar la pregunta: ¿Cómo la usamos? “Le han vencido por medio de la sangre del Cordero”… La preciosa sangre de Jesús no está destinada para que la admiremos y exhibamos simplemente. No debemos contentarnos con hablar de ella, alabarla y no hacer nada al respecto; sino que debemos usarla en la gran cruzada contra la impiedad y la injusticia hasta que se diga de nosotros: “Le han vencido por medio de la sangre del Cordero”. Esta sangre preciosa debe usarse para vencer y, en consecuencia, para la guerra santa. La deshonramos si no la usamos con ese fin. Algunos, me temo, usan la preciosa sangre de Cristo sólo como un tranquilizante para sus conciencias. Se dicen a sí mismos: “Él [ya] hizo la expiación por el pecado, por lo tanto, déjame tomar mi descanso”. Esto es hacer un grave agravio al gran sacrificio. Les concedo que la sangre de Jesús habla mejores cosas que la de Abel y que, dulcemente, clama: “¡Paz! ¡Paz!” dentro de una conciencia turbada; pero eso no es todo lo que hace. Un hombre que quiere la sangre de Jesús, únicamente por la mezquina y egoísta razón de que, después de haber sido perdonado por medio de ella, puede decir: “Alma, descansa, come, bebe y alégrate; oye sermones, disfruta de la esperanza de la felicidad eterna, y no hagas nada” —tal hombre blasfema de la sangre preciosa y la convierte en algo profano—. Debemos usar el glorioso misterio de la sangre expiatoria como nuestro principal medio para vencer al pecado y a Satanás. Su poder es para la santidad. Vean cómo lo expresa el texto: “Le han vencido por medio de la sangre del Cordero”. Estos santos usaron la doctrina de la expiación, no como una almohada para descansar de su cansancio, sino como un arma para someter su pecado. Oh hermanos míos, para algunos de nosotros, la expiación por la sangre es nuestra hacha de batalla y arma de guerra con la que vencemos en nuestra lucha por la pureza y la piedad —una lucha en la que hemos continuado durante estos muchos años—. Por la sangre expiatoria, resistimos la corrupción interior y la tentación exterior. Ésta es el arma que nada puede resistir.
Permítanme mostrarles su campo de batalla. Nuestro primer lugar de conflicto está en los lugares celestiales y, el segundo, está abajo en la tierra.
Primero, entonces ustedes, mis hermanos y hermanas que creen en la sangre de Jesús, deben luchar contra Satanásen los lugares celestiales**.** Y allí, debes vencerlo “por medio de la sangre del Cordero”. “¿Cómo?”, dices tú. Te guiaré en este tema.
Primero, debes considerar a Satanás en este día como literal y verdaderamente vencido por medio de la muerte del Señor Jesús. Satanás ya es un enemigo vencido. Por fe, toma la victoria de tu Señor como tuya, puesto que Él triunfó en tu naturaleza y a favor tuyo. El Señor Jesucristo subió al Calvario y allí, luchó contra el príncipe de las tinieblas, lo derrotó completamente y destruyó su poder. Llevó cautiva la cautividad. Él aplastó la cabeza de la serpiente. La victoria fue la victoria de todos los que están en Cristo. Él es la simiente representativa de la mujer y tú que eres de esa simiente y estás en Cristo, real y experiencialmente, tú, entonces y allí, venciste al diablo por medio de la sangre del Cordero. ¿Puedes comprender esta verdad? ¿No sabes que fuiste circuncidado en su circuncisión, crucificado en su cruz, sepultado con Él en el bautismo y, en ello, también resucitado con Él en su resurrección? Él es tu cabeza federal y tú, siendo miembro de su Cuerpo, hiciste en Él lo que Él hizo. Vamos, alma mía, tú has vencido a Satanás por la victoria de tu Señor. ¿No serás lo suficientemente valiente para luchar contra un enemigo vencido y pisotear al enemigo que tu Señor ya ha derribado? No debes temer, sino decir: “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:57). Hemos vencido al pecado, a la muerte y al infierno en la persona y obra de nuestro gran Señor; y debemos sentirnos muy alentados por lo que ya se ha realizado en nuestro nombre. Ya “somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37). Si Jesús no hubiera vencido al enemigo, ciertamente nosotros nunca lo habríamos hecho; pero su triunfo personal ha asegurado el nuestro. Por la fe, hoy nos elevamos al lugar de la victoria. En los lugares celestiales triunfamos como también en todo lugar… porque por Él, vemos a Satanás echado fuera y a todas las potestades del mal arrojadas de sus lugares de poder y eminencia.
Hoy quiero que venzas a Satanás en los lugares celestiales en otro sentido: Debes vencerlo como el acusador. A veces oyes en tu corazón, una voz que despierta la memoria y sobresalta la conciencia; una voz que parece en el cielo ser un recuerdo de tu culpa. ¡Escucha esa voz profunda y ronca, que presagia el mal! Satanás está denunciando ante el trono de la justicia todos tus pecados anteriores. ¿Puedes oírlo? Comienza con tus faltas infantiles y tus locuras juveniles. Verdaderamente, unos oscuros recuerdos. No deja escapar ni una de tus maldades. Cosas que habías olvidado, él astutamente las revive. Conoce tus pecados secretos porque metió su mano en la mayoría de ellos. Conoce la resistencia que ofreciste al Evangelio y la forma en que sofocaste la conciencia. Conoce los pecados de las tinieblas, los pecados de alcoba, los crímenes de las cámaras interiores de la imaginación. Desde que eres cristiano, él ha notado tu maldad y te ha preguntado en tono feroz y sarcástico: “¿Es éste un hijo de Dios? ¿Es éste un heredero del cielo?”. Él espera condenarnos por hipocresía o por apostasía.
El asqueroso demonio revela las divagaciones de nuestros corazones, la muerte de nuestros deseos de orar, los pensamientos inmundos que se apoderan de nuestras mentes cuando asistimos a la adoración. ¡Ay! Debemos confesar que, incluso, hemos tolerado dudas sobre las verdades eternas, y sospechas sobre el amor y la fidelidad de Dios. Cuando el acusador está en sus malvados asuntos, no tiene que buscar muy lejos el motivo de la acusación, ni los hechos que la apoyen. ¿Te asombran estas acusaciones? Lloras: “Dios mío, ¿cómo podré enfrentarte? Porque todo esto es verdad y las iniquidades que ahora se me traen a la memoria son tales que no puedo negarlas. He violado tu ley de mil maneras y no puedo justificarme”.
Ahora tienes la oportunidad de vencer por medio de la sangre del Cordero. Cuando el acusador haya dicho lo suyo y agravado todas tus transgresiones, no te avergüences de dar un paso al frente y decir: “Pero tengo un abogado, además de un acusador. Oh Jesús, mi Salvador, habla por mí”. Cuando Él habla, ¿qué alega sino su propia sangre? “Por todos estos pecados he hecho expiación”, dice Él, “todas estas iniquidades me fueron impuestas en el día de la ira del Señor, y yo las he quitado”. Hermanos, “la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). Jesús ha cargado con el castigo que nos corresponde: Él ha cargado por nosotros en la cruz todas nuestras responsabilidades ante la justicia de Dios y somos libres para siempre porque nuestro Fiador sufrió en nuestro lugar. ¿Dónde está ahora el acusador? La voz del dragón ha sido silenciada por la sangre del Cordero. Nada más puede silenciar la cruel voz del acusador, sino la voz de la sangre que habla del Dios infinito que acepta, en nuestro favor, el sacrificio que Él mismo proporcionó. La justicia decreta que el pecador será absuelto porque el Sustituto aceptado ha llevado el pecado [del pecador] en su propio cuerpo sobre el madero (1 P. 2:24). Vamos, hermano o hermana, la próxima vez que tengas que ver con Satanás como acusador en los lugares celestiales, ten cuidado de no defenderte con ningún arma, sino sólo con el arma de la expiación. Todo consuelo obtenido de sentimientos internos u obras externas se quedará corto; pero las heridas sangrantes de Jesús argüirán con argumento pleno y sobrecogedor, y responderán a todo. “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro. 8:33-34). ¿Quién, pues, acusará al hijo de Dios? Todo acusador será vencido por el argumento invencible de la sangre del Cordero.
Además, el creyente tendrá que vencer al enemigo en los lugares celestiales en lo que se refiere al acceso a Dios. Puede suceder que cuando estamos más decididos a tener comunión con Dios, el adversario nos lo impida. Nuestro corazón y nuestra carne claman por Dios, el Dios vivo, pero por una causa u otra, no podemos acercarnos al trono. El corazón está apesadumbrado, el pecado está desenfrenado, la preocupación acosa, y las insinuaciones satánicas están activas. Pareces apartado de Dios y el enemigo triunfa sobre ti. Te sientes muy cerca del mundo, muy cerca de la carne y muy cerca del diablo —pero te lamentas de tu miserable distanciamiento de Dios—. Eres como un niño que no puede llegar a la puerta de su padre porque un perro negro le ladra desde la puerta. ¿Cuál es la vía de acceso? Si el asqueroso demonio no se aparta del camino, ¿podemos forzar nuestro paso? ¿Con qué arma podemos ahuyentar al adversario para llegar a Dios? ¿No está escrito que la sangre nos hace cercanos? ¿No hay un camino nuevo y vivo consagrado para nosotros? ¿No tenemos “libertad para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Jesús” (He. 10:19)? Estamos seguros del amor de Dios cuando vemos que Cristo murió por nosotros; estamos seguros del favor de Dios cuando vemos cómo esa expiación ha alejado de nosotros nuestras transgresiones. Percibimos nuestra libertad para acercarnos al Padre… Argumentando la propiciación hecha por la sangre del Cordero, nos atrevemos a acercarnos a Dios. He aquí que el espíritu maligno se abre paso ante nosotros. El sagrado nombre de Jesús es aquel ante el cual huye. Esto ahuyentará sus sugerencias blasfemas y sus sucias insinuaciones mejor que cualquier cosa que puedas inventar. ¡El perro del infierno conoce el temible nombre que le hace postrarse! Debemos confrontarlo con la autoridad y, especialmente, con la expiación del Cordero de Dios. Se enfurecerá y despotricará aún más, si le enviamos a Moisés, pues él obtiene su poder de nuestras infracciones de la ley. No podemos silenciarlo, a menos que le presentemos al gran Señor, Quien ha guardado la ley y la ha hecho honorable (Is. 42:21).
Tomado de el sermón entregado en la mañana del Día del Señor, el 9 de septiembre de1888, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés.