Satanás te considera
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job?” (Job 1:8).
¿Qué es lo que Satanás considera con miras a perjudicar al pueblo de Dios? No puede decirse de él, como de Dios, que nos conozca por completo. Pero, puesto que lleva ahora cerca de seis mil años tratando con la pobre humanidad caída, debe haber adquirido una muy vasta experiencia en ese tiempo. Y habiendo estado en toda la tierra, y habiendo tentado a los más altos y a los más bajos, debe saber muy bien, cuáles son los resortes de la acción humana y cómo aprovecharlos.
Satanás observa y considera primero,nuestras debilidades peculiares. Nos mira de arriba abajo —como he visto a un comerciante de caballos hacerlo con un caballo— y pronto descubre en qué somos defectuosos. Yo, un observador común, podría pensar que el caballo es muy bueno cuando lo veo correr arriba y abajo por el camino; pero el comerciante ve lo que yo no puedo ver y sabe cómo manejar a la criatura justo en tales lugares y en tales puntos que pronto descubre cualquier mal oculto. Satanás sabe cómo mirarnos y calcularnos del talón a la cabeza, de modo que dirá de este hombre: “Su enfermedad es la lujuria”, o de aquel otro: “Tiene mal genio”, o de este otro: “Es orgulloso”, o de aquel otro: “Es perezoso”. El ojo de la malicia es muy rápido para percibir una debilidad y la mano de la enemistad pronto se aprovecha de ello. Cuando el archi-espía encuentra un lugar débil en la muralla de nuestro castillo, se encarga de plantar su ariete y comenzar su asedio. Puedes ocultar, incluso a tu amigo más querido, tu enfermedad; pero no la ocultarás a tu peor enemigo… Él va por ahí con fuego y, aunque creas que has cubierto toda la pólvora de tu corazón, él sabe cómo encontrar una grieta por la que meter su fuego. Mucho mal hará, a menos que la misericordia eterna se lo impida.
También, se encarga de considerar nuestra estructura mental y estado ánimo. Si el diablo nos ataca cuando nuestra mente está en determinados estados de ánimo, seremos más que un rival para él. Él lo sabe y evita el encuentro. Algunos hombres están más susceptibles para la tentación cuando están angustiados y abatidos; entonces el demonio los atacará. Otros son más propensos al fuego cuando están jubilosos y llenos de gozo; entonces, él hará saltar su chispa en la yesca1. A ciertas personas, cuando están muy irritadas y sacudidas de un lado a otro, se les puede hacer decir casi cualquier cosa. Y otras, cuando sus almas son como aguas perfectamente plácidas, están justo entonces, en condiciones de ser navegadas por la nave del diablo. Como el obrero metalúrgico sabe que un metal debe trabajarse a tal calor y otro a una temperatura diferente… así Satanás conoce, exactamente, la temperatura a la que debe trabajarnos para su propósito. Las ollas pequeñas hierven directamente [al] ponerlas en el fuego y así, los hombrecillos de mal genio se enojan pronto. Los recipientes más grandes requieren más tiempo y carbón antes de hervir; pero cuando hierven, es de hecho, un hervor que no se olvida pronto… El enemigo, como un pescador, vigila a sus peces, adapta su cebo a su presa y sabe en qué estaciones y momentos es más probable que los peces piquen. Este cazador de almas viene a nosotros sin darnos cuenta y, a menudo, somos sorprendidos en una falta o atrapados en una trampa por un estado de ánimo descuidado. Ese raro coleccionista de refranes, Thomas Spencer2, dice lo siguiente, lo cual es muy pertinente: “El [camaleón], cuando se tiende sobre la hierba para cazar moscas y saltamontes, toma el color de la hierba, como el pólipo3 toma el color de la roca bajo la cual se esconde, para que los peces puedan acercarse audazmente a él sin ninguna sospecha de peligro. Del mismo modo, Satanás adopta en sí mismo, la forma que menos tememos y pone ante nosotros los objetos de tentación más agradables a nuestra naturaleza para atraernos lo más pronto a su red. Él navega con todos los vientos y nos empuja en el sentido al que nosotros mismos nos inclinamos por la debilidad de la naturaleza. ¿Son deficientes nuestros conocimientos en materia de fe? Nos tienta al error. ¿Es delicada nuestra conciencia? Nos tienta a… demasiada precisión. ¿Tiene nuestra conciencia… cierta laxitud? Nos tienta a la libertad carnal. ¿Somos de espíritu valiente? Nos tienta a la presunción. ¿Somos tímidos y desconfiados? Nos tienta a la desesperación. ¿Somos de una disposición flexible? Nos tienta a la inconstancia. ¿Somos rígidos? Trabaja para hacer de nosotros herejes obstinados, cismáticos o rebeldes. ¿Somos de temperamento austero? Nos tienta a la crueldad. ¿Somos blandos y suaves? Nos tienta a la indulgencia y a la piedad insensata. ¿Somos vehementes en materia de religión? Nos tienta al celo ciego y la superstición. ¿Somos fríos? Nos tienta a la tibieza laodicense. Así tiende sus trampas para atraparnos de una manera u otra”.
También se encarga de considerar nuestra posición entre los hombres. Hay algunas personas que son tentadas, más fácilmente, cuando están solas. Son entonces, sujetos de gran pesadumbre mental, y pueden ser llevados a cometer los crímenes más horribles. Tal vez, la mayoría de nosotros somos más propensos a pecar cuando estamos en compañía. En cierta compañía, nunca me dejaría llevar al pecado; en otra compañía, apenas podría aventurarme. Muchos están tan llenos de frivolidad que aquellos de nosotros que tenemos la misma inclinación, apenas podemos mirarlos a la cara sin sentir que nuestro pecado acosador se pone en marcha; y otros son tan sombríos, que si se encuentran con un hermano del mismo molde, están bastante seguro que entre ambos inventarán un mal informe de la buena tierra. Satanás sabe dónde alcanzarte cuando estás expuesto a sus ataques. Se abalanzará sobre ti, descenderá como un ave de rapiña desde el cielo, donde ha estado esperando el momento de hacer su descenso con una perspectiva de éxito.
Además, ¡cómo considerará nuestra condición en el mundo! Mira a un hombre y dice: “Ese hombre tiene propiedades: es inútil que intente tales y tales artes con él; pero aquí hay otro hombre que es muy pobre, lo atraparé en esa red”. Luego, de nuevo, mira al pobre y dice: “Ahora, no puedo tentarlo a esta locura, pero llevaré al rico a ella”. Así como el cazador tiene un arma para las aves silvestres, y otra para los ciervos y la caza mayor, así, Satanás tiene una tentación diferente para los diversos tipos de hombres. No creo que la tentación de la Reina moleste a María, la criada de la cocina. No creo, por otra parte, que la tentación de María llegue a ser muy seria para mí. Probablemente, tú podrías escapar de la mía —no creo que pudieras y, a veces, pienso que yo podría soportar la tuya— aunque me pregunto si yo, realmente, podría. Satanás sabe, sin embargo, dónde golpearnos y nuestra posición, nuestras capacidades, nuestra educación, nuestra posición en la sociedad, nuestra vocación, pueden ser todas, puertas a través de las cuales él puede atacarnos. Los que no tienen vocación alguna, corren un peculiar riesgo —me sorprende que el diablo no se los trague del todo—. El hombre con más probabilidades de ir al infierno es el que no tiene nada que hacer en la tierra. Lo digo en serio. Creo que a una persona no puede sucederle un peor mal que ser colocada donde no tiene trabajo y, si alguna vez me encontrara en tal estado, buscaría empleo de inmediato, por temor a que el maligno me llevara en cuerpo y alma. Las personas ociosas tientan al diablo para que las tiente… No [he] terminado todavía.
Satanás, cuando hace sus investigaciones, se fija en todos los objetos de nuestro afecto. No dudo de que cuando recorrió la casa de Job, la observó tan cuidadosamente como los ladrones observan los locales de un joyero cuando se proponen allanarlos. Muy astutamente, toman en cuenta todas las puertas, ventanas y cierres. No dejan de mirar la casa de al lado porque, tal vez, tengan que alcanzar el tesoro a través del edificio contiguo. Así pues, cuando el diablo recorrió, anotando en su mente toda la condición de Job, pensó para sí: “Ahí están los camellos y los bueyes, los asnos y los criados —sí, puedo utilizar todo esto muy admirablemente”—. “Luego”, pensó, “¡están las tres hijas! Ahí están los diez hijos, y se van de fiesta —Yo sabré dónde cogerlos— y si puedo derribar la casa cuando estén festejando, eso afligirá, más severamente, la mente del padre porque dirá: ‘Oh, si hubieran muerto cuando estaban orando, en vez de cuando estaban festejando y bebiendo vino’”. “También tendré en cuenta”, dice el diablo, “a su mujer —me atrevo a decir que la necesitaré—” y así sucedió. Nadie hubiera podido hacer lo que hizo la mujer de Job —ninguno de los criados hubiera podido decir esa triste frase tan punzante: “Maldice a Dios, y muérete” (Job 2:9)—. ¡Ah, Satanás, has arado con la vaquilla de Job, pero no has tenido éxito! ¡La fuerza de Job está en su Dios, no en su cabello, pues de lo contrario, se lo habrías cortado como a Sansón! Tal vez, el maligno había inspeccionado, incluso, la sensibilidad personal de Job y así, seleccionó la forma de aflicción corporal que sabía que era la más temida por su víctima. Trajo sobre él una enfermedad que Job pudo haber visto y haberle estremecido, en hombres pobres fuera de las puertas de la ciudad.
Hermanos, Satanás sabe mucho acerca de ustedes. Tienes un hijo y Satanás sabe que lo idolatras. “Ah”, dice él, “hay lugar para que lo hiera”. Incluso, la compañera de tu seno puede ser convertida en una aljaba4 en la que se guardarán las flechas del infierno hasta que llegue el momento y entonces, ella puede ser el arco con el que Satanás las disparará. Vigila, incluso, a tu prójimo y a la que yace en tu seno porque no sabes cómo Satanás puede obtener ventaja sobre ti. Nuestros hábitos, nuestras alegrías, nuestras tristezas, nuestros retiros, nuestras posiciones públicas —todo puede convertirse en armas de ataque de este enemigo desesperado del pueblo del Señor—. Tenemos trampas en todas partes: En nuestra cama y en nuestra mesa, en nuestra casa y en la calle. Hay lazos y fosos cuando estamos acompañados; hay fosos cuando estamos solos. Podemos encontrar tentaciones tanto en la casa de Dios como en el mundo; trampas en nuestra alta posición y venenos mortales en nuestra [humillación]. No debemos esperar librarnos de las tentaciones hasta que hayamos cruzado el Jordán y entonces, gracias a Dios, estaremos fuera del alcance del enemigo. El último aullido del perro del infierno se oirá cuando descendamos a las frías aguas del arroyo negro; pero cuando oigamos el aleluya de los glorificados, habremos acabado con el oscuro príncipe para siempre jamás.
Tomado de un sermón entregado un domingo en la mañana del 9 de abril de 1865, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés.
Footnotes
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Yesca – Materia muy seca y, por lo tanto, muy susceptible a encenderse en presencia del fuego. ↩
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Nota del editor – Spurgeon atribuye esta cita a Thomas Spencer, pero el autor original fue John Spencer, ΚΑΙΝΑ ΚΑΙ ΠΑΛΑΙΑ Cosas nuevas y viejas o un almacén de símiles (Things New and Old or, A Storehouse of Similes) (London: W. Wilson y J. Streater, 1658). ↩
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Pólipo – Pulpo o sepia. ↩
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Aljaba – Recipiente portátil para almacenar las flechas. ↩