La guerra entre dos simientes

Thomas Manton (1620-1677)

“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15).

Estas palabras son parte del Evangelio predicado en el Paraíso o la primera promesa de gracia y vida hecha a la humanidad, ahora caída y muerta en el pecado. Mientras Dios maldecía a la serpiente, brinda este consuelo para nuestros primeros padres, que estaban confundidos con el sentido del pecado y su defección1 de Dios. La condenación de Satanás es nuestra salvación. Él hizo el primer mal, por lo tanto, el aplastamiento de su cabeza nos da la esperanza de nuestra liberación del estado de miseria en que nos ha sumido.

Doctrina**:** Jesucristo, la simiente de la mujer, está en enemistad con Satanás y ha entrado en conflicto con él. Aunque herido en el conflicto, [Cristo], finalmente, lo vence y subvierte2 su reino.

  1. Debemos declarar la enemistad entre Cristo y sus confederados3 y Satanás y sus instrumentos. Porque al principio del versículo se dice: “Pondré enemistad… entre tu simiente y la simiente suya”, lo cual debe entenderse, principalmente, del Señor Cristo y de sus confederados en segundo lugar; contra Satanás en primer lugar y sus instrumentos por el otro lado. Hay una doble enemistad que Cristo tiene contra Satanás y, por eso, Él emprende la guerra contra él como contrario a su naturaleza y oficio.

[1] Hay una enemistad perfecta entre la naturaleza de Cristo y la naturaleza del diablo. La naturaleza de Satanás es pecaminosa, asesina y destructiva; pues se dice que es “mentiroso” y “homicida desde el principio” (Jn. 8:44). “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Jn. 3:8). Además, 1 Juan 3:12 [dice]: “No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas”. Ahora, la naturaleza de Cristo es totalmente contraria. La obra del diablo es hacer todo el daño que pueda a los cuerpos y a las almas de los hombres; la obra de Cristo es hacer el bien y sólo el bien: “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y como este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch. 10:38). Cristo no hizo nada por malicia y venganza. Él no usó el poder que tenía para dejar ciegos o cojos a los hombres, ni para matar a ninguno; —no, ni a sus peores enemigos, cuando podía haberlo hecho fácil y justamente—. No, Él iba de un lado a otro dando vista a los ciegos, sanando a los cojos, dando salud a los enfermos y vida a los muertos. Él reprendió a sus discípulos cuando le tentaron a destruir a algunos por su desprecio, pidiendo fuego del cielo, diciéndoles que no sabían de qué espíritu eran. “Porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lc. 9:55-56). No era su espíritu ni su designio… Así, había una perfecta oposición de naturaleza entre Cristo y Satanás.

[2] Una enemistad propia de su oficio y designio. Porque Él vino “para deshacer las obras del diablo” (1 Jn. 3:8) y fue establecido para disolver el pecado y la miseria que [el diablo] había traído al mundo. El diablo buscaba la miseria y la destrucción de la humanidad, pero Cristo buscaba nuestra salvación. Satanás es el gran destructor de la creación y Cristo es el reparador de la misma. Ahora, la salvación y la destrucción son diametralmente opuestas. Así son el reino de Cristo y el reino de Satanás, la función y oficio de Cristo el Salvador y el propósito y designio del diablo como Abadón4, el destructor. Por lo tanto, Cristo demuestra que no tenía la menor confederación con Satanás porque entonces, su reino estaría dividido contra sí mismo y ¿cómo podría sostenerse? (Mt. 12:25-26). Era imposible [que] el Salvador pudiera hacerse amigo del destructor o el destructor del Salvador. No, sus fines y designios son perfectamente opuestos. Ahora, así como hay tal enemistad entre Cristo y Satanás, así también la hay entre el resto de los confederados de ambos bandos.

[3] Una enemistad o contrariedad de naturaleza [en sus confederados]. La simiente de la serpiente hereda sus cualidades venenosas; pues, así como éstas están en un estado opuesto a Dios, también lo están para el pueblo de Dios. [Ellos] buscan la destrucción [del pueblo de Dios] por todos los crueles y sangrientos medios. Todas las personas de una religión falsa, ya sean infieles, idólatras o herejes, son de principios sangrientos y desesperados porque sus mentes [se han vuelto feroces] por su falsa religión y la influencia de su gran guía y líder, que es el diablo: “Han seguido el camino de Caín” (Jud. 11).

**[4] Hay una enemistad de designio [en sus confederados].**Así como Cristo emplea a cualquiera como soldado para luchar bajo su estandarte, así ellos participan de la enemistad de su designio y oficio. Cada cristiano particular es uno de los soldados de Cristo porque entregamos nuestras facultades y poderes como armas: “Sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos [o armas] de justicia” (Ro. 6:13). Y a las gracias del Espíritu se les llama armaduras de luz: “Desechemos, pues las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz” (Ro. 13:12). Y se nos ordena: “Vestíos de toda la armadura de Dios… Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:11-12). Los ministros y los que ocupan un cargo público son líderes bajo Cristo, el general, y están por oficio y empleo comprometidos en esta guerra contra el reino del diablo. Por lo tanto, el Apóstol exhorta a Timoteo a sufrir “penalidades como buen soldado de Jesucristo” (2 Ti. 2:3) y que “las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Co. 10:4). Ellos deben oponerse al diablo y a su reino.

  1. Siendo tal la enemistad entre las simientes, Cristo se propone destruir el poder y las obras de Satanás.

**[1] Su poder.**Satanás tiene un doble poder sobre el hombre caído: Legal y usurpado5.

(1) El poder legal es el que el Apóstol llama el poder de la muerte y los terrores que le siguen. “Para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (He. 2:14-15). El diablo no tiene poder como juez para condenar a los pecadores: No es el señor de la muerte, sino el ministro de la muerte. Porque, siendo condenado por Dios, el pobre pecador es puesto en sus manos para que él lo aterrorice o lo entenebrezca, y así lo envuelva, más y más, en la maldición de la ley quebrantada de Dios y pueda también, acelerar su muerte y destrucción eterna.

(2) Satanás tiene un poder tiránico usurpado. Así, los demonios son llamados “gobernadores de las tinieblas de este siglo” (Ef. 6:12) —[es decir] el mundo ciego, idólatra y supersticioso—. Y Satanás es llamado “el príncipe de este mundo” (Jn. 14:30) y “el dios de este siglo” (2 Co. 4:4). Dios lo hizo verdugo, pero nosotros lo hacemos príncipe, gobernante y dios. Ahora, Cristo como sacerdote, anula el poder legal [de Satanás] mediante su muerte y el mérito de su sacrificio; Cristo como verdadero rey y cabeza, tanto de los hombres como de los ángeles, derriba a Satanás como usurpador, libera a las pobres almas cautivas de su poder; y como profeta, [revela] las trampas y engaños de Satanás.

**[2] Sus obras.**Hay una doble obra de Satanás: La obra del diablo fuera de nosotros o la obra del diablo dentro de nosotros.

(1) La obra del diablo fuera de nosotros es la religión falsa o aquellas idolatrías y supersticiones por medio de las cuales el reino e imperio de Satanás se sostiene en el mundo. Esto es destruido por la doctrina del Evangelio, acompañada con el todopoderoso Espíritu de Dios. Por lo tanto, cuando el Evangelio fue predicado por primera vez por los mensajeros de Cristo, el diablo cayó de aquel grande e ilimitado poder que tenía antes en el mundo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc. 10:18). Es una alusión a su primera caída como el relámpago que centellea y se desvanece, y nunca más vuelve en sí, así “ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Jn. 12:31). Cuando Cristo emprendió por primera vez la redención de la humanidad, los apóstoles salieron a derrotar al diablo y a cazarlo fuera de sus territorios; y lo hicieron con gran eficacia. Por lo tanto, éste es un argumento por el cual el Espíritu nos convence de la verdad del Evangelio: “Convencerá… al mundo… de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Jn. 16:8-11). El silenciamiento de sus oráculos, la supresión de sus supersticiones, la destrucción del reino de la maldad y de las tinieblas, eran evidencias aparentes de la verdad del Evangelio. La antigua religión, por medio de la cual se sostenía el reino del diablo en todas partes, fue [destruida] —ya no habrá más los mismos templos, los mismos ritos, los mismos dioses; todo fue hecho para inclinarse y postrarse ante Dios como adorado en Cristo—.

(2) La obra del diablo dentro de nosotros. Esto se refiere a la recuperación de personas particulares del lazo del diablo, que fueron llevados cautivos por él a su voluntad y placer. Aquí debemos distinguir entre la compra y la aplicación. La compra fue hecha cuando Cristo murió: “Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2:15), es decir, en su cruz. La muerte de Cristo fue el derrocamiento de Satanás; entonces se dio el golpe mortal a su poder y reino. Éste fue el precio dado por nuestro rescate y el gran medio para [privar] a Satanás de todo el poder que tenía antes. La aplicación se inicia en nuestra conversión porque se dice entonces, que nos convertimos de Satanás a Dios: “Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios” (Hch. 26:18). Entonces somos rescatados de las garras del diablo y adoptados en la familia de Dios para que, siendo hechos hijos, tengamos la porción de un hijo.

Tomado de Las obras completas de Thomas Manton (The Complete Works of Thomas Manton), Vol. 17 (London: James Nisbet & Co., 1874), 241-248.


Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano presbiteriano inglés; nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra, Reino Unido.

Footnotes

  1. Defección – Separarse con deslealtad de la causa a que se pertenecía.

  2. Subvierte – Derroca su estructura de autoridad.

  3. Confederados – Miembros, aliados, asociados.

  4. Abadón – Ángel infernal, en griego, Apolión (Ap. 9:11).

  5. Usurpado – Tomado ilegalmente.