La eternidad en el lago de fuego

Jonathan Edwards (1703-1758)

La miseria de los condenados se representa sin mezcla. El vino de la ira de Dios se derrama puro en el cáliz de su indignación para que sean atormentados con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles y en la presencia del Cordero; y el humo de su tormento subirá por los siglos de los siglos y no tendrán reposo ni de día ni de noche (Ap. 14:10-11). Son atormentados con una llama que arde dentro de ellos, así como alrededor de ellos, y se les negará, incluso, una gota de agua para refrescar sus lenguas. Y la ira de Dios será infligida de tal manera que muestre su ira y haga notoria su fuerza sobre los vasos de la ira, y que serán castigados con la destrucción eterna, respondiendo a esa gloria del poder de Cristo en la cual, Él aparecerá en el Día del Juicio. [Y] Él vendrá en la gloria de su Padre, con poder y gran gloria, “en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8)…

Hay una gran evidencia de que el diablo no es objeto de ninguna dispensación de la misericordia ni de la bondad divinas, que Dios no está llevando a cabo ningún designio de bondad infinita hacia él y que sus dolores no son dolores purificadores. Es manifiesto que, en lugar de que alguna influencia de sus tormentos lo acerque al arrepentimiento, él ha estado desde el principio de su condenación, esforzándose constantemente y con todas sus fuerzas, en proseguir con su maldad; su oposición violenta, altiva y maligna a Dios y al hombre; luchando especialmente con peculiar hostilidad contra Cristo y su Iglesia; oponiéndose con todas sus fuerzas a todo lo que es bueno. [Y ha estado] buscando la destrucción y la miseria de toda la humanidad con una crueldad ilimitada e insaciable1. Por [esta] razón, se le llama Satanás, el adversario, Abadón y Apolión, el destructor. Se le representa “como un león rugiente… buscando a quien devorar” (1 P. 5:8), una víbora, la serpiente antigua, el gran dragón escarlata2 —escarlata por su naturaleza sangrienta y cruel—. Se dice de él que es “homicida desde el principio” (Jn. 8:44). Ha asesinado a toda la humanidad, ha asesinado tanto sus almas como sus cuerpos. Fue el asesino de Jesucristo al instigar a Judas y a quienes lo crucificaron. Ha derramado con la mayor crueldad, la sangre de una multitud innumerable de hijos de Dios. Se le llama enfáticamente el maligno, el inicuo, etc. Es un mentiroso y el padre de la mentira, el padre de todo el pecado y la maldad que hay o ha habido en el mundo. Es el espíritu que obra en los hijos de desobediencia (Ef. 2:2, 5:6; Col. 3:6; 2 Co. 4:3-4). Se dice que “el que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio” (1 Jn. 3:8). Y todos los hombres malvados son considerados hijos suyos. Se ha erigido en “dios de este siglo” (2 Co. 4:4) en oposición al Dios verdadero y ha erigido un vasto reino sobre las naciones. Él está librando, constantemente, una guerra con la mayor seriedad, astucia, malicia y veneno contra Jesucristo y todos sus santos y sus designios llenos de gracia; manteniendo un reino de tinieblas, maldad y miseria en oposición al reino de luz, santidad y paz de Cristo; y así, continuará haciéndolo hasta el fin del mundo, como aparece en las profecías de las Escrituras.

Y los tratos de Dios con él están infinitamente lejos de ser los de un amigo, quien busca, bondadosamente, su bien infinito y no pretende otra cosa al final que hacerle eternamente feliz en amor, favor y bendita unión con Él. Dios es representado en todas partes, actuando como un enemigo para él, que no busca ni pretende nada en el evento final, sino su destrucción. La gran obra de la providencia de Dios que Él está llevando a cabo desde el principio hasta el fin del mundo, es decir, la obra de la redención, es contra él para herirle o aplastarle la cabeza en pedazos, para arrojarlo como un rayo desde el cielo, desde esa altura de poder y dominio a la que se ha exaltado a sí mismo —para pisotearlo, y hacer que su pueblo lo pisotee y lo hiera o lo aplaste bajo sus pies y, gloriosamente, triunfe sobre él—. Cristo, cuando lo venció, lo exhibió abiertamente, triunfando sobre él. Y es evidente que, como sucederá con el diablo a este respecto, así sucederá con los malvados. Es razonable suponer esto, por lo que la Escritura representa de la relación que los hombres malvados tienen con el diablo como sus hijos, siervos, súbditos, instrumentos, y su propiedad y posesión. Todos ellos están clasificados junto con él en un solo reino, un solo interés y una sola compañía. Y muchos de ellos son los grandes ministros de su reino, a quienes él ha confiado autoridad, como la bestia y el falso profeta de quienes leemos en el Apocalipsis.

Ahora, ¡cuán razonable y natural es suponer que aquellos que están así unidos, tengan su parte y su destino juntos! Así como los discípulos, súbditos, seguidores, soldados, hijos, instrumentos y ministros fieles de Cristo tendrán su parte con Él en su gloria eterna, podemos creer, razonablemente, que los discípulos, seguidores, súbditos, soldados de su ejército, hijos, instrumentos y ministros del reino del diablo tendrán su parte con él… Así como los ministros, siervos e instrumentos de la naturaleza angélica del diablo, [que] son llamados ángeles del diablo, tendrán su parte con él, bien podemos suponer, por la misma razón, [que] sus servidores e instrumentos de la naturaleza humana compartirán con él. Y esto no sólo es razonable, sino que la Escritura nos enseña, claramente, que así será. En Apocalipsis 19:20 se dice: “La bestia fue apresada, y con ella el falso profeta que había hecho milagros delante de ella… Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre”. Así se dice [en] el capítulo 20:10: “Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”, expresando así, tanto el tipo de miseria como su duración. De la misma manera, se dice de los seguidores de la bestia. Se dice [en] el capítulo 14:9-11: “Diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre… y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche”. Y [en] el capítulo 21:8, se dice de los hombres malvados en general: “[Ellos] tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.

Así, encontramos en la descripción de Cristo del Día del Juicio [que] los malvados son sentenciados al “fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25:41). Por lo cual se desprende, claramente, que comparten con el diablo, la misma clase de miserable sufrimiento y comparten con él la misma duración eterna de miserable sufrimiento.

Tomado de Las obras de Jonathan Edwards (The Works of Jonathan Edwards), Vol. 2 (Banner of Truth Trust, 1974), 522-523; www.banneroftruth.org.

A menudo, [los cristianos] no son conscientes de que es “el diablo” quien les ataca y a quien hay que resistir. Muchos suponen que los ataques de Satanás se limitan a tentarnos a pecar. ¡Pero no es así! En muchos casos, su objetivo es oponerse e impedir que hagamos lo que es bueno. Frecuentemente, se vale de seres humanos para molestarnos y acosarnos. Por ejemplo, enviará a alguien a llamar a la puerta o a llamar por teléfono cuando estamos ocupados en oración. Mueve a parientes mundanos para que nos visiten en el Día del Señor, impidiendo así que pasemos el tiempo, tranquilamente, con el Señor. O moldeará nuestras “circunstancias” para que obstaculicen nuestro bien espiritual, multiplicando nuestros deberes y tareas para que no tengamos tiempo libre o estemos demasiado cansados para el estudio.

Pocos de los hijos de Dios parecen saber que tienen el privilegio y el derecho de salir victoriosos de los ataques de Satanás. El Señor no ha dejado aquí a su pueblo a merced de su gran enemigo, sin poder para vencerlo. —A. W. Pink

Footnotes

  1. Ilimitada e insaciable – Sin límites e incapaz de ser satisfecho.

  2. Escarlata – Un tono de rojo.