Una unión sobrecogedoramente maravillosa

Arthur W. Pink (1886-1952)

Quien esto escribe, no tiene la menor duda en su mente de que el tema de la unión espiritual es el más importante, el más profundo y… el más bendito de todos los que se exponen en las Sagradas Escrituras. Sin embargo, es triste decirlo, pero casi ningún otro tema es ahora, tan generalmente descuidado. La misma expresión, “unión espiritual”, es desconocida en la mayoría de los círculos cristianos profesantes e, incluso, donde se emplea, se le da un significado tan ambiguo que sólo abarca un fragmento de esta preciosa verdad. Probablemente, su misma profundidad1 es la razón por la que es tan ignorada en esta época superficial. Sin embargo, todavía quedan unos pocos que están ansiosos por entrar en lo mejor de Dios y anhelan una comprensión más plena de las profundas cosas del Espíritu. Teniendo principalmente esto en mente, abordamos este tema.

Hay tres uniones principales reveladas en las Escrituras que son los misterios principales y forman el fundamento de nuestra santísima fe. Primero, la unión de tres personas divinas en una sola Divinidad: Con distintas personalidades, siendo co-eternas y co-gloriosas, pero constituyendo un solo Jehová. Segundo, la unión de las naturalezas divina y humana en una sola persona, Jesucristo, Emanuel, siendo Dios y hombre. Tercero, la unión de la Iglesia a Cristo, siendo Él la Cabeza y ellos los miembros, constituyendo un solo cuerpo místico. Aunque no podemos formarnos una idea exacta de ninguna de estas uniones en nuestra imaginación porque la profundidad de tales misterios está más allá de nuestra comprensión, sin embargo, es nuestro deber ineludible creerlos todos porque están claramente revelados en la Escritura y son el fundamento necesario para otros puntos de la doctrina cristiana. Por lo tanto, es nuestro santo privilegio, estudiarlos en oración plena y también, esperando que el Espíritu Santo nos ilumine con su gracia al respecto.

Lo más maravilloso de todo y, sin embargo, el mayor misterio del mundo natural, es una unión, es decir, esa conjunción que Dios ha hecho entre la mente y la materia —el alma y el cuerpo—. ¿Qué inteligencia finita hubiera o podría haber concebido la unión de un espíritu inmaterial y un terrón de barro? ¡Qué poco se parecen el alma y un pedazo de tierra amasada! ¿Quién hubiera imaginado jamás algo así como polvo animado y pensante? ¿O que un espíritu estuviera tan ligado y atado a un cuerpo carnal que, mientras éste se conserve sano, no pueda liberarse? Sin embargo, hay una unión, una unión real, una unión personal, entre el alma y el cuerpo. Pero eso es sólo un misterio natural y queda inmensamente por debajo del misterio sagrado de la unión entre los seres humanos y el Señor de la gloria.

Las Escrituras tienen mucho que decir sobre la unión que existe entre Cristo y su pueblo. “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (Jn. 14:20). “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Co. 6:17). “Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos… Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Ef. 5:30, 32). ¡Qué asombroso es que haya una unión entre el Hijo de Dios y los gusanos de la tierra! —infinitamente más que si el rey de Gran Bretaña se hubiera casado con la mujer más pobre y fea de todo su reino. ¡Cuán inconmensurable es la distancia entre el Creador y la criatura, entre la Deidad y el hombre mortal! ¡Cuán maravilloso es, más allá de toda palabra, que los miserables pecadores sean hechos uno con Aquel ante Quien los serafines se cubren sus rostros con un velo y claman: “¡Santo, santo, santo!”.

“La unión de Cristo con su pueblo es un tema asombroso. Es una unión eterna; es una unión que se da a conocer y se disfruta en el tiempo; es una unión que será abierta y manifiestamente declarada en toda su gloria y perfección en el último día; es una unión de gracia; es también una unión de gloria. Así como es el fundamento de todos los actos de gracia de Cristo hacia su Iglesia en un tiempo determinado, también lo es de toda la gloria que pondrá sobre su Iglesia y comunicará a su pueblo en el último día. No puedo sino lamentar que la mayoría de nosotros seamos tan sumamente extraños a estas importantes y celestiales verdades. Créanlo: Somos grandes perdedores en esto. El pueblo de Dios pierde mucho porque descuida verdades de la mayor importancia. En la actualidad, también descuida demasiado las verdades importantes. Las ignoran voluntariamente.

En la actualidad, tratamos las Escrituras como si cuanto menos conozcamos de las cosas profundas de Dios, mucho mejor. ¡Ay! ¡Ay! Esto, pensemos como pensemos, es despreciar a Dios mismo. Tampoco servirá decir: ‘¡No es nuestra voluntad ni nuestra intención!’. Es un hecho que descuidamos demasiado aquellas verdades y doctrinas divinas que conciernen a la gloria de Cristo. Los antiguos y gloriosos fundamentos de la gracia son muy escasos en nuestros pensamientos. Se siente claramente, y algunos lo confiesan y reconocen muy expresivamente, que las influencias del Espíritu Santo están bastante suspendidas. Sin embargo, se pasa por alto la causa. Con toda seguridad, una gran razón por la que tenemos tan poco de su sagrada presencia con nosotros y de su poder e influencia manifestados entre nosotros, puede atribuirse a la negligencia en predicar la verdad sobrenatural y espiritual, y los misterios del Evangelio eterno”2.

La importancia vital de este tema de la unión de la Iglesia con Cristo puede verse, claramente, por el lugar que ocupa en la oración Sumo Sacerdotal de Cristo. “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn. 17:20-21). Nuestro Señor comenzó aquí, su oración por todo el cuerpo de su pueblo hablando de la unión que tenían con Él y con su Padre en Él, y dedica los versículos siguientes a expresar las bendiciones que siguen como frutos de la misma. No debemos concebir que Cristo oró aquí para que se produjera u obtuviera una unión —no, pues estaba establecida desde toda la eternidad—. Más bien, oraba para que sus amados fueran bendecidos con el claro conocimiento de ella para que pudieran disfrutar de todos los beneficios de la misma en sus propias almas.

“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Jn. 17:22). Este tema de la unión entre Él mismo y los elegidos, fue verdaderamente dulce y bendito para el corazón de Cristo. Él sabía que su conocimiento y uso es de gran valor y utilidad para su pueblo. Por eso, habló de ello una y otra vez, para que sus santos de todas las épocas pudieran recibir este conocimiento en sus mentes y disfrutaran en sus corazones de las bendiciones que contiene. Lectores míos, si Cristo mismo estimó esta verdad de la unión consigo mismo como una verdad fundamental, nosotros debemos aprender a pensar así también. Deberíamos dedicarnos a estudiarla más detenidamente y con más oración porque, por medio de ella, nuestra fe y esperanza son sostenidas y mantenidas en ejercicio en Dios nuestro Salvador.

“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno”. Esta petición es el centro mismo de la oración de Cristo y expresa el supremo deseo de la mente del Salvador hacia sus redimidos: resume el más profundo anhelo de su corazón hacia ellos. La unión por la que oró es tal que así, el Padre y el Hijo moran en nosotros y nosotros en ellos. Es tal que los elegidos están tan unidos a Dios y a su Cristo que es la unión más elevada de la que los elegidos son capaces. Es la mayor y más grande de todas las bendiciones, siendo el fundamento del cual proceden todas las demás.

“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad” (Jn. 17:23). Una gran variedad de bendiciones es presentada ante nosotros en el Evangelio. La salvación es indescriptible, pero no tan grande como nuestra unión con la persona de Cristo. Si no hubiésemos estado unidos a Cristo, Él no habría sido nuestro Salvador. Fue porque estábamos eternamente relacionados con Él que Él se complació, tan lleno de gracia, en comprometerse por nosotros. La gracia de la justificación3 es una bendición indescriptible, pero no tan grande como la de la unión porque el efecto nunca puede ser igual a la causa que lo produce. Estar en Cristo debe exceder todas las bendiciones que fluyen de Él, de las que hemos participado o participaremos, ya sea en la tierra o en el cielo. La comunión con Cristo es indescriptiblemente bendita, pero no tan grande como la unión, pues nuestra unión es el fundamento de toda comunión. Es la mayor de todas aquellas “bendiciones espirituales” (Ef. 1:3) decretadas antes de la creación que el Padre concedió a la Iglesia antes de que el pecado entrara en el universo. Éste es el fruto del amor eterno de Dios a su pueblo.

La unión con Cristo es el fundamento de todas las bendiciones espirituales, de modo que si no hubiera habido conexión con Él, no podría haber regeneración4, ni justificación, ni santificación5 ni glorificación6… Como es por amor a Cristo que Dios derrama sobre su pueblo todas las bendiciones de la salvación, de acuerdo con su constitución eterna, esas bendiciones sólo podrían disfrutarse en un estado de comunión con Él… Pero el fundamento de esa unión vital, espiritual y experiencial que los santos tienen con su Amado en un momento del tiempo y que disfrutarán para siempre en el cielo, fue puesto por Dios en esa unión mística que Él estableció entre el Mediador y sus elegidos antes de la fundación del mundo, cuando lo designó a Él como Cabeza y a ellos como miembros de su cuerpo —cuando Dios les dio a Cristo y los dio a ellos a Cristo en matrimonio eterno—.

Como consecuencia de Dios haber dado la Iglesia a Cristo en matrimonio antes de la fundación del mundo, dice a su pueblo: “Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia” (Os. 2:19)… “Considera la cercanía e intimidad de la unión entre Él y ellos, y deja que esto te anime a apoyarte y vivir en Él por fe. Es mucho más íntima y querida que la unión entre marido y mujer entre los hombres, pues ellos son, en verdad, ‘una sola carne’, pero Él es ‘un solo cuerpo’ y ‘un solo espíritu’ (1 Co. 6:19) con su esposa. Él está en ellos y ellos están en Él. Y en virtud de esta íntima unión, tienes derecho a Él y a todo lo que compró”7

La unión entre Cristo y su Iglesia es tan real, tan vital, tan íntima, que Dios nunca ha visto a uno separado del otro. Hay una unidad tan indisoluble8 entre el Redentor y los redimidos, una tan absoluta identificación de intereses entre ellos, que el Padre de las misericordias nunca los vio separados. Él nunca vio a Cristo como “Cristo” sin ver su Cuerpo místico; nunca vio a la Iglesia separada de su Cabeza. Por lo tanto, el Espíritu Santo se ha deleitado en enfatizar este hecho maravilloso y glorioso en muchas Escrituras. En relación con el nacimiento de Cristo, leemos: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo” (He. 2:14)… Se nos dice que cuando el Salvador fue clavado en el madero, “nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él” (Ro. 6:6). Se nos dice que cuando Él expiró en el Calvario, “si uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Co. 5:14). Se nos dice que cuando Él resucitó, a nosotros se “nos dio vida juntamente con Cristo” (Ef. 2:5). Él no resucitó como una persona individual y privada, sino como Cabeza de su Iglesia: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo” (Col. 3:1). Y esto no es todo: En Efesios 2:6, se nos dice: “Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. ¡Oh cuán conmovedoramente maravillosa es la unidad del cristiano con Cristo!

Tomado de Unión y comunión espiritual (Espiritual Union and Communion), edición inglesa disponible en Chapel Library.


A. W. Pink (1886-1952): Pastor, profesor itinerante de Biblia, autor de Estudios en las Escrituras y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Cada uno de nosotros, por separado, está en unión con Cristo. Esto necesita ser enfatizado porque hay una enseñanza que es muy popular, especialmente entre los católicos romanos y los anglo-católicos. Y, de hecho, noto que se está insinuando en aquellos que gustan llamarse a sí mismos, “evangélicos liberales”. [Esta] enseñanza sostiene que no tenemos una unión directa con nuestro Señor como individuos, sino que sólo estamos conectados a Él a través de la Iglesia. Esta enseñanza elimina el aspecto individual y enfatiza el aspecto corporativo… llega a decir que, en cierto sentido, no podemos nacer de nuevo, excepto en y a través de la Iglesia, lo cual es una negación completa, no sólo de la enseñanza escritural, sino, particularmente, del énfasis evangélico… Todos tenemos una relación personal con nuestro Señor y, sólo por eso, somos miembros del Cuerpo… No se puede ser cristiano sin ser miembro del Cuerpo místico de Cristo. Pero el orden correcto es poner, en primer lugar, a la persona y al individuo, y en segundo lugar, lo corporativo. De modo que no soy nacido de la Iglesia —la Iglesia no es mi madre espiritual— soy nacido del Espíritu. —David Martyn Lloyd-Jones

Footnotes

  1. Profundidad – Una gran hondura de pensamiento.

  2. Samuel Eyles Pierce (1746-1829) – Disidente de Honiton en Devon, Inglaterra. Fue un ministro de la iglesia evangélica alineado con la teología bautista calvinista.

  3. Justificación – La justificación es un acto de la gracia de Dios, en el cual, Él perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos delante de Él, sólo por la justicia de Cristo imputada a nosotros y recibida sólo por fe (Catecismo de Spurgeon, Pregunta 32, disponible en Chapel Library).

  4. Regeneración – El acto del Espíritu Santo de crear vida espiritual en un pecador.

  5. Santificación – Es la obra del Espíritu de Dios, por la cual, somos renovados en todo a imagen de Dios, y nos vamos capacitando más y más para morir al pecado y vivir para Dios (Catecismo de Spurgeon, Pregunta 34).

  6. Glorificación – Es el aspecto final de la salvación que incluye la resurrección del cuerpo del creyente en la Segunda Venida de Cristo, con la perfecta conformidad del creyente a la imagen de Cristo, la liberación de defectos físicos y espirituales, y la entrada en el reino eterno de Dios.

  7. Ebenezer Erskine (1680-1754) – Disidente escocés; fundador de la Iglesia de la Secesión.

  8. Indisoluble – Que no puede romperse; perpetuamente vinculante.