Santificados en Cristo
Arthur W. Pink (1886-1952)
Los cristianos están, sobrenatural y vitalmente, incorporados a Cristo. “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús” (Ef. 2:10): Esa nueva creación se realiza en nuestra unión con su Persona. Éste es nuestro estado espiritual: Un “nuevo hombre” que ha sido “creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:24), y esto nos exhorta a “vestirnos” o a hacerlo manifiesto. Esto no es, en absoluto, una cuestión de progreso o logro, sino que es cierto para todo cristiano en el momento en que nace de nuevo. Los términos “creado según Dios en la justicia [nuestra justificación] y santidad de la verdad” (nuestra santificación) describen lo que es el “nuevo hombre” en Cristo. No es, simplemente, algo que debemos perseguir, aunque eso es cierto y está insinuado en el “vestíos”; sino que es lo que todos los cristianos son en realidad: Su santificación en Cristo es un hecho consumado. Es precisamente porque los cristianos son “santos” [que] deben llevar vidas santas.
El creyente comienza su vida cristiana, habiendo sido perfectamente santificado en Cristo. Así como nuestra posición y estado fueron radicalmente afectados en virtud de nuestra unión con el primer Adán, así también, nuestra posición y estado son completamente cambiados en virtud de nuestra unión con el postrer Adán. Así como el creyente tiene una posición perfecta en santidad ante Dios debido a su unión federal con Cristo, así su estado es perfecto ante Dios porque ahora, está vitalmente unido a Cristo: él está en Cristo y Cristo está en él. Por la operación regeneradora del Espíritu, somos “unidos al Señor” (1 Co. 6:17). En el momento en que fueron nacidos de nuevo, todos los cristianos fueron santificados en Cristo con una santificación a la que ningún crecimiento en la gracia, ningún logro en la vida santa, puede añadir una pizca. Su santificación, como su justificación, es “completa en él” (Col. 2:10). Cristo mismo es su vida y llega a serlo por una unión personal con Él mismo que nada puede disolver. Desde el momento de su nuevo nacimiento, cada hijo de Dios es un “santo en Cristo Jesús” (Ro. 1:7), uno de los “hermanos santos” (He. 3:1) y precisamente porque son tales, están llamados a vivir vidas santas. ¡Oh qué motivo tenemos para adorar la gracia, la sabiduría y el poder de Dios!
Cuando uno es vivificado en Cristo por el Espíritu Santo, inmediatamente, es separado de aquellos que están muertos en delitos y pecados y, por lo tanto, éste es otro aspecto de la “santificación del Espíritu”… Es la presencia interior del Espíritu Santo lo que constituye al creyente en una persona santa… Asombroso, bendito y glorioso hecho, ¡el Espíritu Santo mora en los regenerados para que sus cuerpos lleguen a ser templos del Dios viviente!… Esta morada del Espíritu es, en el orden de Dios, subsecuente a y en consecuencia de nuestra santificación por la sangre de Jesús porque es obvio que Dios no podría “morar” en aquellos que estaban bajo la imputación de su culpa. El Espíritu Santo, por lo tanto, por el mismo hecho de hacer de nuestros cuerpos sus templos, atestigua y evidencia la plenitud y perpetuidad de la santificación que es nuestra por el sacrificio de Cristo…
“Santificación por el Espíritu” (2 Ts. 2:13) es una expresión integral que tiene, al menos, cuatro significados. Primero, señala esa operación sobrenatural del Espíritu, por la cual un pecador es “creado en Cristo Jesús” (Ef. 2:10), hecho vitalmente uno con Él y, por lo tanto, partícipe de su santidad. Segundo, habla del cambio vital que esto produce en su relación con los impíos. Habiendo sido vivificado a novedad de vida, es separado, inmediatamente, de aquellos que están muertos en pecados, de modo que su posición y estado con respecto a Satanás, el pecado y el mundo ya no son más lo habitual en ellos. Tercero, habla de que el Espíritu mismo establece su morada en el alma vivificada, haciéndola así, personalmente santa. Cuarto, se refiere a la conformidad del corazón con la Ley divina, con todo lo que ello implica…
Es sobre la base de la obra de Cristo que el Espíritu viene a nosotros… Sin embargo, señalemos que el bendito Espíritu no permite que nuestros corazones permanezcan en la terrible condición en que los encuentra primero… En Tito 3:5, leemos: “Nos salvó… por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. Tal vez no podamos precisar todo lo que comprende este “lavamiento”, pero ciertamente, incluye la expulsión de todos los ídolos de nuestro corazón, a tal grado que Dios ahora ocupa el trono del mismo. Por este “lavamiento de la regeneración”, el alma queda tan limpia de su contaminación original que el pecado ya no es amado, sino aborrecido; la Ley divina ya no es odiada, sino deleitable; y los afectos son elevados de las cosas de abajo a las de arriba… Aunque esta “renovación” está muy lejos de lo que tendrá lugar en el santo en su glorificación, es aún una experiencia muy real y radical. Un gran cambio y renovación es producido en el alma, lo cual tiene un efecto beneficioso sobre todas sus facultades. Esta “renovación en el Espíritu Santo” tiene en sí, un poder transformador, de modo que el corazón y la mente son llevados a un estado de obediencia hacia Dios. El alma es ahora capaz de discernir que “la buena voluntad de Dios [es la más] agradable y perfecta” (Ro. 12:2) de todas, y hay un profundo deseo y un sincero esfuerzo por conformarse a ella. Pero obsérvese, cuidadosamente, que en Tito 3:5, se emplea el tiempo presente y no el pasado —no fuisteis lavados y renovados, sino un “lavamiento” y una “renovación”— es una obra continua del Espíritu…
El creyente ya ha sido perfectamente santificado en el decreto y propósito del Padre. Cristo ha obrado para él lo que, cuando se le reconoce en su cuenta, lo capacita perfectamente para los atrios del templo de Dios en lo alto. En el momento en que es vivificado por el Espíritu, es creado en Cristo y, por lo tanto, “santificado en Cristo”: Así, tanto su posición como su estado son santos a los ojos de Dios. Además, el hecho de que el Espíritu habite en él, haciendo de su cuerpo templo de Él, lo constituye personalmente santo… Es de la mayor importancia que el cristiano tenga muy claro este punto. No nos convertimos en santos por medio de acciones santas —ese es el error fundamental de todas las religiones falsas—. No, primero debemos ser santos antes de que pueda haber acciones santas, como la fuente debe ser pura antes de que su corriente pueda serlo, el árbol debe ser bueno para que su fruto sea sano… Primero, Dios tranquiliza nuestros corazones, antes de que ordene que nuestras manos se dediquen a su servicio. Él da vida para que estemos capacitados para dar amor. Él crea en nosotros una naturaleza santificada para que pueda haber una conducta santificada. Dios nos presenta inmaculados en el Lugar Santísimo según la sangre de la aspersión para que, saliendo con una conciencia purificada de obras muertas, busquemos agradarle y glorificarle.
Es la creación de esta naturaleza santa dentro de nosotros lo que debemos considerar a continuación… Es algo enteramente nuevo: Una nueva creación, un corazón nuevo, un espíritu nuevo, un hombre nuevo, la conformación de nosotros a otra imagen, hasta alcanzar la del postrer Adán, el Hijo de Dios. Es la impartición de un principio santo, implantado en medio de la corrupción, como un hermoso rosal que crece de un estercolero. Es la progresión de la “buena obra” iniciada en nosotros en el momento de la regeneración (Fil. 1:6). Recibe muchos nombres, como “el hombre interior” (2 Co. 4:16) y “el [hombre] interno, el del corazón” (1 P. 3:4), no sólo porque reside en el alma, sino porque nuestros semejantes no pueden verlo. Se denomina “simiente” (1 Jn. 3:9) y “espíritu” (Jn. 3:6) porque es obrada en nosotros por el Espíritu de Dios.
Es mediante la recepción de este principio o naturaleza santa que el creyente es liberado del dominio del pecado y llevado a la libertad de la justicia, aunque no es hasta la muerte que es liberado de la plaga y presencia del pecado. En su justificación, los creyentes obtienen una santificación relativa o judicial que les proporciona una posición perfecta ante Dios, por la cual reciben prueba de su relación de pacto con Él, de que son su pueblo especial… Pero más aún, también son inherentemente santificados en sus personas por una obra de gracia del Espíritu dentro de sus almas. Son “renovados” en todo su ser porque, así como el veneno del pecado se difundió por todo el hombre, así también es la gracia… Sin embargo, señalemos que, aunque toda la persona del cristiano es renovada por el Espíritu y todas las facultades de su alma son renovadas, no hay ninguna operación de la gracia sobre su vieja naturaleza de modo que su maldad sea expulsada. La “carne” o principio del pecado que mora en él no es erradicada ni purificada ni hecha buena…
Pero ahora, debemos volver al aspecto más importante… de la naturaleza de este principio de santidad por el cual el Espíritu nos santifica inherentemente. Nuestra santificación experiencial consiste en que nuestros corazones son conformados a la Ley divina. Esto debería ser tan obvio que no se necesitaría ningún argumento laborioso para establecer el hecho. Así como todo pecado es una transgresión de la Ley (1 Jn. 3:4), toda santidad debe ser un cumplimiento de la Ley. El hombre natural no está sujeto a la Ley, ni tampoco puede estarlo (Ro. 8:7). ¿Por qué? Porque está desprovisto de ese principio por el cual puede proceder la obediencia aceptable a la Ley. El gran requisito de la Ley es el amor: Amor a Dios y amor al prójimo. Pero con respecto a los no regenerados, está escrito: “No tenéis amor de Dios en vosotros” (Jn. 5:42). Por eso, la promesa de Dios a sus elegidos es: “Circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón” (Dt. 30:6) porque “el cumplimiento de la ley es el amor” (Ro. 13:10).
Ésta es la gran promesa del Pacto: “Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré” (He. 8:10) y, de nuevo, “pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis estatutos” (Ez. 36:27)… Cuando Cristo viene a su pueblo, lo encuentra enteramente desprovisto de santidad y de todo deseo de ella; pero no lo deja en esa terrible condición. No, Él envía el Espíritu Santo, les comunica un amor sincero por Dios y les imparte un principio o “naturaleza” que se deleita en sus caminos. “Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:8). ¿Por qué? Porque cualquier obra para agradarle a Él debe proceder de un principio correcto (amor a Él), ser realizada por una regla correcta (su Ley o voluntad revelada) y tener un fin correcto en vista (su gloria); y esto sólo es posible por la santificación del Espíritu.
La santidad experiencial es la conformidad del corazón y de la vida con la Ley divina. La Ley de Dios es “santa, y justa, y buena” (Ro. 7:12) y, por lo tanto, requiere justicia o conformidad interna tanto como externa. Este requisito se cumple, plenamente, por la provisión maravillosa y llena de gracia que Dios ha hecho para su pueblo. Aquí, nuevamente, podemos contemplar la sorprendente y bendita cooperación entre la Trinidad eternal. El Padre como Rey y Juez de todos, dio la Ley. El Hijo como nuestro Fiador, cumplió la Ley. El Espíritu es dado para obrar en nosotros la conformidad con la Ley: Primero, impartiéndonos una naturaleza que la ama; segundo, instruyéndonos y dándonos un conocimiento de sus amplios requisitos; tercero, produciendo en nosotros esfuerzos para obedecer sus preceptos. No sólo se imputa a su pueblo la perfecta obediencia de Cristo, sino que también se le imparte una naturaleza que se deleita en la Ley. Pero debido a la oposición del pecado que mora en nosotros, la obediencia perfecta a la Ley no es posible en esta vida; sin embargo, por amor a Cristo, Dios acepta su obediencia sincera, pero imperfecta.
Debemos distinguir entre el Espíritu Santo y el principio de santidad que Él imparte en la regeneración: El Creador y la naturaleza que Él crea no deben confundirse. Es por su morada en el cristiano que Él sostiene, desarrolla, continúa y perfecciona, esta buena obra que Él ha comenzado en nosotros. Él toma posesión del alma para fortalecer y dirigir sus facultades. Es del principio de santidad que nos ha comunicado que proceden los frutos de la santidad —deseos, acciones y obras santificadas—. Sin embargo, ese nuevo principio o naturaleza no tiene fuerza propia: Sólo a medida que es renovado, fortalecido, controlado y dirigido diariamente por su Dador, actuamos “como corresponde a la santidad”. Su obra continua de santificación en nosotros procede en el doble proceso de la mortificación1 (sometimiento) del viejo hombre y la vivificación2 (nuevo nacimiento) del nuevo hombre.
El fruto de la santificación del Espíritu en nosotros aparece, experiencialmente, en nuestra separación del mal y del mundo. Pero a causa de la carne interior, nuestro andar no es perfecto. A menudo, hay poco que el sentido del ojo pueda distinguir en aquellos en quienes habita el Espíritu y los mundanos morales y respetables; sí, a menudo nos avergüenzan… Pero el corazón es lavado del prevaleciente amor al pecado por las lágrimas de arrepentimiento que el cristiano es movido a derramar con frecuencia. Cada nuevo acto de fe en la sangre purificadora de Cristo, lleva adelante la obra de la santificación experiencial a un mayor grado… Gracias a Dios, un día, Cristo se presentará a Sí mismo “una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante” (Ef. 5:27).
Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures), reimpreso por y disponible en Chapel Library.
Amado hermano o hermana en Cristo, ¡cómo desearía que pudieras aferrarte firmemente a esta bendita verdad para que pudieras disfrutarla plenamente en tu propia alma! No siempre es fácil darse cuenta de tu unión con Cristo: Ver cómo Él toma tu lugar y tú, el suyo; observar cómo Él es herido por tus iniquidades y cómo el castigo de tu paz es puesto sobre Él; y que, en consecuencia, tú tomas su lugar como aceptado y amado por el Padre, que eres levantado de entre los muertos y honrado, incluso, para compartir su gloria en los cielos más altos porque Él ha subido allí como el Representante de todo su pueblo, y tú también eres levantado junto con Él y hecho para sentarte con Él en los lugares celestiales… ¡Qué gloriosa verdad es ésta, que todos los creyentes están muertos, resucitados, vivos, exaltados y glorificados en Cristo Jesús! —Charles Spurgeon