La naturaleza de la unión con Cristo
John Murray (1898-1975)
La unión con Cristo es una parte importante de la aplicación de la redención. No llegamos a ser partícipes reales de Cristo hasta que la redención es aplicada eficazmente. Pablo, al escribir a los creyentes de Éfeso, les recordó que habían sido escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo, pero también les recordó que hubo un tiempo en que estuvieron “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12) y que eran “por naturaleza hijos de ira” (Ef. 2:3). Aunque habían sido escogidos en Cristo antes de los tiempos eternos, sin embargo, estaban sin Cristo hasta que fueron llamados, eficazmente, a la comunión con el Hijo de Dios (1 Co 1:9)… Sólo entonces, conocen la comunión con Cristo. ¿Cuál es la naturaleza de esta unión con Cristo que es efectuada por el llamamiento de Dios? Hay varias cosas que decir en respuesta a esta pregunta.
1. Es espiritual. Pocas palabras en el Nuevo Testamento han sido objeto de tan gran distorsión como la palabra espiritual. Con frecuencia, es usada para denotar lo que es poco más que un vago sentimentalismo1. Espiritual en el Nuevo Testamento se refiere a aquello que es del Espíritu Santo. El hombre espiritual es la persona que es habitada y controlada por el Espíritu Santo, y un estado mental espiritual es un estado mental que es producido y mantenido por el Espíritu Santo. Por lo tanto, cuando decimos que la unión con Cristo es espiritual, queremos significar, primero que todo, que el vínculo de esta unión es el Espíritu Santo mismo. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Co. 12:13; cf. 1 Co. 6:17, 19; Ro. 8:9-11; 1 Jn. 3:24; 4:13). Necesitamos apreciar, mucho más de lo que estamos acostumbrados, la estrecha interdependencia de Cristo y el Espíritu Santo en las operaciones de la gracia salvadora. El Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo; el Espíritu es el Espíritu del Señor y Cristo es el Señor del Espíritu (cf. Ro. 8:9; 2 Co. 3:18; 1 P. 1:11). Cristo habita en nosotros, si su Espíritu habita en nosotros, y Él habita en nosotros por el Espíritu. La unión con Cristo es un gran misterio. Que el Espíritu Santo sea el vínculo de esta unión, no disminuye el misterio, pero esta verdad arroja un torrente de luz sobre el misterio…
Esto nos lleva a observar, en segundo lugar, que la unión con Cristo es espiritual porque es una relación espiritual la que está a la vista. No es el tipo de unión que tenemos en la Trinidad —tres Personas en un solo Dios—. No es el tipo de unión que tenemos en la Persona de Cristo —dos naturalezas en una Persona—. No es el tipo de unión que tenemos en el hombre —cuerpo y alma constituyendo un ser humano—. No es, simplemente, la unión de sentimiento, afecto, entendimiento, mente, corazón, voluntad y propósito. Aquí tenemos una unión que no podemos definir específicamente. Sino que es una unión de carácter intensamente espiritual, en consonancia con la naturaleza y la obra del Espíritu Santo para que, de una manera real, superando nuestro poder de análisis, Cristo habite en su pueblo y su pueblo habite en Él.
2. Es mística. Cuando usamos la palabra mística a este respecto, es bueno tener en cuenta nuestro punto de partida en la palabra misterio, tal como se usa en la Escritura. Se corre el riesgo de utilizar la palabra para designar algo que es completamente incomprensible y del cual no podemos tener ningún entendimiento. Éste no es el sentido que se le da en la Escritura. El Apóstol, en Romanos 16:25-26, establece los puntos para la comprensión de este término. Allí, Pablo habla de “la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe”.
Hay cuatro cosas que deben observarse acerca de este misterio: (1) Se mantuvo en secreto desde tiempos eternos —era algo oculto en la mente y el consejo de Dios—. (2) No permaneció oculto —sino que fue manifestado y dado a conocer, de acuerdo con la voluntad y el mandamiento de Dios—. (3) Esta revelación de parte de Dios fue mediada2 a través de y depositada en la Escritura —fue revelada a todas las naciones y ya no es un secreto—. (4) Esta revelación está dirigida al fin de que todas las naciones lleguen a la obediencia de la fe. Un misterio es, por tanto, cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre (1 Co. 2:9), pero que Dios nos ha revelado por su Espíritu y que, por revelación y fe, llega a ser conocido y asimilado por los hombres.
Que la unión con Cristo es un misterio es evidente. Al hablar de la unión con Cristo y después de compararla con la unión que existe entre el hombre y su esposa, Pablo dice: “Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Ef. 5:32). De nuevo, Pablo habla de “las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” y lo describe como “el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos” (Col. 1:26-27). La unión con Cristo es mística porque es un misterio. El hecho de que sea un misterio subraya su precioso valor y la intimidad de la relación que implica.
La amplia gama de semejanzas usada en la Escritura para ilustrar la unión con Cristo, es muy llamativa. En el nivel más elevado del ser, es comparada con la unión que existe entre las Personas de la Trinidad en la Divinidad. Esto es asombroso, pero es así (Jn. 14:23; 17:21-23). En el nivel más bajo, es comparada con la relación que existe entre las piedras de un edificio y la piedra angular (Ef. 2:19-22; 1 P. 2:4-5). Entre estos dos extremos, hay una variedad de semejanzas extraídas de distintos niveles del ser y sus relaciones. Es comparada con la unión que existió entre Adán y toda la posteridad (Ro. 5:12-19; 1 Co. 15:19-49). Es comparada con la unión que existe entre el hombre y su esposa (Ef. 5:22-33; cf. Jn. 3:29). Es comparada con la unión que existe entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo humano (Ef. 4:15-16). Es comparada con la relación de la vid con los pámpanos (Jn. 15:1-8). Así pues, tenemos una analogía extraída de los diversos estratos del ser, ascendiendo desde el reino inanimado hasta la vida misma de las Personas de la Divinidad.
Esto debería enseñarnos un gran principio. Es obvio que no debemos reducir la naturaleza y el modo de unión con Cristo a la medida del tipo de unión que existe entre la piedra angular y las demás piedras del edificio, ni a la medida del tipo de unión que existe entre la vid y los pámpanos, ni a la de la cabeza y los demás miembros del cuerpo, ni siquiera a la de marido y mujer. El modo, la naturaleza y el tipo de unión difieren en los distintos casos. Hay similitud, pero no identidad. Pero así como no podemos reducir la unión entre Cristo y su pueblo al nivel de la unión que existe en estos otros estratos del ser, tampoco debemos elevarla al nivel de la unión que existe dentro de la Divinidad. Similitud aquí tampoco significa identidad. La unión con Cristo no significa que seamos incorporados a la vida de la Divinidad. Esa es una de las distorsiones a las que se ha sometido esta gran verdad. Pero el proceso de pensamiento por el cual tal punto de vista ha sido adoptado, descuida uno de los principios más sencillos que siempre deben guiar nuestro pensamiento, a saber, que analogía no significa identidad. Cuando hacemos una comparación, no hacemos una ecuación. De todos los tipos de unión o unidad que existen para las criaturas, la unión de los creyentes con Cristo es la más elevada. El mayor misterio del ser es el misterio de la Trinidad —tres Personas en un solo Dios—. El gran misterio de la piedad es el misterio de la encarnación, que el Hijo de Dios se hizo hombre y se manifestó en la carne (1 Ti. 3:16). Pero el mayor misterio acerca de las relaciones entre las criaturas es la unión del pueblo de Dios con Cristo. Y su misterio es atestiguado, nada más que con esto: Es comparado con la unión que existe entre el Padre y el Hijo en la unidad de la Divinidad.
Ha sido costumbre, utilizar la palabra mística para expresar el misticismo que entra en el ejercicio de la fe. Es necesario que reconozcamos que hay un misticismo inteligente en la vida de fe. Los creyentes son llamados al compañerismo con Cristo y compañerismo significa comunión. La vida de fe es una vida de unión y comunión viva con el Redentor exaltado y siempre presente. La fe se dirige, no sólo a un Redentor, Quien ha venido y cumplido de una vez por todas, una obra de redención. Se dirige a Él, no sólo como Aquel que murió, sino como Aquel que resucitó y que vive para siempre como nuestro gran Sumo Sacerdote y Abogado. Y debido a que la fe se dirige a Él como Salvador y Señor viviente, el compañerismo alcanza el cenit3 de su ejercicio. No hay comunión entre los hombres que sea comparable al compañerismo con Cristo —Él está en comunión con su pueblo y su pueblo está en comunión con Él en un consciente amor recíproco4—. “A quien amáis sin haberle visto”, escribió el apóstol Pedro, “en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1 P. 1:8).
La vida de fe es la vida de amor y la vida de amor es vida de compañerismo, de comunión mística con Aquel que siempre vive para interceder por su pueblo y que puede compadecerse de nuestras debilidades (He. 4:15). Es compañerismo con Aquel que tiene una reserva inagotable de simpatía con las tentaciones, aflicciones y debilidades de su pueblo porque fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (He. 4:15)…
La unión con Cristo es la verdad central de toda la doctrina de la salvación. Todo aquello a lo que el pueblo de Dios ha sido predestinado en la elección eterna de Dios, todo lo que les ha sido asegurado y procurado en el cumplimiento de la redención, una vez por todas, todo aquello de lo que llegan a ser reales partícipes en la aplicación de la redención y todo lo que por la gracia de Dios llegarán a ser en el estado de bienaventuranza consumada, está comprendido en el ámbito de la unión y comunión con Cristo… Es significativo que la elección en Cristo antes de la fundación del mundo es la elección para la adopción de hijos. Cuando Pablo dice que el Padre escogió a un pueblo en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuera santo, añade también que, en amor, lo predestinó a la adopción por medio de Jesucristo (Ef. 1:4-5). Aparentemente, la elección para santidad es paralela a la predestinación para adopción —estas son dos maneras de expresar la misma gran verdad—. Nos revelan las diferentes facetas que pertenecen a la elección del Padre. De ahí que la unión con Cristo y la adopción sean aspectos complementarios de esta gracia asombrosa. La unión con Cristo alcanza su cenit en la adopción y la adopción tiene su órbita en la unión con Cristo. El pueblo de Dios es “heredero de Dios y coheredero con Cristo” (Ro. 8:17). Todas las cosas son vuestras, ya sea la vida o la muerte, o las cosas presentes o las venideras, todas son vuestras porque son de Cristo y Cristo es de Dios (1 Co. 3:22-23). Están unidos a Aquel en Quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, y están completos en Aquel que es la cabeza de todo principado y potestad (Col. 2:3, 10).
Es de la inmensurable plenitud de gracia y verdad, de sabiduría y poder, de bondad y amor, de justicia y fidelidad que reside en Él, de donde el pueblo de Dios saca para todas sus necesidades en esta vida y para la esperanza de la vida venidera. No hay pues, verdad más adecuada para impartir confianza y fortaleza, consuelo y gozo en el Señor que ésta de la unión con Cristo. También promueve la santificación, no sólo porque toda la gracia santificadora se deriva de Cristo como el Redentor crucificado y exaltado, sino también porque el reconocimiento del compañerismo con Cristo y del alto privilegio que conlleva, incita a la gratitud, la obediencia y la devoción. Unión significa también comunión y la comunión constriñe a un humilde, reverente y amoroso caminar con Aquel que murió y resucitó para poder ser nuestro Señor. “Pero el que guarda su palabra, en este verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn. 2:5-6). “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn. 15:4).
Hay otra fase del tema de la unión con Cristo que no debe omitirse. Si se pasara por alto, habría un grave defecto en nuestra comprensión y apreciación de las implicaciones de esta unión. Se trata de las implicaciones que surgen de las relaciones de Cristo con las otras Personas de la Trinidad y de nuestras relaciones con las otras Personas de la Trinidad a causa de nuestra unión con Cristo. Jesús mismo dijo: “Yo y el Padre somos uno” (Jn. 10:30). Debemos esperar, por tanto, que la unión con Cristo nos lleve a una relación similar con el Padre. Esto es, exactamente, lo que nuestro Señor mismo nos dice: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 14:23). El pensamiento es sobrecogedor, pero es inconfundible: ¡El Padre, así como Cristo, viene y hace su morada con el creyente!
Tal vez sea aún más llamativa, otra palabra de Jesús: “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Jn. 17:20-23). Y no sólo es el Padre Quien está unido a los creyentes y mora en ellos; Jesús nos habla también de la morada del Espíritu Santo: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Jn. 14:16-17). Es la unión, por lo tanto, con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo, lo que la unión con Cristo arrastra consigo… Los creyentes entran en el lugar santísimo de la comunión con el Dios trino y lo hacen porque han sido resucitados juntos y sentados juntos en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Ef. 2:6). Su vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). Se acercan con plena seguridad de fe, con sus corazones purificados de una mala conciencia y sus cuerpos lavados con agua pura porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios (He. 9:24).
Tomado de Redención: Cumplida y aplicada (Redemption: Accomplished and Applied), publicado por William B. Eerdmans Publishing Company, www.eerdmans.com. Usada con permiso.
John Murray (1898-1975): Teólogo reformado; autor de numerosos libros y artículos teológicos; nacido en Badbea, condado de Sutherland, Escocia.