Justificados en Cristo

Jonathan Edwards (1703-1758)

“Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5).

Cuando se dice que no somos justificados por ninguna bondad o justicia propia, lo que esto significa es que no es, en absoluto, por respeto a la bondad o excelencia de ninguna cualificación o acto en nosotros que Dios juzga apropiado que este beneficio de Cristo sea nuestro… Aquí, para mayor claridad, quisiera explicarme particularmente, bajo varias proposiciones.

(1) Es cierto que existe una unión o relación que el pueblo de Cristo mantiene con Él. [Esto] es expresado en las Escrituras de vez en cuando como estar en Cristo y es representado, frecuentemente, con aquellas metáforas de ser miembros de Cristo o estar unidos a Él como los miembros a la cabeza y los pámpanos al tronco. [Esto] es comparado con la unión matrimonial entre marido y mujer. Ahora, no pretendo determinar de qué clase es esta unión, ni es necesario para mi propósito actual, entrar en ningún tipo de disputas al respecto. Si a alguien le disgusta la palabra unión por oscura e ininteligible, la palabra relación sirve, igualmente, a mi propósito. No deseo ahora, determinar más al respecto de lo que la mayoría de personas fácilmente admiten, es decir, que hay una relación peculiar entre los verdaderos cristianos y Cristo, que no hay entre Él y los demás. [Esto] es lo que significan aquellas expresiones metafóricas de la Escritura sobre estar en Cristo, ser miembros de Cristo, etc.

(2) Esta relación o unión con Cristo, por la cual se dice que los cristianos están en Cristo (sea lo que esto fuere), es la base del derecho a sus beneficios. Esto no necesita prueba: La razón de este asunto, a primera vista, lo demuestra. También es sumamente evidente por la Escritura: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn. 5:12). “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios… justificación” (1 Co. 1:30). Primero, debemos estar en Él y entonces, Él será hecho justicia o justificación para nosotros. “Nos hizo aceptos en el Amado” (Ef. 1:6). Nuestro estar en Él es la base de nuestra aceptación. Así es en aquellas uniones con las que el Espíritu Santo ha creído conveniente comparar esto. La unión de los miembros del cuerpo con la cabeza es la base de su participación en la vida de la cabeza. La unión de los pámpanos con el tronco es la base de su participación en la savia y la vida del tronco. La relación de la mujer con el esposo es la base de su interés conjunto en su patrimonio. Son considerados en varios aspectos como uno sólo ante la ley. Así que hay una unión legal entre Cristo y los verdaderos cristianos, de modo que… uno, en algunos aspectos, es aceptado en lugar del otro por el Juez supremo.

(3) Y así es como la fe es la cualificación en cualquier persona que la hace [adecuada] ante los ojos de Dios para que se le considere como teniendo la satisfacción1 y la justicia de Cristo, perteneciéndole, esto es porque es [la fe] la que, por su parte, constituye esta unión entre él y Cristo. Por lo que acabamos de observar, el hecho de que una persona esté en Cristo… es la base de que la satisfacción y los méritos [de Cristo] le pertenezcan y de que tenga derecho a los beneficios que de ello se derivan. La razón de esto es clara: Es fácil ver cómo el hecho de que los méritos y beneficios de Cristo nos pertenezcan, se deriva de que —si se me permite hablar así— Cristo mismo nos pertenezca o de que estemos unidos a Él. Si es así, también debe ser fácil ver cómo o de qué manera [la fe] en una persona, la cual por su parte constituye la unión entre su alma y Cristo, debe ser el motivo por la cual Dios considera como apropiado que le pertenezcan los méritos de Cristo. Una cosa muy distinta es que Dios atribuya a alguien, en particular, el derecho a los méritos y beneficios de Cristo en función de una cualificación que esta persona tenga a este respecto —de que lo haga por él por respeto al valor o la belleza de esa cualificación o como recompensa de su excelencia—.

Así como no hay nadie [que no esté de acuerdo] en que existe una relación peculiar entre Cristo y sus verdaderos discípulos por la cual se dice en algún sentido en las Escrituras que son uno, supongo que no hay nadie [que no esté de acuerdo] en que pueda haber algo que el verdadero cristiano haga de su parte, por lo cual es activo en entrar en esta relación o unión… Ahora bien, supongo que la fe es este acto.

No pretendo ahora definir la fe justificante ni determinar con precisión lo que contiene. Sólo determinaré lo siguiente acerca de ella: [La fe justificante] es aquella por la cual el alma, que antes estaba separada y alejada de Cristo, se une a Él. [El alma] deja de estar en ese estado de alejamiento y entra en la antes mencionada unión o relación con Él. O, para usar la frase de la Escritura, es aquello por lo cual el alma viene a Cristo y lo recibe. Esto es evidente por las Escrituras que usan estas mismas expresiones para significar fe. “El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 6:35-38). “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn. 6:40). “A quien él envió, vosotros no creéis. Escudriñad las Escrituras, porque… ellas son las que dan testimonio de mí. Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn. 5:38-40). “Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis. ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros?” (Jn. 5:43-44). “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).

Si se dice que se trata de figuras oscuras del lenguaje que… se entienden con dificultad [en nuestros días], admito que las expresiones “recibir a Cristo” y “venir a Cristo” son expresiones metafóricas2. Y si debo admitir que son metáforas oscuras, al menos esto es ciertamente claro en ellas: La fe es aquello por lo cual aquellos que antes estaban separados y alejados de Cristo —es decir, no estaban tan relacionados y unidos a Él como lo está su pueblo— dejan de estar tan alejados y vienen a esta relación y cercanía…

Dios no da la unión o interés en el Salvador a aquellos que lo creen como una recompensa por la fe, sino solamente porque la fe es la unión activa del alma con Cristo. [La fe] es en sí misma, el propio acto de unión por parte de ellos. Dios considera adecuado que para que se establezca una unión entre dos seres o personas inteligentes y activas, de modo que sean considerados como uno solo, se produzca el acto mutuo de que cada uno reciba al otro como uniéndose activamente el uno al otro. Dios, al exigir esto para la unión con Cristo como uno de su pueblo, trata a los hombres como criaturas razonables, capaces de actuar y elegir. Por lo tanto, [Él] considera apropiado que sólo aquellos que son uno con Cristo por su propio acto, sean considerados como uno ante la Ley. Lo que es real en la unión entre Cristo y su pueblo es el fundamento de lo que es legal; es decir, hay algo realmente en ellos y entre ellos, que los une, lo cual es la base de la idoneidad para que sean considerados como uno por el Juez. Y si hay algún acto o cualificación en los creyentes de esa naturaleza unificadora por la cual es apropiado que el Juez los considere y acepte como uno, no es de extrañar que por el mismo acto o cualificación, Él acepte la satisfacción y los méritos del uno por el otro como si fueran su propia satisfacción y méritos. Esto se deduce necesariamente o, más bien, está implícito.

Es [de esta manera] que la fe justifica o da un interés en la satisfacción y los méritos de Cristo, y un derecho a los beneficios obtenidos por ello, es decir, así hace que Cristo y el creyente sean uno en la aceptación del Juez supremo. Es por la fe que tenemos derecho a la vida eterna porque es por la fe que tenemos al Hijo de Dios por Quien es la vida. El apóstol Juan, en estas palabras, “el que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Jn. 5:12), evidentemente, parece tener respeto por aquellas palabras de Cristo de las que da cuenta en su Evangelio: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36). Y donde la Escritura habla de la fe como el recibir o el venir del alma a Cristo, habla de este recibir, venir a o unirse con Cristo como la base de un interés en sus beneficios. A todos los que le recibieron, “les dio potestad” de ser hechos hijos de Dios. No queréis venir a mí “para que tengáis vida”. Y hay una gran diferencia entre que sea conveniente que la satisfacción y los méritos de Cristo sean de aquellos que creen que un interés en esa satisfacción y mérito es una recompensa adecuada de la fe… y que sea conveniente que la satisfacción y los méritos de Cristo sean de ellos porque Cristo y ellos están tan unidos que, a los ojos del Juez, pueden ser considerados y tomados como uno solo.

Tomado de Justificación por la fe sola en Las obras de Jonathan Edwards (Justification by Faith Alone in The Works of Jonathan Edwards), Vol. 1, reimpreso por The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.


Jonathan Edwards (1703-1758): Predicador congregacional estadounidense; nacido en East Windsor, colonia de Connecticut.

Footnotes

  1. Satisfacción – Se refiere a pago, indemnización, reparación, solución, resarcimiento.

  2. Metáfora – Figura retórica que traslada el significado de un concepto figurado a otro real.