Bautizados en Jesucristo
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:3-4).
El bautismo ilustra la muerte, sepultura y resurrección de Cristo, y nuestra participación en ellas. Su enseñanza es doble. Primero, piensa en nuestra unión representativa con Cristo, de modo que cuando Él murió y fue sepultado, fue en nuestro favor. Así fuimos sepultados con Él. Esto les dará la enseñanza del bautismo en cuanto establece un credo. En el bautismo, declaramos que creemos en la muerte de Jesús y deseamos participar de todo el mérito de ella.
Pero hay una segunda cuestión igualmente importante y es nuestra unión realizada con Cristo la cual, se establece en el bautismo, no tanto como una doctrina de nuestro credo, sino como una cuestión de nuestra experiencia. Hay una manera de morir o de ser sepultado, de resucitar y de vivir en Cristo que debe manifestarse en cada uno de nosotros si, realmente, somos miembros del Cuerpo de Cristo.
Quiero que piensen en nuestra unión representativa con Cristo, tal como se establece en el bautismo, como una verdad que debe ser creída. Nuestro Señor Jesús es el Sustituto1 para su pueblo; cuando Él murió, fue en lugar y a favor de ellos. La gran doctrina de nuestra justificación2 radica en esto: Cristo tomó nuestros pecados, se puso en nuestro lugar y, como nuestro Fiador, sufrió, sangró y murió, presentando en nuestro favor, un sacrificio por el pecado. Debemos considerarlo, no como una persona particular, sino como nuestro Representante. Somos sepultados con Él en el bautismo hasta la muerte para mostrar que lo aceptamos a Él como muerto y sepultado por nosotros.
El bautismo como sepultura con Cristo significa, primero, la aceptación de la muerte y sepultura de Cristo como algo que es para nosotros. Hagámoslo en este mismo momento con todo nuestro corazón. ¿Qué otra esperanza tenemos? Cuando nuestro divino Señor descendió de las alturas de la gloria y tomó sobre Sí nuestra humanidad, se hizo uno contigo y conmigo. “Y estando en la condición de hombre” (Fil. 2:8), agradó al Padre cargar sobre Él el pecado, incluso, el tuyo y el mío. ¿Aceptas esa verdad y estás de acuerdo en que el Señor Jesús es el portador de tu culpa y está por ti ante los ojos de Dios? “¡Amén, amén!”, dicen todos ustedes. Él subió al madero, cargado con toda esta culpa; y allí, sufrió en nuestro lugar y representación, como nosotros deberíamos haber sufrido. Le agradó al Padre, en lugar de herirnos a nosotros, herirlo a Él. Lo sometió a dolor, haciendo de su alma una ofrenda por el pecado. ¿Acaso no aceptamos con gusto a Jesús como nuestro Sustituto? Oh amados, ya sea que hayan sido bautizados en agua o no, les hago esta pregunta: “¿Aceptas al Señor Jesús como tu Fiador y Sustituto?”. Porque si no lo haces, cargarás con tu propia culpa, llevarás tu propio dolor y estarás en tu propio lugar bajo la mirada de la airada justicia de Dios…
Ahora, al ser sepultados con Cristo en el bautismo, sellamos el hecho de que la muerte de Cristo fue en nuestro favor y que estuvimos en Él y morimos en Él. En señal de nuestra creencia, aceptamos ir a la tumba de agua y nos sometemos a ser sepultados según su mandato. Ésta es una cuestión de fe fundamental: Cristo muerto y sepultado por nosotros —en otras palabras, sustitución, garantía, sacrificio vicario3—. Su muerte es el eje de nuestra confianza: No somos bautizados en su ejemplo o en su vida, sino en su muerte. Por tanto, confesamos que toda nuestra salvación descansa en la muerte de Jesús, muerte que aceptamos como producida por nuestra culpa.
Pero esto no es todo: Porque si he de ser sepultado, no debe ser tanto porque acepto la muerte sustitutiva de otro por mí como porque yo mismo estoy muerto. El bautismo es un reconocimiento de nuestra propia muerte en Cristo. ¿Por qué debe ser sepultado un hombre vivo? ¿Por qué debería ser enterrado porque otro murió en su lugar? Mi sepultura con Cristo significa, no sólo que Él murió por mí, sino también que yo morí en Él, de modo que mi muerte con Él necesita una sepultura con Él. Jesús murió por nosotros porque Él es uno con nosotros. El Señor Jesucristo no tomó los pecados de su pueblo por una elección arbitraria de Dios4; sino que era lo más natural, adecuado y apropiado que Él tomara los pecados de su pueblo, puesto que ellos son su pueblo y Él es su cabeza federal. Correspondía5 a Cristo sufrir por esta razón: Él era el representante del pacto de su pueblo. Él es la Cabeza del cuerpo, la Iglesia; y si los miembros pecaron, correspondía que la Cabeza —aunque la Cabeza no había pecado— soportara las consecuencias de los actos del cuerpo. Así como hay una relación natural entre Adán y aquellos que están en Adán, también la hay entre el segundo Adán y aquellos que están en Él. Acepto lo que hizo el primer Adán como mi pecado. Algunos de ustedes pueden estar en desacuerdo con ello y con toda la dispensación del pacto, si les place. Pero como a Dios le ha placido establecerlo y yo siento el efecto de ello, no veo ninguna utilidad en que lo controvierta6. Así como acepto el pecado del padre Adán y siento que pequé en él; así también, con intenso deleite, acepto el sacrificio expiatorio de mi segundo Adán y me regocijo de que en Él he muerto y resucitado. Viví, morí, guardé la Ley, satisfice la justicia en mi Cabeza del pacto. Permíteme ser sepultado en el bautismo para que pueda mostrar a todos a mi alrededor que creo que fui uno con mi Señor en su muerte y sepultura por el pecado.
Mira esto, oh hijo de Dios, y no tengas miedo de ello. Estas son grandes verdades, pero son seguras y reconfortantes… Date cuenta del efecto santificador de esta verdad.
Supongamos que un hombre ha sido condenado a muerte por un gran crimen. Supongamos, además, que ha muerto realmente por ese crimen y, ahora, por alguna obra maravillosa de Dios, después de haber muerto, ha vuelto a vivir. Vuelve entre los hombres como vivo de entre los muertos. ¿Cuál debe ser el estado de su mente con respecto a su ofensa? ¿Volverá a cometer ese delito? ¿Un crimen por el que ha muerto? Yo digo enfáticamente: “¡Dios no lo quiera!”. Más bien, debería decir: “He probado la amargura de este pecado y, milagrosamente, he sido levantado de la muerte que me trajo y me ha hecho vivir de nuevo: Ahora odiaré lo que me mató y lo aborreceré con toda mi alma”. El que ha recibido la paga del pecado, debe aprender a evitarlo en el futuro.
Pero tú respondes: “¡Nunca morimos así! Nunca se nos hizo sufrir la debida recompensa por nuestros pecados”. Concedido. Pero lo que Cristo hizo por ustedes es lo mismo. El Señor lo considera lo mismo. Eres tan uno con Jesús que debes considerar su muerte como tu muerte, sus sufrimientos como el castigo de tu paz. Has muerto en la muerte de Jesús y ahora, por una gracia extraña y misteriosa, eres sacado de nuevo del pozo de la corrupción a una vida nueva. ¿Puedes o quieres volver a pecar? Has visto lo que Dios piensa del pecado: percibes que lo aborrece por completo; pues cuando fue cargado sobre su amado Hijo, no lo perdonó, sino que lo afligió y lo hirió hasta la muerte. ¿Puedes, después de eso, volver a la cosa maldita que Dios aborrece? Seguramente, el efecto de la gran aflicción del Salvador sobre tu espíritu debe ser santificador. ¿Cómo viviremos más en el pecado los que estamos muertos a él? ¿Cómo toleraremos su poder los que hemos pasado bajo su maldición y soportado su terrible castigo? ¿Volveremos a este mal asesino, villano, virulento7, abominable? No puede ser. La gracia lo prohíbe.
Esta doctrina no es la conclusión de todo el asunto. El texto nos describe como sepultados con miras a resucitar. “Porque, somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo”, ¿con qué fin? “A fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Ro. 6:4). ¡Ser sepultados en Cristo! ¿Para qué? ¿Para estar muerto para siempre? No, sino para que, estando ya donde Cristo está, vayas donde Cristo va. Helo aquí, entonces: Él entra, primero, en el sepulcro y luego, sale del sepulcro porque al tercer día resucitó. Si eres uno con Cristo en todo, debes ser uno con Él en toda circunstancia. ¡Debes ser uno con Él en su muerte, uno con Él en su sepultura y luego, llegarás a ser uno con Él en su resurrección!
¿Soy ahora un hombre muerto? No, bendito sea su nombre, está escrito: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn. 14:19). Es verdad que estoy muerto en un sentido: “Porque habéis muerto”; pero no muerto en otro: “Porque vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3) y, ¿cómo está absolutamente muerto el que tiene una vida escondida? No. Puesto que soy uno con Cristo, soy lo que Cristo es: como Él es un Cristo vivo, yo soy un espíritu vivo. ¡Qué cosa tan gloriosa es haber resucitado de entre los muertos porque Cristo nos ha dado vida! Nuestra antigua vida legal nos ha sido arrebatada por la sentencia de la Ley y la Ley nos considera muertos; pero ahora hemos recibido una vida nueva, una vida fuera de la muerte, una resurrección —vida en Cristo Jesús—. La vida del cristiano es la vida de Cristo. La nuestra no es la vida de la primera creación, sino la de la nueva creación de entre los muertos. ¡Ahora vivimos en novedad de vida, vivificados para santidad, justicia y gozo por el Espíritu de Dios! La vida de la carne es un estorbo para nosotros; nuestra energía está en su Espíritu. En el más elevado y mejor sentido, nuestra vida es espiritual y celestial. Esta doctrina debe sostenerse con la mayor firmeza.
Quiero que vean la fuerza de esto porque esta mañana estoy apuntando a resultados prácticos. Si Dios nos ha dado a ustedes y a mí una vida enteramente nueva en Cristo, ¿cómo puede esa nueva vida malgastarse a la manera de la vieja vida? ¿Vivirá el espiritual como el carnal? ¿Cómo pueden ustedes que fueron siervos del pecado, pero que han sido hechos libres por la sangre preciosa, volver a su antigua esclavitud? Cuando estaban en la vieja vida de Adán, vivían en el pecado y lo amaban; pero ahora, ustedes han sido muertos y sepultados, y han venido a una vida nueva. ¿Puede ser que puedas volver a los elementos miserables de los cuales el Señor te ha sacado? Si vives en pecado, serás falso a tu profesión, pues profesas estar vivo para Dios. Si caminan en la concupiscencia, pisotearán las benditas doctrinas de la Palabra de Dios porque éstas conducen a la santidad y a la pureza. Si después de todo, ustedes que fueron resucitados de su muerte espiritual, exhiben una conducta no mejor que la vida de los hombres ordinarios y poco superior a lo que solían ser sus vidas anteriores, harán que el cristianismo sea un refrán y un proverbio. Muchos de ustedes que han sido bautizados, han dicho al mundo: “Estamos muertos al mundo y hemos venido a una vida nueva”. Nuestros deseos carnales deben considerarse muertos de ahora en adelante, pues ahora vivimos según un nuevo orden de cosas. El Espíritu Santo ha forjado en nosotros una nueva naturaleza y aunque estamos en el mundo, no somos de él, sino hombres hechos nuevos, de nuevo “creados en Cristo Jesús”. Ésta es la doctrina que declaramos a toda la humanidad: Que Cristo murió y resucitó, y que su pueblo murió y resucitó en Él. De esta doctrina surge la muerte para el pecado y la vida para Dios, y deseamos con cada acción y cada movimiento de nuestra vida, enseñarla a todos los que nos ven…
Pobre pecador, tú no sabes nada acerca de esta muerte y sepultura, y nunca lo sabrás hasta que tengas la potestad de llegar a ser hijo de Dios, y esto lo da Él a todos los que creen en su Nombre. Cree en su Nombre y será todo tuyo. Amén y amén.
Tomado de El bautismo: Una sepultura, disponible en español en Chapel Library.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.
Footnotes
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Sustituto – El que toma el lugar de otro. Ver Nuestro sustituto sufriente por C.H. Spurgeon. Disponible en Chapel Library. ↩
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Ver El evangelio de la gracia de Dios. Disponible en Chapel Library. ↩
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Vicario – Sufrido por una persona en lugar de otra. ↩
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Arbitrario – Basado en el capricho; motivado únicamente en deseos o sentimientos personales más que en razones o principios. ↩
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Correspondía – Era necesario para. ↩
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Controvertir – Argumentar en contra. ↩
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Virulento – Muy venenoso o maligno. ↩